miércoles, 6 de junio de 2018

En Chile - "La copia feliz del Edén".

(Fuente).
Habían pasado casi tres semanas desde que Diego había pasado a la clandestinidad, escondiéndose de la justicia chilena, condenado como delincuente contra la Patria por haberse negado a comer choclo en un almuerzo. En ese tiempo, las cosas habían cambiado de manera visible. Hasta el minuto había laborado para el Canal de los Trabajadores en Noruelandia, en conjunto con su socio Fornidosson, a cargo ambos de una empresa de efectos especiales; ahora, en cambio, el mismo Canal de los Trabajadores le había contratado como personalidad de Internet, para referir sus experiencias en Chile. Y los videos de Diego estaban lentamente volviéndose virales.

– A los chilenos les encanta hablar de tolerancia, pero no la practican. Van en contra de cualquier persona que piense o haga cosas diferentes. Todos los chilenos se visten igual, ven los mismos programas de televisión, y escuchan la misma música. Si te sales de la norma en Chile, acabarás exiliado de su sociedad – había narrado Diego, en off por encima de una animación flash.

– Si tratas con un chileno, pueden pasar dos cosas. La mejor, es que no te hagan caso en absoluto. No te miran, no te escuchan, no te hablan, y si les intentas decir algo, te dejan con la palabra en la boca. A veces ni siquiera se despiden si se van. Pasas a ser el hombre invisible, te traspasan con la mirada como si no estuvieras ahí. Pero te puede pasar algo peor. Te puede pasar que te sonrían, y entonces… ten mucho cuidado. No te sonríen porque les caigas bien o te tengan estima. En realidad, los chilenos te sonríen porque han hecho el cálculo mental de que tienes algo que ellos quieren, y están tratando de que bajes la guardia para que les des eso que quieren, o tomarlo sin que te des cuenta. Y cuando tengan eso que quieren de ti, te harán invisible otra vez – había narrado Diego, en off por encima de otra animación flash.

– Los chilenos no miran al resto como seres con derechos, pensamientos o sentimientos, sino como una extensión de ellos mismos. Si te atreves a llevarles la contraria en cualquier cosa, aunque sea en lo más mínimo, se ofenden como si fuera un sacrilegio. Pero existe una excepción: se quedan muy tranquilos, e incluso te dan una sonrisa de bienvenida, si quien les lleva la contraria tiene mayor poder que ellos. El chileno no tiene mentalidad democrática porque todo lo ve según quien manda y quien obedece, y ellos siempre quieren mandar, salvo cuando no pueden porque alguien más también quiere mandar, y sí puede hacerlo – había narrado Diego, en off por encima de todavía otra animación flash.

Al principio, los medios de comunicación habían ninguneado los videos de Diego. Preferían promover una imagen de los chilenos como gentes solidarias, amables, amigos de sus amigos, y con espíritu para sufrirlo todo con una sonrisa porque son “aperrados”; esa imagen genera audiencia en Chile, y la audiencia genera publicidad y ganancias económicas.

Pero más de algún director de matinales empezó a sacar cuentas. Si los videos de Diego eran virales, habría audiencia para ellos. Alguno de los canales, más tarde o más temprano, les daría espacio, y serían éxitos de audiencia. Además, había un cierto sensacionalismo en que dichos textos fueran escritos por un caníbal que defecaba en la calle, imagen falsa y creada por los medios de comunicación, por supuesto, pero que ayudaba a desautorizar las críticas que se hicieran en los videos, y así, contener posibles daños a nivel social. Lo último que quieren los medios de comunicación de Chile, son audiencias que critiquen al Chile que venden los medios de comunicación, por supuesto.

Y le dieron espacio en el aire. No a Diego mismo, por supuesto, prófugo de la justicia como era. Pero sí a sus videos. Que se transformaron en materia de conversación para los panelistas.

– Igual, nos critica harto a los chilenos. O sea, ¿tan mal lo pasó el pobre tipo acá en Chile, que…?

– ¿Pero quién se cree este tipo que es para criticarnos? – soltó una panelista cuyo gran y casi único crédito era lo bien que se le veía el escote en pantalla.

