domingo, 1 de abril de 2018

Gestionar la sociedad: La receta es que no hay receta.

Cuando se vive en sociedad, accidentes suceden.
Los seres humanos estamos condenados a vivir en sociedad. La existencia en solitario es posible. Alejandro Selkirk se la pasó cuatro años sin otra alma viviente alrededor. Pero hasta Tom Hanks en la película del náufrago necesitaba de un Wilson a su lado, aunque... no fuera muy humano, que digamos. Porque es muy bonito no tener que hacer componendas con ningún vecino fastidioso, hasta que te duele una muela y necesitas de alguien que te la extraiga. Todos necesitamos de gente alrededor para que haga las cosas que nosotros no podemos, y a la inversa, a nosotros nos necesitan en la medida que podemos hacer cosas que los demás no, y que ellos precisen.

Sin embargo, la vida en sociedad no es un lecho de rosas. Ya se sabe como funciona. Quieres un poco de paz y sosiego, y tu vecino tiene la mala idea de poner reguetón a todo volumen. Te gusta criar pajaritos, y a tu vecino se le ocurre enlistar a un regimiento de gatos. Eres un vegano porque odias la crueldad contra los animales, y tu vecino adora una religión animista pagana chamánica que exige el sacrificio y sangrado de bestias sobre un altar. Eres un virgen adicto a los videojuegos y el anime, y tu vecina está buena pero no quiere contigo. Y suma y sigue. Por ponernos sartreanos: el infierno son el resto de la gente.

Vivir en sociedad es el arte de encontrar la fuerza para limitar a los demás, a la par que la entereza para limitarse a uno mismo. Vivir en sociedad implica llegar a consensos y acuerdos: puedes poner música en tu espacio, pero a un volumen moderado, puedes tener tales animales de mascota, pero no tales otros, etcétera. El problema es que para esos acuerdos funcionen, se necesita alguien que arbitre. Es decir, necesitamos de un aparato estatal: burócratas administradores, tribunales de justicia, policías encargados de imponer el orden, etcétera. Problema: esos otros sujetos son gentes igual que uno. Que por supuesto, van a aprovechar esa cuota de poder para torcer un poquito los límites en su propio beneficio.

Sin embargo, los necesitamos. Es la única manera de organizar las cosas para que funcionen respecto de cosas que no pueden atenderse en solitario. Cierto, cada persona puede llenarse de armas en su casa, pero es más efectivo tener una fuerza policial entrenada que alivie un poco el tema de la seguridad para todo el mundo. Cada persona puede darle educación a sus propios hijos, pero es más económico crear instituciones llamadas "escuelas" y "universidades" en donde reunamos a esos alumnos bajo la tutela de un profesor único. Y así. En algún punto u otro, las organizaciones deben surgir. La vida en sociedad es entonces un eterno péndulo entre lo mucho que necesitamos gobiernos, autoridades centrales, etcétera, y lo mucho también que debemos temerles y ponerles coto por nuestra propia seguridad.

Gente viviendo en sociedad.
Numerosas ideologías han tratado de resolver este problema. Las cuales, a su vez, han cristalizado en una enorme cantidad de sistemas de gobierno. Nuestro idioma es fértil en palabras que designan sistemas políticos e institucionales: democracia, aristocracia, república, feudalismo, dictadura, oligarquía, plutocracia, autoritarismo, totalitarismo, teocracia, monarquía, tetrarquía, imperio, parlamentarismo, federación, jefaturas, Guillermocracia, y un larguísimo etcétera. ¿Cuál es el mejor sistema político? Lo ya dicho: numerosas ideologías han intentado resolver esta cuestión, elaborando sofisticadas teorías políticas acerca de por qué tal o cual régimen es mejor o peor.

