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miércoles, 25 de abril de 2018

En Chile - "Efectos especiales".

(fuente).
Apenas uno rasca bajo la superficie de palabras fáciles e hipocresía social, los chilenos se comportan como gentes frías, distantes y hostiles; pasaban los días, y Diego seguía sin poder hacer buenas migas con ellos. Mientras más amable intentaba ser Diego con los chilenos, más cóctel de esa combinación chilena de prepotencia, insultos y ninguneo recibía de vuelta. De tarde en tarde, alguien lo reconocía como “el caníbal que defecaba en la calle”, así como había sido marcado por los medios de comunicación, pero ahora menos; los matinales y programas de farándula se habían movido hacia la siguiente frivolidad del día, y por lo tanto, ahora los medios de comunicación le dejaban en paz. Y teniendo los chilenos la memoria de corto plazo que los caracteriza para todo lo que no sea guardarle rencor al prójimo, el asunto de Diego estaba quedando en el olvido.

Aunque Diego no podía abrir una cuenta bancaria en Chile porque cualquier fondo depositado en las mismas acabaría embargado por decreto judicial, aún quedaban los giros postales. Merced a ellos, desde Noruelandia, Fornidosson seguía enviándole importantes remesas de dinero, gracias a las cuales Diego podía seguir comprando alimentos con los cuales mantenerse vivo. A diferencia de los chilenos, el noruelandés Fornidosson se había revelado como un gran amigo en la hora de la desgracia.

Lo más importante era que Diego se había comprado un laptop, con el cual había comenzado a trabajar. Gracias a esto, y a las conexiones de Internet entre Chile y Noruelandia, la empresa de efectos especiales que mantenían Diego y Fornidosson con el trabajo conjunto de ambos, podía seguir adelante. El Gobierno de Noruelandia había encargado unas animaciones para un programa educativo infantil, en que repasarían de manera didáctica la biografía de los nueve noruelandeses galardonados con el Premio Nobel a lo largo del siglo XX y lo que iba del XXI. Diego trabajaba en los efectos visuales que permitían al protagonista, un neutrón del siglo XXI, viajar en el tiempo en conjunto con sus mejores amigos, un electrón y un protón, para encontrarse con cada uno de estos nueve personajes históricos, a razón de uno por episodio; este trabajo conseguía que Diego olvidara un poco las penas de encontrarse varado en un país de calidad infrahumana como Chile.

De pronto, Diego tuvo una idea. Se la comunicó por mensaje a Fornidosson: “¿Puedo llevar una parte de este trabajo como muestra para un canal de televisión aquí? A lo mejor, con eso, consigo un dinero extra, y mejora un poco mi situación aquí”. Fornidosson respondió: “¡Claro, por supuesto! El trabajo es tanto tuyo como mío, así es que, adelante. Buena suerte, amigo”. Una vez más, Diego sonrió, reconfortado ante la generosidad de su amigo noruelandés.

A la mañana siguiente, Diego marchó a las oficinas del Departamento de Derechos Intelectuales, para registrar la propiedad intelectual sobre el trabajo suyo y de Fornidosson. Iba con los puños crispados, con hostilidad vikinga, preparado con todo su ánimo para librar una nueva hercúlea batalla en contra de la insensibilidad social de los chilenos. Para su sorpresa, los trámites en el Departamento resultaron fáciles, y los funcionarios resultaron bastante más próximos a la amabilidad de lo que esperaba.

Luego, Diego se preguntó a qué canal de televisión iría. Luego de navegar un rato por Internet, decidió que CCT, Canal Cuadrado de Televisión, era el adecuado, debido a que parecía realizar una mayor inversión en programas de ficción, en donde por supuesto serían necesarios los efectos especiales por computadora. Y así, un poco a la aventura, marchó para ver si conseguía alguna clase de entrevista.

Ingresó mirando de soslayo en todas direcciones, preguntándose a quién recurrir, mientras a sus espaldas ingresaba un conocido animador, escoltado a cada lado por dos chicas de busto y caderas exageradas, intermediadas por cinturas ridículamente estrechas. Un guardia se le acercó.

– Usté a quién busca – dijo el guardia, con prepotencia.

– Buenas tardes, soy especialista en efectos especiales por computadora, y me preguntaba…

– ¿Tiene cita?

– No, no tengo, me preguntaba…

– Hable con la señorita ahí – disparó el guardia a quemarropa.

– G… gracias – dijo Diego.

Diego se acercó a la señorita en cuestión; su rostro era caucásico, sin facciones indígenas, pero intensamente moreno, con un tosco bronceado de solarium, todo eso bajo un pelo rubio teñido, lacio, y probablemente muerto, más lentes de contacto azules escandalosamente falsos. Tenía la cabeza metida en el computador de su escritorio, y apenas vio a Diego acercarse, levantó la cabeza y lo miró, sonriendo de manera pavloviana.

– ¿Dígame, qué se le ofrece?

