miércoles, 9 de mayo de 2018

En Chile - "Inquietante".


Animar un personaje de CGI es tarea fácil: basta con tener un programa de computador más o menos decente, y dedicarse horas y horas de trabajo para conseguir resultados. Animarlo de manera correcta, eso es lo realmente satánico. Un personaje de CGI animado de manera básica es sólo un monigote sin gracia. Puede animárselo de manera caricaturesca, lo que es el siguiente nivel de dificultad, pero aunque no tan difícil como una animación realista, sigue siendo apenas una caricatura. Que el personaje de CGI se mueva de manera adecuada, eso es lo difícil, porque, o se triunfa o se fracasa. No existen personajes de CGI que sean casi realistas o casi humanos. Los que son sólo “casi”, los que llegan hasta ese nivel sin ser completamente humanos, caen en el “valle inquietante”, el “uncanny valley” como se llama en el mundo anglosajón, personajes que se ven y se comportan como humanos, pero no por completo, abriendo así una diminuta puerta para la percepción de que hay algo en ellos que está fuera de lugar, una cierta sensación lovecraftiana de que son humanos falsos, impostores, máscaras ambulantes sin sentimientos y sin alma. Como buen especialista en efectos especiales por computadora, Diego estaba atento a este peligro, mientras laboraba horas y horas en su computador, desarrollando su trabajo en conjunto con su amigo y socio Fornidosson, uno en Noruelandia y el otro en Chile.

Diego levantó la mirada. Tenía los ojos cansados e irritados. Por alguna razón, el condenado monigote en que estaban trabajando, se negaba a quedar por completo al natural. Afuera estaba atardeciendo.

Y de pronto escuchó un ruido de algo deslizándose a través de la reja de su casa. Levantó la mirada. Había alguien al otro lado de la reja, yéndose con premura. Diego se paró y salió al jardín, a echar un vistazo. El personaje en cuestión ya se había ido, pero en el suelo estaba la razón de ser del ruido de deslizarse: una hoja de papel, probablemente un volante. Diego lo recogió.

Luego del encabezado, “Estimado vecino(a)”, se extendía una invitación a los miembros del barrio para ir a un bingo en la casa de la Junta de Vecinos, el día sábado, a beneficio de uno de los vecinos, que estaba enfermo de cáncer y necesitaba dinero para el tratamiento. Diego movió la cabeza negativamente. Chile es el país más liberal de Latinoamérica, y sus defensores presumen de su sistema privado de salud, basado en compañías de seguros llamadas ISAPRES, superiores en todo al sistema estatal llamado FONASA; es también el país en donde la gente enferma, para financiarse su salud, deben organizar rifas, bingos, completadas y otros eventos sociales, a los cuales se presentan todas las gentes que apenas saludan en la calle, pero que se aparecen a tales eventos de barrio para aparentar generosidad. Los impuestos en Noruelandia pueden ser un asco, reflexionó Diego, pero al menos los noruelandeses tienen la salud más o menos garantizada.

Pasaron los días, y llegó el Sábado. A pesar de no conocer a nadie, Diego había decidido ir. Aprovecharía de socializar un poco, conocer a los vecinos, trabar nuevas amistades… Llevaba un tiempo ya en Chile, pero no había podido conocer a mucha gente. Los chilenos son fríos y hostiles con los extraños. Además, estaba toda la publicidad que le habían hecho los medios de comunicación, tratándolo como un caníbal que defeca en la calle; todo eso iba quedando en el olvido, porque el chileno es de memoria corta y lo que desaparece de los medios de comunicación, también desaparece de su campo de percepción, pero aún así, había gente que se acordaba todavía. De manera que… fue.

En la puerta había una dama delgada, de rostro anguloso, y cuyo cabello teñido impedía determinar si era simplemente adulta, o ya estaba en camino hacia la tercera edad. Cuando se dirigió a Diego, su tono de voz era mesurado, con la formalidad propia de quien le importa un rábano quién está delante suyo.

– Son mil pesos, con derecho a un vaso de bebida y a un cartón – dijo la dama, con desapego.

Diego, que había saludado con amabilidad, suspiró, extrayendo un billete y pagando. La dama le pasó un cartón. El agradeció, pero la dama, distraída por otra señora que le dirigió la palabra, no respondió.

El salón no era realmente espacioso, pero tenía un tamaño adecuado para recibir a una reunión de vecinos de cierta importancia. Miró en todas direcciones, buscando en donde instalarse. Todo el mundo había venido en grupos, y Diego no tenía ninguno. Empezó a preguntarse si había sido una buena idea.

