miércoles, 4 de abril de 2018

Los años de Chile (4) - Los mapuches defienden su tierra.

El joven Lautaro, tríptico pintado por, cómo no, Pedro Subercaseaux.
"Anduvo, anduvo, anduvo. Le vio la luz del día, / le vio la tarde pálida, le vio la noche fría, / y siempre el tronco de árbol a cuestas del titán. / "¡El Toqui, el Toqui!", clama la conmovida casta. / Anduvo, anduvo, anduvo. La Aurora dijo: "Basta", / e irguióse la alta frente del gran Caupolicán" - Rubén Darío, Caupolicán.
El afiambramiento de Pedro de Valdivia a manos de las tropas de Lautaro, significó un durísimo golpe para el dominio español en Chile. No es que faltaran colonos o tropas, pero con el caudillo principal muerto, no se hicieron esperar las puñaladas traperas por la sucesión, que en algún minuto incluso amenazaron con guerra civil abierta entre varios militares españoles. Entretanto, Lautaro seguía combatiendo a los huincas invasores. En 1.554 se libró un enfrentamiento decisivo entre Lautaro y el nuevo gobernador español, Francisco de Villagra. En la Batalla de Marigüeñu, un grupo de mapuches debía plantarle cara a los españoles, otro debía flanquearlos, y un último grupo tenía por misión cortarle la retirada. El triunfo mapuche fue aplastante, y Villagra apenas pudo escapar con vida, junto con unos cuantos soldados.

Concepción era la ciudad y base de operaciones más importante de los españoles en la zona de guerra. Sin nada que detuviera a los mapuches, Villagra ordenó a los españoles el abandono de dicha ciudad. La misma, despoblada, fue tomada por Lautaro, quien la arrasó hasta sus cimientos. En 1.555 llegó una nueva partida de españoles para volver a fundar Concepción. Al ver el espectáculo de la destrucción, éstos literalmente lloraron. Además de fundar Concepción por segunda vez, los españoles construyeron un fuerte. Nada de esto arredró a Lautaro, quien volvió al ataque, sin que hubiera terminado todavía ese 1.555. La victoria mapuche fue completa, y Concepción fue arrasada por segunda vez. En medio de todo esto, se dice que Lautaro gritó: "¡Iñche Leftraru, apümfiñ ta pu wingka!" ("¡Yo soy Lautaro, quien acabó con los huincas!").

Pero no era suficiente. Lautaro se daba perfecta cuenta de que no importaba cuántas veces arrasara Concepción; mientras Santiago siguiera en su sitio más al norte, los españoles seguirían enviando refuerzos hacia el sur. Hasta el minuto, los mapuches habían librado la guerra siempre en su territorio, pero ahora Lautaro estaba dispuesto a llevar la guerra al norte, hasta el cubil del lobo. Y emprendió una expedición militar cuyo objetivo era aniquilar por completo a Santiago, y eliminar totalmente a los españoles de Chile. Sin embargo, los caudillos militares que acompañaban a Lautaro, no parecen haber entendido el plan. ¿Para qué extender la guerra tan lejos, cuando los españoles estaban sido erradicados tan bonitamente de Concepción y sus alrededores? Por supuesto, subestimaban seriamente a los españoles, pero era Lautaro quien había vivido entre ellos durante seis años y los conocía, no su gente. Así, mientras más avanzaba hacia el norte, más y más indígenas de su ejército iban defeccionando. Finalmente, mientras acampaban una noche, Lautaro y los suyos fueron sorprendidos por las fuerzas militares españolas. Aquello no fue una batalla sino una masacre: los mapuches apenas tuvieron ocasión de defenderse. El cuerpo de Lautaro jamás fue encontrado. De este modo sucumbió el más extraordinario líder militar que han conocido los mapuches, en el año 1.557.

Y no le inyectaron adamantium porque no se había inventado. Galvarino, dibujado por Juanex (fuente).
Mientras Lautaro emprendía su frustrado asalto por tierra de sur a norte contra Santiago, por mar viajaba de norte a sur un nuevo personaje llamado García Hurtado de Mendoza. Este se había hecho de un nombre guerreando en Italia, y ahora era el nuevo gobernador de Chile, nombrado como solución de compromiso frente a la rivalidad de Francisco de Villagra con Francisco de Aguirre, el antiguo capitán de Valdivia que en su día había fundado La Serena por segunda vez. ¿Quién había nombrado a García Hurtado de Mendoza como el nuevo gobernador de Chile? Pues el Virrey del Perú... que era su padre, don Andrés Hurtado de Mendoza, para que todo quede en familia. García Hurtado de Mendoza llegó con su propio séquito de conquistadores, que incluía a personajes como Alonso de Ercilla y Hernando de Santillán, de quienes ya hablaremos. De inmediato, su gente entró en colisión con las huestes de Valdivia; otra clásica historia de lucha entre clanes mafiosos por ver quién se hace del mayor botín.

