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domingo, 20 de mayo de 2018

"Erase una vez... la vida": Esa ciudad llamada el cuerpo humano.


Le hemos dedicado un cierto espacio acá en la Guillermocracia, a las viejas series animadas que produjo en su día el recordado y llorado productor francés Albert Barillé (1.920 - 2.009), creadas bajo el título genérico de "Erase una vez...", más la temática de turno. La primera fue Erase una vez... el hombre, a la que en su día dedicamos un posteo primero, y después una publicación adicional (¡en dos partes!) reseñándola episodio a episodio. Luego nos referimos a la segunda serie en cuestión, que fue Erase una vez... el espacio. Ahora toca el turno a la tercera de ellas, que fue Erase una vez... la vida.

La serie de marras constó, al igual que sus antecesoras, de veintiséis episodios, y fue una producción en conjunto por parte de una cantidad obscena de gentes de Francia, Suiza, Bélgica, España, Canadá y Japón, para que no falte aquí. En algunos países se estrenó como Micro Patrol, título quizás un poco más ajustado. Fue estrenada en 1.987, aunque en el mundo hispanohablante debimos esperar a la década de 1.990 para verla, si no me falla la memoria. La canción original fue cantada en francés por Sandra Kim, que había ido a Eurovisión en 1.986; por una vez en la vida, no se pusieron a meter mano en el asunto para la edición hispanohablante, y se limitaron a traducir la canción al castellano en vez de inventarse una nueva y encargársela al grupo Parchís. La un tanto flojita banda sonora es de Michel Legrand, quien recicló varios motivos musicales de Erase una vez... el espacio. O acaso no compuso nada nuevo, y se limitó a cobrar royalties por el reciclaje de su trabajo anterior. Ni lo sé, ni me preocupa la ignorancia sobre tal punto.

Erase una vez... el hombre había intentado recrear la Historia Universal mezclando narrativa educacional con personajes viviendo aventuras de la vida cotidiana en otras épocas, más unas pintas de humor slapstick para regocijar a los peques de la casa. Erase una vez... el espacio había dejado a un lado casi por completo el elemento educacional, y era más una serie de aventuras espaciales muy en la vena de lo que venía siendo la Ciencia Ficción europea en la década de 1.970. Para Erase una vez... la vida, giraron otra vez el dial, ahora con el elemento educacional al máximo. Con resultados quizás un tanto aburridos, si me preguntan. Porque intentaron encajar el viejo tratamiento de la serie, con un elenco de personajes estables, pero ahora dentro del cuerpo humano. Los resultados son... un tanto forzados.

Pedrito y Kira, glóbulos blancos patrullando el cuerpo humano.
A diferencia de las dos series anteriores, en donde vemos un desarrollo argumental, la Historia de la Humanidad en un caso y la aventura espacial en el otro, la propia premisa aquí hace imposible dicho desarrollo. Cada episodio de Erase una vez... la vida se refiere a un órgano, sistema o proceso fisiológico diferente, dentro del cuerpo humano por supuesto. Como debido a la premisa es casi imposible crear una línea argumental que vaya de principio a fin de la serie, termina resultando que cada episodio es más o menos autoconclusivo. Y repetitivo, además.

Así, vemos los personajes anteriores de las otras serie encajados en distintos roles en el cuerpo humano. Pedrito y Kira aparecen como linfocitos (glóbulos blancos, vamos) patrullando el cuerpo humano, y el robot Metro aparece como anticuerpo. El Maestro por su parte aparece en un doble rol: por un lado es quien está a cargo del centro de mando que es el cerebro, y por el otro, le vemos dentro del núcleo celular, controlando la actividad de la célula que se esté presentando en el minuto. Lo que puede ser algo confuso, por supuesto. A su vez, aparece un personaje que más o menos se parece al Maestro, y que comanda un trío de eritrocitos (glóbulos rojos, vamos), que con sus viajes por el cuerpo humano, se encargan de empapelarnos con murallas de información sobre lo que ocurre en tal o cual órgano. El Gordo por su parte aparece como un macrófago, uno de esos glóbulos blancos encargados de tragarse a los bichos hostiles. El Tiñoso y el Enclenque aparecen también, como microbios patógenos siempre a salto de mata intentando infectar el cuerpo humano. ¿No tienen idea de qué personajes hablo? Eso es porque no han visto las series anteriores. Pero para eso tienen los posteos que he publicado al respecto en la Guillermocracia y cuyos enlaces incluí más arriba: para documentarse. Así es que pueden leerlos si gustan; no se preocupen, porque yo los espero.

