domingo, 15 de abril de 2018

Fiebre de "Ready Player One" por la noche: Cuatro décadas os contemplan...

Ah-ah-ah-as-táyinalaif-astáyinalaif-ah-ah-ah-as-tayialaaaaaaaaaiiiiifffff...
Como buen chico que fue testigo presencial de la década de 1.980, era inevitable que vuestro suscriptor acabara viendo en el cine Ready Player One. Se supone que es el regreso de Steven Spielberg a lo grande, al género que le dio sus mayores glorias, la aventura ochentera, después de esa especie de precuela bastarda de Todos los hombres del Presidente que fue la estimable pero algo justita The Post. Es posible que Ready Player One sea la película justa en el momento justo, ahora que la nostalgia ochentera ha alcanzado su paroxismo con cosas como Stranger Things, el remake de It, la nueva temporada de Twin Peaks, o la banda sonora de campy Space Disco que incluyó Thor: Ragnarok. Como sea, salí del cine con una sensación rara. La de haber visto esa película antes. No me refiero al asunto del universo cibernético virtual (Tron, Matrix...) o la distopía futurista (Blade Runner, The Running Man...), sino a algo más en el aire, algo más inasible. Después, por circunstancias de vida, caí en la cuenta. ¡Por supuesto!, me dije. ¡Esta película es una nueva versión de Fiebre de sábado por la noche! Sólo que con videojuegos en vez de música disco, así como Jumanji: Bienvenidos a la jungla de 2.017 es la Jumanji de 1.995, pero con videojuegos en vez de un juego de tablero.

Ahora me toca explicar lo ya dicho, y más vale que rápido, antes de que mis lectores empiecen a elucubrar acerca del calibre del macetero que seguro debe haberme caído en la cabeza. Y eso, explicar lo ya dicho, es lo qué haré en las parrafadas que vienen. Porque tampoco creo que ambas sean realmente la misma película. Es un caso en que los parecidos son iluminadores, pero también lo son las diferencias. Y quizás, sólo quizás, este análisis en paralelo de ambas películas ayude a entender no sólo por qué Ready Player One es una película tan... 2.018, digámoslo así, sino también algo sobre el 2.018 mismo que nos toca vivir. O sufrir. A según. Por supuesto, el presente texto parte de la base que ustedes han visto tanto Ready Player One como Fiebre de sábado por la noche, y por lo tanto, estará trufado de spoilers, incluyendo el final de ambas, y sin previo aviso. De manera que, primero lo primero. Vean las películas. Luego regresan. No se preocupen, los espero.

Recapitulemos. Ambas películas se ambientan en una sociedad distópica. Una Nueva York decadente y pocos años antes de ser tomada al asalto por el Reaganismo, en Fiebre de sábado por la noche, o un Columbus (Ohio) en que el corporativismo ha engullido a la sociedad, en Ready Player One. El protagonista es un joven atrapado en una vida que no lo llevará a ninguna parte, y cuya única fuente de satisfacción es evadirse de la realidad, yendo a la discoteca a escuchar Funky y algo de música latina en Fiebre de sábado por la noche, o metiéndose a la realidad virtual de OASIS en Ready Player One; los medios cambian, pero los objetivos (o la falta de éstos) son los mismos. Poco a poco, gracias a las peripecias de la película, y en particular gracias a sus ganas de darle masculino a la chica compañera de baile en un caso o de videojuegos en el otro, el protagonista comenzará a madurar, y dejará de ser un tontón que no aprovecha a nadie para transformarse en alguien que se toma la molestia de hacerse cargo de la propia vida. Aunque las recompensas son distintas, eso sí, ya que la de Tony Manero, el protagonista de Fiebre de sábado por la noche, es algo más modesta que la de Parzival, el de Ready Player One; el primero se queda con la chica y más o menos se da a entender que se buscará la vida y luchará por su pedacito de American Dream, mientras que el segundo se transforma en el dueño de la corporación más poderosa del planeta, y por tanto, en la encarnación del American Dream a secas. En fin, detalles.

