miércoles, 8 de agosto de 2018

Culto más allá de la muerte (1) - "Más allá de la muerte".


Belfamar subió desde la cocina al segundo piso de la más o menos desvencijada casona, y desde ahí, a la torre en la cual Hesiene solía practicar sus observaciones astronómicas; llevaba consigo un tazón con un líquido caliente obtenido en tierras paganas, y por tanto permitido con mucho recelo por las autoridades religiosas, y cuyo nombre era café. Usualmente Hesiene ocupaba la torre por la noche, por motivos obvios, pero ahora se empeñaba desde hacía días en observar el Sol.

– Lo mismo. He observado el Sol durante cuatro días, y lo mismo que en los últimos dos años – dijo Hesiene, mostrando en el suelo la proyección que, a través de una lente, había hecho de la imagen solar. – La cantidad de manchas solares sigue disminuyendo, y… uh… ¿eso es café? ¡Gracias!

– No le veo tanto asunto a pasársela con la cabeza en las nubes – soltó Belfamar con ironía. – No es un acabo de mundo, el asunto de las manchas, ¿no?

– No debería. Según ese incunable que… ya sabes cuál… las manchas solares siguen un ciclo de once años en total. Y… A propósito, ¿en dónde está Arielle? – preguntó Hesiene, luego de lo cual le dio un sorbo al cazo con café caliente.

– En el invernadero – dijo Belfamar, acercándose a unos frascos que Hesiene usaba en sus experimentos químicos, y que olían como si hubieran sido usados en la respetuosa convocatoria de algún demonio infernal.

No es que hubieran conjurado nunca un demonio, por supuesto, pero las autoridades religiosas opinaban otra cosa; por eso, el trío de chicas vivía en el aislamiento de la ladera de una montaña, en una desvencijada casona de dos pisos con una torre y un invernadero, en vez de acogidas como institutrices de algún príncipe en algún cómodo palacio. Y considerando alguno de los cargos más graves en contra de Hesiene, y por extensión en contra de Belfamar y Arielle como sus ayudantes, podía considerarse que el destierro había sido una pena relativamente benigna.

– La quiero aquí en la tarde, a Arielle – dijo Hesiene. – La última vez que me ayudaste con esos frascos, perdimos dos de ellos gracias a tus manitos picadoras de carne. Cuando se inventen máquinas para hacer frascos en vez de gente soplando vidrio, podremos darnos el lujo de perder algunos.

– Estas manitos picadoras de carne, como tú las llamas, hicieron trizas al último bandolero que tuvo la mala ocurrencia de darse una vuelta por aquí – dijo Belfamar, algo molesta, pero con orgullo en la voz.

Hesiene iba a replicar, e incluso levantó el dedo como solía hacerlo cuando iba a decir algo con su condescendiente tono filosófico, pero en la escalera que conducía a la torre resonaron los zapatazos de Arielle dando una carrera. Hesiene y Belfamar miraron a la puerta de la torre, y Arielle entró por ahí como una tromba, y se dirigió a la ventana.

– ¡Miren! ¡Miren! ¡Jinetes! – dijo Arielle, sin molestarse en mirar nada más.

Hesiene y Belfamar estaban a punto de darle una reprimenda a Arielle por su comportamiento atropellado, pero la palabra “jinetes” las puso en alerta. Belfamar deslizó la mano al cinturón en donde solía llevar su espada, por instinto en realidad, ya que no solía llevarla consigo en la casona.

Hesiene era una mujer en la treintena, y empezaba a mostrar los primeros signos de ancianidad, que se negaba a tapar con maquillaje al uso de las cortesanas. Su cara era ovalada, con pómulos no muy salientes, barbilla redondeada, nariz alargada pero no ganchuda, y ojos negros y muy profundos, que le conferían un aire de serenidad, ayudado por un pelo corto, negro y rizado. Tenía un busto no excesivamente prominente, pero que de todas maneras arrastraba miradas masculinas cuando usaba corset y vestidos escotados, en la época anterior al destierro.

Belfamar era algo más joven. Su rostro era un tanto triangular, con mejillas anchas, nariz que daba impresión más de anchura que de largo, ojos grandes y también negros, y pelo de un color rojo más o menos apagado, que le llegaba en melena más o menos hasta la base del cuello, y que trataba de mantenerlo corto para impedir que le jalaran el cabello en alguna pelea. Su cuerpo tenía una contextura más fibrosa, resultado del tiempo que invertía en practicar ejercicios con su espada o sin ella; su tórax era atlético y con un busto más bien plano.

