miércoles, 2 de mayo de 2018

Los años de Chile (6) - Límites de la expansión imperial española.

Estatua de Pelantaro en Purén (fuente).
Todos sabemos cómo, núcleos de resistencia aparte, las grandes superpotencias amerindias, el Imperio Azteca y el Imperio Inca, se derrumbaron al primer impacto contra los españoles. Los indígenas chilenos, en cambio, protegidos por la distancia desde España, por el territorio de bosques y montañas, por una estructura social simple y flexible, y por el desinterés español en sus recursos, o la falta de ellos mejor dicho, dieron tanta guerra, que andando el tiempo la Capitanía General de Chile recibió el sobrenombre de Flandes Indiano. Aún así, en el siglo XVI, los soldados profesionales brillaban por su ausencia en Chile. Las guerras eran libradas por vecinos que, entre sus deberes para con la Capitanía, debían prestar servicios personales en la defensa del reino. Valiente, claro que sí, pero no demasiado profesional. Lo que refuerza la idea de que, muy en el fondo, a la América española del siglo XVI venían aplicándosele esquemas propios del feudalismo medieval, en donde el señor tenía derecho a reclutar vasallos para sus campañas. En caso de guerra, los vecinos de la ciudad eran reclutados en milicias ciudadanas, las cuales marchaban al combate. Este modelo militar más o menos funcionó en el ciclo de guerras que acabó en 1.558, no sin penurias, eso sí, y las confrontaciones de menor intensidad que siguieron después hacían parecer innecesario desarrollar un ejército profesional. Por supuesto, el sobrenombre de Flandes Indiano que recibía Chile no era precisamente gratuito, como pronto acabarían por aprender los españoles...

Mientras tanto los españoles se acostumbraban a mandar en lo que actualmente es Chile central, y guerrear en la Frontera, en paralelo aparecieron los primeros atisbos de lo que podemos llamar una cultura literaria chilena. En las guerras contra Lautaro combatió un soldado llamado Alonso de Ercilla, quien entre refriega y refriega se dedicaba a escribir algunos versitos que después compendió en un poema épico que llamó La araucana, y que publicó en España en tres partes. Citemos por supuesto los clásicos versos que hasta fecha más o menos reciente solía enseñárseles a los escolares chilenos para que los aprendan de memoria: "Chile, fértil provincia y señalada / en la región Antártica famosa, / de remotas naciones respetada / por fuerte, principal y poderosa; / la gente que produce es tan granada, / tan soberbia, gallarda y belicosa, / que no ha sido por rey jamás regida / ni a extranjero dominio sometida". Por supuesto, Ercilla escribió esto antes de que la CIA financiara insurgentes en Chile, los acólitos de Milton Friedmann hipotecaran la sociedad a la religión de Chicago, y el agua cayera presa de los españoles (y los italianos)...

Pero volviendo al buen y viejo Ercilla. El punto de La araucana es celebrar el valor y coraje de los españoles combatiendo a los mapuches. Sin embargo, algo de admiración debía habérsele pegado respecto de éstos, porque al final los pinta tan bien, que acaban siendo los verdaderos héroes del cuento. Tanto, que para no olvidarnos de que los españoles son los héroes del asunto, Ercilla debe interrumpir su propio poema para referir en verso la Batalla de San Quintín contra los franceses en 1.557 (Cantos XVII y XVIII), y luego el Combate Naval de Lepanto contra los turcos en 1.571 (Canto XXIV). Como sea, filler estilo anime aparte, La araucana pasa por ser la primera gran descripción literaria de Chile y sus habitantes. Al menos, muchos héroes mapuches son recordados más con el aura romántica de que los reviste Ercilla, que por su verdadera significación histórica, que en muchos casos fue más bien anecdótica.

