domingo, 8 de abril de 2018

Talento para crear y para criticar.

No necesito decir de qué película es esta imagen, ustedes también la vieron, ¿verdad? (Para los cuatro despistados que nunca faltan: Es Anton Ego, el crítico de Ratatouille).
Uno de los argumentos más débiles que existen cuando se trata de un debate crítico acerca de una obra determinada, es el "si crees que es tan sencillo, entonces házlo tú". Existen variantes. "Cuando seas capaz de dirigir tu propia película, entonces critica las películas de los demás", por ejemplo. "Lo que pasa es que no eres capaz de escribir nada brillante, así es que tratas de destruir todo lo que escriben los demás", también es otra variante. Es un argumento sencillo de utilizar por varias razones. Quien lo esgrime aspira a eximirse de buscar argumentos racionales para defender una obra a la que está escudando, invalidando los títulos que pueda tener alguien para criticarla. También es un argumento destinado a extorsionar emocionalmente a los terceros, empujándolos a ponerse de parte propia con un mensaje que puede leerse entre líneas: "Yo apoyo la creación artística, yo soy el bueno, quienes critican sin crear nada artístico propio, están en contra de la creación artística y por lo tanto son los malos". Y por supuesto, algunos terceros pican porque quieren estar de parte de los santos, no todos por suerte, porque habemos quienes vemos de manera transparente a través de esta falacia. Porque eso es, no un argumento lógico, sino una falacia.

El núcleo de este argumento, o supuesto argumento mejor dicho, radica en la idea de que los propios creadores serían los únicos legitimados para criticar lo que resulta de la creación. O sea, una película sólo puede ser criticada por quienes hacen películas, un libro sólo por quienes escriben libros, etcétera. Llevado al extremo, es un argumento peligrosísimo. En otros campos, podría utilizarse, y de hecho es utilizado, para favorecer a equipos tecnócratas de amiguetes y socavar la democracia: "Los que no gobiernan, no deberían criticar al Gobierno porque no saben lo difícil que es gobernar", o "la marcha de la Economía, dejársela a los que saben, que para eso estudiaron, ¿no?". Lo grotesco de este argumento queda de manifiesto si pensamos en que, como consumidores, por lo general no tenemos idea de cómo funciona un producto; si éste fallara, ¿no podemos criticarlo porque no sabemos cómo hacer el nuestro propio? ¿Si compramos un automóvil y, por un defecto de fabricación, nos estrellamos con él y nos matamos, no podemos criticar el automóvil? Pensándolo bien, en ese caso estaríamos muertos, así es que mal podríamos criticarlo. Enmiendo. Si compramos un automóvil, y por un defecto de fabricación, nos estrellamos con él y quedamos tetrapléjicos desde el cuello para abajo, ¿no podemos entonces criticar el automóvil? Y no debemos olvidar que la creación artística es, económicamente hablando, un producto: invierto tiempo y dinero en acceder a la obra artística, y espero que la misma sea, como mínimo, decente a buena.

El problema de este argumento empieza a hacerse obvio con los ejemplos que he dado más arriba. El punto es que no saber cómo se hace algo, no significa que no pueda criticar los resultados. Yo no sé fabricar automóviles, pero si veo automóviles chocando en masa, lo mínimo que me pregunto es si los fabricantes lo habrán hecho bien. Lo mismo con el Gobierno y con los economistas. Y por supuesto, vale lo mismo si veo una película, leo un libro, sigo una serie de televisión, o admiro una exposición de artes plásticas. Puede que yo no tenga idea sobre cómo se rueda una película, o se escribe un libro, o se realiza una serie de televisión, o se pinta o esculpe una obra plástica, pero sí que puedo ver si tiene algunos valores: me entretiene, me hace pensar, tiene ciertos valores estéticos, hay un cuidado e incluso una suntuosidad en la misma. Si la obra artística no consigue estas cosas, el creador tiene un par de cosas que explicarme. Es mi tiempo y mi dinero, lo invertí, y quiero que me diga por qué el creador no cumplió con un mínimo exigible.

Si no sabes cómo construir un avión que despegue y aterrice en una pieza, entonces no critiques.
Por supuesto, esto lleva de cabeza al problema de qué es arte. A lo mejor el creador es un patán que, amparándose en el decreto de libertad creativa, ha hecho lo que se le ha salido de alguna parte de su cuerpo a elección, y yo soy el despierto que ve como el Emperador va desnudo. Pero puede ser al revés, el creador es un tipo genial y sutil, y soy yo el paleto ignorante que no es capaz de entender el entramado de la obra. O simplemente, el creador y yo, como espectador, tenemos opiniones diferentes sobre qué es arte. Vale por eso. Pero en este caso, lo que procede es el debate racional: "me parece que es artístico porque...", o alternativamente, "me parece que no califica como arte porque...". Esto es argumentar. Cuando se usa el argumento del "si es tan mala la obra, entonces haz tú mismo una", no se está argumentando en absoluto sobre la obra criticada, sino que por el contrario, se está esquivando el bulto de entrar al análisis pormenorizado de la obra. Por eso no estamos frente a un argumento de verdad sino a una falacia, es decir, la apariencia de un argumento, algo que parece o trata de hacerse pasar por razonable, pero no lo es.