Una de las pistas que me puso en camino a esta comparación, son las críticas que ha levantado Ready Player One entre ciertos sectores. La más común es que se trata de un pastiche de referencias nostálgicas ochenteras. Es el mismo argumento que se utiliza en contra de Fiebre de sábado por la noche, que muy en el fondo sería un pastiche de números musicales. En ninguno de los dos casos, esto es correcto. La verdadera historia de fondo es la lucha de un joven hundido en una distopía, por hacerse cargo de su propia vida. Frente a esto, la música disco en un caso, y el entorno de realidad virtual basado en la cultura pop de la década de 1.980 en el otro, son ambos presentados como puro y simple escapismo para la dureza de la vida cotidiana. En ambos casos, las escenas de marras tienen un valor camp, pero esto es deliberado: la idea es justamente poner sobre la mesa el valor que estas entretenciones tienen como escapismo, pero como un escapismo pasivo, un opiáceo si se quiere. Lo único que vale algo en la vida de Tony Manero es la salida de los sábados a la disco, igual que sólo siendo Parzival en OASIS, Wade Watts puede escaparse del mundo real. Por supuesto entonces que los números de música disco y las escenas en OASIS son camp, y deben ser así: de lo contrario, perderían todo su valor como lo que pretenden ser, o sea, escapismo. Tanto los dueños de la disco, jamás vistos en Fiebre de sábado por la noche, como la gente tras OASIS, se lucran con eso, con ofrecer escapismo, de manera que mientras más camp, más chillón, más desconectado de la realidad cotidiana, mejor para el negocio. Lo que alcanza un valor metatextual para todo el público que ve una película u otra justamente por lo mismo, por el camp, claro está.

¿Rédi, playerguán...?
El camp en Ready Player One está en la acumulación estilo pastiche de referencias. Es como la escena inicial de Toy Story 3 que mezcla vaqueros y Ciencia Ficción sin complejos, o como la totalidad de las películas de Lego que han salido en el último tiempo. En Ready Player One ves al robot de Mobile Suit Gundam peleando contra Mechagodzilla mientras el protagonista maneja el DeLorean de Volver al futuro y la chica usa la motocicleta de Akira, y ante semejante bandeja de fideos revueltos, pues no pasa nada. De hecho, ése es justo el valor de evasión, la posibilidad de mezclar sin límites. No es que sea Ready Player One sea un fanfic mal hecho: es que debe ser un fanfic mal hecho para funcionar como película. Lo mismo que pasa con la música de Fiebre de sábado por la noche, que es un montón de temas de los Bee Gees, más alguna balada, más un poco de música latina, más funky metido con calzador, más Walter Murphy creando remixes de Beethoven y Musorgski, todo lo cual en realidad no junta ni pega, y de hecho la gracia era eso, para darle variedad al soundtrack... pero aglutinado por su valor camp, acabó pegando tanto, que escuchamos este soundtrack cuarenta años después, esta bandeja de fideos revueltos, y la consideramos como un bloque monolítico en lo musical. Por lo ya dicho: porque asimilado todo, queda un pastiche camp, y desde el futuro se lo ve desde esa perspectiva precisamente.

Por supuesto, ahondando más, comienzan a aparecer las diferencias, y con ellas, de manera subrepticia, las diferencias entre la sociedad actual (2.018) y la de hace cuatro décadas atrás (1.977). Una esencial es la familia. Ambos protagonistas se muestran alienados de la familia, pero el retrato que se hace de éstas es muy diferente. La familia de Tony Manero, si bien es difícil de sobrellevar, en esencia es gente bienintencionada, que no termina de comprender por qué Tony Manero no sienta cabeza. Lo que no entienden los mayores de 1.977 es que el entonces joven Tony Manero se ha comprado el sueño americano, y se pregunta por qué no le sucede a él, porque él, verán... se lo merece. En efecto, Tony Manero es casi como una versión prehistórica de los actuales millennials que quieren estudiar algo cortito y fácil y salir al mercado laboral para empezar ganando un millón de dólares, y de ahí hacia arriba, y no entienden por qué la sociedad se ríe en la cara de ellos, como si ellos aparte de ser, digamos, especiales, tuvieran además que demostrarlo, faltaba más. La familia de Wade Watts en Ready Player One, en cambio, es más disfuncional. Sus padres están muertos, de hecho, y su tía, que lo ha adoptado, se mete con un perdedor abusivo tras otro.

