viernes, 9 de noviembre de 2018

Culto más allá de la muerte (7) - "El ejército de los desollados".


En lo alto del inclinado techo del templo, tratando de no moverse demasiado para no resbalar, rodar tejado abajo y acabar estrellados contra el suelo, el cuarteto conformado por Hesiene, Belfamar, Arielle y Felpros medio habían conseguido cabecear durante la noche; es cierto que la vista era cada vez más fuego, el aire era humo casi irrespirable, y todo era ruido, pero el cuarteto estaba realmente cansado, y además, parecían estar a salvo en su pequeño escondite.

La noche cedió paso al amanecer, uno en el cual el cielo apenas podía verse, y el Sol a duras penas iluminaba, debido al humo.

Hesiene abrió los ojos de manera brusca, tanto, que estuvo a punto de olvidar que se encontraba arriba de un techo. La invadió un tétrico pensamiento, y remeció a Belfamar por el brazo.

– ¿Y si también incendian este templo? – susurró.

Belfamar abrió los ojos muy grandes. Tampoco había pensado en esa posibilidad. En efecto, ¿qué impedía a los desollados quemarlo todo, arrasar Glimewin hasta sus cimientos…?

Belfamar despertó a Arielle, que dormía reclinada contra su brazo, tratando de que la adolescente no se moviera tan brusco que rodara techo abajo. Luego, economizando al máximo sus movimientos, regresó a la ventana en la palomera. Se detuvo al escuchar ruidos que no eran de palomas o gallináceos, sino de humano. Nadie había abierto la contraventana de madera, pero más tarde o más temprano, alguien lo haría, para darle aire a las aves. Entre las rendijas de la madera, miró hacia el interior.

Había humanos en el interior, pero no eran desollados. Parecían sirvientes. Sus movimientos eran lentos, casi de sonámbulos; las facciones en sus rostros eran las máscaras inexpresivas propias de alguien que ha contemplado demasiados horrores y han terminado por perder su alma. Aparentemente, iban tras las aves e intentaban cazarlas y regresarlas a las jaulas, pero sin entusiasmo alguno. Las aves se les escapaban sin gran esfuerzo, y seguían yendo de allá para acá dentro de la habitación.

Belfamar regresó.

– Hay gente allá adentro, parecen sirvientes, pero… no son desollados. Están tratando de agrupar las aves en sus jaulas, o eso parece, por lo menos.

Hesiene meditó un instante.

– Es el ejército demoníaco más terrenal que he visto nunca – concluyó con ironía. – Por supuesto que los desollados no les sirven para otra cosa que para pelear. Necesitan sirvientes. Y también necesitan las aves para preparar el almuerzo.

– Terrenal o no terrenal, estamos atrapados – dijo Felpros, con angustia en la voz. – No podemos salir.

– La cuestión es salir para dónde – dijo Belfamar. – La ciudad entera parece que cayó en manos de los desollados. No tenemos a donde huir.

– Y además, si huimos, no podremos completar la investigación – dijo Hesiene.

– Hesiene, tú no viste lo que yo. Los desollados no le tenían miedo a los templarios rojos. Se les arrojaron encima y los hicieron pedazos con sus propias manos. Si ni siquiera los templarios rojos les infunden miedo, entonces menos nosotros. Si nos atrapan, no habrá investigación por delante. Y estamos en una ciudad llena de ellos – dijo Belfamar, mirando de reojo a Arielle, quien se había llevado los nudillos de las manos ligeramente empuñadas a la boca, en un gesto infantil de temor.

– Belfamar, te mentiría si te dijera que no tengo miedo. Lo tengo, y mucho. Y por supuesto, traer a Arielle hasta acá fue un error. Pero Armad, sea quien sea él, somos quienes están en mejor posición para detenerlo. Lo que sucedió acá, sucederá en otras partes. Las ciudades caerán arrasadas porque dispone de un ejército que no se detiene ante nada ni ante nadie. Dos de las Siete Ciudades han ardido y una tercera prefirió rendirse, y al resto le espera lo mismo. Ese tipo siembra el terror con un ejército sobrenatural, muertos levantados de sus tumbas. Y francamente, si ese fuera el caso, me sentiría mejor. Los muertos están muertos, no creo que les importaría que usaran sus cadáveres para esto o aquello. Pero los desollados están vivos. Cómo, sin que se gangrenen sin su piel, no tengo idea, pero son seres humanos vivos. Y Armad los está desollando por pura y llana crueldad. Lo siento, pero eso no puedo perdonarlo. Tengo que hacer todo lo posible por detener esta locura, y…

– ¡Es un ejército entero, Hesiene! ¡Es imposible! ¡No podemos pararlo entre nosotras!

