miércoles, 11 de abril de 2018

En Chile - "Agua".


Las oficinas centrales de la Compañía de Agua, Cañerías y Alcantarillado se encuentran ubicadas en la Torre del Dominio Hispánico, cuya construcción ha sido financiada por la Colonia Española para centrar sus empresas en un lugar único. La Torre tiene 49 pisos de altura; el proyecto inicial contemplaba 52, uno por cada semana del año, pero los arquitectos responsables se habían tomado tres semanas de vacaciones en la planificación, así es que había quedado en su cantidad de pisos actual. La Compañía de Aguas, Cañerías y Alcantarillado había pertenecido al Estado de Chile hasta que, en la oleada de privatizaciones a finales del siglo XX y comienzos del XXI, un consorcio de descendientes de gallegos y andaluces que se había despellejado los labios practicando el ritual del besamanos ante las autoridades políticas, había conseguido adjudicarse la empresa. Según las leyes chilenas, el agua es absolutamente privada; todas y cada una de las gotas de agua en Chile se encuentran concesionadas. En Chile, el agua no es un derecho humano sino un bien de mercado.

En las oficinas centrales de la Compañía, ubicadas en el segundo piso de la Torre del Dominio Hispánico, es en donde se encontraba Diego, el visitante de Noruelandia que estaba radicado a la fuerza en Chile, mientras se solucionaban los problemas legales derivados de no haber querido comer choclo.

– Usté tiene cara ‘e extranjero – dijo una señora de pelo cano, rostro enjuto y expresión un tanto apagada, que estaba en el asiento al lado de Diego, claramente esperando su turno para ser atendida. – Si, usté parece extranjero… ¿de dónde es, mijo?

– De Noruelandia – contestó Diego, con amabilidad.

– Ah, de Noruelandia… – dijo la señora, echándose para atrás con el aire de quien afecta haber entendido algo. – Mire usté… yo vengo de acá, de Lo Empiojador, no sé si usté conoce esa población… ¿Sabe que todavía no quieren darme el agua, mijo?

– ¿Y por qué no?

– Porque le debo 250 pesos a la Compañía… Mire, es que lo iba a pagar, pero, ¿sabe qué? Justo ese día mi nieto quería un chocolatín de éstos, no me acuerdo cómo se llaman, y le gustan tanto las golosinas, así es que le compré su… eso… me gasté los 250… y después fueron a cortarme el agua. Dijeron que si no los dejaba entrar a cortar el medidor, iban a volver con fuerza pública. ¿Se imagina usté, yo, una señora honrada, que trabajó toda la vida, que vengan los carabineros a tocarme la puerta…?

Sonó el timbre del número de llamado. 153. La señora de los 250 pesos se paró, y luego de despedirse con cortesía de Diego, marchó con pasos muy lentos hacia la oficinista que la atendía. Diego miró su propio número, con resignación. 198. Bien, se dijo, 35 números pasan volando…

Algunas cadavéricas horas después, llamaron finalmente al 198. Diego se sentó frente a la persona que debía atenderlo. Era una señora de edad indefinida, pero claramente señora y no joven; la expresión pétrea de su rostro pétreo era más propia de un psicópata sin emociones que de un ser humano.

– Dígame, en qué debo tomarme la molestia – dijo la señora, con prepotencia.

– Mire, resulte que vengo de fuera de Chile, a ver la situación de mi casa… y está con el agua cortada. Así es que vengo a que me la repongan. Por supuesto, lo que haya que pagar, lo pago, y…

– Bueno, va a ir un inspector a su casa, tenemos que hacer una lectura del medidor…

– Espere un minuto, lo traigo anotado…

Diego iba a sacar una libreta de su bolso, pero la señora lo detuvo con voz de oficial de tránsito.

– No, señor. Tiene que ir un inspector para allá, y revisarlo todo. El medidor, la instalación, todo.

– ¿No sólo el medidor, también la instalación? Pero es que necesito el agua ahora. Verá, vengo del extranjero, así es que solo tengo esa casa para alojarme, no tengo dinero como para pagar un lugar en donde dormir, al menos no durante muchos días, y…

– Puede hacer sus necesidades en el baño de algún mall – dijo la señora, con indolencia. – ¿No tiene un mall cerca de casa?

