domingo, 13 de mayo de 2018

25 años después de "Un día de furia".

¿Necesitas ayuda para hacer funcionar tu bazuka? Pregúntale a un niño, ellos lo saben todo por estos días...
"¿Cómo sucedió? ¡Hice todo lo que me dijeron! ¿Sabes que yo construía misiles? Ayudé a proteger a América. Debería ser recompensado por eso. Pero en vez de eso, se lo dan a los cirujanos plásticos, sabes que me mintieron" - Bill Foster, interpretado por Michael Douglas, en Un día de furia (1.993).
En Febrero pasado se cumplieron veinticinco años desde el estreno de una de las películas más iconoclastas que ha parido Hollywood desde siempre. Un tipo de cine que en esa época podía más o menos pasar por la mesa de los productores, e incluso tener algún éxito discreto entre el público, pero que en los actuales tiempos de corrección política sería imposible de rodar como corresponde. Me refiero a Un día de furia (Falling Down), el clásico de 1.993 en que Michael Douglas emprende su cruzada particular contra la ciudad y sus circunstancias. Y siendo una película tan atípica dentro de lo que es corriente en Hollywood, se merece un análisis un tanto más detenido. Por supuesto, asumo que los lectores han visto la película, de manera que habrá su buena ración de spoilers sin advertencia previa a lo largo del posteo; si no han visto la película ni saben de su devenir argumental... háganse un favor, véanla, y luego regresen por aquí. Los espero.

En cuanto al resto de los lectores... recordemos. La película sigue las peripecias de Bill Foster, antiguo trabajador al servicio de una empresa contratista de defensa que en la actualidad se encuentra desempleado; son malos tiempos para el negocio armamentista porque el Muro de Berlín se vino abajo, ahora todos somos amigos, es el triunfo de la democracia liberal y el fin de la Historia según Fukuyama, etcétera. Qué tiempos aquellos. El caso es que el señor Foster se encuentra separado de su señora y con orden de restricción, pero es el día de cumpleaños de su hija, y Bill Foster está decidido a verla, no importa qué. Si eso incluye cargarse pandilleros y neonazis, y causar millones de dólares en daños contra la propiedad, pues... bienvenido a esta loca y deshumanizante sociedad moderna. Bill Foster es interpretado por Michael Douglas, en el que posiblemente es el rol de su carrera.

Una subtrama de la película va sobre el sargento Prendergast, interpretado por el siempre impecable y caballero de antigua estampa que es Robert Duvall. Es el clásico oficial de policía que está a punto de retirarse, y que por su carácter algo blandengue, es el centro de las pullas y abuso verbal de sus compañeros. En conjunto con su compañera, interpretada por Rachel Tichotin, a quien habíamos visto en El vengador del futuro unos añitos antes, Prendergast conecta los varios incidentes que se van produciendo en Los Angeles, descubre que Foster está tras ellos, y se aboca a impedir que éste llegue a alcanzar a su familia porque, siendo Foster un tipo algo inestable, pues, no es como para dejarlo suelto y sin correa.

La película se rodó un poco de casualidad. El guión era considerado radioactivo, y ningún estudio lo quería. El director Joel Schumacher lo hizo llegar a Michael Douglas, quien se entusiasmó lo suficiente como para subirse a bordo a pesar de que estaba planeando un breve retiro de la actuación para descansar; incluso llegó a rebajar sus demandas salariales para facilitar el financiamiento, el que además fue alzado por el tirón que el estrellato de Douglas podía darle a la película entre el público. Por una tétrica sincronía, la película fue rodada en Los Angeles en 1.992, a tiempo para colisionar con las revueltas que se vivieron en ese tiempo, tan icónicas que fueron citadas en el prólogo de Black Panther en 2.018, un cuarto de siglo después. La película fue estrenada con un relativo éxito de taquilla, y con amplia aclamación crítica. Y con el tiempo, se ha transformado en un pequeño clásico del cine de la década de 1.990.