Arielle era la más joven del grupo, apenas una adolescente, pero lucía crecida y saludable, porque Hesiene opinaba que debía alimentarse bien, y no seguir la moda de las cortesanas de comer poco, que a su juicio conducía a adolescentes que parecían un híbrido de niñas y espectros, que solían morirse al primer mal parto. Su rostro tenía la forma de un corazón, con pómulos más o menos salientes que se deslizaban por las mejillas hasta una barbilla marcada, contorneado por un pelo rubio de tono algo ceniciento, que le caía en cascada hasta ligeramente más abajo de los hombros, y que ella, al contrario de las otras dos chicas, mantenía siempre acicalado. Sus ojos eran azules, y en medio tenía una nariz más bien pequeña, pero no respingona. Su cuerpo era más bien menudo, y todo apuntaba a que iba a ser una adulta más bien delgada, de formas femeninas más bien pequeñas, pero gráciles.

Efectivamente, venían dos jinetes. Hesiene se retiró de la ventana, buscó en qué lugar había puesto el catalejo dentro de su desorden, lo encontró, y volvió a mirar hacia el exterior.

– De negro. Círculo y óvalo rojo – dijo Hesiene.

Belfamar y Arielle sabían lo que eso significaba. El círculo rojo dentro de un óvalo horizontal rojo, con una pequeña colita en uno de los costados, era el símbolo de los templarios rojos; irónicamente, ellos vestían siempre con capas negras. El Templo Rojo era el brazo ejecutor de la Congregación, la única orden religiosa autorizada para usar la fuerza. Se suponía que la misma era el último remedio, porque seguían siendo religiosos a fin de cuentas, pero los templarios rojos solían tener una noción bastante laxa de “último remedio” porque, según rezaba un dicho habitual de ellos, “las espadas enemigas no conocen al Señor”. Muy importante debía ser el asunto para que dos templarios rojos vinieran a la búsqueda de tres chicas desterradas por dedicarse a investigaciones científicas fuera de lo establecido por la Congregación; y ningún otro asunto podía ocuparles en tierras tan desoladas como aquellas.

Y en efecto, los jinetes llegaron hasta la mansión de dos pisos. La miraron con aire desdeñoso, amarraron sus caballos a un árbol, y luego avanzaron al encuentro de quien estuviera en su interior.

– ¡Abrid en el nombre del Templo Rojo! – gritó uno de ellos.

Las tres chicas caminaban presurosas hacia la puerta, mientras Hesiene le preguntaba a Arielle si había dejado cerrada la puerta antes de subir a la torre, y la interrogada respondía de manera positiva.

– Bien hecho, Arielle – dijo Hesiene. La puerta en cuestión solían mantenerla abierta, porque nadie se aparecía por esos alrededores, pero dadas las circunstancias, había sido una idea inspirada de Arielle.

Hesiene esperó a que Belfamar se ciñera su espada. Cuando Belfamar estuvo preparada, confirmó a Hesiene con un movimiento afirmativo de cabeza. Hesiene abrió entonces la puerta.

Los dos templarios rojos, al ver a las tres chicas, sonrieron de manera un tanto tétrica. Sin hacerse invitar, dando por sentada su autoridad como templarios rojos, pasaron la entrada. Tenían un aire ampuloso, pero cuando vieron que Belfamar deslizaba la mano hacia el cinturón, y la vieron con una espada envainada, la sonrisa se les borró de los rostros.

– Yo soy Herrkin. El es Bleckderd – dijo el que parecía ser el jefe. Era fácil distinguirlos. Herrken era un adulto, un veterano a juzgar por algunas arrugas, y usaba una barba corta pero mal cuidada que empezaba a encanecer; Bleckderd por su parte era joven, no usaba barba, tenía el pelo liso, y aparentemente se peinaba el pelo con algo de presunción, algo que de todas maneras no era fácil de decir luego de haberse dado quién sabe cuánto tiempo cabalgando en el camino.

– ¿Qué se os ofrece?

– Cerveza – dijo Herrkin, secamente. – Y luego, hablar. Asuntos oficiales.

– Si venís de Esenfield, perdéis vuestro tiempo – dijo Hesiene. – Las tres somos desterradas. No somos ni ciudadanas ni feudatarias.

– Entonces, cualquier cosa que hagamos con vosotras será bonito y legal – dijo Bleckderd, adelantándose y sonriendo con ferocidad, mirando de reojo a Arielle.

Belfamar, que se había quedado cruzada de brazos, volvió a llevar la mano hacia el cinto.

– ¡Bleckderd! – vociferó Herrkin. Luego, mirando a las chicas, sonrió lobunamente y añadió: – Este idiota todavía está alborotado por los humores de la juventud. Perdonadle.

