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miércoles, 30 de mayo de 2018

En Chile - "Embajada".


El tiempo acarrea consigo la virtud y el pecado de normalizar todas las situaciones. Diego estaba, desde hacía varias semanas, varado en Chile, esperando un fallo judicial que lo absolviera o condenara, por el delito de ultrajar a los emblemas patrios. Entre los cuales, por alguna razón, se encontraba esa variedad de forraje para equinos que se llama choclo.

– ¿Diego? – preguntó una voz familiar al otro lado de la línea telefónica. – Soy Onofre. El abogado, te acuerdas, ¿no? Mira, no puedo hablar mucho, ¿vale? Yo no sé nada, no han notificado nada, pero así, como que a uno van y le dicen cosas, y uno va y para la oreja… Dicen que salió la sentencia.

– ¿Y qué tal nos fue?

– Le fue bastante bien, mi amigo, diría yo. 540 días.

– ¿540 días… de qué?

– De presidio. Bastante bueno, porque es el máximo de presidio menor en su grado mínimo. Podría haber sido presidio menor en su grado medio, y eso podría haber llegado a tres años…

– ¿O sea que voy a estar un año y medio en la cárcel? ¿Por negarme a comer maíz?

– Bueno, pudo ser menos, hice valer “irreprochable conducta anterior” como atenuante, pero como el delito fue cometido en la morada del ofendido, y eso es una agravante, entonces… Bueno, ya me entiende. Por cierto… Como le dije, eso es lo que ronda en tribunales. Nadie ha notificado nada, así es que, bueno… si alguien, mi abogado, digamos, me dijera que podría ser que me hubieran condenado… yo me escondería. Por si las dudas. ¿Me entiende? Mientras preparo la apelación. Aunque va a estar difícil, por eso de que dicen de usted que es un caníbal que defeca en la calle…

Diego no se tomó la molestia de seguir conversando. Había una alternativa que hasta el minuto no se había decidido a usar, pero ahora no le quedaba otro camino.

Con su bolso, un poco de ropa, su computador, su celular y algo de dinero, tomó un Uber en dirección a la Embajada de Noruelandia en Chile. Sobre él pesaba una orden de arraigo, la prohibición de abandonar el territorio chileno, y técnicamente, la Embajada de Noruelandia era territorio extranjero, pero por otra parte… ¡No iban a mandarle a la cárcel sólo por negarse a comer forraje para caballos!

En la puerta de la Embajada de Noruelandia, respiró profundo. En un rato más, estaría en territorio noruelandés, y con ello, protegido de la ley chilena.

Había un par de guardias en la entrada, prestando atención.

– Gud morgen – saludó en noruelandés. Los guardias, que lo observaban entrar con la mirada de sospecha prototípica en su oficio, relajaron un poco sus músculos faciales, y sonrieron de manera casi imperceptible, aunque sin perder su aire marcial. Quien llegaba, razonaban los guardias, era un noruelandés, uno de los nuestros, aunque su piel fuera olivácea y no de un albo hiperbóreo.

– ¿Buenos días, qué se le ofrece? – saludó una secretaria muy atenta, ya en el interior del edificio.

– Buenos días… Necesito hablar con alguien de la Embajada. Me está persiguiendo la justicia chilena, porque me negué a comer choclo, y… no sé qué se puede hacer.

– ¿Comer… choclo? – preguntó la chica, que hablaba castellano, cierto, pero su perfil rubio y de ojos azules la revelaba como una noruelandesa, y por lo tanto, si era nueva en la posición, podía ser que algunos chilenismos todavía se le escaparan.

– Majs – dijo Diego en noruelandés. – Yeg gillar ente majs.

La chica miró a Diego con rostro de preocupación. Inmediatamente cogió el teléfono, y empezó una conversación en noruelandés con su interlocutor, fuera quien fuera éste.

Aproximadamente veinte minutos después, Diego estaba sentado frente al escritorio de Froggo Rambo, el Embajador de Noruelandia en Chile. Al contrario que el personaje stalloniano con quien compartía apellido, Froggo Rambo era un hombre mayor, obeso, de mejillas fofas, y expresión algo cansada, aunque había algo de beatífico en su mirada.

Diego le explicó su situación. Había sido arrestado por negarse a comer choclo, y por alguna razón, los Tribunales de Justicia en Chile lo consideraban como una ofensa a los emblemas nacionales o algo por el estilo, y querían enviarlo año y medio tras las rejas.

– Bueno, es una situación complicada – dijo el Embajador, sonriendo con tristeza. – Tendríamos que estudiar con detención el asunto.

