domingo, 29 de abril de 2018

Estado versus iniciativa privada: Un debate que debería estar superado.

"El Estado es un obstáculo en el camino entre nosotros y la riqueza, ustedes pueden ser tan ricos como yo si se lo proponen y trabajan duro"...
"No existe América. No existe la democracia. Sólo existen IBM, e ITT, y AT&T, y DuPont, Dow, Union Carbide, y Exxon. Esas son las naciones del mundo hoy en día" - Arthur Jensen, interpretado por Ned Beatty, en la película Poder que mata (1.974).
He notado cómo en los últimos años, en las redes sociales por lo menos, ha ido surgiendo un cierto movimiento social que puede ser calificado como... Neoliberalismo, a falta de una palabra mejor. Pero es algo más que el Neoliberalismo de cuño friedmaniano, el cual era bastante técnico, y por tanto, una parcela para economistas y empresarios. En los últimos años, en cambio, se ha ido difundiendo más allá de esos círculos, un Neoliberalismo simplificado para consumo de las grandes masas, que ha prendido muy bien entre los jóvenes profesionales ambiciosos, aspiracionales, y en general desapegados de cualquier solidaridad con el resto del género humano. El prefijo "neo" le viene muy bien por dos razones. En primera, porque tratan de identificarse con el Liberalismo clásico de corte decimonónico, aunque no son realmente su continuación, sino un revival dentro de una era que podríamos calificar como de Post Estado del Bienestar. Y en segunda, porque es un fenómeno ideológico nuevo, en donde una serie de teorías económicas han sido diluidas y deshuesadas, y convertidas en una serie de máximas bien simples para que la gente cool pueda adoptarlas sin tomarse el esfuerzo de pensar demasiado. O sea, están transformando el Neoliberalismo clásico en una ideología agnóstica, así como antes lo hicieron los socialistas con el Marxismo, los nazis con el Nacionalismo arcaísta, etcétera.

Una de las claves de esta ideología, llena de mantras y frases hechas como todas las ideologías, es la idea de que deberíamos jibarizar el Estado porque el mismo es ineficiente. Regularmente en mi muro de Facebook me toca leer los berrinches de algunos cuantos de estos neoliberales de nuevo cuño, pontificando en contra de las "ideologías" y de los "populismos". Por supuesto, uno de los errores en que es fácil caer, en que ellos caen, y en el cual yo mismo he caído, ha sido el aceptar la discusión en estos términos, o sea, en debatir acerca de si "más Estado" o "más iniciativa privada". El argumento clave aquí es que la iniciativa privada tiende a... bien, perdonen la redundancia, pero la iniciativa privada tiende a tener más iniciativa que el Estado, y eso le da la carta ganadora a los neoliberales. Por supuesto, hay una trampa aquí. Ya lo decía más arriba: el debate está mal planteado.

La gran cuestión económica actual es la misma de antaño y siempre: cómo lograr que una sociedad produzca más y mejor, a partir de recursos limitados y escasos. Una sociedad es más eficiente cuando consigue producir más y mejor, con menos recursos y mayor rapidez, y con la menor cantidad de costos colaterales para terceros y el medio ambiente. Lograrlo significa que la relación entre costo y beneficio es mayor a favor del beneficio, es decir, la sociedad como un todo se hace más próspera, desde un punto de vista material, por lo menos. En ese sentido, el grave problema del Estado es el llamado "problema de agencia", que es el gran argumento neoliberal para predicar menos Estado. Detengámonos en esto por un minuto.

Digamos que usted es un señorito aristócrata en la soñolienta Inglaterra del siglo XVIII, la cuna del Liberalismo clásico. O casi, considerando que Adam Smith era escocés. En fin, consideremos eso, que usted es un señorito, etcétera. Y usted, como dueño que es, quiere gozar de la buena vida que le da el ser un señorito, de manera que contrata a un mayordomo para que haga las cosas por usted. Y aquí surge una pugna, porque lo que le conviene al mayordomo es exactamente el revés de lo que le conviene a usted, respecto del trabajo del mayordomo: a usted le conviene que el mayordomo trabaje mucho, cobre poco, y robe poco, mientras que para el mayordomo es a la inversa, a él le conviene trabajar poco, cobrar mucho y robar también mucho. Esto es un problema de agencia porque el mayordomo debería ser un agente de los intereses de su patrón, pero al acabar siéndolo de los suyos propios, al final quien resulta perjudicado por la negligencia y bribonería del mayordomo es el patrón.

Mayordomo cuidando los intereses de su señorito.
Este es el problema con el Estado. El Estado es el agente de la ciudadanía. Es decir, todos nosotros somos los señoritos que tenemos el dominio sobre el país, y el Estado, o sea, los funcionarios públicos, son nuestro mayordomo, son los agentes que vigilan por nuestros intereses. Y surge el mismo problema: a nosotros nos conviene que los funcionarios públicos trabajen mucho, cobren poco y roben poco, mientras que a ellos les conviene todo lo contrario, o sea, trabajar poco, cobrar mucho y robar también mucho. Todos los que nos hemos quejado alguna vez de la corrupción del aparato administrativo del Estado, sabemos de esto.

Visto de esta manera, pareciera que los neoliberales, o liberales a secas como ellos prefieren llamarse, tienen la razón: ¿por qué alguien querría más Estado, para que le roben igual a como el mayordomo lo haría respecto del señorito? Y la respuesta a esto es: porque ese es el mejor remedio para que no nos robemos entre los propios señoritos. Porque, esta es la clave del asunto, y la razón por la que los neoliberales, o liberales a secas como ellos prefieren llamarse, están equivocados: porque establecen una dicotomía entre el Estado y los particulares que es una simplificación grosera de la realidad actual. Y nótese cómo uso las palabras: no digo realidad a secas, sino realidad actual, o sea, la del siglo XXI. Porque esto es otro punto importante: las recetas del Liberalismo clásico, que los neoliberales tratan de llevar al extremo, tenían sentido en el siglo XVIII, los albores del Liberalismo clásico, pero no en la actualidad.