Alonso de Ercilla en un grabado de 1.776. El hombre que cantó las glorias de Arauco. Y San Quintín y Lepanto, vamos arreando.
Algo después, en 1.596, apareció publicado en Lima un poema épico llamado El Arauco domado. Su autor era Pedro de Oña, considerado el primer poeta netamente chileno, aunque sea por haber nacido en el entonces villorrio chileno de Angol, porque en cuanto a su atmósfera cultural, era un español de tomo y lomo, como no podía ser de otra manera, considerando que en esa época apenas existía algo que pudiera ser reconocido como cultura chilena. A mayor abundamiento, Pedro de Oña viajó a Perú, se educó allá, y ascendió gracias a una circunstancia inesperada. En la década de 1.590, el Virrey del Perú era García Hurtado de Mendoza, el mismo que ya mencionábamos como Gobernador de Chile entre 1.557 y 1.561; como éste había quedado insatisfecho con el retrato que Alonso de Ercilla había hecho de él en La Araucana, encargó a Pedro de Oña su propio poema épico.

Si agarran cualquier manual de Historia de Chile, encontrarán el nombre de Pedro de Oña grabado en letras de oro, pero esto es la Guillermocracia, y eso nos obliga a ser honestos; en realidad, a Pedro de Oña apenas se lo enseña en los colegios, y casi nadie lee hoy en día El Arauco domado más allá de los cuatro gatos especializados en Literatura Barroca Hispanoamericana en los cenáculos literarios de la academia. Por una muy buena razón: so pretexto de retratar la Guerra de Arauco, en realidad Pedro de Oña se deja influir por La Eneida de Virgilio para componer un poema a gusto europeo, en vez de retratar la realidad histórica y social chilena. Así, en la obra de Pedro de Oña vemos ninfas y sátiros, y enumeraciones de árboles que son europeos y no chilenos. Dicho en otros términos, Pedro de Oña es el primer Cool Cultureta Corporativo chileno, cuatro siglos antes de que tuviéramos que soportar esta plaga en masa.

Y mencionemos también que por la época vio la luz el primer trabajo historiográfico escrito sobre Chile, la Cronica y Relación Copiosa y Verdadera de los Reinos de Chile de Jerónimo de Vivar, quien era uno de los compañeros de Valdivia; el texto de marras es una de las principales fuentes de documentación sobre la conquista chilena hasta 1.558, año en que se interrumpe la relación vivariana. Lo triste es que del propio Vivar sabemos entre poco y nada. Su texto fue citado por varios historiadores posteriores, incluyendo el siempre inapreciable Diego de Rosales, pero el original mismo estuvo desaparecido hasta mediados del siglo XX; sólo en 1.966 se publicó una edición facsimilar de éste.

De esta época debemos mencionar también a Alonso de Góngora Marmolejo, quizás la más autorizada fuente historiográfica de su tiempo y época. Fue soldado a las órdenes de Valdivia, pero cayó en la pobreza y el olvido a medida que los antiguos soldados de Valdivia fueron dejados a un lado por los nuevos españoles que venían desde la península. En la pobreza escribió Historia de Todas las Cosas que han Acaecido en el Reino de Chile y de los que lo han gobernado, mejor conocido como Historia de Chile desde su descubrimiento hasta el año de 1.575. Llega hasta ahí porque era su actualidad contemporánea; supongo que habría alucinado en colores si viera trabajos historiográficos actuales como el que estoy escribiendo y editando ahora, y descubriera que lo suyo es apenas el prólogo de todo lo que está por venir, y que quizás, si les ha gustado a los lectores de la Guillermocracia, me aplique yo a la tarea de proseguir. Como otros manuscritos de la época, el texto de Góngora Marmolejo desapareció, y sólo vino a ser redescubierto y publicado en 1.850.