Como suele suceder, es fácil desmontar el origen del problema cuando se abandona el argumento mismo y se va a las bases de éste, a la petición de principios que existe por detrás. En este caso hay una bastante significativa. El argumento de "no critiques si no puedes hacerlo mejor" parte de una suposición no confesada ni explicitada, pero que es errónea: la idea de que el talento para crear una obra artística, es el mismo que el talento para la crítica. En realidad, ambos talentos no pueden ser más opuestos. De hecho, es muy difícil que coincidan en una persona. A veces puede suceder, por supuesto, pero eso tiende a ser raro. Lo habitual es que los buenos creadores sean malos críticos, y los buenos críticos sean malos creadores. Dándole vueltas al argumento de marras, la idea básica es que "se debe ser un buen artista para, a partir de ahí, ser un buen crítico". Y no se podría estar más equivocado.

La creación tiene mucho que ver con eso que podríamos llamar la esfera intuitiva de la intelectualidad. Consiste en encontrar nuevas relaciones entre cosas que ya existen, relaciones que pueden ser incluso disparatadas. El talento del creador es conseguir amalgamar todos esos ingredientes y conseguir hornear un buen pastel con ellos, un pastel que sea todos esos ingredientes, pero a la vez sea más que la mera suma de ellos, que sea un conglomerado procesado y preparado para que tenga buen gusto y no sea pasto para la escupidera. El resultado del talento creativo es, en cierta medida, expandir la esfera intelectual, construyendo y colocando nuevas cosas dentro de la misma. Si usamos una biblioteca como metáfora, el talento del creador consiste en poner nuevos libros en los anaqueles, por decirlo claro.

Para que después los libros no anden volando por ahí... (fuente).
La crítica, por su parte, tiene que ver con la parte de la intelectualidad que se relaciona con el orden y la racionalidad. Consiste en tomar relaciones que ya se encuentran dadas de antemano, y sopesarlas, juzgarlas, y en definitiva, darles aprobación o rechazo. El talento del crítico es analítico, desmenuzando el gusto del pastel para discriminar los ingredientes y determinar si han sido bien aplicados o no. El resultado del talento crítico es, al final del día, contraer la esfera intelectual, sacando cosas de la misma que, después de evaluadas, resultan no tener valor. Si usamos la biblioteca como metáfora de nuevo, el talento del crítico consiste en sacar libros de los anaqueles y dejar espacio para que, a futuro, nuevos libros puedan ingresar a la biblioteca.

Dentro de este debate, es fácil ponernos a favor del creador y en contra del crítico. El talento del creador es bravío e indomesticado, libre de ataduras y restricciones. Tal y como nos gustaría vivir nuestras vidas, admitámoslo. El talento del crítico, por el contrario, es dócil y ordenado, que se ciñe a reglas, normas, ordenaciones, etcétera. Algo que por lo general, no suele ser popular. Piensen en qué personajes de ficción son más populares, si aquellos que viven la vida según sus propias reglas, e incluso cuando lo suyo es defender la ley, lo hacen a su modo, versus aquellos que se guían por protocolos, procedimientos, reglamentos, etcétera.

Y sin embargo, ambos talentos son necesarios para la buena marcha de la vida cultural en la sociedad. Allí en donde hay creatividad sin crítica, terminamos degenerando en una anarquía dentro de la cual, todo puede calificar para arte. Así llegamos a aberraciones como el vanguardismo en el cual arte es "todo aquello que el artista crea", o bien "todo aquello que está en los museos". Por supuesto, eso puede tener algún valor como propuesta filosófica, pero para que sea arte se requiere algo más, un cierto valor o placer estético. Cuando Marcel Duchamp le pintó bigotes a la Mona Lisa, ocasionó un terremoto, pero no nos confundamos: la Mona Lisa con bigotes de Duchamp es una soberbia y muy atrevida propuesta filosófica, pero como arte, no deja de ser un pastiche de Leonardo da Vinci, que como pintor era muy superior.