– Señorita, soy un especialista en efectos especiales por computadora, y me preguntaba con quién podría hablar, para poder ofrecer mis servicios. Yo trabajo…

– Lo siento, no estamos contratando gente para eso, pero usted puede dejar su tarjeta, y lo llamaremos si es que…

– …yo trabajo en una empresa que a su vez ofrece sus servicios a Televisión de los Trabajadores de Noruelandia, el canal oficial de televisión de Noruelandia… – siguió Diego, porque ya estaba asimilando algunas costumbres de los chilenos, como por ejemplo hablar sin realmente responder o siquiera escuchar lo que la otra persona estuviera comentando.

– Si es algo con los trabajadores, entonces el sindicato…

– Noruelandia es un país nórdico, señorita. Del norte de Europa – dijo Diego, todo sonrisas para no sonar condescendiente.

Al escuchar las palabras “norte de Europa”, la señorita, que apenas sabía ubicar a Chile en un mapa, y que por supuesto no conocía otros países europeos que Inglaterra y España, gracias a las revistas de cotilleos que a veces incluían artículos sobre monarquías europeas, sonrió todavía más, pero ahora sus ojos adquirieron un brillo que la hacían verse ligeramente más humana, incluso a través de la falsedad de sus lentes de contacto azules.

– Usted no parece nórdico – dijo ella, con gestos que revelaban su indecisión entre mostrarse coqueta ante un potencial galán europeo, o simplemente sonriente para mantener la imagen corporativa.

– Soy hijo de un chileno y de una egipcia. Pero nací en Noruelandia, y he vivido toda mi vida allá, hasta hace algunas semanas por lo menos.

– Mire, usted a lo mejor quiere hablar con el productor ejecutivo del canal, el señor Arrigorriaga. Espere un minutito, voy a ver si… puede… espéreme un minutito, ¿sí?

En realidad fueron veinte minutos de espera, en los cuales la señorita en cuestión hizo varias llamadas telefónicas, desgañitándose por conseguir que el señor Arrigorriaga viera a Diego, aunque sin perder nunca la compostura y el tono amable. Al final, le dijo a Diego, con coquetería ahora indisimulada:

– Lo está esperando, pase usted.

– Muchas gracias, señorita…

– Dayana – dijo la secretaria, ahora sonriendo de manera ancha porque el noruelandés se había dignado de preguntarle el nombre.

Diego marchó por donde Dayana le decía, siempre sonriéndole a la secretaria, y llegó hasta el ascensor. Subió hasta el cuarto piso, y caminó recto, con la seguridad de quien sabe hacia dónde va, aunque en realidad no tenía idea de a qué oficina dirigirse. Pero mostrando tanto aplomo, y dirigiéndose a un cualquiera de manera petulante, consiguió que éste lo enfilara sin titubear ante el requerimiento.

– Buenas tardes, don… ¿Diego? – preguntó el señor Arrigorriaga, un hombre ancho, calvo, de lentes metálicos, mejillas algo fofas, barba grisácea, y un terno que lanzaba los gritos del silencio respecto al sueldo muy regalado de su portador. – Me dicen que usted es… especialista en efectos especiales, animaciones por computadora, algo así, ¿no? Cuénteme, qué me trae.

– La verdad es que ando ofreciendo mis servicios. Vengo de Noruelandia…

– ¡Noruelandia, vaya, vaya! – soltó el señor Arrigorriaga, con cordialidad aparentemente sincera.

– Mi socio, el señor Fornidosson y yo, somos dueños de una pequeña empresa de efectos especiales que trabaja para Televisión de los Trabajadores de Noruelandia, y…

Diego siguió hablando, explicando qué hacía, cuáles eran sus labores, y las ventajas comparativas que podían resultar de contratarle a él, pero el señor Arrigorriaga, al escuchar la palabra “trabajadores” en el nombre del canal de televisión de Noruelandia, de pronto y como por ensalmo, había perdido todo el interés. Desvió la mirada mientras ponía los dedos en ojiva, los codos a los costados del sillón giratorio, los pies rotando levemente el mismo… Viendo los síntomas, Diego abrevió su discurso.

– Mire, si usted deja una muestra de su trabajo, entonces podría considerar… – dijo el señor Arrigorriaga, y una leve mirada de codicia afloró a sus ojos.

– Mire, puedo enviárselo a su correo electrónico, ya sabe, para que quede registrado que ese material se lo envié yo, y…

– Sí, sí, ya, ya – dijo el señor Arrigorriaga, con impaciencia, y con la codicia ocular desvaneciéndose. Luego, viendo que Diego no se paraba, volvió el sillón giratorio hacia él, y le dijo: – ¿Algo más?

– El correo electrónico, señor Arrigorriaga.

– Ah, claro sí. A ver, déjeme ver… Sí, aquí tengo una tarjeta. Mándeme los archivos aquí, le echaremos un vistazo, y si nos gusta su trabajo, lo llamaremos.

– Muchas gracias, señor.

Transcurrió más o menos una semana.

Siempre trabajando en Chile uno y en Noruelandia otro, Diego y Fornidosson cerraron la respectiva sesión. Luego, para distraerse un rato, Diego puso la señal online de CCT. En realidad no esperaba ver ningún programa, sólo distraerse un rato con cualquier banalidad que hubieran puesto en la televisión chilena a esa hora… y al descubrir lo que estaba viendo, estuvo a punto de escupir.