En cuanto al resto, sigamos. Respecto de la premisa argumental, es más bien poco lo que se puede comentar, por lo que decía: por la propia estructura de la serie, los episodios acaban por ser autoconclusivos. De manera que cuando un episodio se refiere al corazón, por ejemplo, no hay mucho más que comentar aparte de que... se refiere al corazón, a riesgo de ser redundante. Esto hace que mandarse una maratón de la serie acabe por resultar un tanto tedioso. Todos los episodios presentan más o menos lo mismo: Pedrito o Gordito en el mundo exterior haciendo cosas de niños como comer, correr o dormir, el Cerebro de Pedrito o Gordito preparando al organismo para la actividad que se viene, los linfocitos patrullando, el trío de glóbulos rojos explicando cosas, un ataque de microbios patógenos para amenizar las cosas, batalla final entre los patógenos y las fuerzas de seguridad, y fin. Una y otra vez, a lo largo del grueso de los veintiséis episodios.

El Maestro a cargo, o de cómo el cuerpo humano es una meritocracia en vez de un concurso de popularidad.
Además, el propio ritmo de cada episodio es bastante lento. Todos quienes hemos tenido el legendario manual de Biología de Helena Curtis en las manos, sabemos que se le puede sacar mucho jugo al cuerpo humano en términos de montarse explicaciones, pero es difícil ahondar sin volverse demasiado técnicos, y por tanto, impenetrable para los niños que se suponen son los destinatarios de la serie. Por lo tanto, la serie debe quedarse con los aspectos más esenciales del asunto. Que el corazón late e impulsa la sangre, o que el cerebro da las órdenes, etcétera. Al respecto, la serie hace un trabajo loable traduciendo a imaginería infantil algunos conceptos un tanto refinados como lo que es el impulso nervioso de neurona a neurona, los neurotransmisores, las hormonas, etcétera. Pero, lo ya dicho: hay un punto hasta el cual se puede profundizar, y a partir de ahí, detenerse. Esto resulta en que, para rellenar los veintialgos minutos de cada episodio, se necesite un montón de relleno, y esto lastra cada capítulo de manera fatal. La idea es educar entreteniendo, pero el segundo aspecto, quizás falla un poquito. O a lo mejor, a los niños les llega por el sentido de la maravilla. No sé. Sólo que si vieron la serie de niños y le vuelven a echar un vistazo de adultos, bueno, quizás...

Por supuesto, siendo la idea el darle a los niños de la casa una primera impresión acerca del cuerpo humano y cómo funciona, la serie probablemente da en el clavo. En el apartado visual, la serie es increíblemente suntuosa e imaginativa, y todo eso con los estándares más primitivos de lo que era la animación en la década de 1.980. Imagino que a muchos niños se les caerán las fauces mirando esas paredes capilares, esas células, esas válvulas cardíacas, etcétera. Los personajes también son muy coloridos e imaginativos. Y no solamente los protagonistas, sino también otras células. Vemos células musculares remando, células dérmicas trepando, plaquetas cicatrizando, y un larguísimo etcétera. Vemos conceptos que para los niños pueden ser bastante elaborados, como por ejemplo el ADN, el ARN, los procesos de transcripción de información a nivel genético, etcétera. Es muy posible que todo eso, a los niños les suene a chino, porque son ideas bastante complejas. Aunque eso da lo mismo. Lo importante aquí es que los niños tengan un primer contacto con estos temas, y en esto, la serie cumple de manera sobrada. Imagino que más de algún niño viendo esta serie en su día, quiso después estudiar Medicina, Enfermería o algo por el estilo, y eso está más que bien, por supuesto. Mejor que se dediquen a las ciencias del cuerpo humano que a actividades más deleznables como el narcotráfico, las estafas piramidales, o las conferencias sobre Economía en centros de eventos para grupos empresariales.