En el siglo XVIII, sí que existía una fuerte dicotomía entre el Estado y los particulares. El Estado era esencialmente la monarquía. Con un poco de suerte podía ser una monarquía constitucional de modelo inglés, que algún control tenía por parte del Parlamento, pero lo más probable es que fuera una monarquía absoluta en la cual el monarca, si le agarraba ojeriza a usted, firmaba una lettre de cachet, una orden de arresto, y a la Bastilla con los huesos de usted, estimado lector. O con un poco de fortuna, una monarquía absoluta en donde al monarca absoluto le bajaban los buenitos, y se botaba a déspota ilustrado, comportándose de manera espléndida con sus súbditos, pero sin ceder un ápice de su poder: "todo para el pueblo... pero sin el pueblo". Eso era el Estado, un ente todopoderoso, antidemocrático, y sobre todo caprichoso, muy caprichoso.

Frente a ello, los particulares eran más bien poquita cosa. Por regla general, eran jornaleros trabajando para algún gremio, que les daba algún grado de protección contra los avatares de la vida, nunca demasiado, pero lo suficiente como para no morirse de hambre. O bien, si eran empresarios independientes, lo eran a muy pequeña escala. La empresa del siglo XVIII era una taberna, una cervecería, una carnicería, una sombrerería, una talabartería... Talabartería es la tienda del que trabaja con cueros de animales, haciendo correas por ejemplo, para que no digan que en la Guillermocracia no se aprenden palabras nuevas, si no sabían lo que era. El caso es que la empresa del siglo XVIII era, como puede verse, el negocio pequeño y local, sin demasiada proyección. Muy probablemente, las únicas firmas que podían presumir de negocios a gran escala, más allá del ámbito estrictamente local, eran las navieras que comerciaban de manera simultánea a ambos lados del Atlántico, o con Oriente.

Liberales luchando contra el Estado opresor.
En la teoría política clásica del siglo XVIII, no se planteaba demasiado los problemas de agencia porque se estimaba que el reino era del rey, y punto: si a él se le antojaba tan o cual cosa, en lo suyo mandaba, y tenía todo el sentido del mundo que resoplarle fuera delito. Salvo en Inglaterra. Ahí, por una serie de circunstancias, se instaló la idea de que la soberanía le pertenecía al Parlamento, como representante del buen pueblo inglés, y por lo tanto, comenzó a mirarse con desconfianza a los poderes públicos. Esto mismo fue llevado a un paroxismo en las Trece Colonias, hijas de Albión, hasta el punto que el individualismo y la desconfianza frente al Estado opresor forman casi parte del ADN estadounidense en la actualidad. Esta idea de que el dueño del país es en realidad el pueblo o la nación, como se quiera ver porque no son estrictamente lo mismo, se ha trasladado a las democracias modernas, y de hecho, es la base del concepto por el cual tenemos el derecho de elegir y hacer rotar a las autoridades que nos gobiernan. En teoría por lo menos, porque luego tenemos a los chilenos que ponen a Michelle Bachelet en la Presidencia, luego a Sebastián Piñera, luego a Bachelet de nuevo, y luego a Piñera de nuevo, en uno de los más egregios ejemplos de esquizofrenia en la Historia de la Democracia. Pero en fin, nunca he defendido la idea de que los chilenos sean la gente más iluminada del planeta.

En ese sentido, la defensa que hizo Adam Smith de las bondades del libre mercado, y de un relativo laissez faire (dejar hacer), hacían mucho sentido. Era, en el fondo, el concepto de que sería mejor dejar a los particulares administrar en lo suyo, que para eso sabían mejor, que un Estado antojadizo e interesado en beneficiarse expoliando a los particulares con impuestos, prebendas, cargas, etcétera. En última instancia, la idea es que el Estado poderoso se limite un poquito en su poder, y los particulares sin poder tengan al menos la libertad de emprender y buscarse la vida. Por cierto, énfasis en lo relativo de defender el laissez faire por parte de Adam Smith. Este defendía el libre mercado, es cierto, pero no era tan cerril como algunos neoliberales modernos: de hecho, creía que en materia de mercado laboral, debía otorgársele alguna clase de protección a los trabajadores, algo que va contra la filosofía de insignes liberales modernos, como los redactores del Código del Trabajo de 1.981 en Chile, por ejemplo, con su voluntarismo en destruir y dejar en ruinas todo lo que huela a sindicalismo o negociación colectiva. Adam Smith no era tan tarado como para no darse cuenta de lo obvio: en un régimen de libertad más o menos absoluta, los más poderosos iban a usar su poder para abusar de los más débiles. Algo que los neoliberales, o liberales como les gusta llamarse a sí mismos, olvidan con una facilidad suprema.

Hasta el momento, todo parece funcionar a favor de los liberales. Hemos argumentado que el Estado presenta problemas de agencia, y que la receta liberal de darle prioridad al libre mercado parece mejorar la economía. ¿Por qué diablos entonces insisto tanto en que esa visión está equivocada, cómo es posible que yo pueda ser tan obtuso en querer estrellarme de manera tan cerril en contra de la realidad? ¿Es que acaso soy un cretino incapaz de ver lo evidente? Para entender cómo es posible que yo defienda lo que defiendo, vamos a agregar otro elemento más: el paso del tiempo. Porque, ya lo decía más arriba, todo lo anterior responde a la realidad económica, política y social del siglo XVIII, que no es la misma del siglo XXI.