Sin embargo, creo en lo personal que tal empresa está condenada de antemano al fracaso. En la Modernidad, dentro de Occidente, la clave parecía ser la monarquía absoluta. Sonaba razonable: era preferible la arbitrariedad de un monarca que al menos asegurara algo de estabilidad, por encima del capricho de señores feudales montándose guerras a mansalva por todo el territorio europeo. Pero luego, cuando la gente se cansó de los privilegiados de 1.789, vinieron otros modelos: la democracia liberal, el comunismo, los totalitarismos de corte fascista. A inicios del siglo XXI, diría que el gran ganador es la democracia liberal, y sin embargo, este modelo no está exento de problemas. Los cuales, pretenden los liberales, deben solucionarse con más liberalismo, como si todavía viviéramos en el siglo XVIII, y los problemas del mundo no fueran los del siglo XXI. Porque en el siglo XVIII, los problemas eran la fosilización de la administración absolutista, las trabas al libre comercio, los privilegios de los gremios, etcétera. Los problemas del siglo XXI, en cambio, son la excesiva volatilidad del capital versus el relativo inmovilismo de la fuerza laboral, la hipertrofia de los grandes grupos corporativos, y por supuesto, la explotación a mansalva de un medio ambiente a punto de colapsar. El calentamiento global no son fake news, vayan haciéndose a la idea.

En su monumental Estudio de la Historia, el hoy en día injustamente olvidado historiador Arnold J. Toynbee ofrecía una interesante reflexión sobre este asunto de las ideologías. Toynbee puede y ha sido cuestionado por varios motivos, y a veces con razón, pero en un punto, me parece, acertó en la diana medio a medio. Y este punto es lo que Toynbee llamaba la idolización de las instituciones. No por nada, Toynbee analiza este punto respecto del colapso de las civilizaciones. Para entender un poco esto, refirámonos a la manera en que crecen las civilizaciones, según la teoría toynbeana.

El motor de la Historia, para Toynbee, es un movimiento llamado incitación y respuesta. Alrededor de un cuerpo social determinado, surge un problema que dicho cuerpo social debe resolver, lo que Toynbee llama una incitación. Este problema puede ser de cualquier naturaleza: un cambio desfavorable en el medio ambiente natural, el ataque o invasión de un cuerpo social extranjero, el desarrollo de una nueva tecnología que genera efectos colaterales indeseables, o fallas estructurales dentro de la misma sociedad que van haciéndose más evidentes con el paso del tiempo. Si saben lo que es un análisis FODA, las incitaciones deberían meterlas en los rubros "Debilidades" y "Amenazas", para decirlo un poco más claro. El caso es que esta incitación exige una respuesta, por supuesto, porque ningún problema se resuelve solo. Una respuesta razonable y bien ejecutada termina así solucionando el problema planteado por la incitación.

¿Te atreves a plantearme una incitación, mequetrefe? ¡¡¡TOMA TU MALDITA RESPUESTA!!!
Ahora bien, la cuestión es que cada respuesta implica a su vez un cambio en el estado de cosas. Y cualquier cambio es, adivinaron... una nueva incitación. Así, podríamos decir, cada respuesta de hoy lleva en sí mismo el germen de los problemas del mañana. Si nos ponemos en vena humorística, podríamos decir que "cada superestructura lleva en sí mismas las semillas de su propia destrucción", aunque esto resulta humorístico si se piensa que Toynbee, lejos de ser un marxista, era un anglicano bastante pechoño. Como sea, el caso es que esta cadena de incitaciones y respuestas se vuelve cada vez más complicada de resolver, porque cada respuesta creadora que soluciona una incitación, a su vez implica hacer más compleja la sociedad como un todo. Y ya se sabe, mientras más complejo, más posibilidades de que algo falle: una viruta que se mete a la máquina, un engranaje que salta, un sensor que deja de funcionar... y la máquina completa estalla por los aires sin que nadie sepa a ciencia cierta qué demonios ocurrió.