– No tengo por qué caminar a un mall si tengo baño en mi casa, lo único que me falta es el agua para…

– No le podemos dar el agua hasta que vaya un inspector. Va a ir un inspector a su casa…

– ¿Y puedo pagar la cuenta mientras tanto? Mire, no creo que salga mucho si el agua está cortada, yo le traigo la lectura aquí, si después sale más cuando ustedes mismos verifiquen todo, le pago la diferencia, eso no importa, pero necesito el agua… Sólo quiero que me den el agua para tener qué beber, con qué asearme, con qué cocinar…

– Por eso le digo – dijo la señora, con un tono algo petulante, más propio de un profesor enseñándole a un alumno lerdo que de un ejecutivo sirviendo a un cliente. – Va a ir un inspector a la casa, va a verificar la situación…

– ¡Pero es que necesito el agua AHORA! ¿Qué se supone que voy a beber?

– Puede comprar agua mineral en el supermercado – dijo la señora. – Va a ir…

– Señora… Por favor, entiéndame… Mi cuerpo funciona con agua… Mis riñones lo necesitan para filtrar las impurezas del cuerpo… ¡Mis células la necesitan para que mi sangre no se acidifique, y los glóbulos no revienten por la presión osmótica!

– Va a ir un inspector… – empezó la señora de nuevo, con la falta de tonalidad propia de un androide.

– ¿En cuánto tiempo más va a ir? – suspiró Diego, rindiéndose.

– Tiene usted que estar disponible entre las ocho de la mañana y las ocho de la noche, durante los próximos cinco días hábiles. El inspector lo llamará cuando pueda ir.

– ¿Voy a estar amarrado en la casa y sin ir a ninguna parte, sólo por si toca que pase el inspector?

– Usted tenía que haber pagado la cuenta del agua – dijo la señora con sequedad.

– ¡Estaba en el extranjero!

– Eso no es nuestra culpa. Usted tenía que haber pagado la cuenta del agua. Va a ir un inspector…

– Eso ya me lo dijo, lo que necesito…

– Va a ir un inspector a su casa para…

– Pero es que…

– Va a ir un inspector a su casa para…

Después de haber soportado lo suyo en los días de permanencia en Chile, y ante una actitud tan robótica, Diego reventó. Agarró a la señora por las solapas, y en voz muy baja y amenazante le dijo:

– Más le vale que el inspector vaya rápido. Si voy a cumplir pagando por el agua, entonces más vale que ustedes cumplan con mandar rápido al inspector. Un cumplir por otro.

– ¡Que venga el guardia! ¡Que venga el guardia! – gritó una señora más atrás, al ver esto.

Diego se paró con rapidez, luego de soltar a la señora empujándola contra el respaldo de su asiento, y caminó a grandes zancadas hacia la puerta. Estaba a punto de traspasarla, cuando el guardia lo agarró.

– ¿Creís que te vai por tus propias patas? ¡Las pinzas! ¡Aquí a usté lo echo yo!

Y, justificando el sueldo, el guardia detuvo a Diego agarrándolo por el hombro, y luego, forcejeando, lo encaminó en exactamente la misma dirección de salida que Diego venía siguiendo por su propia voluntad. Una vez afuera, le dio un empellón y lo dejó tirado en la vereda. Y habiendo cumplido con la parte profesional del trabajo, se dio un gustito personal y le descargó medio a escondidas una patada en las costillas. Luego de lo cual se devolvió.

Adentro la señora del mesón de atención, acostumbrada a la sumisión de los chilenos y por lo tanto incapaz de reaccionar ante una prepotencia que no fuera la propia, estaba completamente choqueada, y sólo atinaba a repetir una y otra vez, como el mantra de un loco en una habitación acolchada:

– Va a ir un inspector a su casa para… Va a ir un inspector a su casa para… Va a ir un inspector a su casa para…

Ocho días hábiles y varias llamadas telefónicas a la Compañía después, llegó el inspector a la casa de Diego. Revisó el sistema con minuciosidad. Todo estaba en su lugar: el medidor, los sellos, las cañerías, todo. No había rotura de ningún tipo. La lectura se correspondía de manera exacta con la que Diego había dicho.