¿No os parece que el Estado ha estado coartándonos un poco demasiado últimamente, querida...? (fuente).
Entre la época de Adam Smith y la nuestra, en paralelo al Estado y al hormiguero de pequeñas hormigas que son los particulares, surgió una realidad adicional: las grandes corporaciones. Aprovechando justamente el ambiente de libertad empresarial, los particulares más aventajados, aquellos con más olfato, los más osados, etcétera, se lanzaron a una carrera desbocada por crecer y copar los mercados allí en donde pudieran. He aquí varias realidades posteriores a Adam Smith, que éste no llegó a ver: un Rockefeller que a finales del siglo XIX prácticamente monopolizó el petróleo en Estados Unidos hasta que el Estado lo obligó a disolverse en 1.911, una AT-T que prácticamente monopolizó las comunicaciones en Estados Unidos, una Sony que fabrica aparatos electrónicos que se compra estudios en Hollywood, una Disney que adquiere a la Fox por 52.000 millones de dólares, un mercado de búsquedas en Internet prácticamente monopolizado por la Gran G, una seguridad social privatizada en Chile en manos de poquísimas AFPs lucrando con los salarios de los trabajadores, farmacias en Chile que aprovechan su poder oligopólico para coludirse... Y esos son los casos que me acuerdo sin consultar fuentes. He ahí la paradoja del libre mercado: no ponerle alguna clase de restricción a la libre competencia acaba rematando que alguien crecerá tanto, que ahogará toda otra posible competencia.

Y se pone peor. La construcción de grandes corporaciones con cuotas significativas e incluso mayoritarias del mercado, les otorga un poder económico que pueden traducir fácilmente en poder político, financiando campañas electorales para que después los políticos, en una vuelta de mano, gobiernen para ellas. A esto se lo llama captura del Estado. Esa es la razón por la cual hoy en día existen, o se predica que deberían existir por lo menos, leyes exigentes respecto del financiamiento de campañas políticas, así como del lobby corporativo frente a las autoridades, para que por lo menos sepamos los ciudadanos quién financia a quién, y así transparentar un poco los intereses en juego.

O sea que en la actualidad, en las democracias occidentales por lo menos, el verdadero problema no es un conflicto entre el Estado y los particulares, como podía haberlo sido en el siglo XVIII. De pronto, el ejemplo del señorito y su mayordomo, clásico para explicar lo que es un problema de agencia, revienta porque ya no sirve para explicar la realidad actual. En la actualidad, el verdadero conflicto es entre las grandes corporaciones que han crecido hasta el punto de ser a veces más grandes que los mismísimos Estados, versus los particulares para quienes de pronto el juego del libre mercado se vuelve muy difícil e incluso imposible de ganar, porque las reglas están siendo fijadas de antemano. Es como si en un torneo de fútbol, los equipos más poderosos no sólo tuvieran libertad para arar el campo con los más débiles, sino que además, tuvieran tanto poder que pudieran comprar a los árbitros y cambiar las reglas de participación y conteo de goles, para su propio beneficio y alzarse ellos perennemente con la copa de oro, por supuesto.

"Todos tienen los mismos derechos". "Hay que recortar al Estado porque el Estado es ineficiente". "Son flojos que lo quieren todo gratis". "¿Por qué se quejan de la desigualdad si igual los trenes llegan a la hora...?".
Veamos ahora un poco de Teoría Política, para remachar todo esto. En términos jurídicos, y hablando en términos muy generales, se supone que para los particulares está permitido todo lo que no esté prohibido. En cambio, para el Estado es al revés, se supone que está prohibido todo lo que no está permitido. En una democracia con un relativo libre mercado, los particulares se benefician de la libertad, mientras que el Estado está constreñido por el principio de responsabilidad. Esto es teórico, por supuesto: sabemos que pedirle cuentas a las autoridades públicas es más fácil de decir que de hacer. Pero en teoría, al menos, el Estado está mucho más constreñido que los particulares a la hora de hacer cosas. En Chile, por ejemplo, para ponerle algún coto al poder de las autoridades del Estado, existen los tribunales de justicia, la Contraloría General de la República y el Tribunal Constitucional, por ejemplo, y lejos de ser serviles con el Estado, muchas veces han obrado como la garantía suprema en contra de éste. Así sucedió cuando en 2.017 intentaron pasar el decreto espía por el cual los proveedores de Internet debían conservar la información digital de sus clientes, y la Contraloría General de la República lo detuvo en seco y lo hizo morir antes de nacer. O sea, el Estado es más poderoso porque puede movilizar mayores recursos, pero al mismo, es más responsable de sus propios actos.

Sin embargo, esto no ocurre con las grandes corporaciones. Los grandes conglomerados económicos se benefician del mismo régimen de libertad que los particulares pequeños, las hormigas del hormiguero, pero además, pueden ejercer su libertad de manera abusiva porque simplemente tienen más poder para ello, ya que tienen tanto poder como el Estado e incluso más, porque pueden cooptar a sus funcionarios financiando campañas políticas... y además, desde un punto de vista jurídico, no se les exige ni de lejos el mismo nivel de responsabilidad que al Estado. O resumiendo: no tenemos un conflicto entre Estado omnipotente versus particulares desarmados, como pretenden los así llamados liberales de manera cerril, sino uno a tres bandas entre particulares pequeños libres y con un mínimo de responsabilidad, pero sin verdadero poder fáctico para usar su libertad, versus un Estado poderoso y capaz de movilizar muchos recursos, pero también con un grado bastante significativo de responsabilidad a la hora de usar su poder, y además, versus corporaciones incluso más poderosas que el Estado, pero a las cuales se les exige únicamente la responsabilidad propia de los particulares, lo que en la práctica significa que son casi irresponsables respecto de su propio poder. Dentro de este esquema, toda la crítica liberal en contra del Estado salta en pedazos, porque lejos de ser ineficiente, el Estado viene siendo la última barrera en contra de corporaciones con un poder de hecho tan amplio como antaño los monarcas absolutos. Una última barrera que sigue siendo imperfecta, susceptible a la corrupción, negligente, etcétera, por supuesto que sí, pero que es lo que hay, a falta de algo mejor.