Frente a esto, existe una muy humana y comprensible tentación de no tocar la maquinaria, de dejar las cosas lo más quietas que se pueda, a confiarse en el "siempre lo hemos hecho así" como remedio para todo. Y esto lleva de cabeza a lo que Toynbee llamaba la idolización. Esto es, conferirle un estatus de culto a soluciones del pasado. La creación de respuestas por parte de una minoría creadora es justo lo contrario a la idolización, es hacer saltar las soluciones del pasado para crear un futuro nuevo, y quizás desconocido. La idolización entonces tiene por efecto el ahogar cualquier posible respuesta creadora. Frente a lo ya antedicho, se puede presuponer lo que viene: la consecuencia natural de la idolización, cuando ahoga a toda posible respuesta creadora, es que los problemas existentes van creciendo, se acumulan, se agravan, y el resultado final es que la sociedad como un todo salta en pedazos, o al menos, llega a pasar muy malos tiempos.

Esto significa que, a la hora de pensar y diseñar la sociedad como un todo, no hay recetas fijas o establecidas. Hay soluciones que funcionan para un determinado estado de cosas, y soluciones que son óptimas para un estado diferente de cosas. O sea, no debemos transformar las soluciones prácticas de un minuto en ideologías válidas para todo tiempo y lugar. En un pasado no demasiado remoto, hubo quienes pensaron que el Fascismo, el Nazismo o el Comunismo eran la respuesta óptima para todo. La Historia probó que se equivocaban, aunque no faltan algunos trasnochados que siguen defendiendo el Castrismo o el Chavismo. Aunque por otra parte, considerando la existencia de gente que sería feliz regresando a la Edad Media...

...y otros opinan que con los faraones no se estaba tan mal.
Hoy en día, el santo fetiche pareciera ser el Liberalismo, la idea de que el libre mercado todo lo puede. Algo que sirvió de maravillas para que Occidente diera el gran salto adelante del siglo XIX, y que por lo tanto muchos siguen defendiendo como la gran receta... pero que ya no es ni puede ser la respuesta a los problemas del siglo XXI, porque los problemas del siglo XXI son justamente aquellos nacidos de la aplicación de las recetas liberales en el pasado. Así, la libertad empresarial activó la economía mundial, pero a la vez creó las grandes corporaciones que la vienen fagocitando, al tiempo que estresó al medio ambiente hasta el punto que corremos el riesgo de un colapso ambiental a escala planetaria. Todo lo anterior significa que los desafíos del siglo XXI exigen respuestas nuevas... que a su vez, si llegan, generarán nuevos problemas que exigan todavía otro juego de respuestas nuevas... y así sucesivamente hasta el final de la sociedad.

La moraleja de todo esto pareciera ser que la única manera de encontrarle soluciones a los problemas sociales, es abordar los mismos con espíritu pragmático. Es decir, no amarrarse a recetas ni fetiches ideológicos. Ni menos creer en que existen determinados valores absolutos, tal como algún día se dijo que era la igualdad, y ahora viene predicándose que es la libertad. Cada problema exige una solución propia, nueva y original. Cada día, la dinámica social ha cambiado un poquito, y por tanto, la solución de hoy debe ser ligeramente diferente a la de ayer.

Por supuesto, esto no hace felices a las gentes. Hoy en día la política, que es el arte de gestionar la sociedad, está reducida ya no diremos a ideologías, sino simplemente a eslóganes. La receta es algo que le gusta a la gente porque es fácil de vender. Ya me gustaría a mi tener la respuesta a todos los problemas, pero no creo que sea el caso. Además, aunque yo tuviera esas respuestas, no es que mucha gente afuera me vaya a hacer caso. Como sea, la única respuesta con algún asidero, es la que nace del pensar, y pensar duro y con todas las neuronas. Y debatir lo pensado, con argumentos y razones, para transformarse en esa minoría creadora que ofrezca nuevas soluciones. Porque, lamentablemente... pensar, y pensar duro y con todas las neuronas, sigue siendo por el minuto una actividad de minorías. Esperemos, al menos, que ésas sean lo que Toynbee llamaba las minorías creadoras, aquellas que aportan la respuesta a la incitación de la sociedad como un todo.

¿Quién necesita reflexión cuando se tienen ideologías? ¿Y quién necesita ideologías cuando se tienen eslóganes pegadizos...?

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