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miércoles, 18 de abril de 2018

Los años de Chile (5) - Construcción de la sociedad colonial.

El Imperio Español, trayendo la alegría y el regocijo de la civilización a los pobres nativos.
El levantamiento del Imperio Español presenta una importante peculiaridad que lo distingue de otros: un cierto legalismo que le confiere un inequívoco aroma a expediente judicial mohoso, salpimentado de fragancias con toque a tinta de escritorio. Este legalismo se expresa muy bien en la fundación de las ciudades. A los españoles no les gustaba fundar ciudades de manera espontánea, vía tomas de terreno, sino que lo preferían a través de edictos decretados por la autoridad. Tampoco los vecinos se instalaban allí en donde mejor pudieran, sino que se encargaba la tarea de diseñar el plano de la ciudad a un funcionario llamado el alarife. En la ciudad, los vecinos recibían cada uno un solar; de manera adicional, muchos de ellos recibían chacras en los alrededores. Más allá de las ciudades surgieron las haciendas y estancias. Todo esto con la correspondiente telaraña de títulos jurídicos que fijaban los derechos de los vecinos, etcétera. Lástima. Con lo bonito que hubiera sido verles resolver sus problemas de deslindes vecinales y disputas sobre alcabalas y almojarifazgos a espadazo limpio.

En estos primeros tiempos tuvo importancia la encomienda, institución a través de la cual la Corona española entregaba indios a los conquistadores para que trabajaran bajo sus órdenes; el conquistador por su parte debía mantenerlos, alimentarlos y cristianizarlos. Con el paso del tiempo, empero, al ir desapareciendo los indígenas en el territorio chileno, las encomiendas fueron perdiendo peso específico, para ser reemplazadas por las haciendas, grandes latifundios en los cuales el énfasis jurídico estaba puesto más en la tierra que en los hombres trabajándola. Muchas veces, los hacendados entregaban tierras en arriendo a trabajadores que pasaban a ser los inquilinos. En Chile, la propiedad de la tierra se transformó en un importantísimo foco de poder, el cual sólo vendría a ser quebrado, y sólo hasta cierto punto, con la Reforma Agraria de las décadas de 1.960 y 1.970, es decir, más de siglo y medio después de acabado el dominio español sobre el territorio.

Esta manera de organizar la colonia chilena fue generando una cierta estructura social de casta, en la cual los conquistadores, encomenderos y hacendados se instalaron en la cima, y una extensa masa de trabajadores fueron subyugados. No es inexacto afirmar que, en muchos sentidos, la estructura de la propiedad de la tierra en el Chile dominado por el Imperio Español estaba replicando la esencia de un sistema feudal que estaba desapareciendo de manera contemporánea en la moderna España. La misma fue mantenida a través de una mentalidad racista en la que el color más claro o más oscuro de piel permitía ascender o descender en la escala social: los europeos caucásicos estaban en la cima, los mestizos algo más abajo, los indígenas casi en el fondo, y el puñado de esclavos negros que vino desde Africa, en lo más profundo del barril, junto con los mulatos y los zambos. Dicho racismo subsiste en Chile hasta el día de hoy; cualquiera que ve publicidad en la televisión abierta chilena, plagada de familias rubias y de ojos azules, pensaría que Chile es una sucursal del Imperio Alemán del buen Kaiser Wilhelm, en vez de un país en donde la abrumadora mayoría de su población ha sido engendrada por el mestizaje de conquistadores e indígenas.