– Pero, igual, no sé, como que un poquitito de razón en algunas cosas, a lo mejor tiene, ¿cachái?

– ¡Pero qué razón, por favor! Mira, los chilenos somos solidarios, aperrados, sufridos, siempre, pero lo que es siempre, recibimos bien a los extranjeros, así es que no podís llegar así de afuera y criticar sin saber, ¿no? Yo creo que deberían declararlo persona non grata, y expulsarlo del país. Así, tal cual.

– ¡Mira, mira! A ver, señor director, sí… A ver, aquí el señor director me informa, por el micrófono interno, que tenemos disponible otro video suyo, en donde parece que sigue criticando a los chilenos… Los sube en no… no… ¿noruelandés es el idioma? Eso, noruelandés, pero ya estamos trabajando para tenerlo doblado en castellano… Así es que, quédense en nuestra sintonía, vamos a una pausa comercial, así cortita-cortita, y al regreso, vamos a ver y analizar aquí con nuestros panelistas el nuevo video de Diego. No se vayan, una pausa cortita, y ya regresamos aquí, en “Amanece Chile”.

Diego estaba sentado en un café, usando el laptop encriptado que le había proporcionado la Embajada de Noruelandia en Chile, editando otra nueva animación flash para seguir hablando sobre Chile.

De pronto, un individuo salido desde la nada, se sentó frente a Diego. Era un tipo quizás cincuentón, un tanto pícnico, sin ser gordo, con un pelón en el centro de la cabeza y el pelo bien recortadito a los costados, lo que le daba un cierto aire a antiguo cura de parroquia. Vestía un terno de buen corte y tela, y usaba un maletín que parecía de cuero legítimo. Una vez sentado, de manera deportiva, miró a Diego y, sin perder mayor tiempo, le soltó con amabilidad:

– Hola, Diego. Qué tal…

– Usted se equivoca, yo no…

– Mira, mira, Diego, déjate de wevadas – dijo el tipo cincuentón con cierto aire a antiguo cura de parroquia. – Ese acento, hombre, se nota que es germano, o… lo que sea que hablen allá en Noruelandia, hombre. Además, no fue difícil encontrarte, así como te encontrarían los tiras si supieran hacer la pega bien. Eres inteligente en no grabarte a ti mismo, pero igual, en lo que dices y las imágenes que muestras, se puede deducir por dónde te mueves, a qué clase de lugares vas, etcétera. Y bueno, si andas oculto por ahí, justo lo que harías es eso que estás haciendo, o sea, estar con un laptop para editar y subir tus videítos ahí a Internet, ¿no?

– ¿Quién eres tú? – preguntó Diego, hostil, jugando a no confirmar ni negar nada.

– Ah, claro – dijo el tipo cincuentón con cierto aire a antiguo cura de parroquia, sacando una tarjeta, y entregándosela a Diego; en ella se leía “GENARO CHURRENETE, ABOGADO”. – Soy Genaro Churrenete, pero me puedes llamar Genaro, ¿no? Así, con buena onda, porque, ¿sabes? Mira, la cosa es así. Yo trabajo para gente… importante, ¿ves? Mira este terno. ¿Te gusta el corte? Terno fino, caro. Sus lucas me costó. Se necesitan buenos clientes para mandarse hacer un terno de éstos. Clientes con plata, hombre, no weones a pata pelá muertos de hambre. Si vai a un juicio laboral, defendís al empresario, no a los trabajadores de mierda con el sueldo mínimo que no tienen en donde caerse muertos, y así ganái plata, weón. Y, bueno… ahora esa gente con plata, me puso a cargo de todo este… lío de mierda que estái haciendo con esos videítos que subes ahí a Internet… Y bien que la cagaste, bien hasta el fondo, weón. Puta, el asunto tuyo no era tan difícil, weón. Una defensa jurídica como corresponde, y listo, así, pa’fuera, libre y sin cargos. Incluso después de la sentencia, ya de la cárcel no te salvái, pero luego igual podía muñequearse, ya sabes, algún beneficio carcelario, pam-pam en el poto, y pa’ la casa. Pero luego, ¿qué hace el weón? Empieza a subir videos hablando mierda de los chilenos. Y con eso, te cagaste solo. Tenís a todo Chile en contra, weón, porque a ver quién te defiende ahora. O sea… te van a hacer recagar, por weón.