García Hurtado de Mendoza ni siquiera se detuvo en Santiago. Decidió seguir a Concepción, y arrostró de inmediato la guerra contra los mapuches. Con métodos increíblemente brutales. Entre las víctimas más conocidas de García Hurtado de Mendoza dentro de la memoria popular chilena está Galvarino, a quien ordenó cortarle las manos, al mejor estilo Jaime Lannister, pero con dos chonguitos a falta de uno, lo que desde entonces ha alimentado la legendaria mala leche del humor negro chileno. Con todo, Galvarino se hizo conocido por su bravura en batalla, incluso manco, aunque con cuchillos amarrados a los muñones, lo que hizo pensar a los españoles que había sido una mala idea dejarle vivo. Finalmente, Galvarino fue capturado en la Batalla de Millarapue, librada a finales de 1.557, y colgado junto con otros mapuches capturados.

Pero el toqui a cuyas órdenes guerreaba Galvarino, era Caupolicán. Su figura ha sido muy realzada en la leyenda, gracias a ser uno de los principales protagonistas de La Araucana, el poema épico de Alonso de Ercilla. Según Ercilla, Caupolicán fue elegido en una prueba de fuerza hercúlea: cargó un tronco de árbol dos días con sus noches. Hecho inédito en la Historia de la Epica, Ercilla no era un aedo que escribiera siglos después y a kilómetros de distancia de los hechos; por el contrario, Ercilla peleó en las batallas contra Caupolicán, y por lo tanto había visto los acontecimientos de primera mano. Sin embargo, no podemos estar ciento por ciento seguros de hasta qué punto Ercilla embelleció los acontecimientos para darles mayor peso literario; lo suyo es un poema épico, después de todo, no un libro de Historia. En cualquier caso, el fuego poético que animó a Ercilla fue heredado por Rubén Darío, quien le dedicó el poema Caupolicán al héroe, en su poemario Azul..., de 1.888.

Estos eran hombres, y no los millennials quejándose de que Disney arruinó Star Wars: Caupolicán probando su fuerza y valor cargando un tronco dos días con sus noches, por Matías Espinoza (fuente).
Pero el Caupolicán histórico tenía menos estatura que el literario. No llegó a tener el mismo calado que Lautaro, en cuanto a líder militar se refiere, aunque justo es reconocer que las sandalias de Lautaro eran muy difíciles de llenar. El caso es que, apenas un año después de la muerte de Lautaro, Caupolicán fue capturado. Para dar escarmiento, los españoles lo ejecutaron de una manera muy Game of Thrones: imitando un método de castigo favorito de los otomanos, lo empalaron. La muerte de Caupolicán ha pasado a ser parte del repertorio del humor negro entre los chilenos, por supuesto. Es habitual en Chile que si alguien rehusa una oferta de asiento, aluda a la ignominiosa suerte de Caupolicán diciendo: "Paradito no más, como dijo el cacique". Con la muerte de Caupolicán, ocurrida en 1.558 como decíamos, ningún otro toqui tomó el relevo, y acabó esa fase del conflicto entre españoles y mapuches. Los españoles volvieron a fundar Concepción una ¡tercera! vez. Y seguirían avanzando hacia el sur, aunque ahora un poco más prevenidos. Porque con una misma ciudad arrasada hasta los cimientos dos veces en años sucesivos, hasta quién no aprende. Digo yo.