Hasta el minuto he puesto hincapié en que la serie puede ser un tanto morosa y repetitiva. Lo es. Pero sería injusto no mencionar que, a ratos, consigue sacudirse un poco. A veces con escenas de vida cotidiana simples, pero efectivas. Como por ejemplo en el episodio de la respiración, en donde vemos a los jóvenes hacer ejercicio, lo que aprovechamos para ver fugazmente el interior del cuerpo del Enclenque, lleno de las toxinas del cigarrillo, como ejemplo de cuerpo mal mantenido. Otras veces con inclusiones a hitos históricos, como una breve secuencia dedicada a Miguel Servet, a propósito de la circulación de la sangre. O paleontológicos, como una secuencia bastante extensa dedicada a cómo el cuerpo humano se adaptó en tiempos de los cavernícolas para responder a los desafíos ambientales de ese entonces. Son adiciones que se agradecen, porque le introducen algo de variedad a lo que de otra manera podría ser una serie un tanto monótona.

Vida saludable al estilo de la década de 1.980. Sin las mallas de Jane Fonda o Cindy Crawford, eso sí.
También merece alguna nota que la serie se las arregla para tener un comienzo y un final. El primer episodio parte por lo básico, por supuesto: la célula. Luego, el segundo episodio se refiere al nacimiento. El tercer episodio va sobre el sistema inmunológico, una elección rara en términos expositivos, pero que se justifica debido a la necesidad de presentar a Pedrito, Kira y Gordito como agentes de la policía biológica del cuerpo. Luego, se le dedican varios episodios a temas relacionados con la circulación de la sangre, lo que sirve para introducir al trío de glóbulos rojos, aunque eso podría haberse abreviado un poco... pero había que alargar hasta veintiséis episodios, supongo. El grueso de los episodios medios se dedican a los sentidos del cuerpo, a tales o cuales órganos, etcétera. Ya avanzando hacia el final se le dedican otro par de episodios a cómo el cuerpo se defiende de agresores externos, uno respecto de las toxinas y otro sobre las vacunas, este último de increíble relevancia en estos tiempos de nuevo oscurantismo en donde han surgido movimientos contra la vacunación por todas partes, porque la ignorancia nunca parece querer morir.

El final de la serie, por su parte, entra en un terreno bastante más psicodélico. El penúltimo episodio es dedicado al sueño. Por un lado vemos que el cuerpo se repara durante el sueño, pero por el otro, se nos rellena con una secuencia bastante extensa en donde vemos un sueño de Pedrito volando, que en realidad no añade demasiado, y ni siquiera es todo lo psicodélica que podría haber sido. El último episodio, por su parte, es... veamos. Podría decirse que es sobre la muerte y la vida. Parte con una extensa referencia acerca de cómo el cuerpo humano se va apagando con la edad, y que remata con la muerte del abuelo de Pedrito. Pero luego, ¡no nos deprimamos!, vemos cómo toda la actividad celular y biológica del cuerpo humano está al servicio de la expansión humana a través de la Historia, y en un futuro, del espacio exterior en donde no sólo colonizaremos otros mundos, sino que además tomaremos el control de nuestra estructura biológica vía Ingeniería Genética para... en efecto, la segunda mitad del último capítulo abandona por completo la premisa, igual como lo hizo en su día Erase una vez... el hombre, y entramos en una ida de olla con Ciencia Ficción pura y dura que incluye programas eugenésicos de mejoramiento de la raza humana, etcétera.

En definitiva, parte del goce de esta serie está condicionada a sus objetivos. A diferencia de las dos series anteriores, que son para niños pero pueden ser más o menos disfrutadas por un público adulto dentro de ciertos parámetros, en ésta los destinatarios exclusivos parecen ser los niños. Para ellos, tenemos un glorioso espectáculo que es una primera toma de contacto con las realidades propias del cuerpo humano, que además pone énfasis en la importancia de mantener una buena salud corporal y buenos hábitos de vida y alimentación. Para el resto de nosotros los mortales, la serie puede hacerse un tanto monótona y repetitiva. Es fácil verla entonces como una especie de hermanita menor, quizás no demasiado lograda, de Erase una vez... el hombre, aunque tampoco pretende ser otra cosa. Mi recomendación personal, adultos que están leyendo este mamotreto, es que si la vieron de niños, mejor se queden con el recuerdo. Pero no pierdan ocasión de hacerla ver a sus propios hijos. Aunque sea para que, desde chiquitos, vayan tomándole el peso a la importancia de alimentarse bien, de hacer ejercicio físico, de no fumar, de vacunarse, y no menos importante, de que una serie animada debe contar con buenos valores de producción, en vez de algunos horrores cubistas o surrealistas que pasan por animación en estos días.

El inevitable mercadishing, o qué esperaban.

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