Resulta interesante observar al respecto los resultados del Proyecto ChileGenómico, recopilados en el libro El ADN de los chilenos y sus orígenes genéticos, y a los cuales hemos aludido en capítulos anteriores de Los años de Chile, acá en la Guillermocracia. El mismo no sólo analizó el ADN del núcleo celular de los chilenos, sino además el ADN mitocondrial, que sólo se transmite por vía materna, y el ADN del cromosoma Y, que sólo se transmite por vía paterna. Según el ADN mitocondrial, el 85% de la población chilena tiene ancestro indígena por vía femenina. Por su parte, según el ADN del cromosoma Y, el 70% de la población rural y hasta el 90% de la población urbana tiene ancestros europeos por vía masculina. Según escriben los académicos Moraga, Pezo y de Saint Pierre, "este alto grado de asimetría para el cromosoma Y no puede ser explicado solo por la ausencia casi total de mujeres españolas durante los primeros 40 a 60 años de conquista, sino que requiere también de la exclusión casi total de los hombres indígenas de la formación de la naciente población mestiza chilena" (el libro mencionado, páginas 84-85). Por si lo anterior es demasiado críptico: la población mestiza chilena se formó cuando los españoles varones exterminaron a los indígenas también varones, y se aparearon con las indígenas mujeres. Estos sí que son cuentos de terror demográfico, y no The Handmaid's Tale, si me preguntan.

Mujer mapuche, ilustración por palnk (fuente). Hay una en el árbol genealógico de prácticamente todos los chilenos, aunque más de la mitad lo nieguen, los muy racistas.
Aquí también empezó a surgir otra característica prototípica del chileno. Siendo la colonia pobre que era, no existía la posibilidad de acumular grandes recursos, por lo que quienes estaban en la cima, no estaban tan por encima de quienes estaban por debajo; el ascenso social, entonces, era posible, aunque difícil. Lo que creó otra característica prototípica del chileno: su arribismo desvergonzado. La aspiración de todo chileno desde entonces es ascender en la escala social, ojalá sin trabajar, a ejemplo de esos primeros conquistadores que venían desde una España en donde eran patricios empobrecidos, hijosdalgos, y venían a hacerse la América probando fortuna sin tener que trabajar.

En la sociedad colonial chilena, quienes estaban en la parte de abajo en la escala social eran los indios, por supuesto. El interés de los conquistadores era capturar a tantos como se pudiera, y explotarlos hasta el límite de sus fuerzas, pero pronto la Corona tomó cartas en el asunto e intentó limitar los abusos. Un poco por algo que podemos llamar un piadoso espíritu cristiano, otro poco por el pragmatismo de impedir posibles sublevaciones indígenas, y un tercer otro poco por el sórdido lucro monetario, todo sea dicho. Este fue el origen de la llamada Legislación de Indias, la cual estaría en vigor durante todo el Imperio Español, aunque no siempre con la misma eficacia, por supuesto.

En tiempos de García Hurtado de Mendoza, su compinche el jurista Hernán de Santillán dictó lo que se conoce como la Tasa de Santillán, y que podríamos considerarla como la primera regulación laboral en territorio chileno. La misma establecía la obligación de los asentamientos indígenas de enviar trabajadores para servicio personal, principalmente en las minas; sin embargo, existía algo así como una especie de derechos mínimos para los indígenas, incluyendo límites en la edad laboral, la imposición de mitas o turnos de trabajo, y el sesmo, es decir, llevarse la sexta parte de lo producido. La Tasa de Santillán introdujo algo de humanidad en la condición de los indígenas abusados por derecho de conquista, pero no nos pasemos: la misma dependía de que las autoridades cumplieran con su deber y no hicieran la vista gorda sobre los encomenderos, algo que solía ocurrir un poco entonces como ahora y siempre. Además, sus condiciones seguían siendo abusivas, de todos modos.

Años después, en 1.580, se intentó reemplazar la Tasa de Santillán por una nueva, la Tasa de Gamboa, llamada así por el Gobernador Martín Ruiz de Gamboa. La misma estableció el reemplazo del servicio personal por un tributo en oro; asimismo, se buscó que los indígenas se agruparan en poblados, y salieran de los mismos a alquilar libremente su trabajo. ¡Neoliberalismo en el siglo XVI, señores! Sin embargo, las nuevas disposiciones no gustaron para nada a los encomenderos, que de pronto vieron como se reducía la fuerza laboral de la que podían abusar, porque los indios tenían la mala costumbre de preferir trabajar para sí que para los españoles, miren ustedes. A la larga, la Tasa de Gamboa quedó a un lado, y se volvió al sistema regulado por Santillán. Que una cosa es libertad, y la otra libertinaje, vamos.