– Tengo una idea. Armad nos hace creer que su ejército está conformado por muertos levantados de sus tumbas. Pero no es así. Los desollados son gente que ha perdido la razón, y por lo tanto, no le sirven para otra cosa sino para pelear. Alguien tiene que mandar, alguien tiene que poner orden. Armad dispone de sirvientes para las faenas domésticas, como por ejemplo, reunir las gallinas para el almuerzo. Apuesto a que también tiene oficiales que no son desollados. Es… como algo arquitectónico. Tiene una estructura. Bota el pilar adecuado, y el templo entero se vendrá abajo. Tenemos que encontrar el pilar que sostiene toda la estructura del templ… del… del ejército de Armad, y con eso, lo destruiremos por completo.

Belfamar suspiró.

– Entonces, sabia y leída, dime… qué hacemos.

– Tú eres la militar, tú eres la que entiende de estrategia. Tú dime qué hacemos.

Belfamar estuvo a punto de soltar un bufido de frustración, pero se contuvo. Miró a Felpros.

– Fel… ¿Felpros? Felpros. Vos conocéis este templo. Necesitamos movernos hacia un lugar en donde podamos permanecer escondidos, tanto tiempo como sea posible, en donde no nos encierren, por supuesto, así es que eso descarta las catacumbas porque en cualquier minuto le pueden echar candado, y sobre todo, un sitio en donde podamos alimentarnos, porque a saber cuánto tiempo tengamos que quedarnos, y en lo personal, mi vientre está alzándose en rebelión armada. ¿Qué lugar sería ése?

Felpros pensó por un instante. Se lo notó ligeramente más tranquilo; era evidente que esta labor lo alejaba de rumiar en su cabeza los horrores de la víspera, así como el incendio en el exterior.

– Las celdas de estudio en el tercer piso – dijo finalmente. – Están… aisladas… no hay nada ahí que quieran buscar, y es fácil moverse hacia la biblioteca.

– ¿Y los alimentos?

– En la biblioteca hay… Se supone que los novicios no sabemos, pero hay un compartimento secreto para los mayores del templo. Es… bueno, ayunar y abstenerse es difícil, así es que ahí esconden cosas.

– Suena bien. Saqueamos la despensa escondida en la biblioteca, nos llevamos todo lo que podamos hasta las celdas, y ahí aguardamos a ver qué pasa – dijo Belfamar.

– Sí, pero todavía estamos atrapadas acá en este techo… – dijo Arielle, casi con un hilo de voz.

– No creo que sea un problema. Vengan conmigo – dijo Belfamar, y sin terminar de decir lo anterior, empezó a moverse de regreso hacia las contraventanas de madera en la gallinera.

– ¡Qué vas a hacer! – cuchicheó Hesiene con fuerza.

Pero Belfamar parecía decidida. Hesiene, Arielle y Felpros la siguieron. Belfamar se movía con bastante control de su propio cuerpo, pero el resto de los tres debía hacer esfuerzos visibles para no resbalar, o para que su peso no empujara una teja hacia abajo, y delatara su posición.

Belfamar llegó hasta las contraventanas de maderas, respiró profundo, se puso delante de las mismas, y las abrió con un movimiento firme y sereno, para denotar autoridad y majestad.

– ¡Estás loca! – protestó Hesiene en voz baja, detrás de Belfamar. – ¡Nos van a ver!

Belfamar entró. Los sirvientes que estaban persiguiendo gallinas y palomas, levantaron la cabeza, y se echaron para atrás de manera instintiva, con el terror pintado en los rostros.