De manera muy interesante, en Fiebre de sábado por la noche observamos la brecha generacional entre la generación de la Segunda Guerra Mundial que en 1.977 ya eran maduros padres de familia, plenos de un sentido de la responsabilidad para con la decencia, el mundo y la sociedad, y los baby boomers que después iban a alimentar las filas del Reaganismo liberal corporativo, que hoy en día todavía padecemos. En cambio, en Ready Player One no hay brecha generacional: el mundo entero se relaciona a través de los videojuegos, y en los mismos pueden encontrarse padres e hijos... o padrastros maltratadores e hijastros maltratados. O la realidad virtual como gran nivelador, uno en donde desaparecen las diferencias cotidianas en beneficio de una democracia, o de una meritocracia basada en ser el mejor jugador, aunque una democracia o meritocracia de opereta en que al final no se juega nada que sea socialmente significativo, porque todos los premios son también virtuales, o sea, de mentira. En Fiebre de sábado por la noche, ese gran nivelador es la discoteca, a la que, empero, los mayores ya no tienen acceso; lo más cercano es cuando lo hace el hermano que es sacerdote tránsfuga, y los resultados son tan ridículos como cabe esperar.

También ha cambiado la relación con los amigos. Tony Manero se valida a través de su círculo de amigos. En realidad, todos ellos son unos patanes resentidos porque han sido dejados a la vera del American Dream, lo que los ha convertido en hedonistas e individualistas incapaces de mirar más allá de sus narices. Si pasársela bien significa violarse a una chica que es su media compañera de farras, como en efecto pasa casi al final... bueno, la violan, y ya, qué tanto puede ser el problema. El efecto colateral es que todos los amigos se refuerzan entre sí, y al final, para madurar un poquito, Tony Manero debe en efecto dejar a un lado sus amigos tóxicos. La trayectoria vital de Wade Watts respecto de la amistad es justamente la contraria. Wade Watts, que en efecto parte sin amigos en el mundo real, sólo posee camaradas de combate en la realidad virtual de OASIS, y su proceso de maduración funciona exactamente al revés: debe aprender a socializar, a profundizar sus relaciones con otras personas, y finalmente, hacerse parte de una pandilla que sea la suya propia, tanto dentro del entorno virtual en donde todo son máscaras y mentiras, como en la vida real.

En la disco, esta noche. Groovy.
Todo este proceso de maduración pasa también por una especie de doble identidad. Un tanto aguada en el caso de Tony Manero, eso sí. Porque Tony Manero de día es un perdedor que trabaja como vendedor, un trabajo que es un callejón sin salida, en realidad, mientras que de noche es el rey de las pistas de baile. Tony Manero juega con dos roles distintos, pero éstos no llegan a ser dos identidades separadas. Wade Watts, por el contrario, es un perdedor que, según vemos, ni siquiera parece estudiar o trabajar, en la película por lo menos porque a saber en la novela original; Wade Watts es un sujeto tan anodino que para ser alguien en el otro lado, debe adoptar una identidad distinta, la de Parzival... aunque eso es justo lo que hace todo el mundo, porque OASIS se alimenta de eso, de los perdedores del sistema, lo mismo que la discoteca de Fiebre de sábado por la noche. Por supuesto, un punto importante de la historia es que todos adoptan identidades secretas en OASIS, por motivos de seguridad. Cuando los villanos descubren que Parzival es Wade Watts... pasa lo que pasa. Claro está, hay una diferencia respecto de lo que hay en la estacada: el control del más poderoso universo de realidad virtual en un caso, versus apenas un titulillo en la pista de baile en el otro.

Hasta el momento hemos visto que ambas películas siguen más o menos el mismo patrón, aunque con las consabidas diferencias producto tanto de la temática elegida, música disco versus videojuegos, como la época misma en que cada película fue estrenada. Pero aquí es en donde viene la divergencia más grande entre ambas. Porque en un caso, el triunfo final de Tony Manero pasa por expurgar los elementos más tóxicos de su vida, vale, pero sin que el sistema alrededor cambie en lo fundamental, mientras que en el caso de Parzival, su triunfo final pareciera implicar una revolución que, se supone, debería cambiar el sistema. Es un se supone, por supuesto, porque en un análisis más detallado, parece poco probable que llegue a ser el caso. Veamos esto más en detalle.