– Y si me van a hacer recagar por esto, entonces, ¿por qué no llamái a… los…? ¿Los pacos?

– Sí, los pacos, así llaman a Carabineros acá en Chile. Puta, weón… Mira. Te quiero ayudar, ¿cachái? Estái revolviendo demasiado el gallinero. Acá tratamos de construir una… cómo lo llaman… una imagen-país, weón. Y tú nos estái dejando como la mona en el extranjero. Y la gente para la cual trabajo, peces gordos, inversionistas, la gente que manda aquí en Chile, weón, bueno, a ellos, esa weá no les gusta. Ya están hasta acá con las feminazis ésas que andan con las tetas al aire, y con los trabajadores, y los profesores, y… puta, no quieren más de eso… cómo era que lo llamaba mi profe en la Escuela de Derecho, el comunacho con tres casas ése… ah, sí. “Fermento social”. Puta, que siutiquería más grande, oye. “Fermento… social”. Quién dice que los rojos de mierda no son siúticos.

– Mira, al grano. Si vienes sin los pacos, es porque quieres un trato. Me lo tratas de vender como un favor, pero en realidad eres tú el que quieres arreglar esto lo más rápido que se pueda.

El rostro de Genaro Churrenete se endureció. La amabilidad se esfumó. Tomó aire de manera ampulosa, y luego, con firmeza, y perfecta calma, habló:

– Mira, weón, tú nunca hai estado acá en Chile, así es que te voy a explicar un par de cositas. Esto es Chile. Aquí nunca triunfan los buenos. ¿Sabís por qué? Porque cuando los españoles llegaron, esta weá era un criadero de indios de mierda que andaban con plumas en el poto. Los españoles vinieron y pusieron orden, y… cómo es que dice la Constitución, a ver, déjame acordarme… “Las personas nacen libres e iguales en dignidad y derechos”. Puta, que suena bonito, pero el papel lo aguanta todo, weón. La verdad… En Chile siempre han mandado unos poquitos, y siempre va a seguir siendo así. ¿Sabís por qué? Porque a los weones les gusta así. A los weones les gusta su casita de mierda, su autito de mierda, su crédito de consumo de mierda, sus vacaciones de mierda en la costa de mierda, y todas esas wevaditas, y si tienen que dejarse recagar para tener esas cosas, pues se dejan recagar, weón. ¿Sabís lo que dice el Himno Nacional de Chile? “Y tu campo de flores bordado… son la copia feliz de Edén”. Bonito, ¿no? Y vo’ cachái que el Edén no era una democracia, ¿no? Ahí mandaba Dios, Adán y Eva tenían que agachar el moño, y cuando les dio por hacerse los encachaos… ¡PAF! Patá en la raja, y pa’juera con los weones. Así no más es la cosa, weón.

Genaro Churrenete se echó hacia atrás, tomó un poco de aire, más por efecto dramático que por otra razón, y luego, con parsimonia renovada, siguió hablando:

– Mira este terno otra vez, weón. Carito. Pero bueno. Buen terno. ¿Sabís cómo me lo compré? Mira, mi familia era pobre. Mi viejo era albañil. Weón alcohólico, le aforraba a mi mamá, me aforraba a mí, un par de veces se tiró a mi hermana, pero puta, esto es Chile, weón. Pero mi viejo, él sabía su lugar. Y me enseñó a mí. El viejo era un weón de mierda, valía callampa como papá, pero de todos modos, igual me ayudó a pagarme la Escuela de Derecho. Ahí, dos maneras de titularte. O estudiái como weón hasta volverte mongólico, y salís de adentro medio webeta, con los cables pelaos, rayando la papa sin hablar de ninguna otra weá que de códigos y leyes y reglamentos y la mierda. La otra… te hacís amigo de la gente que importa, weón. Y, bueno… yo ya sabía cómo funcionaba. Me hice amigo de la gente importante. Como ellos eran hijitos de papá que, de Derecho poquito y na’, porque los profes igual los pasaban de ramo porque, mira weón, hijos de notario, de Ministros de Corte de Apelaciones, de ministros de Estado, de gente pulenta, weón, bueno, ellos no cachaban na’ de leyes, así es que… ¿a quién llamaban pa’ que les arreglara los cagazos? A mí, pues, que por ser pobre, tenía que estudiar un poquito más, y cachaba algo más de la weaíta. Y me fue bien, weón. Ahora asesoro a empresas grandes, weón. Trabajo para un consorcio económico que tiene un supermercado en todo Chile, farmacias, hasta una ISAPRE y una AFP, weón. ¿Los otros weones, los que no cachaban el mote y andaban con que estudiar, o que justicia social y la weá? Ahí pegaos en Familia, abogados de divorcios por cien lucas los muertos de hambre, o sacándole el 30% de las indemnizaciones a los trabajadores por despido injustificado porque con esas indemnizaciones cagonas, nadie te trabaja por el 10%… esas weás. O drogas, weón, narcotráfico, que esa weá igual mueve, ¿cachái? Bueno, weón… así se hace en Chile. Como lo hice yo. Haciéndose amigo de quienes hay que ser amigo. Ahora tengo un terno, gano plata como weón, me voy de viaje y me tiro sus buenas putas, con tetas y poto, weón… Y tú, weón…

Genaro Churrenete se adelantó y cruzó los dedos en ojiva. Su tono de voz se hizo algo amenazador.

– Tú estái a punto de irte cagando a la cárcel, mientras hacís videítos de mierda que en un mes más no va a ver nadie. Tus críticas se las van a pasar por el poto, porque, weón… la casita, el autito, las vacaciones, a la gente que no les quiten esas weaditas, ¿cachái? Así es que al final, weón, vai a acabar solo, cagao, y en cana. Aquí, wuevoncito, siempre ganan los mismos, y tú no eres de ésos. Esa weá se decidió hace quinientos años atrás, y un par de videítos de mierda no van a cambiar eso, ¿cachái?

Genaro Churrenete se echó hacia atrás, y volviendo a un tono amable y profesional de voz, se estiró mientras alargaba el dedo hacia la tarjeta, y le daba un par de golpecitos suaves.

– Mi número de teléfono, weón. Si entrái en razón, me pegái una llamada, conversamos, y ahí vemos qué se puede hacer con esta weá. A lo mejor conseguimos que ni te manden a la cárcel, que te manden de vuelta a Noruelandia, y todos felices. Bueno… tu decisión, querido Dieguito.

Y de manera tan intempestiva como había llegado, Genaro Churrenete se paró y se largó. Diego, estupefacto, se quedó sentado en la mesa, en solitario.

Por un instante pensó en rendirse. Pero luego, reflexionó. ¿Por qué, si Diego era un problema para tanta gente, Genaro Churrenete no quería que lo arrestaran y mandaran a la cárcel? ¿Por qué perder el tiempo amenazándolo? No, se dijo Diego a sí mismo, hay algo más en todo esto.

El padre de Diego había emigrado a Noruelandia, había hecho su vida allá, y había muerto. Diego había regresado a buscar su herencia. Y se había encontrado con la chilenidad. Diego estaba completando un ciclo, y eso exigía no largarse como un cobarde o un derrotado, sino quedarse y arrostrar lo que viniera.

Diego sacó su celular, y revisó cuánta memoria le quedaba; tenía la suficiente para tomar muchas fotos y videos. Guardó su laptop, pagó la cuenta y salió del café, mientras hacía una lista mental de varios lugares geográficos para registrar. Ese material le serviría para crear nuevas animaciones flash, ahora más ajustadas a la realidad. Era el final de una etapa, la de Diego sobreviviendo perseguido en Chile, y el inicio de otra, el descubrimiento de un país en apariencia destrozado y fracturado por sus propios habitantes. En ese minuto, para Diego, la exploración comenzaba.

Fin (¿por ahora?)

1 comentario:

Cesar Cuevas Rueda dijo...

Lo dejas justo cuando más interesante se empezaba a poner.

Espero su pronta continuación...
Eso y el retorno de Bastión Esperanza.

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