Es por eso que el debate entre Estado versus iniciativa privada debería estar superado, porque se correspondía con la realidad social de las democracias occidentales durante los siglos XIX y XX, pero ya no en el siglo XXI. La realidad económica y social del siglo XXI es diferente a aquella en la cual surgieron las recetas liberales, y esas recetas liberales que funcionaron en el pasado, ya no funcionan hoy en día. El Estado cumplió este rol bastante bien a lo largo del siglo XX, y las críticas en contra de éste, calificándolo de ineficiente, en última instancia no responden a cuestiones de técnica económica, sino a un programa ideológico que sirve a determinados intereses que no son necesariamente los más convenientes para la sociedad e incluso el libre mercado, mirados como un todo. O bien, que defienden el individualismo inherente al liberalismo porque, muy en el fondo, se sienten gente admirable, lo que podrá ser un bálsamo para el ego, pero difícilmente ayuda a ver la realidad tal y como es.

Standard Oil a la conquista del mundo, en una caricatura de Joseph Ferdinand Keppler, publicada por la revista Puck en 1.904; modernos estos antiguos, ¿eh?

miércoles, 25 de abril de 2018

En Chile - "Efectos especiales".

(fuente).
Apenas uno rasca bajo la superficie de palabras fáciles e hipocresía social, los chilenos se comportan como gentes frías, distantes y hostiles; pasaban los días, y Diego seguía sin poder hacer buenas migas con ellos. Mientras más amable intentaba ser Diego con los chilenos, más cóctel de esa combinación chilena de prepotencia, insultos y ninguneo recibía de vuelta. De tarde en tarde, alguien lo reconocía como “el caníbal que defecaba en la calle”, así como había sido marcado por los medios de comunicación, pero ahora menos; los matinales y programas de farándula se habían movido hacia la siguiente frivolidad del día, y por lo tanto, ahora los medios de comunicación le dejaban en paz. Y teniendo los chilenos la memoria de corto plazo que los caracteriza para todo lo que no sea guardarle rencor al prójimo, el asunto de Diego estaba quedando en el olvido.

Aunque Diego no podía abrir una cuenta bancaria en Chile porque cualquier fondo depositado en las mismas acabaría embargado por decreto judicial, aún quedaban los giros postales. Merced a ellos, desde Noruelandia, Fornidosson seguía enviándole importantes remesas de dinero, gracias a las cuales Diego podía seguir comprando alimentos con los cuales mantenerse vivo. A diferencia de los chilenos, el noruelandés Fornidosson se había revelado como un gran amigo en la hora de la desgracia.

Lo más importante era que Diego se había comprado un laptop, con el cual había comenzado a trabajar. Gracias a esto, y a las conexiones de Internet entre Chile y Noruelandia, la empresa de efectos especiales que mantenían Diego y Fornidosson con el trabajo conjunto de ambos, podía seguir adelante. El Gobierno de Noruelandia había encargado unas animaciones para un programa educativo infantil, en que repasarían de manera didáctica la biografía de los nueve noruelandeses galardonados con el Premio Nobel a lo largo del siglo XX y lo que iba del XXI. Diego trabajaba en los efectos visuales que permitían al protagonista, un neutrón del siglo XXI, viajar en el tiempo en conjunto con sus mejores amigos, un electrón y un protón, para encontrarse con cada uno de estos nueve personajes históricos, a razón de uno por episodio; este trabajo conseguía que Diego olvidara un poco las penas de encontrarse varado en un país de calidad infrahumana como Chile.

De pronto, Diego tuvo una idea. Se la comunicó por mensaje a Fornidosson: “¿Puedo llevar una parte de este trabajo como muestra para un canal de televisión aquí? A lo mejor, con eso, consigo un dinero extra, y mejora un poco mi situación aquí”. Fornidosson respondió: “¡Claro, por supuesto! El trabajo es tanto tuyo como mío, así es que, adelante. Buena suerte, amigo”. Una vez más, Diego sonrió, reconfortado ante la generosidad de su amigo noruelandés.

A la mañana siguiente, Diego marchó a las oficinas del Departamento de Derechos Intelectuales, para registrar la propiedad intelectual sobre el trabajo suyo y de Fornidosson. Iba con los puños crispados, con hostilidad vikinga, preparado con todo su ánimo para librar una nueva hercúlea batalla en contra de la insensibilidad social de los chilenos. Para su sorpresa, los trámites en el Departamento resultaron fáciles, y los funcionarios resultaron bastante más próximos a la amabilidad de lo que esperaba.

Luego, Diego se preguntó a qué canal de televisión iría. Luego de navegar un rato por Internet, decidió que CCT, Canal Cuadrado de Televisión, era el adecuado, debido a que parecía realizar una mayor inversión en programas de ficción, en donde por supuesto serían necesarios los efectos especiales por computadora. Y así, un poco a la aventura, marchó para ver si conseguía alguna clase de entrevista.

Ingresó mirando de soslayo en todas direcciones, preguntándose a quién recurrir, mientras a sus espaldas ingresaba un conocido animador, escoltado a cada lado por dos chicas de busto y caderas exageradas, intermediadas por cinturas ridículamente estrechas. Un guardia se le acercó.

– Usté a quién busca – dijo el guardia, con prepotencia.

– Buenas tardes, soy especialista en efectos especiales por computadora, y me preguntaba…

– ¿Tiene cita?

– No, no tengo, me preguntaba…

– Hable con la señorita ahí – disparó el guardia a quemarropa.

– G… gracias – dijo Diego.

Diego se acercó a la señorita en cuestión; su rostro era caucásico, sin facciones indígenas, pero intensamente moreno, con un tosco bronceado de solarium, todo eso bajo un pelo rubio teñido, lacio, y probablemente muerto, más lentes de contacto azules escandalosamente falsos. Tenía la cabeza metida en el computador de su escritorio, y apenas vio a Diego acercarse, levantó la cabeza y lo miró, sonriendo de manera pavloviana.