Se acercó a una mesa en donde había un grupo de gente en la cincuentena. Saludó con cortesía, y empezó a explicar su situación, antes de preguntar si podía sentarse con ellos, pero una niña de unos cuatro o cinco años tiró levemente de la manga de quien probablemente era su madre, una señora gorda y de lentes, y le dijo con voz suave e incluso más infantil que sus años, propia de chica malcriada:

– Mira, mamá, es el caníbal que hace en la calle…

Todos en la mesa miraron a Diego de manera significativa. Los personajes empezaron a conversar entre sí, debatiendo respecto de si Diego se parecía o no al caníbal que habían presentado en la televisión hace un tiempo atrás, intercambiando pareceres y juicios en voz alta como si Diego delante suyo fuera en realidad una pintura inanimada, incapaz de escucharles.

Diego suspiró, y sacando su boleto de entrada, dijo:

– Voy a cambiar mi bebida… con permiso…

Acercándose a la mesa en donde servían bebidas, vio a la gente preparando italianos: pan de mesa, salchicha, tomate, palta y mayonesa. Echó un vistazo hacia un costado, a través de la puerta que daba hacia la cocina. Parecía verse limpia. En sus primeros días en Chile, el delicado sistema digestivo noruelandés de Diego le había jugado varias malas pasadas con la comida preparada con los estándares sanitarios chilenos. Pero ya se estaba acostumbrando. Podía darle una oportunidad al completo, al menos porque la palta que se compraba en Noruelandia era carísima, y por tanto, casi un plato de lujo.

Mientras le daba su primer mordisco al completo que acababa de pedir y recibir, Diego miró alrededor. La gente, o no le prestaba atención, o si lo hacía, era con una cierta mirada de temor. Acabó por fastidiarse un poco, y se dirigió a una mesa bastante grande, en donde se había sentado una familia; quedaban tres o cuatro sillas libres, de manera que Diego podía poner distancia entre la familia y él mismo, algo bastante apreciable cuando Diego se sentó y la familia dejó bruscamente de hablar entre sí y reirse, para mirar a Diego con cara de asco, como si un leproso se les hubiera acercado. Diego ignoró esto, y siguió mordiendo su completo, al tiempo que lo regaba con su vaso de bebida.

En una mesa vecina, descubrió Diego, había una señorita que se vestía de manera quizás no demasiado vistosa, pero que tenía un cierto atractivo. Intentó sonreirle y movió el vaso en el aire de manera amistosa, con gestos de estar pasándolo bien para crear una atmósfera distendida y generar una oportunidad de acercamiento. Apenas hizo esto, la chica, que sin verlo de manera directa tenía la mirada en su dirección, enderezó la cabeza y movió el pelo con evidente desdén, y adelantó el cuerpo hacia otra persona para conversar con ella, dando a entender que no daba recibo. Diego suspiró.

Como persona que trabaja en cuestiones gráficas, Diego estaba acostumbrado a la observación y al detalle. Era quizás la primera vez en que tenía oportunidad de observar a los nativos en su medio ambiente natural, en un clima de relativa distensión, y eso podía ser una buena experiencia.

Diego tenía en la mente el cliché del latino amable y acogedor. De hecho, alguna vez había paseado por países ribereños al Caribe, y se había encontrado con una Latinoamérica llena de encanto y amabilidad. Era un buen contraste con los noruelandeses, que como buenos escandinavos, eran gentes en general más frías y apáticas de modales, aunque en su comportamiento resultaba claro que eran gentes serenas y afectuosas, aunque introvertidas.

En cambio, observó Diego, los chilenos eran algo diferente. Actuaban y se movían de manera robótica, predeterminada, predecible. Eran corteses, pero una cortesía fría que estaba puesta ahí para reemplazar a la verdadera empatía. Aquí y allá en el salón habían gentes que de repente, en un desplante, se reían a mandíbula batiente, pero eran las excepciones; y todas esas excepciones eran varones. El grueso que sonreía, por la manera dejada y cansada en que lo hacían, dejaban claro que lo hacían por el compromiso social, razón por la cual sus sonrisas eran en realidad muecas forzadas.

Diego había estado peleando toda la semana contra el valle inquietante en sus personajes de ficción, para que parecieran verdaderos seres humanos y no copias robóticas de uno, y ahora estaba rodeado de una convención entera de valles inquietantes ambulantes, de chilenos, de gente que fingía afectos humanos, y que generaba un contraste irresoluble entre los gestos gruesos por un lado, y las pequeñísimas, casi invisibles, expresiones de frialdad y desprecio que se movían por debajo, contraste que se resolvía en una tensión de músculos faciales y corporales que sólo aflojaba muy rara vez.

En cuanto a estudio, venir al bingo había sido una buena idea; en términos sociales, definitivamente no.

Siempre podía pararse e irse, pero decidió quedarse hasta el final. Al menos, podría observar.