– ¡Pero me van a mandar a la cárcel! ¡Por favor, hagan algo! ¡Soy un ciudadano, pago mis impuestos…! Yo, yo…

– Mire, mire, mire – dijo el Embajador, haciendo un gesto de llamado a la calma con la mano. – Mire, entiendo que piense que estoy diciendo palabras de buena crianza porque soy un diplomático y eso es lo que hacemos los diplomáticos. Además de que usted ha vivido en Chile, así es que es lógico que se le contagie la mentalidad chilena de que “yo por mí, y el resto que se pudra”. Pero no se preocupe. No somos chilenos. Somos noruelandeses, y eso quiere decir que nosotros nos preocupamos por nuestro semejante caído. Pero no quiero engañarle. La situación es difícil.

– ¿No me pueden esconder acá?

– No tengo cómo. Podría ser si fuera una persecución política, pero no parece ser el caso. Y nosotros no tenemos injerencia ante los tribunales del Estado de Chile, porque son independientes… Bueno, en teoría, al menos.

Por supuesto, como buen diplomático, Froggo Rambo se guardó bajo la manga el dato de que en ese mismo instante, el Gobierno de Noruelandia y el de Chile estaban negociando un acuerdo por el cual la telefonía celular de Noruelandia podría entrar en condiciones de cierta ventaja al mercado chileno, y lo último que necesitaba el Gobierno de Noruelandia, era un incidente internacional.

– Si salgo por las puertas de la Embajada voy a estar en territorio chileno, y pueden arrestarme en cualquier minuto – insistió Diego.

– Nada que un grupo de buenos abogados no pueda liar un rato, mientras buscamos otra clase de soluciones.

– ¿Soluciones? ¡Estoy sentenciado!

– Mi amigo – sonrió Froggo Rambo con cordialidad. – “Sentenciado” es palabra de abogados. Yo soy un diplomático. Yo no sé quiénes son esos chilenos, y no sé qué es lo que quieren. Si buscan extorsionar a un ciudadano noruelandés, no tenemos mucho con qué pagarles. Pero acá tenemos un muy particular conjunto de talentos, talentos que hemos adquirido a lo largo de una muy larga carrera. Talentos que nos convierten en una pesadilla para personajes como ellos. Si a usted lo dejan ir, será el final, porque no los buscaré ni perseguiré. Pero si no lo hacen, los buscaré, los encontraré, y… sería yo un mal diplomático si dijera que haré con ellos.

– ¿Qué hago mientras tanto?

Froggo Rambo le hizo un gesto con las manos a Diego, pidiéndole que esperara. Tomó el teléfono del escritorio, llamó a la secretaria, y le pidió algo llamado “código 544”. A los pocos minutos apareció la secretaria, sonriendo a Diego con simpatía, mientras traía una caja consigo. En su interior habían tanto un teléfono celular como un laptop.

– Salga de la Embajada y vuelva a territorio chileno. Una vez allá, escóndase. Celular y laptop, a cuidarlos con su vida. Estaremos conectados a través de ellos, y sólo a través de ellos. Están encriptados, así es que a usted no podrán rastrearlo a través de ellos. Y descuide. Somos noruelandeses. Nosotros estamos al servicio de nuestros ciudadanos. No como los chilenos, que al último ciudadano de los suyos que defendieron en el extranjero, fue a Pinochet.

Minutos después, luego de usar los baños y tomarse un vaso de agua de un dispensador en la entrada de la Embajada, Diego salió de la misma. Se despidió del guardia, quien a su vez le respondió despidiéndose con amabilidad. Y caminó hacia las calles de Santiago de Chile, hacia la incertidumbre.

Mientras tanto, en la Embajada, la secretaria conversaba con el Embajador. Froggo Rambo le exponía a ella los principales puntos del asunto de Diego.

– Parece complicado – razonó la secretaria, con preocupación. – Ya de por sí es difícil interceder por él, pero si además le sumamos que la telefonía celular de Noruelandia necesita ese acuerdo comercial para abrirse un nuevo mercado en Chile, que le pueda servir de trampolín al resto de Latinoamérica…

– Razón por la cual, vamos a difuminar la participación de Noruelandia en todo esto.

– ¿Vamos a contratar a un grupo de matones para que le rompan las piernas a alguien?

– ¿Qué? ¡No! – rio Froggo Rambo. – Esto no es esas poblaciones marginales de Chile… ¿Cómo se llaman? La Pintana. No. Mire. Primero, llame por teléfono a la oficina de abogados ésa, a… a…

– ¿Vinoso, Hispano, Barragano y Asociados?