– ¿Dígame, qué se le ofrece?

– Señorita, soy un especialista en efectos especiales por computadora, y me preguntaba con quién podría hablar, para poder ofrecer mis servicios. Yo trabajo…

– Lo siento, no estamos contratando gente para eso, pero usted puede dejar su tarjeta, y lo llamaremos si es que…

– …yo trabajo en una empresa que a su vez ofrece sus servicios a Televisión de los Trabajadores de Noruelandia, el canal oficial de televisión de Noruelandia… – siguió Diego, porque ya estaba asimilando algunas costumbres de los chilenos, como por ejemplo hablar sin realmente responder o siquiera escuchar lo que la otra persona estuviera comentando.

– Si es algo con los trabajadores, entonces el sindicato…

– Noruelandia es un país nórdico, señorita. Del norte de Europa – dijo Diego, todo sonrisas para no sonar condescendiente.

Al escuchar las palabras “norte de Europa”, la señorita, que apenas sabía ubicar a Chile en un mapa, y que por supuesto no conocía otros países europeos que Inglaterra y España, gracias a las revistas de cotilleos que a veces incluían artículos sobre monarquías europeas, sonrió todavía más, pero ahora sus ojos adquirieron un brillo que la hacían verse ligeramente más humana, incluso a través de la falsedad de sus lentes de contacto azules.

– Usted no parece nórdico – dijo ella, con gestos que revelaban su indecisión entre mostrarse coqueta ante un potencial galán europeo, o simplemente sonriente para mantener la imagen corporativa.

– Soy hijo de un chileno y de una egipcia. Pero nací en Noruelandia, y he vivido toda mi vida allá, hasta hace algunas semanas por lo menos.

– Mire, usted a lo mejor quiere hablar con el productor ejecutivo del canal, el señor Arrigorriaga. Espere un minutito, voy a ver si… puede… espéreme un minutito, ¿sí?

En realidad fueron veinte minutos de espera, en los cuales la señorita en cuestión hizo varias llamadas telefónicas, desgañitándose por conseguir que el señor Arrigorriaga viera a Diego, aunque sin perder nunca la compostura y el tono amable. Al final, le dijo a Diego, con coquetería ahora indisimulada:

– Lo está esperando, pase usted.

– Muchas gracias, señorita…

– Dayana – dijo la secretaria, ahora sonriendo de manera ancha porque el noruelandés se había dignado de preguntarle el nombre.

Diego marchó por donde Dayana le decía, siempre sonriéndole a la secretaria, y llegó hasta el ascensor. Subió hasta el cuarto piso, y caminó recto, con la seguridad de quien sabe hacia dónde va, aunque en realidad no tenía idea de a qué oficina dirigirse. Pero mostrando tanto aplomo, y dirigiéndose a un cualquiera de manera petulante, consiguió que éste lo enfilara sin titubear ante el requerimiento.

– Buenas tardes, don… ¿Diego? – preguntó el señor Arrigorriaga, un hombre ancho, calvo, de lentes metálicos, mejillas algo fofas, barba grisácea, y un terno que lanzaba los gritos del silencio respecto al sueldo muy regalado de su portador. – Me dicen que usted es… especialista en efectos especiales, animaciones por computadora, algo así, ¿no? Cuénteme, qué me trae.

– La verdad es que ando ofreciendo mis servicios. Vengo de Noruelandia…

– ¡Noruelandia, vaya, vaya! – soltó el señor Arrigorriaga, con cordialidad aparentemente sincera.

– Mi socio, el señor Fornidosson y yo, somos dueños de una pequeña empresa de efectos especiales que trabaja para Televisión de los Trabajadores de Noruelandia, y…

Diego siguió hablando, explicando qué hacía, cuáles eran sus labores, y las ventajas comparativas que podían resultar de contratarle a él, pero el señor Arrigorriaga, al escuchar la palabra “trabajadores” en el nombre del canal de televisión de Noruelandia, de pronto y como por ensalmo, había perdido todo el interés. Desvió la mirada mientras ponía los dedos en ojiva, los codos a los costados del sillón giratorio, los pies rotando levemente el mismo… Viendo los síntomas, Diego abrevió su discurso.

– Mire, si usted deja una muestra de su trabajo, entonces podría considerar… – dijo el señor Arrigorriaga, y una leve mirada de codicia afloró a sus ojos.

– Mire, puedo enviárselo a su correo electrónico, ya sabe, para que quede registrado que ese material se lo envié yo, y…

– Sí, sí, ya, ya – dijo el señor Arrigorriaga, con impaciencia, y con la codicia ocular desvaneciéndose. Luego, viendo que Diego no se paraba, volvió el sillón giratorio hacia él, y le dijo: – ¿Algo más?

– El correo electrónico, señor Arrigorriaga.

– Ah, claro sí. A ver, déjeme ver… Sí, aquí tengo una tarjeta. Mándeme los archivos aquí, le echaremos un vistazo, y si nos gusta su trabajo, lo llamaremos.

– Muchas gracias, señor.

Transcurrió más o menos una semana.

Siempre trabajando en Chile uno y en Noruelandia otro, Diego y Fornidosson cerraron la respectiva sesión. Luego, para distraerse un rato, Diego puso la señal online de CCT. En realidad no esperaba ver ningún programa, sólo distraerse un rato con cualquier banalidad que hubieran puesto en la televisión chilena a esa hora… y al descubrir lo que estaba viendo, estuvo a punto de escupir.