Pedro de Oña. Nació en América, pero escribió historias épicas al gusto europeo. Ni en eso George R.R. Martin es original.
Quizás no tan egregio como los anteriores, merece también alguna mención Pedro Mariño de Lobera, otro antiguo soldado de Valdivia que siguió bajo las órdenes de Villagra y Hurtado de Mendoza. En lo que ya es un gag recurrente y más quemado que los personajes secundarios de Los Simpsons, su texto, la Crónica del Reino de Chile, no fue publicado sino hasta 1.865. Su texto, quizás menos interesante que los anteriores, tiene algún valor porque se centra más bien en el período de Hurtado de Mendoza, y por tanto, sirve como contrapunto para los relatos anteriores, que tienden a ensalzar la figura de Valdivia y su camarilla. Por cierto, hoy en día no sabemos cuánto del texto es obra del mismo Mariño de Lobera, y cuanto se le debe a la corrección introducida por un sacerdote jesuita llamado Bartolomé de Escobar. Como podrán apreciar, y como ocurre con otros períodos y lugares históricos, el historiador profesional la tiene un poco cruda para averiguar la verdad de lo sucedido, en medio de tantos relatos de tintes diferentes entre sí.

No todo eran requiebros literarios o historiográficos, por supuesto; la dura realidad seguía allá afuera. Aparte del nunca bien cerrado frente mapuche, a finales del siglo XVI apareció una nueva plaga en Chile: la piratería. Ya lo decíamos un par de capítulos atrás de Los años de Chile, aquí en la Guillermocracia: en 1.578, el corsario inglés Francis Drake se abrió paso hasta el Océano Pacífico y saqueó Valparaíso y El Callao. Era lo impensable. Hernando de Magallanes había pasado desde el Océano Atlántico al Pacífico en 1.520, pero desde entonces, nadie había repetido la hazaña. Comprensiblemente mosqueado, el entonces virrey Francisco de Toledo decidió emprender la exploración y eventual colonización del territorio magallánico, para así cerrar el paso a naves hostiles. Con esta mira, envió una expedición, capitaneada por el navegante Pedro Sarmiento de Gamboa. La expedición estuvo plagada de contratiempos, incluyendo desperfectos, tormentas, conflictos entre oficiales e incluso un intento de motín. Arribó a España en 1.580, y entregó al rey Felipe II un prolijo reporte de lo que había en las regiones magallánicas. El monarca de inmediato ordenó la colonización del Estrecho de Magallanes, encargando la misión al mismo Sarmiento de Gamboa.

En 1.584, Sarmiento de Gamboa fundó un asentamiento en el Estrecho de Magallanes, que llamó Rey Don Felipe. Lo que siguió es una de las narraciones más desgraciadas en la Historia de Chile, con los colonos pereciendo de hambre o congelación, sin alimentos e incluso sin agua dulce, además de sometidos al constante ataque de los indios patagones de la región, a quienes por supuesto nadie les había pedido permiso para asentarse en una propiedad que en realidad venía siendo suya. Sarmiento de Gamboa navegó de regreso para buscar ayuda, dejando a algunos colonos atrás. Tres años después, el corsario inglés Thomas Cavendish descubrió lo que quedaba de la colonia... y ningún superviviente. Y la llamó Puerto del Hambre. Habría que esperar recién hasta mediados del siglo XIX para que pioneros procedentes desde el ahora independiente Chile intentaran la colonización de esas tierras.

Mejor suerte la tuvieron otras empresas colonizadoras. En la época, numerosos territorios al este de la Cordillera de los Andes, en la actualidad argentinos, dependían administrativamente de la Capitanía General de Chile. Y los gobernantes se dedicaron a incentivar el poblamiento de esas tierras. En 1.561, Pedro del Castillo fundó una ciudad a la que llamó Mendoza con perfecto espíritu lamebotas, para congraciarse con el Gobernador García Hurtado de Mendoza. Luego se fundó la ciudad de San Luis de Tucumán. El historiador Diego Barros Arana menciona documentos que tratan sobre la fundación, aunque desliza la idea de que habrían sido los habitantes de Mendoza quienes habrían fundado la ciudad de motu propio, para explotar ciertos filones de oro que existían en la región. Durante siglos, tales ciudades hoy argentinas estarían vinculadas a Chile, hasta el punto que uno de los próceres de la independencia chilena, Juan Martínez de Rozas, era mendocino por nacimiento.