La obra cumbre de uno de los mayores genios artísticos de todos los tiempos. Marcel Duchamp le pintó bigotes encima.
Por su parte, allí en donde se produce la situación inversa, o sea, en donde hay crítica sin creatividad, acabamos dentro de un arte que acaba por ahogarse dentro de la regla y el canon, por hacerse artificial o artificioso, en donde se confunde el orden y la simetría con la estética. Es decir, un arte estéril e incapaz de transmitir verdadero sentimiento o calor humano. Es la pesadilla del arte neoclásico del siglo XVIII, limitado por un montón de reglas porque se trataba de imitar a los modelos grecorromanos, sin percatarse de que el arte grecorromano de la Antigüedad mismo a su vez había nacido no siguiendo ninguna regla, sino creándoselas por el camino como reacción al arte anterior, llámese cicládico, cretense, micénico, griego arcaico, etcétera. La Pintura neoclásica suele escaparse debido a que los neoclásicos más creativos consiguieron sacarle algún aliento épico, y la Arquitectura neoclásica, como buena guardiana del orden y las formas en los edificios, se ha salvado porque fue la santa patrona de cuantos edificios de tribunales de justicia se construyeron en los siglos XIX y hasta bien avanzado el XX. Pero en general, este arte esterilizado por el ceñirse a formas estrictas acaba por ser igual de poco atractivo que la creatividad sin límites del vanguardismo.

Volvemos así al comienzo. No es necesario haber rodado una película para criticar una película que nos parece mala, y no es necesario haber escrito una novela para criticar una novela que nos parece mala, porque rodar una película o escribir una novela es tener talento creativo, y ponderarla es tener talento crítico. Ambas cosas corren por separado. Puede que se junten en una persona, lo que sería ideal, pero es difícil porque ambas cosas van en direcciones opuestas y tienden a anularse. Por supuesto, el principal crítico del creador debería ser el propio creador, para no partir creando un montón de estupideces, con el pretexto o patente de corso para crear sin límites. Y asimismo, el propio crítico debería tener algún talento creador para no acabar esterilizándose a sí mismo, queriendo forzarlo todo dentro de patrones establecidos, y siendo así incapaz de reconocer los aportes estéticos y los cambios a los que se vean sometidas las artes conforme transcurre el tiempo. Pero este equilibrio es, por supuesto, bastante difícil.

Por supuesto, esto es sólo un primer paso. Tener habilitación para criticar el cine aunque no se rueden películas, o la literatura aunque no se escriban libros, no es una patente de corso para soltar la primera brutalidad que se nos ocurra. Así como el arte debe ceñirse a unas reglas mínimas, que son los trucos del oficio, también la crítica debe ceñirse a una racionalidad mínima. Luego se puede discutir más en detalle los argumentos a favor o en contra de una obra, pero no cualquier crítica es aceptable sólo porque "no necesito haber creado mi propia obra artística para criticar el arte". Porque al final, recordando que la creatividad y el talento crítico son más complementarios que otra cosa, haber creado algo entrega herramientas para una mejor crítica. Como de costumbre, en el equilibrio y la armonía está la respuesta.

El crítico de arte según Norman Rockwell, o de cómo los artistas devuelven con elegancia los golpes de la crítica.

1 comentario:

fjsi dijo...

Ese argumento me lo han tirado a la cara infinidad de veces estos últimos veinte años, y la respuesta siempre es fácil:

a) No soy crítico, solo opinador. La crítica es una actividad bastante compleja en la que se debe tener un buen conocimiento de la vida del artista, un buen conocimiento de la obra del artista, un buen conocimiento de la época del artista y un buen conocimiento del área artística a la que pertenece la obra. Solo así se puede analizar adecuadamente y poner en valor la obra. Hablar de ella de forma aislada, por lo general, es más opinión que análisis crítico.

b) Si no me dedico al aspecto creativo... es porque en cierto momento analicé mi propia obra y consideré que no superaba el mínimo de calidad que exijo al resto del mundo. Hay un parámetro inmediato: los continuos rechazos, y otro más íntimo: apartar el ego y ser honrado con mi mismo. Por eso, la autoedición no siempre es recomendable (y los casos de éxito, sin la correspondiente proporción respecto a los fracasos, no son un argumento válido) Como añadido a esto, tengo la habilidad suficiente como para haber ganado dinero (y pagado impuestos) escribiendo.

c) Como bien se señala en el artículo, para criticar una obra no hace falta ser un creador destacado. Día a día, minuto a minuto, todo el mundo hace labor crítica respecto a la ropa, la comida, el transporte público, la suciedad de las calles, etc., etc., etc. No hace falta ser un gran cocinero, un sastre destacado o conocer los secretos de la logística para saber cuando las cosas están mal.

d) Una mala (o buena) opinión (o crítica) no es despreciable. Hay dos virtudes exigibles al crítico/opinador, por un lado separar a la obra de su autor y evitar los argumentos ad hominem (que al cabo es la falacia que trata el artículo), y por otro ser coherente. Si el crítico/opinador mantiene una línea constante y no va cambiando de criterio según sopla el viento, se hace fiable, y por tanto, aunque lo que comente no sea de nuestro agrado, siempre se puede tomar como referencia inversa y seguir el camino contrario al que indica. Esto también tiene su peligro: hay porquerías absolutas, que se miren como se miren, no hay forma de salvar ni justificar.

Related Posts with Thumbnails