¿No es adorable, como este tipo dejando heridos, muertos y miles de dólares en daños a la propiedad por el camino, en realidad lo único que quiere es reencontrarse con su hijita...?
La premisa de la película pareciera sencilla, pero esta apariencia es engañosa. En realidad, parte importante de por qué esta película es un clásico del cine, es la enorme mala leche que derrama sobre todas las nociones morales asociadas a la civilización capitalista. Al principio, es fácil empatizar con el protagonista. Seguimos la película desde su punto de vista, y cuando lo vemos pararse en sus dos pies y empezar a sembrar el caos entre toda clase de mala escoria, eso resulta en una catarsis para todos los espectadores, porque mentiroso quien diga que no ha fantaseado con hacerse de una buena UZI para enmendar bellacos a base de bien. Pero poco a poco, vamos viendo que el protagonista en realidad es el villano de la función, cada vez más perdido dentro de su propia insania... sólo que, ¡momento!, dentro de su visión delirante de la realidad, resulta que al final sus críticas contra el sistema tienen más de algún punto de razón. Entonces termina la película, y uno se queda rumiando acerca de que, enfrentados el personaje éste y el policía que lo persigue, quién de los dos es el héroe. Mi respuesta personal es: ambos, y ninguno, a la vez. Estos son dilemas morales de los buenos puestos en cine, y no la solemnidad falsa y vacía de Batman vs. Superman.

Una manera algo discutible de explicar esta película, aunque bastante sencilla para propósitos, es ver a Bill Foster como una especie de Quijote al revés. En la obra cervantina, el Quijote se vuelve loco leyendo libros de caballería, y sale a los caminos como caballero andante para impartir justicia, desfacer entuertos, etcétera. Podría ser la historia de un pobre diablo, pero poco a poco, vemos que el Quijote tiene un método dentro de su locura, y Cervantes se juega la carta de mostrar que, quizás, el Quijote es en realidad el único tipo cuerdo, y que el mundo entero está loco. Es esta ambigüedad ética lo que le ha conferido a la obra de Cervantes la inmortalidad más allá de la burla básica en contra de los libros de caballería. El recorrido de Foster puede verse como una versión paródica del mismo cuento: Foster se ha vuelto loco, en parte porque alimenta ciertos ideales vinculados al patriotismo estadounidense, y a lo largo de la película se comporta como un loco cada vez más peligroso... sólo que dentro de su locura, muestra una genialidad a través de la cual podemos cuestionarnos si es el mundo alrededor el que verdaderamente está loco, y Foster el único cuerdo para verlo.

Por supuesto, la película se da un festín picando en cuadritos los valores propios del individualismo capitalista. Recordemos que fue rodada en las postrimerías del gobierno de George Bush padre, que fue el colofón de esa era de neoliberalismo desatado que fue el Reaganismo. Durante el Reaganismo, el gran personaje fue el yuppie, el joven emprendedor que todo lo avasalla para hacerse millonario y rodearse de bellas mujeres y cocaína antes de los treinta años, el tipo que opina que "la codicia es buena" a lo Gordon Gekko de la media década anterior Wall Street. Bill Foster parece una parodia maliciosa de los personajes a lo Gordon Gekko, y que ambos sean interpretados por Michael Douglas tiene su punto de mala leche. Igual que los yuppies, Foster es un tipo centrado en sí mismo, que en el pasado ha tratado a su señora y su familia no como personas sino como objetos para alimentar su ego. Y además, muestra el reverso de lo que le pasa a los yuppies cuando envejecen: si no han conseguido instalarse, el sistema los desecha por necesidades de mercado, y si no conseguiste armarte tu tienda de campaña, entonces mala suerte para ti.

Un matiz importante de esta película, es que Bill Foster ha trabajado en el rubro de defensa. Es una parodia del yuppie, claro, pero también es una parodia del patrioterismo clásico de Estados Unidos. En este sentido, Bill Foster tiene un punto de parecido con John Rambo. En Rambo de 1.982, la primera película del personaje, veíamos que éste resentía haber sido llamado para luchar en Vietnam, y luego, al regresar a casa, nadie valora su sacrificio, lo que se salda con una senda de destrucción. Terminada la guerra en Vietnam, Rambo se ha quedado varado y sin nadie que lo escuche, igual a como Bill Foster se ha quedado en la nada después de terminada la Guerra Fría contra Moscú. Incluso los resultados son similares, aunque Rambo deja su senda de destrucción en un pueblo de la América Profunda, mientras que Foster lo hace en Los Angeles. Y al policía en Rambo le va harto peor que al policía de Un día de furia, también.