– Damas, caballeros, si me prestan su atención un minutito, por favor… – dijo una señora que se había plantado con un micrófono cerca de la mesa en donde se entregaban completos y vasos de bebida. – Vamos a comenzar el bingo aquí… Todos tienen su cartón, ¿verdad? Bueno, si quieren pueden comprar otro cartón distinto, y así aumentar las posibilidades de premio… Nuestro primer premio es una canasta familiar, con alimentos no perecibles que donaron nuestros vecinos…

La señora que estaba hablando en el micrófono tenía esa media sonrisa que ponen los chilenos cuando se ven en la obligación social de sonreir, y no quieren realmente hacerlo.

Comenzaron a cantar los números. Diego descubrió que habían dejado un pequeño saquito con porotos crudos en cada mesa, pero él mismo estaba en un rincón de ésta, de manera que por fuerza tuvo que acercarse a la familia. Ellos lo miraron ahora con abierta hostilidad.

– Perdón, es que… para marcar el cartón con los porotos, perdón… – dijo Diego.

La hostilidad de la familia no disminuyó en lo absoluto. Diego todavía ignoraba que a un chileno jamás se le dice “perdón”, por la misma razón que no se diluye una gota de sangre delante de un tiburón.

La dama con el micrófono seguía cantando números, con la frialdad apática de un profesor jefe a meses de jubilarse, que estuviera leyendo un informe en una reunión de apoderados.

– ¡Bingo…! – gritó una voz cantarina atrás. Era una señora gorda y vieja, rodeada de la que parecía ser su familia. Dicho grupo familiar la congratuló, aunque había algo de falso en las felicitaciones. Una señora más joven, probablemente la hija o sobrina de la ganadora, extendió la mano hacia la canasta de manera imperiosa, recibiéndola con la prepotencia propia de quien se siente con derecho a ganar y poseer todo lo que es ajeno como si fuera propio. Miró el interior de la canasta, vio algunos productos, y levantando un tarro de conservas, respingó la nariz con desprecio.

– El siguiente premio es un set de belleza, con cremas y sales de baño… – dijo la dama del micrófono.

– Quien tiene tiempo para sales de baño con cuatro hijos – masculló una señora por lo bajo, con tono de amargura, pero de manera bastante audible, cerca de Diego.

El ganador del set de belleza fue un caballero que parecía de origen humilde. La dama del micrófono hizo un comentario de broma, que realmente no era gracioso, acerca de que tenía algo para regalar a una dama. El caballero tomó el set de belleza y se lo llevó a quien claramente era su mujer, pasándoselo a manera de regalo, con un beso en la mejilla que ella recibió con condescendencia, mientras el rostro de él se iluminaba por la única sonrisa más o menos auténtica que Diego había visto en la tarde.

– La próxima será de la suerte – soltó Diego a la familia con la que compartía mesa, sonriendo a la manera noruelandesa, con la suerte de afecto contenido propia de los escandinavos. La familia, que seguían conversando entre ellos, lo miró como si el noruelandés fuera un lunático sin medicación.

Por toda respuesta, Diego soltó un comentario sardónico, aunque no insultante, en noruelandés, bien a sabiendas de que no lo iban a entender.

– Oiga, si va a estar en nuestra mesa… sin garabatos, ¿eh? Mire que hay cabros chicos aquí – dijo el que a todas luces era el padre de familia, con tono amenazante.

Diego iba a responder algo, pero la señora, zamarreando levemente al que parecía ser su marido, le avisó que la señora estaba cantando números de nuevo. Diego masculló una palabra ahora sí muy injuriosa, pero siempre en noruelandés, para no ser entendido.

Durante el resto de la tarde desfilaron algunos premios más, ganados con más o menos entusiasmo.

Pasó una chica, claramente una adolescente, vendiendo unos boletos para un sorteo rápido. Costaban doscientos pesos cada uno, de manera que Diego compró cinco. El sorteo consistía en meter la mano a una bolsa en donde estaban las contrapartidas de los boletos cortados. Diego fue lo suficientemente avizor como para notar que la adolescente había metido la mano casi empuñada. El número que salió, era uno que poseía una señora que, rato atrás, parecía muy cercana a la adolescente de marras. Diego suspiró. ¿Era Chile un país tan corrupto que hasta en los bingos de barrio hacían trampas…?

Al día siguiente, que era Domingo por supuesto, Diego y Fornidosson volvieron a trabajar, conectados entre Chile y Noruelandia a través de Internet. Esta vez, el trabajo salió rapidísimo. Fornidosson le hizo a Diego un comentario acerca de lo bien que había resuelto los movimientos y expresiones del personaje que estaban animando.

– Estuve en el asunto del uncanny valley, ayer en la tarde – contestó Diego, por toda respuesta. Fornidosson no preguntó qué significaba eso, y Diego no quiso amargarse la vida explicándoselo.

Próximo episodio: "Embajada".

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