Hesiene hizo a Arielle un gesto con la cabeza. Ella, entendiendo, corrió a la cocina, buscó dos tazones, vertió cerveza en ellos, y volvió a la recepción.

Herrkin y Bleckderd, sedientos por la cabalgata, se la bebieron de un trago. Luego se quedaron mirando los cuencos, relamiéndose. Herrkin enarcó las cejas y comentó, visiblemente satisfecho:

– ¡Muy buena cerveza es ésta! La confeccionáis vosotras mismas, supongo. Estáis a como un día de caminata del poblado más cercano, no es como que vayáis a comprarla a la taberna, ¿verdad?

– Ya os dimos cerveza, como pedísteis, porque ni la comida ni la cerveza se le niegan a un viajero. Habéis dicho que venís por asuntos oficiales, así es que… ahora hablad – soltó Hesiene.

– Bien que habéis hecho en mencionar la comida, porque hambreados venimos. Venga, servidnos algo mientras hablamos de nuestra encomienda.

Hesiene hizo a Arielle otro gesto con la cabeza, y la chica condujo a los dos visitantes hasta el comedor, mientras que Hesiene y Belfamar, a espaldas de éstos, se miraban de manera interrogante. Belfamar hizo un gesto con la mano, aludiendo a su espada, pero Hesiene movió la cabeza de manera negativa y apresurada. Belfamar suspiró, pero su mirada se volvió más acerba.

Poco después, estaban sentados alrededor de la mesa, comiendo los cinco un guiso confeccionado a partir de carne seca y verduras, y que en realidad era un sobrante del día anterior. Herrkin habló.

– Las Siete Ciudades estamos lidiando contra un enemigo nuevo. Uno que no conocíamos. Lo llaman el Culto Más Allá de la Muerte, y no lo dirige un caballero vulgar ni corriente, sino un hechicero que, parece ser… sirve al Monarca del Abismo.

– No existe la hechicería – dijo Hesiene. – Sólo la ciencia que no conocemos.

– Por decir esas cosas es que os desterraron – dijo Herrkin, con petulancia. – Pero la cuestión es que… El Tribunal de la Congregación y la Ciudad de Esenfield han ofrecido revisar vuestro caso, y levantar vuestro castigo. Para ello, sólo tenéis que usar vuestros conocimientos en contra de este hechicero.

Hesiene se cruzó de brazos, bajando la cabeza, y sonriendo mientras movía negativamente la cabeza, y la amargura le arrugaba el entrecejo. Belfamar suspiró. Arielle miró a ambas, con cara de no entender.

– ¿De pronto nuestros conocimientos son buenos? ¿No son contra la Voluntad de Iemehum? Porque cuando estuvimos frente al Tribunal, me dijeron… “¡Vuestra pretensión de conocer la naturaleza prescindiendo de los Siete Textos va en contra de la Voluntad del Señor!”. Eso dijeron. Lo tengo grabado a fuego en mi memoria, y… creedme, tengo muy buena memoria – dijo Hesiene.

– Es una prueba – dijo Herrkin, sonriendo con crueldad. – Si vosotras derrotáis a este hechicero, entonces quedará en claro que vosotras sois ejecutoras y parte de la Voluntad del Señor.

– La Voluntad de los Siete Dioses, la pueden encontrar en los Siete Textos – replicó Hesiene, burlesca. – Es el Tribunal quien está llamado a proclamar las verdades divinas. Yo, en esas materias, no soy más que una pobre ignorante. Así es que, si nada más que a eso es lo que venís, entonces ya podéis iros, porque en nada puedo ayudaros en contra de esos supuestos magos y hechiceros.

– Este hechicero se llama Armad – replicó Herrkin, ignorando por completo la réplica de Hesiene. – No sabemos quién es ni de dónde salió, sólo que se hace llamar a sí mismo Armad. Presume de haber estado en contacto con el Monarca del Abismo, que le concedió potestades infernales, las cuales ha usado para levantar un ejército. Y ése ejército…

El tono de voz de Herrkin había cambiado; a pesar de sus esfuerzos por controlarse, se hacía notorio que trataba de no quebrarse. Y eso, viniendo de quien era probablemente un soldado viejo y endurecido por las guerras, decía bastante acerca de la gravedad de la crisis.

– Las fuerzas de Armad asolan los campos. Secuestran a los campesinos. Y luego… luego los llevan a unos rituales infernales. En donde les arrancan la piel. Los desuellan vivos. Y… esa piel… Armad se la come. Es la fuente de su poder. “¡Denme pieles!”, grita. “¡Denme pieles para ingerir, y servir al Monarca del Abismo!”, le han oído gritar. Y luego… luego…

Herrkin tembló visiblemente, y no pudo seguir hablando. Bleckderd tomó la palabra.