Ya sabía yo que las grandes compañías como la de teléfonos son buenitas que se desviven por hacernos felices, son los sueltos de gatillo quienes tienen la culpa por los problemas de servicios...
El mundo alrededor de los personajes es por supuesto el de un capitalismo desatado, casi a niveles distópicos. Uno en donde los coreanos llegan a montar tiendas en donde cobran precios abusivos por bebidas gaseosas, porque... libre mercado, y si no te gusta, no compres. Uno en donde existe una política bastante liberal respecto de las armas, con las consecuencias nefastas que vemos a través de la película: balaceras, explosiones, incluso algún muerto. Uno en que no hay repercusiones para un neonazi vendiendo material de guerra y hostilizando a los homosexuales, salvo que se meta con el tipo equivocado, claro. Uno en que las cadenas de comida ofrecen un producto en propaganda, y la sombra del mismo en su versión real. Uno en que los cirujanos plásticos, una de las especialidades más inútiles de la Medicina, viven en enormes casas. Un mundo en definitiva sin otra ética más que el "eres libre para hacer lo que quieras, y sólo serás un réprobo si es que fracasas porque el éxito justifica los medios". Lo que vienen siendo las raíces puritanas calvinistas de la cultura de Estados Unidos. La escena en que aparece un pobre fulano con un cartel diciendo "económicamente no viable", es una que rompe el corazón. Los que tenemos uno, por supuesto.

Una constante del cine del director Joel Schumacher es enfatizar el subtexto de los móviles sexuales apenas agazapados por debajo de los conflictos humanos. A veces lo hace bien y le salen filigranas como Generación perdida, Enlace mortal, o El Fantasma de la Opera; a veces se pasa de madre y le salen cosas como los pezones de Batman y Robin. En Un día de furia, este juego con el subtexto sexual le viene a la película de maravillas. Parte importante del conflicto de Bill Foster y su perseguidor Prendergast, tiene que ver con la manera de abordar su propia masculinidad. La tesis de la película pareciera girar sobre cómo existe una íntima vinculación entre capitalismo y masculinidad; la sociedad capitalista, pareciera decírsenos, es una jungla darwiniana desatada porque es el reflejo de pulsiones sexuales más profundas, en donde nuestras motivaciones finales funcionan en torno al buen y viejo impulso de reproducirse y perpetuar la especie.

Bill Foster aparece así como un comentario muy malicioso respecto del estereotipo masculino clásico del cine estadounidense. La mentalidad de Foster se nos presenta como la propia de un buen y recto padre de familia de la década de 1.950: él aspira a ser el proveedor del hogar, en casa se hace lo que él dice, y su trabajo no solamente sirve a su familia sino que también al país. Por supuesto, las cosas no son así en la era moderna. Foster es mutilado sistemáticamente en su economía cuando queda cesante, en su masculinidad cuando su esposa decide botarse a independiente y ponerle una orden de restricción, y en su patriotismo cuando de pronto su trabajo fabricando misiles ya no es necesario, y la institucionalidad de su Patria lo ignora por completo, e incluso, puede decirse, se vuelve en su contra.