Era un programa de televisión didáctico en donde a los niños chilenos se les enseñaba sobre los grandes escritores de Chile, a través de dos personajes que hablaban con tono marcadamente infantil, y que viajaban en el tiempo para encontrarse con ellos. En el capítulo de marras se veía lo importante que era Pablo Neruda. Sólo que las imágenes animadas no se correspondían con ningún retrato de Pablo Neruda, sino con el de Modernich Hjartasson, un poeta que era uno de los nueve noruelandeses galardonados con el Premio Nobel. De ninguna manera, las facciones cordiales de Hjartasson, con su rostro relajado y sonrisa enternecedora de abuelito de cuento de niños, podía corresponderse con las facciones más serias, solemnes, con sonrisas de cóctel, que eran la fisonomía más propia de Pablo Neruda. Las animaciones eran, por supuesto, las que Diego había enviado al señor Arrigorriaga vía correo electrónico. Incluyendo los efectos de viaje en el tiempo.

Diego se quedó hasta el final del programa, para ver el listado de créditos. La acreditada por los efectos de animación era una empresa llamada “AIS: Arrigorriaga Imagen y Sonido”.

Felicitándose a sí mismo por haberle entregado al señor Arrigorriaga sólo una parte menor de su trabajo, Diego se contactó con Fornidosson. A diferencia del lío judicial de Diego por el asunto del choclo, esta vez el asunto no era personal, sino con la empresa de efectos por computadora, de manera que Fornidosson envió de inmediato, desde Noruelandia, una carta de cesar y desistir a CCT, amenazando con recurrir a organismos internacionales inclusive para el asunto. El canal se disculpó, atribuyendo toda la responsabilidad a AIS, la empresa de animación creada por el hijo del señor Arrigorriaga, y prometiendo tomar las medidas más drásticas para evitar que un incidente como ése pudiera repetirse en el futuro.

A la semana siguiente, Diego sintonizó el programa de televisión. Al mismo tiempo, a hora diferente por el tema de los husos horarios, Fornidosson hizo lo mismo, en la señal internacional por Internet del Canal Cuadrado de Televisión. Era el mismo programa, el de los escritores chilenos para niños, pero ahora dedicada a la figura de Gabriela Mistral. La animación era mucho más tosca, sin mayores detalles de profundidad, y daba la sospecha de haber sido creada con Flash. En cuanto a los efectos de viajes en el tiempo… Diego no pudo evitar reirse. Era una animación calcada del viejo y mítico Pong.

– Bueno, supongo que ahora le toca a Atari enviar una carta de cesar y desistir – sonrió Diego, mientras barajaba para sus adentros de manera algo mefistofélica, si iba a devolverles a este hatajo de chilenos la mano, e iba a mandar un correo electrónico poniendo a Atari al corriente de la vulneración de su propiedad intelectual.

Próximo episodio: "Inquietante".


domingo, 22 de abril de 2018

"Yo, Tonya": Rocky según Margot Robbie.

Gonna fly nooowww...
A veces, toda la sapiencia personal sólo sirve para darse cuenta de que la sociedad es mucho más incomprensible e irreductible a fórmulas de lo que se piensa, y que a veces la realidad se enhebra de maneras bastante peregrinas. Hace algunos posteos atrás discutíamos cómo, en cierta medida, y sin ser realmente un remake, la película Ready Player One de 2.018 cubre más o menos el mismo terreno que Fiebre de sábado por la noche de cuatro décadas antes, aunque en un contexto narrativo diferente. Hace poco tuve la oportunidad de ver Yo, Tonya, el biopic que protagonizó Margot Robbie en 2.017 y que le valió un Oscar como Mejor Actriz Secundaria a Allison Janney, y... me quedé con la misma sensación. También puede verse como una nueva versión de temas planteados... hace también cuatro décadas atrás. En concreto, por la película Rocky de 1.976. ¿Coincidencia? ¿O hay algo más en el ambiente, y ésos son los síntomas de algo más gordo allá afuera? ¿Y si viviéramos de verdad en un mundo tan despatarrado como lo era Estados Unidos a finales de la década de 1.970, lo que nos hace volver sobre tópicos similares para reexaminarlos a la luz de la actualidad...? Quién lo sabe.

Partamos por la advertencia obvia. Spoilers. Ya que voy a hablar in extenso, tanto de Yo, Tonya como de Rocky, partiré de la base que el respetable lector ha visto ambas, o por lo menos tiene una idea de que van, por lo que los spoilers lloverán sin previo aviso. Ahora bien, claro, Yo, Tonya se basa en hechos reales de hace un cuarto de siglo atrás, que además tuvieron su buen poco de publicidad en su día, y si bien no llega a los niveles de que el barco se hunde a finales de Titanic, sí que la película no intenta jugarse la carta del misterio aquí. Y Rocky es... bueno, es Rocky. Quién en este vasto y ancho mundo jamás en la vida ha visto Rocky, o al menos no se conoce el argumento de oídas. Pero como sea. El que avisa no es traidor. Así es que... a partir de este punto, spoilers con premeditación y alevosía.

Yo, Tonya es el enésimo ejemplo de película que más o menos puede encuadrarse dentro de ese subgénero del biopic que vienen siendo las películas basadas en criminales de la vida real, cuyo ejemplo máximo probablemente sea la Bonnie and Clyde de 1.967. El crimen, en este caso, es que en 1.994, la patinadora Nancy Kerrigan fue atacada, para impedir su participación en las Olimpíadas de Invierno, por parte de gente vinculada a la también patinadora Tonya Harding, sabiéndolo ella según el juez que la sentenció a prisión, o ignorante del tinglado, según alega la incriminada hasta el día de hoy. El asunto ya fue adaptado una vez en 1.994, apresurado y a la carrera mientras el pan salido del horno estaba todavía caliente, en un telefilme llamado Rivales sobre hielo (Tonya & Nancy: The Inside Story), con Alexandra Powers como Tonya Harding, y Heather Langenkamp, la mítica Nancy de Pesadilla en Elm Street de 1.984, como otra Nancy, en este caso la Nancy Kerrigan de marras. En 2.017 se estrenó esta versión, ahora para pantalla grande, con Margot Robbie tanto protagonizando como produciendo, con aclamación crítica, casi 50 millones de dólares de recaudación sobre una inversión de once, y lo ya dicho, un Oscar a la Mejor Actriz Secundaria, aunque Margot Robbie, también nominada, se fue de vacío, batida por Frances McDormand por la película de los tres carteles que en lo personal me da la suficiente mala espina como para negarme a verla hasta el día de hoy.