– La misma. El abogado de ese pobre tipo es un inútil, así es que lo haremos a un lado y le pagaremos una defensa jurídica como corresponde, que para algo los ciudadanos de Noruelandia pagan impuestos, para cuando llegan días como éste. ¡Mandar a la cárcel a alguien por no querer comer comida! ¿Qué es esto, el Islam? En fin, y… después de llamar a la oficina, concérteme una teleconferencia con Ulrich Elf, del Canal de los Trabajadores. Eso va a ser suficiente para hacer lo que mejor sabemos hacer los buenos embajadores: enredarlo todo…

Diego estaba caminando ya cerca de su casa, cuando de pronto vio pasar un vehículo de Carabineros de Chile. Tuvo un presentimiento. Sin alterar demasiado el paso para no delatarse a sí mismo como sospechoso, se ubicó a un par de esquinas de distancia de su casa, sacando su teléfono celular, el propio y no el que le había entregado el Embajador, y fingiendo mirarlo y apretar botones, de soslayo echaba un vistazo a lo que Carabineros de Chile estuviera haciendo en el barrio y en esa calle precisa.

Como lo temía. Carabineros de Chile estaba en su casa. Seguramente estaban buscándolo para detenerlo, quizás practicando un allanamiento. Había llegado la hora de largarse.

Caminó y caminó, sin darse cuenta real de cuánto estaba apretando el paso. Se metió a un café, y una vez allí, sacó el laptop que le habían proporcionado en la Embajada. Mientras tomaba una taza de café, empezó a buscar información acerca de posibles lugares en donde alojarse, alguno que fuera barato y en donde aceptaran pago en efectivo. Anotó algunas direcciones en una servilleta y luego, después de terminarse el café y un pan con queso y jamón derretidos, se largó.

Un par de horas después, estaba tirado en la cama de una pieza en una pensión de mala muerte, vestido. Había comprado muy de prisa, en una tienda cercana que vendía telas, algo que pudiera servirle a manera de sábanas, dispuesto a dormir vestido a falta de mejor abrigo. En esas circunstancias, sonó el celular de la Embajada. Lo contestó.

Era un personaje de Vinoso, Hispano, Barragano y Asociados. Después de hablar de manera tan sibilina como condescendiente respecto de la anterior defensa jurídica de Diego, le avisaron que pasara al día siguiente en la mañana a una notaría determinada en particular, para firmar los papeles por los cuales, a partir de entonces dicha oficina tomaría el patrocinio y representación judicial del asunto.

Al poco rato, ingresó una segunda llamada telefónica. Esta, en noruelandés.

– Soy Ulrich Elf, del Canal de los Trabajadores de Noruelandia, trabajo en la difusión por Internet. Tengo entendido que usted trabaja para nosotros, en la parte de efectos especiales…

– Así es. Como empresa externa, con mi socio.

– Sí, sí. Mire. Nos hemos informado de sus aventuras en Chile, y nosotros queremos mantener nuestras labores de extensión en el Tercer Mundo, de manera que, creemos, sería interesante que usted compartiera sus experiencias con nosotros. De manera que estamos dispuestos a pagarle una cierta cantidad de dinero, a cambio de que usted, ya sabe… elabore, o grabe, algunos videos y los suba a nuestro sitio web. Nos interesa que nos cuente de sus experiencias en Chile, cómo un noruelandés se las arregla viviendo en un país del Tercer Mundo. Acepta usted, ¿no?

En los siguientes días, luego de aceptar, Diego empezó a preparar algunos videos de animación muy sencilla, y a subirlos a la página del Canal de los Trabajadores que, a su vez, los publicaba en YouTube. Poco a poco, las artes de Froggo Rambo arreglaron que éstos fueran replicados aquí y allá hasta el punto que empezaron a volverse virales… y subtitulados en castellano, también entre los chilenos.

Próximo episodio: "La copia feliz del Edén".

2 comentarios:

murinus2009 dijo...

Parece que el embajador de, Noruelandia, tiene algún parentesco con el protagonista de Taken, al menos creo que un dialogo así recuerdo de la primera parte de esa franquicia.

Seria interesante saber si un país de primer mundo en verdad defiende así, a un ciudadano en desgracia, que esta en otro país.

En general creo que solo mandan alguna queja y después todo se olvida, cuando aparece una nueva noticia escandalosa.

A menos que el ciudadano sea muy Rico famoso o algún político de peso como aquí mencionas a Pinochet.

En espera del siguiente capitulo.

Hasta pronto.

Guillermo Ríos dijo...

El embajador de Noruelandia está no basado, pero sí inspirado, muy libremente por supuesto, en el personaje histórico que fue Harald Edelstam, embajador de Suecia en Chile cuando ocurrió el golpe de estado de 1.973, y que ante dicha tesitura, usó su cargo para ayudar en el rescate de un montón de refugiados políticos, tanto chilenos como extranjeros, sacándolos hacia el extranjero. El gobierno de Pinochet lo declaró persona non grata, claro está, y de hecho, la embajada de Suecia en Chile fue cerrada poco después.