"¡Allá yo estaba a cargo de millones de dólares en equipo, acá no puedo tener un empleo ni lavando coches!" (Bueno, esa cita era de Rambo de 1.982, pero más o menos calza, ¿no?).
Frente a él tenemos a Prendergast. Cuando vi por primera vez la película, toda la subtrama del policía me pareció superflua, aburrida e insufrible; en conversaciones con otras personas, me he encontrado con pareceres similares. Es viendo la película más de una vez, cuando caí en la cuenta de que este personaje es realmente imprescindible. Porque a través de él, vemos la otra cara del sistema. Prendergast es la representación de la institucionalidad. Esto es un clásico en el cine de Hollywood: la exaltación del individualismo y la desconfianza respecto del sistema. Pero nunca demasiado. Hollywood prefiere retratar al sistema como ineficiente, pero no como corrupto; si hay manzanas podridas, el sistema se encargará de ponerlas en su lugar. Una cosa es exaltar el individualismo para halagar la mentalidad criptocalvinista de las audiencias en Estados Unidos, y otra cosa muy distinta, promover el anarquismo. La anarquía, después de todo, es mala para los negocios, y el cine es ante todo un negocio, no debemos olvidar esto. Díganselo a los tipos que han explotado a los que compran máscaras de Guy Fawkes para rebelarse contra el sistema que le vende, entre otras cosas, máscaras de Guy Fawkes, y todo porque lo vieron en una película producida por gente del sistema.

De esta manera, toda la subtrama de Prendergast nos muestra el vientre de la bestia. Prendergast también es un modelo masculino discutible. Es un nene que sufre a manos de una señora abusiva. De manera merecida, porque la película insinuó que contrajo matrimonio con ella por motivos bastante superficiales; en una línea de diálogo, Prendergast deja caer que la señora alguna vez fue bella, pero ahora que ha envejecido, ya no le queda nada. Prendergast representa así una masculinidad reprimida y emasculada que acepta esto porque... bueno, el sistema es así, y si ya eres un perdedor, te va mejor asumiéndolo y no haciendo olitas. Irónicamente, su compañera pareciera tener interés romántico en él porque ve las cualidades positivas en Prendergast... pero resulta claro que no concretarán nada porque si ambos dieran el paso, a ella se le caería Prendergast del pedestal. Por supuesto, toda esta situación convierte a Prendergast en motivo de abuso verbal por parte de los machos alfas que son el resto de los policías.

La jornada de Prendergast a lo largo de la película implica ponerse los machos y transformarse en un hombre hecho y derecho, en un modelo de masculinidad. Pero al hacerlo, en cierta medida pierde las características que lo han hecho un personaje simpático en primer lugar. Igual que Foster, Prendergast era un descastado del sistema, y al igual que Foster, Prendergast termina rebelándose. Sin embargo, Prendergast tiene éxito allí en donde Foster fracasa, por una diferencia esencial: Foster se rebela y se pone a sí mismo fuera del sistema, mientras que Prendergast aprende a hacerlo respetando las dinámicas institucionales. Prendergast aprende que puede salirse con la suya poniéndose agresivo y hostil, mientras lo haga sin cuestionar a ese sistema que aprueba esa agresividad y hostilidad, en definitiva.

El secreto de mi éxito: Rebelarme, pero lo justito, y con un bigote conservador para dar nota de que no soy peligroso.
Al final, todo lo anterior significa que las peripecias de Foster y Prendergast no han cambiado realmente nada. A lo largo de la película vemos que el sistema entero se encuentra podrido, porque a través de la libertad y el espíritu permisivo los seres humanos no se cultivan ni convierten en seres de beautitud rousseauniana, sino por el contrario, en bestias darwinianas ávidas de explotar en su beneficio cualquier parcela de poder que puedan extraer, cargándose en el camino a cualquiera que les represente un estorbo en vez de, ya saben, tratar de entenderse con el semejante, construir acuerdos, aplicar la compasión, etcétera. Irónicamente, la única manera de conseguir salirse con la de uno es estar acorde con el sistema podrido, en podrirse uno mismo, en cierta medida, porque no hay otra elección sino la de transformarse en un abusador para no acabar del lado de los abusados, porque el abuso en sí es consubstancial al sistema, y rebelarse contra ello es, en definitiva, un ejercicio de futilidad.