– Bien, voy a elevar un informe, y ahí usted va a pagar para que le demos el suministro de agua.

– ¿Y no puede ser que me den el suministro de inmediato, ya que lo necesito? Usted es técnico, ¿no?

– Primero tenemos que elevar el informe para que la Compañía nos dé la autorización. Si hay una fuga desde el medidor hacia afuera, a la Compañía le toca pagarla, así es que por eso hacen todo esto.

– ¿Así es que me han tenido todo este tiempo sin agua porque la Compañía no quiere perder dinero? ¡Pero si saben en dónde vivo, habrían podido hasta embargarme la casa si fuera por cobrar la deuda!

– Es más fácil este sistema, que irse a un juicio, pagar abogados, todo eso, ¿no? – dijo el inspector.

– Más fácil para la Compañía, claro. Pero, ¿esas pérdidas no son el riesgo de la empresa? ¿Acaso la Compañía no es una empresa privada? ¿Acaso el derecho de tener ganancias no viene con la responsabilidad de hacerse cargo de las pérdidas del negocio?

El inspector miró a izquierda y a derecha para cerciorarse de que nadie estaba escuchando. Y luego, mirando a Diego de nuevo, sonrió mostrando los dientes como un tiburón.

– Esto es Chile, idiota. Aquí las empresas nunca pierden.

Otra semana y unas cuantas llamadas telefónicas después, Diego recibió por fin el agua. Además de una cuenta en la que se cobraba una pequeña suma por concepto de un remanente de consumo de agua, más otra suma unas diez veces más grande por concepto de visita domiciliaria, reposición a domicilio, cambio de medidor, intereses, multas y recargos.

Esa misma noche, funcionarios de Carabineros de Chile visitaron a Diego y se lo llevaron detenido. Dos noches antes, alguien había colocado un artefacto explosivo en las oficinas de la Compañía de Agua, Cañerías y Alcantarillado, y debido a su pequeño día de furia en las oficinas, Diego estaba sindicado como el principal sospechoso.

Mientras Diego era interrogado toda la noche, rutina del policía bueno y el policía malo incluida, otros funcionarios trabajaban en su celular. Examinando el sistema GPS, descubrieron que Diego a la hora de la explosión se encontraba en los baños del mall a veinte cuadras de su casa, lo que descartaba su autoría. Llamaron a un técnico especialista en telefonía celular, quien tomó, miró, sopesó, olfateó y lamió el equipo de Diego… el equipo celular, se entiende… y luego lo entregó de regreso.

– Es un celular fabricado en Noruelandia. Esto es pura calidad, no podemos plantarle nada aquí para que el fiscal pique y lo mande a juicio. No es como con los comuneros mapuches – dijo el técnico.

– Está bien… suelten al gil ése – dijo el oficial a cargo, suspirando con resignación.

Respecto de la explosión en sí, no habían testigos porque había sido a la hora en que el tráfico nocturno empezaba a disminuir, y las cámaras no alcanzaban a revelar la identidad de la figura embozada que caminaba muy lentamente para dejar la bomba primero, y para retirarse después. De esta manera, no llegaron a descubrir que la identidad de la persona quien cariñosamente había saludado a la Compañía con una bomba, era la de una señora a quien le habían cortado el agua por deberle 250 pesos a la Compañía, porque había usado ese dinero en comprarle un chocolatín a su nieto. Una señora que vivía en la población Lo Empiojador, de pelo cano, rostro enjuto y expresión un tanto apagada… y profesora de Química jubilada, que había sacrificado el pan para acompañar su taza de té económico, para que su aguada jubilación le alcanzara para comprar los materiales necesarios con los cuales fabricar un artefacto explosivo como Dios y la Justicia mandan.

Próximo episodio: “Efectos especiales”.

No hay comentarios:

Related Posts with Thumbnails