Era un programa de televisión didáctico en donde a los niños chilenos se les enseñaba sobre los grandes escritores de Chile, a través de dos personajes que hablaban con tono marcadamente infantil, y que viajaban en el tiempo para encontrarse con ellos. En el capítulo de marras se veía lo importante que era Pablo Neruda. Sólo que las imágenes animadas no se correspondían con ningún retrato de Pablo Neruda, sino con el de Modernich Hjartasson, un poeta que era uno de los nueve noruelandeses galardonados con el Premio Nobel. De ninguna manera, las facciones cordiales de Hjartasson, con su rostro relajado y sonrisa enternecedora de abuelito de cuento de niños, podía corresponderse con las facciones más serias, solemnes, con sonrisas de cóctel, que eran la fisonomía más propia de Pablo Neruda. Las animaciones eran, por supuesto, las que Diego había enviado al señor Arrigorriaga vía correo electrónico. Incluyendo los efectos de viaje en el tiempo.

Diego se quedó hasta el final del programa, para ver el listado de créditos. La acreditada por los efectos de animación era una empresa llamada “AIS: Arrigorriaga Imagen y Sonido”.

Felicitándose a sí mismo por haberle entregado al señor Arrigorriaga sólo una parte menor de su trabajo, Diego se contactó con Fornidosson. A diferencia del lío judicial de Diego por el asunto del choclo, esta vez el asunto no era personal, sino con la empresa de efectos por computadora, de manera que Fornidosson envió de inmediato, desde Noruelandia, una carta de cesar y desistir a CCT, amenazando con recurrir a organismos internacionales inclusive para el asunto. El canal se disculpó, atribuyendo toda la responsabilidad a AIS, la empresa de animación creada por el hijo del señor Arrigorriaga, y prometiendo tomar las medidas más drásticas para evitar que un incidente como ése pudiera repetirse en el futuro.

A la semana siguiente, Diego sintonizó el programa de televisión. Al mismo tiempo, a hora diferente por el tema de los husos horarios, Fornidosson hizo lo mismo, en la señal internacional por Internet del Canal Cuadrado de Televisión. Era el mismo programa, el de los escritores chilenos para niños, pero ahora dedicada a la figura de Gabriela Mistral. La animación era mucho más tosca, sin mayores detalles de profundidad, y daba la sospecha de haber sido creada con Flash. En cuanto a los efectos de viajes en el tiempo… Diego no pudo evitar reirse. Era una animación calcada del viejo y mítico Pong.

– Bueno, supongo que ahora le toca a Atari enviar una carta de cesar y desistir – sonrió Diego, mientras barajaba para sus adentros de manera algo mefistofélica, si iba a devolverles a este hatajo de chilenos la mano, e iba a mandar un correo electrónico poniendo a Atari al corriente de la vulneración de su propiedad intelectual.

Próximo episodio: "Inquietante".


2 comentarios:

murinus2009 dijo...

Parece que en Chile hay mas respeto por el derecho internacional
en Mexico los derechos de propiedad son de lo menos respetado.
Incluso al gobierno federal entre 2000 y 2006 se le acuso de piratearse el diseño del fusil alemán Heckler & Koch G-36 para el rifle fabricado en México: Xiuhcoatl (quiere decir serpiente de fuego), se dice que en esos tiempos representantes de H & K llegaron a México a ha reclamar sobre el plagio y...
Luego de una reunión con funcionarios mexicanos se llego a la conclusión de que no procedía la demanda ¿que paso? no se sabe a ciencia cierta.

En México si a Diego le robaran la idea:
-Se toparía con que el dueño de la televisora es muy amigo del presidente en turno
-Que el dueño tiene hermanos o parientes que son diputados o senadores.
-Que cualquier demanda incluso de gente poderosa con menos palancas no prosperaría, ni ante tribunal internacional, paso inadvertida la noticia de que al ex presidente mexicano de 1994 a 2000 lo encontraron culpable de algun delitio de lesa humanidad ...se le dio inmunidad diplomática y ya nadie se acuerda de eso.
-En el mejor de los casos le ofrecerían algún pago simbólico por robar su propiedad...o plomo... o aparecería "suicidado".

El único caso que se en que se gano una demanda por propiedad intelectual fue contra Apple, por el nombre Iphone que lo tenia registrado una empresa mexicana antes de Apple, aun así Apple usa el nombre Iphone en sus anuncios tal vez llego a un acuerdo.

Guillermo Ríos dijo...

En Chile, los creadores tienen sus rifirrafes con el tema de la propiedad intelectual. De hecho, se han entablado varios juicios, aunque nunca al nivel del mundo anglosajón, por supuesto, porque en Chile no hay ni de lejos franquicias tan lucrativas como las de DC Comics, Marvel, Disney, etcétera. Siendo un poco cínico, quizás la propiedad intelectual es un botín demasiado pobre como para que valga la pena las molestias de apoderársela a la mala.