En Fiebre de sábado por la noche, el sistema es monolítico. Es tan grande, vasto, enorme e impersonal, que un triste infeliz como Tony Manero consiga llegar a cambiarlo en beneficio de los perdedores, es lisa y llanamente imposible. ¿Cómo podría hacerlo? ¿Acumulando un capital con el cual pueda empezar a hacer activismo social? ¿Votando cada cuatro años? ¿Movilizando a los pobres diablos que son sus vecinos, familiares y amigos? Difícil. Su muy modesto objetivo es ganar un concurso de baile, y de paso, ligarse a la chica guapa que tiene por delante. Al final, todo acaba en lo que acaba. Tony Manero madura, pero madurar significa que, de alguna manera, debe asimilarse al sistema y aprender a vivir dentro de él y con sus reglas, por lo que al final el sistema acaba triunfando, suponemos que triturando las vidas de otros desgraciados que como Tony Manero, pero sin su misma suerte. O sea, al final todo sigue igual. Pero, ¡hey!, todo está bien porque Tony Manero se queda con una chica que está claramente por encima de su nivel, ¿no? Es un final deprimente, si se lo examina bien. Por supuesto, después viene la secuela, la película Staying Alive de 1.983, en donde vemos que Tony Manero sigue siendo el mismo desgraciado de siempre, sólo que ahora lucha por triunfar en Broadway. O sea, Tony Manero sigue ascendiendo en la escala social, pero su proceso de maduración es, cuando menos, atrabiliario, toda vez que se evidencia que el sello para triunfar no es ser buena persona o tener valores, sino eso que alguna vez acá en la Guillermocracia llamamos ser un irresponsable personal, o sea, un tipo que cumple en la parte laboral, aunque sea un cretino como ser humano.

En Ready Player One, las cosas parecen ser distintas, en un nivel superficial por lo menos. Porque en la película, el protagonista de hecho se embarca en una cruzada para impedir que un poderoso gigante corporativo, representante de un capitalismo fordista y deshumanizador, se haga con OASIS. Y lo logra. El mundo, queda implícito, parece haber cambiado. O sea, es una película completamente distinta, ¿no? Sí... pero no. Porque todo parte con un arreglín en la premisa de base. Wade Watts, desde el día uno, jamás ha tenido el poder necesario para cambiar el sistema, y sólo lo logra porque alguien desde arriba, desde el corazón mismo del sistema, ha dejado entreabierta la puerta: el creador de OASIS, una vez muerto, ha dejado un easter egg que le dará a quien lo encuentre, todo el poder de OASIS. Es como Rocky, la película de 1.976, en donde vemos a Rocky Balboa tener su oportunidad en un millón plantándose frente a Apollo Creed, pero en un análisis más detallado, eso es porque Apollo Creed mismo ha dejado entreabierta la puerta, y de hecho, a Rocky Balboa le llega la oportunidad de pura chiripa. Sí, vale, tanto Rocky Balboa como Wade Watts tienen mucho coraje y espíritu, pero uno puede preguntarse qué tan lejos habrían llegado si no hubieran tenido esa ayudita desde arriba... desde el mismísimo sistema al que ellos pretenden doblarle la mano para llegar a ser quienes quieren ser, o sea, los reyes del gallinero, los capos de la famiglia, los Ubermenschen, etcétera. El easter egg es lo que Wade Watts tiene por delante, y Tony Manero no, y eso hace toda la diferencia en cuanto a armar una revolución que cambie a la sociedad, etcétera.