Lo que queda de la iglesia construida en Puerto del Hambre en 1.584 (fuente). No me hagan escribir un chiste hereje aquí.
También por ese tiempo comenzó la colonización de la isla de Chiloé. La isla misma había sido descubierta en 1.553 por el navegante Francisco de Ulloa, pero no fue sino hasta 1.567 que se emprendió una expedición para colonizarla, fundándose la ciudad de Castro en tal año, y la de Ancud al siguiente. El capitán de la expedición fue Martín Ruiz de Gamboa, que años después llegó a Gobernador de Chile, y quien mencionamos de pasada a propósito de la Tasa de Gamboa que intentó instituir en 1.580. Con los años, Chiloé se transformó en el punto más austral de la Capitanía General de Chile, y del Imperio Español en su conjunto. Fue también la última fortaleza española conquistada por Chile, cayendo en manos de la naciente república recién en 1.826.

Y en otra dirección diferente, hacia la ancha mar océana, un navegante llamado Juan Fernández descubrió por ventura un sistema de vientos que le permitieron acortar sobremanera la navegación entre Chile y El Callao. Surgió una leyenda según la cual el señor Fernández habría sido acusado de hechicería y procesado por la Inquisición, debido a este feliz hallazgo, aunque esto parece ser más leyenda negra que realidad. Como sea, este viaje, o alguno posterior del señor Fernández, dejó otro pequeño saldo a favor de Chile: el descubrimiento de las tres islas volcánicas que conforman el hoy en día llamado Archipiélago Juan Fernández. Aparte de la famosa langosta de Juan Fernández, y su valor ecológico como reserva natural, el archipiélago dejó un pequeño legado para la cultura universal: las peripecias del marino escocés Alejandro Selkirk, quien fue el único habitante del archipiélago durante cuatro años, entre 1.704 y 1.709, sirvieron de inspiración para el escritor Daniel Defoe y su célebre novela Robinson Crusoe. Eso sí, la ficticia isla de Crusoe no es una del Archipiélago Juan Fernández, sino que se encuentra en la desembocadura del Río Orinoco. Licencias dramáticas, que las llaman.

En 1.592 arribó a Chile un nuevo gobernador, llamado Martín García Oñez de Loyola. Si se lo están preguntando, el apellido no es casual: era sobrino nieto de Ignacio de Loyola. Llegó a Perú acompañando al Virrey Francisco de Toledo. Por esos años Tupac Amaru, el último personaje que podemos llamar gobernante del Imperio Inca, intentó enervar la dominación española. A cargo de un piquete de los unos veinticinco soldados, García Oñez de Loyola persiguió a Tupac Amaru por junglas y montañas, le capturó, y le llevó a Cuzco, en donde el último Sapa Inca fue ejecutado. Esta peripecia encumbró a García Oñez de Loyola a las más altas posiciones, ayudado por su matrimonio con una sobrina del malogrado Tupac Amaru, que al ser bautizada, adoptó el nombre de Beatriz Clara Coya, a través del cual adquirió una fortuna bastante cuantiosa. O sea, Martín García Oñez de Loyola era pariente por sangre del fundador de la Compañía de Jesús, y además, por matrimonio, con la dinastía real incaica. Que a ningún farol de calle le falte su enchufe, digo yo.