– Los desollados están muertos, pero encadenados a la voluntad de Armad. Son soldados sin alma. Varios eran camaradas de armas a quienes tuve que detener yo mismo, en parte para defenderme y en parte para evitarles una suerte incluso peor. Los desollados no están ni muertos ni vivos, y no hay palabras para describir la pestilencia que sale de ellos. Y mientras más gente capturan, más pieles engulle Armad y más poderoso se hace, y más soldados tiene a su disposición con los cuales capturar a más gente, y… el poder de Armad crecerá y crecerá, y lo engullirá todo. Absolutamente todo. Y más tarde o más temprano… llegará hasta acá.

Bleckderd miró a Arielle de nuevo.

– Arielle es una bonita chica. Necesitada de protección – dijo, con un tono de voz ligeramente tétrico. Luego, con énfasis, añadió: – Mientras más poderoso se haga Armad, más cerca de acá vendrá. Y entonces, Arielle, así como vosotras, moriréis ejecutadas y pasaréis a formar parte del ejército de los desollados. Serviréis al Monarca del Abismo, y al final, vuestras almas serán malditas y serán perdidas, alejadas para siempre de la consoladora vista de los Siete Dioses.

– Mi respuesta sigue firme, y hablando yo, hablo por las tres aquí – dijo Hesiene, con aplomo. – Yo nada puedo hacer mientras el Tribunal siga creyendo que no existen verdades más allá de los Siete Textos. Mi ciencia no se encuentra contenida ahí.

– Entonces quizás haría mejor en mataros – dijo Herrkin, levantándose de la mesa con calma. – Después de todo, podrían estar rehusándose porque vosotras, al tener sabiduría que no viene de los Siete Dioses ni los Siete Textos, también servís a vuestra manera al Monarca del Abismo, ¿no? No queréis enfrentar a Armad porque vosotras también sois Hijas de la Perdición, ¿no?

Belfamar llevó la mano a la empuñadura de la espada. Bleckderd se paró con brusquedad. Los tres espadachines se quedaron mirándose entre sí, firmes, desafiantes, pero ninguno decidió desenfundar. Después de tensos instantes, Herrkin se dirigió a Bleckderd:

– Vámonos de aquí – dijo. – No parecen hechiceras diabólicas sino más bien pobres lunáticas. Dejémoslas en su miseria.

Un rato después, los dos jinetes del Templo Rojo volvían a cabalgar, alejándose de la mansión destartalada. Las tres chicas se quedaron en la mansión. Era notorio que cada una quería decir algo, pero ninguna se atrevía a ello. Hasta que finalmente Arielle rompió el silencio, con angustia.

– Hesi… Belfi… Tengo miedo.

– No te preocupes, Arielle, yo te voy a proteger – dijo Belfamar, abrazándola. Y luego, mirando a Hesiene, añadió: – Yo conozco esa mirada. Hesiene… conozco esa mirada.

– Tengo curiosidad – dijo Hesiene, mirando al horizonte con los ojos entrecerrados. – Un hombre que usa alguna clase de técnica para transformar a gente desollada en soldados, y consigue que esos soldados luchen por él, y además, tiene a todo el mundo convencido de que cumple la Voluntad del Monarca del Abismo. Eso… eso sí que merece la pena de ser examinado de cerca, ¿no te parece?

– Por los Siete Dioses – dijo Belfamar, con resignación. – Muy bien, dime cuándo partimos…

Próximo episodio: “En camino hacia Esenfield”.

2 comentarios:

Sayabros dijo...

Interesante inicio, se lee muy prometedor

murinus2009 dijo...

Ya recordé porque esta historia me recuerda a Claymore:
Protagonistas que son despreciadas por aquellos a los que ayudan y protegen.

Buen inicio, coincido con @Sayabros.

Hasta el momento no recuerdo otra donde los zombies-muertos vivientes sean desollados reanimados eso plantea muchos problemas que sera interesante ver como resuelves Guillermo.

Hesiene, una anciana en sus 30 años, me recuerda a Amy de Sailor Moon o tambien una version femenina de Hicup-Hipo de: Como Entrenar a tu Dragón

Belfamar, no se me ocurre nadie parecida en historias similares, quiza Sonya la Roja, por su descripción del rostro y fisico creo que una buena interprete seria la bailarina novia de un protagonista de Entebbe cinta (floja para mi) de este año.

Arielle, me recuerda totalmente a: Yayoi, la protagonista de:
La Princesa de los 1000 años.

Buen detalle, ese de Belfamar abrazando a Arielle, creaste chicas que se comportan como chicas.

A esperar el siguiente capitulo.

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