Futurismo distópico devorado por las grandes corporaciones.
También ayuda la relación de ambos con sus chicas. En el caso de Wade Watts, la chica acaba revelándose como una miembro activa de la rebelión. Por supuesto, al comienzo para Wade Watts todo se trata de una búsqueda asombrosa, por ser el mejor, puro espíritu Pokemon aquí. Sin embargo, algo de conciencia social empieza a contagiársele desde la chica, porque si algo nos ha enseñado este subgénero de Hollywood, es que la conciencia social se propaga como enfermedad venérea. En el caso de Tony Manero, la chica no es una rebelde contra el sistema, ni mucho menos. Vale, tiene un cierto nivel cultural, uno bastante superior al bruto de Tony Manero, pero no lo usa para hacer activismo de ninguna clase. De hecho, se revela conforme avanza la película, que la chica hace algo tan poco rebelde contra el sistema, como ofrecer sus activos corporales al macho de turno a cambio de prebendas de orden social, digámoslo más o menos así para que salga con suavidad el asunto.

Por supuesto, los finales son lo que son. Tony Manero se queda con la chica, por un tiempo al menos porque después en la secuela no la vemos por ninguna parte, pero todo alrededor sigue igual e incluso peor, porque pasamos de la década de 1.970 al Reaganismo, mientras que en Ready Player One el protagonista le dobla la mano a la malvada corporación, y el sistema... ¡sigue ahí! Por supuesto, suponemos que los aspectos más desagradables de la corporación malvada, como por ejemplo hacerse pagar las deudas con trabajo esclavo, se han ido por el caño, pero en esencia, el futuro distópico probablemente siga como siempre, porque toda la gente sigue enganchada a OASIS hasta el punto que el protagonista debe hacerles un favor desenchufando el sistema dos días a la semana... ¿Qué ha cambiado realmente? La película quiere hacernos creer que todo, porque han triunfado los buenos, pero en verdad... en verdad... yo me atrevería a decir que, más bien nada. Que OASIS siga existiendo al final de la película es el más rotundo mentís a que la película ha terminado con la prometida revolución social: como decíamos más arriba, OASIS se alimenta de los perdedores del sistema, de manera que una verdadera revolución en forma debería haber transformado a OASIS en algo inoperante.

De hecho, en un nivel metatextual, los finales de ambas películas son similares en un punto: ambos rompen las reglas que han venido planteando a lo largo de todo el metraje, para crear salidas felices que son artificiales, pero a gusto del público que, al final, es quien paga por ver estas películas, y por lo general tiende a no pagar por finales deprimentes. En un final realista, en Fiebre de sábado por la noche no habría manera alguna en que la chica culta e instruida se quede con un bruto infeliz como Tony Manero, que se ha comportado como un chulo desgraciado con ella a lo largo de toda la película... salvo asumiendo que ella está más que un poco tocadita del cráneo y le parece que las relaciones abusivas son lo más normal del mundo, lo que tampoco cuenta como final feliz, bien mirado. Pero al final, ambos se quedan juntos. Y siguiendo con los finales realistas, en Ready Player One el villano tendría a la policía y los tribunales comprados desde el bolsillo, y al último, toda la cruzada emprendida por los protagonistas debería haber sido en vano. O al menos el villano se hubiera quedado de brazos, hubiera declarado perdida la batalla, pero se hubiera preparado para la siguiente, porque los negocios son los negocios y el dinero nunca duerme. Sin embargo, en Ready Player One, vemos que al villano lo arresta la policía, la misma que no hemos visto ni por casualidad a lo largo de una historia en donde los villanos detonaron un barrio entero, o en donde obligan a la gente a pagar sus deudas con trabajo en condiciones de literal esclavitud... Lo ya dicho, no llevemos lo distópico hasta las últimas consecuencias, o si no, nos arriesgamos a que la película no haga caja.

¿Por qué ambas películas son tan iguales, y al mismo tiempo, tan distintas? Cuestiones de género aparte, realismo social mezclado con musical en un caso, y Ciencia Ficción distópica en el otro, creo que es un tema de cómo va marchando la sociedad. Fiebre de sábado por la noche es bastante más pesimista, e incluso nihilista a ratos, mientras que Ready Player One es una distopía, cierto, pero al último, rascando la costra pesimisma por encima, acaba siendo una fantasía optimista y llena de esperanza. Por supuesto, Fiebre de sábado por la noche fue estrenada cuatro años después de Watergate y dos después del fin de la aventura en Vietnam, con la fibra moral de Estados Unidos por los suelos, y en la transición desde el cine pesimista setentero hasta los modernos blockbusters, mientras que Ready Player One es hija de una era diferente, un producto de la Era Trump, pero también de ese cierto candor alrededor de los variados movimientos sociales hoy por hoy en activo. ¿Qué dice la diferencia de tono entre ambas películas, respecto de nuestra época? Dos posibles lecturas al respecto.