Es una moraleja muy difícil de tragar, y por cierto, una que no vemos con demasiada frecuencia en el cine de Hollywood. Este nos vende una y otra vez la misma historia, la del antihéroe o el perdedor que usa su individualismo y libre albeldrío para salvar al sistema, ser aceptado por éste, y triunfar en la vida, porque al final, pese a sus deficiencias, el sistema es inherentemente bueno. Un día de furia en cambio plantea un sistema podrido hasta la médula porque el mismo ha sido construído por una sociedad entera de crápulas. Si esta película se hubiera ambientado "treinta años en el futuro", sería cine distópico de manual. Cuando Foster protesta que "le han mentido", la respuesta de Prendergast es casi orwelliana: "¿Estás enojado porque te mintieron? (...) ¡Hey, le mienten a todo el mundo, le mienten a los peces! Eso no te da ningún derecho a hacer lo que hiciste hoy día". Por supuesto, Prendergast tiene un punto: Foster no tenía derecho a sembrar el caos de la manera en que lo hace a lo largo de la película. Pero uno puede preguntarse hasta qué punto los demás alrededor de Foster tenían derechos, y uno acaba reparando en que los demás sí que los tienen en tanto lo hagan dentro del sistema. O de cómo al final el sistema santifica los medios: está bien ser un desgraciado mientras lo hagas de manera callada, soterrada, en baja intensidad. O dicho más en breve: no existen los santos. Y la respetabilidad no nace de observar una buena conducta, amar a tu prójimo, seguir la Regla de Oro, o adscribir a la tradición de la philosophia perennis, sino de ganar un concurso de popularidad en que el más popular es el más abusivo y bravucón, lo suficiente como para acallar al resto y obtener sus votos, quebrándolos psicológicamente hasta convencerlos de que están dando sus votos de manera libre, llegando al doblepensamiento de no ver el látigo con el cual se los coerciona a votar.

Todo lo anterior redunda en que esta película no es realmente de un héroe contra un villano, porque ningún personaje está realmente luchando a favor o en contra algo que podamos calificar como el bien o el mal. Foster no es realmente un héroe, aunque el personaje se nos haga simpático por el factor catarsis; al final es un tipo violento y destructivo al cual puedes aplaudir desde la comodidad de tu asiento viendo la película, pero que no te lo quieres cruzar en la vida real. Pero su oponente Prendergast tampoco lo es, en realidad, porque al final acaba defendiendo a un sistema que no merece ser defendido. En el fondo, la triste realidad es que acabamos de ver una película sobre dos descastados que luchan por integrarse y hacerse de un lugarcito en un sistema que los ha desplazado, un sistema estructurado para que siempre alguien pierda, porque dentro del corazón humano late la crueldad, la Schadenfreude, el regocijo de ver caer al semejante. Al final, la gran moraleja de Un día de furia viene siendo que el ser humano es una mala raza.

"Nosotros... no somos lo mismo. Yo soy un americano, tú eres un cabrón enfermo". Una perla de diálogo que en alguna parte tenía que meterla.

2 comentarios:

Gaby Fonseca dijo...

Apenas la vi hace como 3 semanas y no me arrepiento <3

Tambien pense en la semejanza con Rambo pero me parecio que Bill hablaba mas y daba mas razones que Rambo y no solo matar y destruir cosas, como por ejemplo, la parte de las hamburguesas y con los chicanos que lo querian asaltar, ellos se metieron con el y el solo respondio, aunque con violencia de mas xD

En general me encanto, ese look que tiene Bill tal cual lo dijiste es como el de un hombre de los 50s, cuando los valores norteamericanos estaban a full, asi como su economia, y ahi en los 90s no tanto ya. Parecia ser que estaba viviendo en una epoca diferente a la suya.

Mi parte favorita fue cuando el Neonazi lo quiere ayudar, pura genialidad

Es una buena recomendacion, ojala asi se la des a conocer a los lectores que no la hayan visto.

Saluditos Sr. Si Tengo Corazon Guillermo xD

Guillermo Ríos dijo...

Es lógico que Bill hable más que Rambo, él era un trabajador corporativo y el otro un soldado, y ya sabemos para qué entrenan a uno y a otro.

La parte del neonazi es oro puro, porque hasta el minuto es fácil que lo veamos como el héroe, y a partir de ahí, su posición moral se relativiza bastante. La película lo escenifica con un neonazi, pero es fácil extenderlo a otra clase de personajes que, desde las más diversas trincheras políticas y sociales, su deporte favorito es decirle a los demás que los obedezcan y se callen porque para eso son los buenos, para mandar.

Saluditos igualmente.