Las otras Nancy Kerrigan y Tonya Harding, las de 1.994, o de cómo la fiebre de los remakes nostálgicos alcanzó al patinaje sobre hielo...
En lo personal, las historias de criminales reales tienden a no llamarme demasiado la atención. Pienso por ejemplo en esos Western de forajidos en el Far West. Muy en el fondo, con seguir al criminal como personaje principal, la película tiende a forzar la simpatía del espectador hacia el mismo, lo que crea a su alrededor una cierta mística romántica. Y claro, al final del día, muchos se quedan con la idea de que, pobrecito él, dicho criminal es un hombre maldito en una tierra maldita, cuando visto desde un punto de vista más prosaico, en realidad es... un criminal. Un hombre que habría estafado, robado o matado a todos esos que se conmueven con sus peripecias impresas en celuloide. A cierto muy desorientado sector del público también le gustan estas historias porque son una plasmación del individualista rebelde en pugna con el sistema que lo aplasta y oprime. Mismo sistema que, ya saben, todos necesitamos para vivir sin devolvernos a la era de la guerra a peñascazo limpio que fue el Paleolítico. En estas películas, al final el triunfo del sistema suele ser una tragedia plañidera en vez de, ya saben, la justa retribución en contra de un idiota que se le ocurrió romper las reglas.

Por suerte, rehuyendo la opción fácil, Yo, Tonya toma la muy arriesgada decisión de incluir elementos de mockumentary en su narrativa. Ya saben, de falso documental. A lo largo de la película vemos intercaladas varias escenas con entrevistas a personajes... que en realidad son, por supuesto, los actores interpretando a los personajes. Este truco ayuda a evitar que nos sumerjamos en la película, pero ésa es justo la idea: que veamos a los personajes de una manera distanciada y desapasionada y podamos aquilatar el asunto de manera más imparcial, en vez de identificarnos con la pobrecita criminal que es una rebelde porque el mundo la ha hecho así, porque nadie la ha tratado con amor, etcétera. La protagonista, por cierto, da pena, da mucha pena, por el enorme historial de abusos que carga sobre sí, ayudada por una interpretación impecable de Margot Robbie, claro, pero la película también deja en claro que no es exactamente una santa, que en varios puntos es una bellaca de temer, y que el mundo también tiene su punto de razón contra ella en algunas cosas. O sea, es una película con una moralidad llena de tonos grises, sin héroes o villanos reales, y queda un poco entregado al buen criterio del espectador cuál gris es el más cercano al blanco o al negro.

Lo interesante del caso es que, como decíamos, Yo, Tonya puede ser vista como un comentario, bastante malicioso por cierto, respecto de los temas que Rocky trataba en 1.976. El título mismo anuncia que Yo, Tonya se centra en Tonya Harding; la víctima Nancy Kerrigan tiene una participación bastante marginal, y no recuerdo que la actriz Caitlin Carver que la interpreta, tenga más de unas cinco o seis líneas de diálogo en total. La película sigue a Tonya Harding a través de una niñez plagada de abuso infantil, de la cual crece para convertirse en una marimacho respondona, insolente, de mal carácter, y algo que se muestra de manera un poco más sutil, una chica que siempre está buscando excusas y justificaciones para todos sus yerros y desmadres porque, al final, según ella nunca es su culpa. Después de fusilarse una muy buena oportunidad de salir adelante en el mundo del patinaje artístico sobre hielo, tiene una segunda chance, y aquí es en donde ocurre el asalto contra Nancy Kerrigan; según la película, el mismo es responsabilidad de un grupo de matones bastante tontos, y la complicidad de Tonya Harding es más bien marginal. Por supuesto, después viene el descubrimiento del crimen, el festín mediático, etcétera. El final es un tanto cáustico: vemos a Tonya Harding metida en el boxeo, de entre todas las posibilidades, y recibiendo un golpe que la manda a la lona, para volver a pararse y seguir peleando, porque muy en el fondo, su vida entera ha sido una pelea, en un final que no es muy final porque, como en la vida cotidiana, y como decía el Doctor Manhattan, nada nunca realmente termina.

De todo lo anterior, ya empiezan a deslizarse algunas relaciones respecto de Rocky. Todos conocemos el mito de Rocky, ¿no? Es una versión en clave masculina de la vieja historia de la Cenicienta, la persona de extracción humilde que asciende en la escala social. Sólo que en este caso, como Rocky Balboa es macho, debe hacerlo no mediante un matrimonio con un alguien de la aristocracia, sino a través del trabajo puro y duro. Todos conocen la moraleja de las películas de Rocky Balboa: no importa qué tan mala sea tu situación en la vida, siempre puedes surgir, superarte a ti mismo y ser un triunfador, si crees en ti mismo, pones tu máximo empeño, para al final doblarle la mano al destino. Las secuelas de la Rocky original de 1.976 nos muestran justamente a Rocky Balboa viviendo el American Dream, e incluso encarnándolo casi como un Tío Sam redivivo, cuando le revienta las costillas a Ivan Drago. O sea, el triunfo del individualismo quasi ainrandiano por encima de ese horrible colectivo que siempre intenta aplastarte y destruir tus sueños. Incluso, aunque Rocky V intentó una vuelta a los orígenes, al último la Rocky Balboa de 2.006, y el spin-off o secuela Creed, siguen siendo un poco la misma senda del triunfo del espíritu individual.