How deep is your love.
Una de ellas es la más natural y obvia. O sea, Estados Unidos y por extensión el mundo occidental en 1.977 estaban en un callejón sin salida, el cual llevó de cabeza a esperpentos ochenteros como el Reaganismo, el resurgir de los fundamentalismos religiosos, la ropa femenina con hombreras, y otros horrores varios. Era imposible que Fiebre de sábado por la noche fuera más optimista porque el mundo en sí se veía así de crítico. En cambio, en 2.018, aunque vivimos un período de mareas altas en cuanto a oposición contra los valores racionales, ilustrados o empíricos, también existen poderosas fuerzas sociales movilizándose para defender el legado humanista que nuestra civilización ha construido en el último medio milenio. De este modo, aunque distópica al final, Ready Player One puede permitirse el lujo de tener un tono más optimista y esperanzado, dentro de lo suyo.

La otra interpretación es más apocalíptica, y espero sinceramente que no sea la correcta. Es la posibilidad de que en 1.977, el mundo todavía tenía arreglo. Por eso, Fiebre de sábado en la noche podía permitirse ser cínica e incluso nihilista: porque las audiencias estaban preparadas para eso, y no se les iba a ir a los suelos lo que les restara de moral. Películas así de pesimistas eran soportables porque la gente intuía que todavía se podía hacer algo. En cambio, en 2.018, estaríamos viviendo el principio del fin, luchar por los valores humanistas es una pérdida de tiempo, o peor aún, receta segura para el martirio, y por ende, Ready Player One no puede ser otra cosa sino una parábola optimista y para sentirse bien, porque en estos días, al cine no puede quedarle otra cosa sino ser evasión optimista, un opiáceo, en una era en donde la sociedad democrática ya perdió la batalla contra la irracionalidad y el individualismo egoísta, y lo último que necesitan las audiencias sería una película de realismo nihilista que les recuerde lo muy próxima e inevitable que es la caída en el abismo definitivo. Esta segunda posibilidad, lo reitero, ojalá que no sea la correcta, por supuesto.

Dejo entregado a la recta discreción del espectador, cuál de las dos posibles interpretaciones antedichas es la que tiene más visos de ser la correcta.

Disco inferno versión 1.0. de 1.977.
Disco inferno versión 2.0. de 2.018 2.045.

5 comentarios:

Martín dijo...

Pues me voy a demorar bastante en leer este posteo porque primero pienso leerme el libro.

Luis Valenzuela M. dijo...

Hola, Guillermo.
Excelente post, y aprovechando que haz tocado el tema de Ready Player One queria hacerte un par de preguntas:

Viendo que actualmente una gran cantidad de los productos de la cultura pop que se andan vendiendo como pan caliente se basan en esto ¿Porqué los “millenials” son una generación tan excesivamente nostálgica? ¿Porqué les toca una fibra tan particularmente sensible ese tipo de marketing a diferencia de otras demografías?

Siento que Ready Player One no se hubiera podido hacer sin el actual clima de la cultura pop donde andamos obsesionados con los 80s y los 90s, compramos como locos mercancía “para adultos” de franquicias que disfrutabamos de niños y fenómenos como Stranger Things plagados de referencias parecieran mostrar que andamos con un ojo viendo al pasado color de rosa.

Acaso es porque como en la película la vida se ha vuelto tan horrible que usamos la nostalgia para escapar de la realidad o es una explicación más simple?

Y la otra es ¿Porqué especialmente los 80s están causando tanta sensación cuando una buena parte del público objetivo ni nisiquiera vivió dicha época?

Sé que es parte de un cierto ciclo: en los 70s y parte de los 80s una parte de la cultura pop estaba obsesionada por los 50s y en los 90 pasaba más o menos lo mismo pero con los 60s y los 70. Sin embargo, quería saber qué piensas.

Un gran saludo. Comento muy esporádicamente pero siempre leo.

Martín dijo...