– No temáis, vuestras tribulaciones están por terminar – dijo Belfamar, con solemnidad. – Felpros, bendecidles para protegerles de las fuerzas del mal.

Felpros se quedó mirando a Belfamar, dubitativo. Era un novicio, y por tanto, su bendición no tenía el mismo efecto que la de un sacerdote consagrado, según el grueso de la teología de la religión de los Siete Dioses. Sin embargo, la mirada de Belfamar era autoritaria, y Felpros le siguió la corriente. Levantó los brazos, abriéndolos, tratando de esconder su nerviosismo, levantó luego levemente la barbilla, miró hacia arriba, hacia el techo de las gallineras, y con voz solemne dijo:

– Os bendigo en el nombre de los Siete Dioses, reclamo vuestras almas para ellos, a salvo las pongo de la furia del Monarca del Abismo. Id consolados, porque salvos sois, Palabra de Iemehum.

Felpros miró hacia adelante, para ver el efecto de su invocación. Los sirvientes seguían quietos en su sitio, pero ahora sus rostros mostraban algo lejanamente parecido a las emociones humanas, mientras que algunos de ellos derramaban alguna lágrima furtiva en silencio. Sus rostros estaban agrietados por semanas de angustia, cubiertos de polvo, algunos de ellos rasguñados por los desollados, o quizás por ellos mismos, pero ahora, parecían de verdad gente que tenía un mínimo de esperanza otra vez.

– No digáis a nadie de nuestra presencia aquí – dijo Belfamar, con calma y firmeza a la vez. – Cumplid la voluntad de los Siete Dioses, y salvos seréis. Sólo seguid haciendo lo que se os ha ordenado, y vuestra salvación vendrá en camino.

Algunos de los sirvientes asintieron ligeramente, después de unos instantes, como señal de haber comprendido, pero sin decir palabra.

El cuarteto se movió rápidamente en dirección a la biblioteca. Contra lo que podría esperarse, nadie parecía estar rondando. Belfamar hizo notar esto.

– Registraron el lugar de arriba abajo y no encontraron a nadie. No esperan que nos hayamos escondido en el tejado – comentó Hesiene. – Y tampoco esperan que sus sirvientes se rebelen, les han triturado el alma hasta casi extirpársela, así es que no necesitan demasiada vigilancia.

– Yo los vigilaría igual – dijo Arielle, con inocencia en la voz.

– No si tienes pocas tropas, y una ciudad entera que controlar – dijo Hesiene.

– ¿Por qué no han destruido la ciudad? – preguntó Felpros.

– Por la misma razón por la que vinieron en vez de avanzar recto para conquistar Esenfield.

– ¿Y cuál es esa razón?

– No lo sé – dijo Hesiene, con aplomo, y luego, con algo de sórdida rabia en la voz, añadió: – Todavía.

El grupo llegó hasta la biblioteca. La misma era realmente inmensa, una de las más grandes que Hesiene, acostumbrada a la vida erudita, había visto en su vida. Comentó, sin poder evitar que se le escapara un tono de admiración, que debían haber por lo menos unos trescientos ejemplares en su interior. A diferencia de otras bibliotecas que Hesiene había visto, ésta no tenía anaqueles de madera, sino que los libros estaban empotrados, en grupos de diez a veinte, en huecos en la pared. La mayor parte estaban cosidos por el empaste, con algunos encuerados, y algunos rollos al fondo.

Felpros hurgó en uno de los huecos que servían como anaqueles, el que se encontraba más a nivel de suelo, luego de sacar algunos libros. Desde ahí extrajo algunas viandas: vino, confites y carne seca.

– Los sirvientes del templo siempre mantienen ese sitio con vituallas – explicó Felpros.

El grupo comió algunas cosas con bastante apetito, y por un instante, olvidaron el horror dentro del cual se encontraban envueltos. Luego, tomaron todo el resto que podían cargar. Felpros volvió a dejar los libros en su sitio. Y el cuarteto salió silenciosamente desde la biblioteca. Hesiene soltó un comentario, maldiciendo el no poder quedarse más tiempo para echarle un vistazo a esos textos.