Este hombre venía a Chile con el propósito de solucionar de una vez por todas el asunto de los mapuches en el sur; no podía saber el pobre que, unos años después, los mapuches iban a solucionarlo a él. A poco llegar, descubrió que los 110 hombres con los que contaba para su empresa eran demasiado pocos, pero el Virreinato del Perú se negó a enviarle más, en parte porque temían la presencia en el Océano Pacífico de un corsario inglés llamado John Hawkins, que podía saquear Perú, claro está; dicho sea de paso, Hawkins también se dio maña para asolar Chile, porque en esos años, los poquitos piratas y corsarios ingleses que conseguían llegar al Océano Pacífico, agarraban a Chile de punto. En cualquier caso, con ayudas obtenidas aquí y allá, Martín García Oñez de Loyola emprendió su campaña militar en 1.594. La que lleva de cajón al Desastre de Curalaba.

Erto Pantoja como el Gobernador Martín García Oñez de Loyola en la miniserie chilena Sitiados, de 2.015. La que no le gustó mucho a los mapuches, todo sea dicho.
Martín García Oñez de Loyola no es el primer ni el último militar lo suficientemente estúpido como para subestimar a los nativos por ser eso, nativos. Aunque tampoco debemos ser demasiado severos con él. Después de todo, el pobre no recibió excesivas ayudas ni de los vecinos de las ciudades españolas, siempre reacios a alistarse, ni tampoco del Virrey, que fue uno de los primeros en sumarse a la larga y venerable tradición de virreyes peruanos a quienes cualquier asunto chileno era un pelo de la cola en el mejor de los casos, y un fastidio en el peor. Un juicio prudente diría que el pobre García Oñez de Loyola hizo lo que pudo con lo que tenía. Aunque no cuidar de que hubiera centinelas vigilando toda la noche en su campamento, como sucedió en Curalaba... no haré un chiste con eso porque los mismos se escriben solos.

Ustedes ya se imaginan lo que sucedió. Pero prefiero dejarle la palabra al siempre florido Diego Barros Arana, quien describe así lo que la historiografía tradicional chilena ha venido en llamar el Desastre de Curalaba: "El Gobernador no tuvo tiempo para vestir su armadura; empuñó, sin embargo, la espada y el escudo, y rodeado por unos pocos de sus compañeros, trató de organizar la resistencia, o a lo menos de pelear hasta morir. Su resolución fue absolutamente estéril. (...). Óñez de Loyola y dos de los suyos, que estaban a su lado, hicieron, según se cuenta, prodigios de valor, pero sucumbieron antes de mucho, traspasados por las picas de los indios" (Historia General de Chile, Tomo III, capítulo Decimocuarto, Párrafo 6). La masacre fue tan grande, que el propio Barros Arana refiere lo dificultoso de reconstruir lo sucedido a partir de los escasísimos testimonios de los pocos que sobrevivieron. El Desastre de Curalaba, aunque desastre para el lado perdedor por supuesto, sucedió en la noche del 24 de Diciembre de 1.598; al día siguiente se cumplían cuarenta y cinco años de la otra muerte de un Gobernador chileno a manos mapuches, la de Pedro de Valdivia.

El arquitecto de la derrota española fue un toqui mapuche llamado Pelantaro. Lo que vino, la Historiografía le dio un nombre digno de Tolkien o Martin: La Destrucción de las Siete Ciudades. Porque en efecto, las ciudades de Arauco, Angol, Tucapel, Imperial, Villarrica, Valdivia y Santa Marina, todas ellas al sur del Río Biobío, fueron arrasadas hasta sus cimientos. La frontera militar retrocedió bruscamente y por segunda vez hasta el Río Biobío, y con la excepción de los asentamientos en Chiloé, en dicho Río Biobío la frontera iba a quedar porfiadamente enclavada durante siglos. En años sucesivos, los españoles iban a instalarse en Valdivia de nuevo, pero en condiciones bastante precarias. Dichos territorios mapuches sólo iban a ser conquistados por los chilenos, ya idos los españoles, y esto, ya en la segunda mitad del siglo XIX.