Lamentablemente, soy pesimista, y pienso que estamos, sino ya, casi en el mundo en el cual no queda nada más que hacer, que en mundo que tiene todavía esperanzas. Si en este mundo el premio nobel de la paz declara que todos los hombres objeto de sus ataques son considerados combatientes, a menos que PÓSTUMAMENTE aparezca información que indique que no lo eran, ¿qué podemos esperar?

Gaby Fonseca dijo...

Excelente comparacion Sr. Guillermo <3 pero no creo que Spielberg y los productores pensaran en temas tan profundos. Pienso que esa pelicula es mas bien el blockbuster de los blockbusters maestro de los que ha has hablado antes aqui en tu pagina.. la verdad me parecio tan pasajera.

Lo unico llamativo que tiene son sus efectos y su factor nostalgia. La historia, super predecible. Un mero pretexto, pues.

Deberias de hablar del Hilo Fantasma o de Tres anuncios para un crimen, en mi humilde opinion.

Saluditos ^^

Guillermo Ríos dijo...

@Martín, yo tampoco me hago muchas esperanzas. Vivimos en una época en donde los discursos de odio y discriminación dan réditos electorales, y eso debería decir mucho. Incluyendo la situación casi de psiquiátrico, de que quienes compran los discursos según los cuales ciertos colectivos son inferiores y no deberían tener derechos, el grueso de ellos mismos pertenecen también a colectivos que desde arriba son vistos como inferiores y que tampoco deberían tener derechos. Gente disparándose en el propio pie, por decirlo fuerte y claro. Pero ya sabemos, nadie es un zombi en el apocalipsis zombi... Espero equivocarme, por supuesto.

@Luis_Valenzuela_M., siguiendo las tesis del historiador Arnold J. Toynbee, que llamaba arcaísmo a la nostalgia excesiva por el pasado como escapismo del presente, lo consideraba una manifestación de desintegración social. Es decir, ¡el presente apesta, así es que retrocedamos el reloj hacia el pasado, cuando las cosas todavía tenían arreglo! Es interesante observar que entre los Presidentes de Estados Unidos pasamos de un Barack Obama nacido en 1.961, a un Donald Trump que es década y media mayor, cuando por lógica, el sucesor de un Presidente debería tener más o menos la misma edad, o ser más joven.

La manía por la década de 1.980, yo la veo más bien como algo estético. Y forma parte de la nostalgia de los creadores. Un creador tarda entre veinte a cuarenta años en hacerse adulto a un nivel que sus creaciones lleguen a mostrarse en el mundo, por lo que cuando traigan al presente las cosas que les gustaban de su niñez, tenderá a generarse un desfase de veinte a cuarenta años. Recordemos como la nostalgia por la década de 1.950 pegó fuerte en las de 1.970 y 1.980, la de 1.960 pegó en la de 1.990, y a inicios del siglo XXI vino un revival más o menos combinado, de las décadas de 1.970 y 1.980. Supongo que entre cinco a diez años más, la marea ochentera se retirará calladamente, y por todas partes habrán reivindicaciones a Friends, Nirvana, el Eurohouse o Matrix...

@Gaby_Fonseca, tampoco creo que la gente tras Ready Player One haya querido rodar un profundo comentario social sobre la naturaleza filosófica del escapismo en nuestros tiempos, pero de todas maneras, son cosas que existen en el subtexto. Cuesta mucho dinero rodar un blockbuster, y para que sea redituable, debe llegar a la mayor cantidad de gente posible, para lo cual, a su vez, debe enganchar con las ideas y corrientes sociales de la época; de ahí que analizar el discurso de estas películas sea una manera bastante iluminadora de tomarle el pulso a la marcha de la sociedad.

La película sigue el guión tipo de blockbuster, que desmontamos en su día acá en la Guillermocracia. Y no creo que lo haga mal. Tampoco de manera superlativa. No salí del cine como si hubiera visto la mejor película en mucho tiempo, pero como entretención, conmigo cumplió, por lo menos. Y dado que el gancho era más bien el factor nostalgia, pues tampoco le pido más.

Las dos películas mencionadas, no las he visto, así es que comentarios sobre ellas no vendrán, por ahora al menos.

Saluditos igualmente.