Las celdas de estudio eran bastante pequeñas: había espacio para que un sacerdote se sentara, además de su escritorio, y una repisa en la pared en donde se podían guardar cosas. En cada una de las celdas había una pintura de índole religiosa; parecían realizadas con más devoción que talento artístico, eso sí. Los cuatro apenas cabían en una, de manera que se repartieron: Felpros y Hesiene ocuparon una, y Belfamar ocupó otra con Arielle.

Sólo muy de tarde en tarde, alguien se paseaba rondando por las celdas, y nadie se tomó la molestia de mirar en el interior de ellas. ¿Para qué, si se suponía que todos los habitantes del templo habían sido masacrados o capturados?

Y sin embargo, el cuarteto estaba con los nervios crispados. Podían oirse gritos, muy ahogados, pero distinguibles como tales. Arielle mostró señales de angustia, y Belfamar la estrechó contra sí; Arielle respondió abrazándola con todas sus fuerzas.

– ¿Qué estamos esperando? – preguntó Arielle.

– Una oportunidad.

– ¿Para escapar?

– Para… no lo sé – dijo Belfamar. – Pero no te preocupes, pequeña, yo te voy a cuidar.

En la otra celda, mientras tanto, Felpros le preguntó a Hesiene sobre los gritos.

– Seguramente están torturando a pobres infelices – respondió Hesiene.

– ¿Desollándolos? – soltó Felpros, impresionado, tratando de mantenerse sereno.

– Es posible.

Felpros bajó la mirada, con el rostro congestionado.

Pasaron la mayor parte del día en las celdas, siempre escondidos. Cada cierto rato, Belfamar salía a dar una ronda, para revisar la situación. No parecía cambiar. El templo no era el principal de la ciudad, por lo que Hesiene había apostado a que pronto lo desocuparían, y entonces podrían tener una oportunidad de escape. Pero no parecía ser el caso. Aparentemente, habían tomado el templo como campamento.

Belfamar también miraba hacia el exterior, a través de las estrechas ventanas que existían a cierta distancia una de otra, en el tercer piso del templo. En efecto, parte del ejército de Armad se había instalado ahí. Pero el propio Armad, fuera cual fuere su aspecto, no parecía encontrarse; Hesiene teorizaba que, de seguro, se había aposentado en el templo principal, dedicado a Iemehum. En cuanto a los incendios en el exterior, Belfamar observó que éstos habían menguado grandemente durante el día; resultaba obvio que alguien, el propio Armad por supuesto, había organizado el apagarlos.

Casi cayendo la tarde, regresando de una de las rondas, Belfamar anunció que había visto algo desde una de las ventanas. Estaban ingresando sacos al templo, muchos sacos; parecían haberlos traído en carromatos tirados por mulas. Para ello no usaban la puerta principal, sino la de la cocina. Al escuchar estas novedades, Hesiene levantó la cabeza con interés, mientras su mirada se activaba.

– No puede ser comida. La despensa de la cocina es grande. No creo que sean armas, tampoco, no las traerían en sacos. Belfamar… tenemos que investigar qué hay en esos sacos.

– ¿Y cruzar por delante de todo el mundo, y arriesgarnos a que nos capturen? – replicó Belfamar.

Hesiene se limitó a asentir con la cabeza, con un brillo de ferocidad en los ojos.

Próximo episodio: “Los desollados”.

1 comentario:

murinus2009 dijo...

Este capítulo parece de preparacion para lo que viene.
El como Belfamar escapa dejando al templario rojo a merced de los desollados me recordó un comic de
Alien vs Depredador, donde spoiler aqui...
Una humana tras tiempo de vivir con los Depredadores, cuando ve la oportunidad, se va en una nave humana, en un momento que los Depredadores son rebasados por una plaga de aliens.

Das una pista sobre los desollados Guillermo, como si fueran mas armas que soldados.
Aun asi no me explico la cuestión de arrancarles la piel, los expone a todo.
La unica hipótesis que tengo es que la piel represente un obstaculo al proceso de hacer a los desollados casi inmortales, aunque quedan desechables en poco tiempo.
Al ser los desollados, en buen numero prisioneros, de las ciudades tomadas, es una forma de debilitar al enemigo, buena estrategia de Armad.
A esperar los siguientes capitulos.