No es que lo siguiente añada demasiado a la Historia, pero forma parte del repertorio legendario chileno, así es que mencionémoslo. Una leyenda, quién sabe si histórica o no, reza que Fresia, esposa de Caupolicán, habría ido a verlo cuando los españoles transportaban al guerrero mapuche ahora prisionero, y le enrostró la madre de los discursos, por haberse dejado capturar en vez de morir en batalla. Le cedo la palabra a Alonso de Ercilla, quien en boca de Fresia pone las siguientes palabras (entre otras): "Toma, toma tu hijo, que era el ñudo / Con que el lícito amor me había ligado; / Que el sensible dolor y golpe agudo / Estos fértiles pechos han secado: / Cría, críale tú, que ese membrudo / Cuerpo, en sexo de hembra se ha trocado: / Que yo no quiero título de madre / Del hijo infame del infame padre". Luego de lo cual "(...) colérica y rabiosa / El tierno niño le arrojó delante". No se puede decir que Fresia sea un personaje popular hoy en día, pero de todos modos se la recuerda como heroína mapuche; una comuna en el sur de Chile lleva el nombre de Fresia, sin ir más lejos.

Volviendo a la Historia. En 1.561 murió Alvaro Hurtado de Mendoza, el Virrey del Perú; sin el apoyo de su papito, García Hurtado de Mendoza decidió tomar precauciones. Era lo prudente, porque la gente del círculo de Valdivia le tenía sangre en el ojo a cuenta del trato que les había dado. De manera que viajó a Perú para asegurar su posición, quedando como gobernador interino un guerrero ya cincuentón llamado Rodrigo de Quiroga, uno de los antiguos hombres de Valdivia, famoso por haber desposado a Inés de Suárez la amante de Valdivia cuando el Virrey había ordenado poner fin al concubinato de marras. Pero volviendo a García Hurtado de Mendoza, éste, llegado a Perú, fue sometido a juicio de residencia por sus acciones administrativas; fue el primer gobernador de Chile en pasar por el trance. Sus antiguos enemigos lo asaetearon a acusaciones, y García Hurtado de Mendoza debió usar todas las influencias familiares posibles en la corte española para librarse de ellas. Y lo logró, transformándose así en el ancestro y santo patrono de los poderosos chilenos que por poderosos, terminan por no pagar ni un solo plato roto. García Hurtado de Mendoza viajó a Europa, y volvió a Perú cerca de tres décadas después, ahora en calidad de Virrey. Como dato de trivia, una expedición enviada por el Virrey a la Polinesia bautizó a las Islas Marquesas en su honor, debido a que García Hurtado de Mendoza era Marqués de Cañete. Acabaría falleciendo en 1.609.

García Hurtado de Mendoza, santo patrono de los enchufados en cargos políticos de Chile.
Por regla general, aunque no unánime, las fechas relacionadas con García Hurtado de Mendoza son las que los historiadores consideran para dar por cerrado el llamado período de la Conquista de Chile. Hay razones para ello. Los métodos directos y brutales de García Hurtado de Mendoza habían conseguido mantener a raya a los indígenas. Ahora, el dominio efectivo español en lo que después iba a ser territorio chileno, se extendía desde Copiapó en el norte, hasta el Golfo de Reloncaví, en donde actualmente está Puerto Montt, en el sur (con todo, Puerto Montt fue fundado recién en el siglo XIX, como indica su nombre). En 1.561, por su parte, García Hurtado de Mendoza dispuso fundar una nueva ciudad en los territorios chilenos al otro lado de la cordillera de Los Andes: surgió así la ciudad de Mendoza. Poco después, en 1.567, el español Martín Ruiz de Gamboa anexó a la isla de Chiloé, poco más al sur del mencionado golfo, a la Gobernación de Chile. El territorio se expandía.

El tiempo que, según la periodización creada por los historiadores, iba a venir después de la Conquista era la Colonia. La misma suele extenderse hasta el Cabildo Abierto de Santiago que se celebró el 18 de Septiembre de 1.810, y que es considerado como el inicio de la Independencia de Chile. Con todo, no debemos olvidar que estas son fechas convencionales. En lo personal, creo que una fecha más adecuada para cerrar la Conquista vendría siendo el gran contragolpe mapuche de 1.602. Mientras que el inicio de la Independencia, yo lo dataría más bien en 1.808, por razones que trataré en su momento, claro está. Como de costumbre: esto de los períodos históricos es referencial, pero no debemos tomárnoslo tan en serio. Yo únicamente lo menciono porque ya se sabe lo babosos que se ponen los libros de Historia con respecto del tema.