La Destrucción de las Siete Ciudades iba a resultar decisiva en la historia chilena posterior. El desarrollo de lo que hoy en día llamamos Chile, iba a producirse fundamentalmente desde el Biobío hacia el norte. Desde el Biobío al sur, iba a configurarse un nuevo territorio, la Araucanía, aunque fuera en contraposición a los invasores que venían desde el norte. Y el tema de la Araucanía, lejos de resolverse, hoy en día está más candente que nunca en el debate político y social chileno. La Araucanía es el único territorio en el Chile en el cual, en lo que va del siglo XXI, se ha invocado la Ley Antiterrorista, y eso algo debería decir. Al momento de corregir estas líneas para publicación, en la primera mitad de 2.018, funcionarios de Carabineros de Chile estaban bajo investigación, acusados de falsificar pruebas para incriminar a comuneros mapuches como terroristas. La Guerra de Arauco, la organización estamental, el peso de la Iglesia Católica, la relativa pobreza del territorio chileno, todos esos factores iban a incidir en la construcción de la sociedad e institucionalidad de la todavía futura República de Chile. ¿Cómo? Por el minuto hemos alcanzado un punto y aparte; en algún futuro, si se dan las circunstancias y es de beneplácito para los lectores, habremos de seguir adelante con esta narración que hemos llamado Los años de Chile, aquí en la Guillermocracia.

Pelantaro por veczanettiberrocal (fuente). Uno que quiere acreditar a los artistas para darles merecido crédito por su trabajo, y ellos van y se ponen esos nick de Internet...

3 comentarios:

murinus2009 dijo...

Gran serie de Entradas dedicadas a Chile Guillermo.

En lo personal estoy de acuerdo en que la serie siga, ya sea mas adelante... o la semana que viene para saber la historia de el Chile Industrial y moderno, algo se que es el primer productor de Cobre en el mundo ¿que mas hay?.
La informacion que das es muy completa al menos en mi caso tendre que leerla varias veces para poder entenderla al maximo.
Queda claro eso si que la colonizacion de Chile fue toda una odisea los españoles tuvieron que atravesar el desierto mas seco del mundo, encontraron tierras mas bien pobres donde asentarse, se toparon con nativos que resultaron ferreos guerreros y hasta fueron asediados por piratas.

No se me ocurren otros pueblos tan belicosos como los Mapuches quiza solo:
Los Gurkhas de Nepal que hoy dia son mercenarios al aservicio de Reino Unido y...
Los Masai de kenya y Tanzania que fueron capaces de defenderse y mantener su pueblo contra los invasores europeos.

Eso de; La Destruccion de las Siete Ciudades, da para una serie o una buena pelicula de accion historica.

Hasta pronto.

Cesar Cuevas Rueda dijo...

Apoyo a Murinus. Me interesa mucho seguir leyendo la historia republicana de tu país, la versión de conflicto que tuvo con el mío, y su realidad actual, esa que insinúas en “En Chile”.

Guillermo Ríos dijo...

@murinus2009, gracias por el apoyo, y tenemos bastante avanzado lo que vendría siendo el borrador del período entre 1.602 y 1.808. Con todo, me faltan algunas cosas de importancia, así es que la continuación va a tardar un poco más.

Releyendo el material, entiendo que me haya quedado un tanto denso. Voy a tratar, para las siguientes entregas, de aligerar un poco.

En la década de 1.980 hubo una especie de serie documental llamada Chile: Cinco siglos de historia, que se emitió como parte de un programa educativo llamado Teleduc. Era muy buena, pero nunca la han emitido de nuevo, y no he conseguido pillarla en YouTube, a ver si algún buen cristiano que en esa época estuviere armado con un VHS la hubiere grabado, y después la hubiera subido.

@Cesar_Cuevas_Rueda, para la historia de los grandes conflictos entre Chile, Perú y Bolivia, falta más que un poquito. Por supuesto que quiero llegar hasta ahí, pero... un poco de paciencia, por favor.