Martín Ruiz de Gamboa con otros dos gobernadores de Chile: el Gobernador que se ganó el odio de los encomenderos intentando humanizar las encomiendas. Algunas cosas nunca cambian en Chile.
En la primera etapa del dominio español sobre territorio chileno, quienes se hicieron con los cargos y posiciones más suculentas fueron los conquistadores que arribaron con Pedro de Valdivia, y formaron un núcleo duro con éste. Lo que produjo una sorda rivalidad cuando en 1.557 llegó el gobernador García Hurtado de Mendoza, que venía con su propio séquito. A la larga, los hombres de Hurtado de Mendoza fueron desplazando a los de Valdivia, hasta el punto que el núcleo primitivo de amigos de Valdivia había perdido la mayor parte de su preeminencia a finales del siglo XVI. En general, a lo largo de la Historia de Chile, las familias que mandan han sido más movedizas de lo que se cree a primera vista, aunque conservando ciertos rituales de cooptación de los advenedizos por parte de las élites, para que los nuevos asuman los modales y actitudes rancios de los viejos. Es decir, a la élite más o menos aristocrática que se formó entonces le gustaba, y le sigue gustando hasta el día de hoy, una cierta visión social en la cual mandan quienes tienen los pergaminos, pero la fría realidad es que en los hechos, el dinero pesaba y pesa lo suyo, fuera viejo o nuevo, y acaba por ser el factor social definitivo. El gran sello para formar parte de los bienaventurados era la posesión de la tierra, pero habían otras dos fuentes de riqueza en la época.

Una de esas fuentes era la minería. El territorio chileno que los conquistadores españoles dominaban, no tenía ni de lejos las riquezas de otras regiones imperiales, pero aún así, los lavaderos de oro y algunas minas dispersas aquí y allá, arrojaban pingües beneficios para sus dueños. Sin embargo, este ciclo minero se agotó en unas cuantas décadas. Durante el siglo XVII, la minería pasó a ser una actividad secundaria en la industria nacional. Eso iba a cambiar después, por supuesto, durante el siglo XIX, pero ésa es una historia a la que llegaremos más adelante, si esta serie de posteos aquí en la Guillermocracia tiene éxito suficiente como para llegar hasta allá.

El otro camino de ascenso social era el comercio. Avispados emprendedores arribaron al territorio chileno y se dedicaron a crear rutas comerciales; entre los extranjeros aparecen menciones a personajes tales como Juan de Rodas o Guillermo de Niza, cuyos apelativos dan cuenta de lo lejanísimo de su origen. La principal relación comercial de los chilenos era con Lima, la capital del Virreinato del Perú, por supuesto. Pero también daban beneficios las rutas comerciales que cruzaban la cordillera de los Andes y arribaban hasta Mendoza y Tucumán; ambas ciudades hoy en día pertenecen a Argentina, pero en la época estaban bajo jurisdicción chilena, en buena medida porque era más sencillo llegar hasta ellas desde Santiago que desde Buenos Aires. Los hacendados se las arreglaron para hacer valer sus privilegios y bloquear el acceso de los comerciantes a posiciones políticas de relevancia, pero aún así, hubo comerciantes que se las arreglaron para ascender en la escala social. Ambos grupos se miraban con recelo: se necesitaban para producir y exportar lo producido, pero se peleaban por ser quien se llevaba el pedazo más grande de la torta.