Es en esta época que comienza a tomar configuración un cuerpo geopolítico que más o menos puede reconocerse como lo que vendrá a ser Chile. El grueso de los libros de Historia de Chile proyectan la historia del país hacia el pasado, como si ya en los tiempos precolombinos hubiera una especie de reconocimiento de lo que después van a ser las fronteras patrias. Lo que por supuesto no es así. Todavía a inicios del siglo XVII, un historiador como el Inca Garcilaso de la Vega, cronista del Imperio Inca, identificaba el topónimo de Chile con un valle. ¿Cuál de ellos? Ni siquiera hay acuerdo respecto de esto. Diego de Almagro parece haber llamado Valle de Chile al del río Mapocho, en donde se fundaría la futura ciudad de Santiago, pero según otras fuentes, dicho valle sería el que está inmediatamente al norte, o sea, el Valle del Aconcagua, en donde se ubica la ciudad de Quillota.

Mapa de la ciudad de Santiago de Chile por Tomás Thayer Ojeda (1.905). Ni comparado con el monstruo de siete millones de habitantes que acapara más del cuarenta por ciento de la población de Chile a inicios del siglo XXI.
Tampoco hay acuerdo sobre el origen del topónimo. ¿Deriva del nombre quechua para un valle parecido que hay cerca de la región de Casma, en el actual Perú? ¿Deriva de un supuesto cacique indígena llamado Tili, como dice el padre Diego de Rosales en el siglo XVII? ¿Deriva de una palabra mapuche que significa "el fin del mundo" o algo parecido? ¿Deriva de la onomatopeya referida al canto del pájaro llamado trile, cuyo nombre en castellano es también una onomatopeya? Con estos antecedentes tan nebulosos, resulta claro que en la época de la conquista no existía ninguna construcción demográfica o cultural que fuera remotamente parecida a lo que conocemos como Chile en la actualidad.

Pero todo eso iba a cambiar a partir de la segunda mitad del siglo XVI, por supuesto. Porque los colonos españoles eran habitantes de una provincia pobre y periférica del Imperio Español, encajonados entre indígenas belicosos al sur, una cordillera difícil de franquear al este, y el océano más ancho del planeta al oeste. Y no olvidemos el Desierto de Atacama, el más árido del mundo, tanto que la NASA lo utiliza como campo de pruebas para los robots que envía al planeta Marte. En este aislamiento geográfico, esos españoles colonos iban a empezar a sentar las bases de lo que hoy en día podemos llamar la chilenidad. Pero no debemos ser tan severos con ellos: aparte de inventar la chilenidad, en contrapartida, los españoles tuvieron algunas cosas buenas también.

Durante las cuatro décadas que mediaron entre la ejecución del toqui mapuche Caupolicán en 1.558, y el inicio de la gran rebelión mapuche que iba a hacerle la vida a cuadritos al gobernador Martín García Oñez de Loyola en 1.598, puede afirmarse que Chile vivió en relativa tranquilidad. Enfasis en el relativo, por supuesto. Los mapuches fronterizos seguían siendo un problema para los españoles, y la guerra siguió adelante, por supuesto, pero jamás al nivel que habían sido bajo el mando de Lautaro. De tarde en tarde, a los españoles les tocaba sufrir calamidades adicionales. Como el paso del corsario inglés Francis Drake, que fue repelido por los mapuches en la Isla Mocha, como lo recrea un episodio de Erase una vez el hombre, pero que luego saqueó el entonces joven puerto de Valparaíso en 1.578. Así como de otros piratas y corsarios que de tarde en tarde se dejaban caer en las costas chilenas. O los inevitables terremotos, seña y marca de identidad del territorio chileno. Pero en general, fueron cuatro décadas de estabilidad, y en las mismas, empezó la erección de la sociedad chilena clasista y racista que tanto amamos toleramos. Aunque eso quedará para la próxima entrega de esta serie que hemos titulado Los años de Chile, aquí en la Guillermocracia.

La estatua de, ejem... Caupolicán... en el Cerro Santa Lucía, por el escultor chileno Nicanor Plaza. En realidad era una estatua del último de los mohicanos, fue exhibida como tal en Europa, pero acabó siendo entregada a la ciudad de Santiago en el siglo XIX como de Caupolicán. Lo que explica el muy poco mapuche penacho de plumas en la cabeza del personaje.

1 comentario:

Seanna dijo...

Vaya! Al parecer los mapuches presentaron muchísima resistencia. Aunque por lo que acabo de leer, aún si hubieran tomado Santiago, la guerra estaría perdida de todos modos porque los españoles podrían seguir mandando gente aunque fuera desde Perú

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