Otro aspecto interesante de la sociedad chilena, es que en ella no prosperaron en demasía ni la esclavitud ni la trata de negros. Aunque no porque los chilenos sean buena gente, faltaba más. En realidad, la sociedad chilena era demasiado pobre para permitirse operaciones de explotación económica de mayor envergadura, por lo que no hacía falta importar tanta mano de obra. Así, aunque sí existieron esclavos durante el dominio español sobre Chile, esta institución más bien puntual, y no tuvo la extensión que alcanzó en otros dominios latinoamericanos. Y huelga decir, la importación de mano de obra negra fue también mínima, al menos en comparación a lo que sucedió en las azucareras de Brasil, o del Caribe. Por lo mismo, a diferencia de otros países hispanoamericanos, la influencia de la cultura africana en la identidad chilena es también muy limitada.

Afrochilenos protestando para obtener su inclusión en el Censo de 2.012 (fuente).
En fecha reciente, los datos del Proyecto ChileGenómico arrojaron algo más de luz sobre el problema de la población africana en Chile. En general, la proporción de genoma africano en la población chilena actual tiende a ser bajo, menos de un 3% en total. Resultaron ser excepcionales La Serena y Coquimbo, con un 4,3%, y el Norte Grande con un 3,7%, lo que es congruente con el hecho de que el grueso de los esclavos negros fueron llevados a las labores mineras de dichas regiones. De esta manera, tanto la sangre africana como la cultura que ellos portaron, tuvo una incidencia minoritaria en la formación de eso que podemos llamar la chilenidad. Bien por ellos, por supuesto.

En esta primitiva sociedad chilena, la Iglesia Católica adquirió un papel fundamental. La razón más obvia, es su rol legitimador: lo que la Iglesia Católica decía que estaba bien, estaba bien, y lo que decía que estaba mal, estaba mal. Así, la Iglesia Católica se transformó en una especie de árbitro no oficial en cualquier potencial disputa dentro de la sociedad chilena, asegurándole así un mínimo de estabilidad. También la Iglesia Católica empezó a hacerse cargo de la enseñanza, actividad en la que va a estar presente hasta el mismísimo día de hoy. En fechas más recientes, la Iglesia Católica acabará siendo de hecho un freno para la democratización de la sociedad chilena, oponiéndose a la igualdad de los hijos nacidos dentro y fuera del matrimonio, al divorcio, al matrimonio igualitario entre homosexuales y heterosexuales... y a que Iron Maiden se presente en Chile porque son una banda satánica.

Pero, mirando a la Colonia, hay también una proyección más cínica y materialista en el rol jugado por la Iglesia Católica, en donde la misma jugó un rol financiero vital. En la época, siendo la Capitanía General de Chile un territorio en general bastante primitivo, no existía todavía un sistema bancario en forma, el cual iba a surgir recién a mediados del siglo XIX. Por tanto, el dinero acumulado no valía de mucho porque no habían mayores posibilidades de inversión. Esto explica en parte que las élites adoptaran la costumbre de concertar con la Iglesia Católica, unos contratos llamados capellanías, que consistían en pagar para la celebración de misas por el descanso del alma del potentado que testara; así, las capellanías se transformaron en una herramienta jurídica que permitió el depósito en manos eclesiásticas, de fortunas estancadas en las grandes familias. Luego, la propia Iglesia Católica invirtió estas fortunas en forma de préstamos a terceros, a veces adoptando como forma crediticia el censo, un contrato por el cual se grava un bien raíz para obtener pagos a través de los frutos que dicho bien raíz produzca; de este modo, los curas pasaron a ser en la práctica el gran banco prestamista de Chile. Esto le dio algo de dinamismo a la entonces muy estancada economía chilena.

Todos estos procesos sociales a través de los cuales iba construyéndose la sociedad colonial, corrían en paralelo a un mayor control del territorio. La relativa disminución del conflicto con los mapuches llevó a varios intentos por expandir todavía más las colonias. Algunos prendieron. Otros fracasaron, e incluso terminaron en tragedias. Todo eso quedará para la próxima entrega, la última por el minuto y hasta nuevo aviso, de esta serie que hemos titulado Los años de Chile, aquí en la Guillermocracia.

La Virgen de la Merced, por José Gil de Castro (hacia 1.815). Para españolización instantánea, ponga un cura en su vida.

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