¡Adriaaaan! ¡Adriaaaan...!
Esta es la película Rocky de 1.976 que todos recuerdan, inspiracional y un canto de triunfo al heroísmo individual. Y por supuesto, las cosas son un tanto distintas en la realidad. A diferencia de sus secuelas, particularmente Rocky III y Rocky IV, la Rocky original de 1.976 es un drama más bien depresivo que se inscribe muy bien dentro de la línea de sucio realismo y crítica social propia del cine de la década de 1.970. Partiendo por lo obvio: al final de Rocky, el protagonista ni siquiera gana la pelea. Quien gana el match final de boxeo es su rival, Apollo Creed, aunque lo hace por los puntos en vez de K.O. El verdadero triunfo de Rocky Balboa es moral: siendo un boxeador en la treintena, y en condición física regular tirando a mala, ha conseguido aguantarle quince asaltos al campeón de peso pesado del mundo. Detalle que es parodiado de manera maliciosa en una línea de Rocky II, en que Apollo Creed se queja porque ganó la pelea, pero todo el mundo lo trata como si fuera el perdedor; ésa es de hecho la razón por la cual, en Rocky II, Apollo Creed insiste tanto en un rematch en contra de Rocky Balboa, cuando por regla general es más bien al revés, el perdedor es quien anda a la siga de una segunda oportunidad para imponerse al triunfador.

En la Rocky de 1.976, Rocky Balboa es un proletario y un perdedor del sistema. El American Dream no pasa por él. Soñó con ser un boxeador, pero su hora está pasando: se hace viejo, no está en su mejor condición física, tiene mala técnica, y además su vida personal no va hacia ninguna parte. A lo largo de toda la película vemos un profundo mentís al mito tan querido por los liberales, de que el triunfo personal depende de manera casi exclusiva del esfuerzo propio. Porque no sólo vemos que Rocky Balboa es un perdedor del sistema, sino que además, no hay nada especial respecto de él, y que toda la gente a su alrededor forman parte de un mismo milieu, el de pobres diablos que más que vivir el sueño americano, lo sobrellevan como mejor pueden. Rasgo éste acentuado porque Rocky Balboa es ítaloamericano, o sea, descendiente de inmigrantes allegados en Estados Unidos, y el apellido Balboa sugiere además ascendencia española, de entre todas las cosas. Rocky Balboa es un fulano tan plano en lo social que, para sobrevivir, trabaja en una profesión tan poco honorable como la de cobrador para la mafia. Es decir, el rompepiernas de rigor.

Algo de luz llega a la vida de Rocky, cuando empieza a florecer su romance con Adrian Pennino, que no es una princesa venida desde arriba para rescatarlo, modelo Fiebre de sábado por la noche, o Ready Player One ya puestos, sino otra perdedora del sistema, que vive bajo el constante abuso psicológico de su hermano, que se desquita con ella por ser... adivinen, otro perdedor del sistema. Pero la verdadera oportunidad viene cuando Rocky es elegido por Apollo Creed como oponente. Es 1.976, Estados Unidos celebrará su bicentenario, pero Apollo Creed no es un tipo que ame realmente a su nación, y si se cuelga de la ocasión patriótica, es por puro negocio: será buena publicidad enfrentar a un amateur, y darle a la gente un poco de opio liberal: "esto es América, la Tierra de las Oportunidades, todos pueden lograrlo si le ponen suficiente empeño al asunto". Por cierto, no elige a Rocky Balboa por ser el rival con mejores antecedentes o técnicas, sino simplemente porque su apodo, "Semental Italiano", suena bien de cara a la publicidad. Por supuesto, se supone, Apollo Creed no tendrá mayores problemas en imponerse porque para algo es el campeón de peso pesado del mundo, pero a cambio, el pobre desgraciado que le enfrente vivirá su cuarto de hora, y todos contentos. Claro, después en el ring, Apollo Creed descubre que Rocky Balboa va en serio, y ya eso no le gusta. Creed al final obtiene su triunfo, pero le cuesta, y además, ni siquiera lo disfruta porque todo el mundo saluda a Rocky Balboa como el héroe de la jornada.

A partir de aquí, ya podemos empezar a establecer las comparaciones entre el ficticio Rocky Balboa y la... ¿real, ficcionalizada? Tonya Harding. De hecho, teniendo en cuenta lo dicho anteriormente sobre la Rocky de 1.976, ya es posible adivinar que, aprovechando el estar más o menos basada en hechos reales, Yo, Tonya deconstruye y le da la vuelta a varios tópicos planteados por esa película, para mostrarnos una versión incluso más odiosa y mugrienta del American Dream. Tanto, que dudo mucho de que esta película haya llegado a rodarse si no estuviera basada en hechos reales en primer lugar, como decíamos, y además, producida por Margot Robbie, que tiene bien ganado su estatus de estrella, y que por lo tanto, puede darse esta clase de lujos.

Me llevo un Oscar para la casa por las molestias. Nos vemos, montón de cefalocordados.
De partida, tanto Rocky Balboa como Tonya Harding, a ambos se nos muestran como viniendo desde un medio ambiente proletario. Pero el lugar de procedencia de Rocky Balboa es simbólico: es Filadelfia, la ciudad en que se proclamó la Independencia de Estados Unidos en 1.776, y que en 1.976 se apresta para el Bicentenario; Tonya Harding, en cambio, viene de Portland, Oregon, que es... Portland, Oregon. Eso es. Además, en Yo, Tonya vemos algo que en Rocky no: la clase de niñez a la que se exponen las personas dentro de ese medio ambiente. Por debajo de los toques de comedia negra en que incide la película, se nos muestra la muy abusiva niñez de Tonya Harding a manos de su madre, y luego, mostrándonos que su interés romántico es otro tipo abusivo en cuyas garras ha caído más bien por un tema de severo daño a la autoestima, se nos deja caer la pista de que, lejos de ser algo extraordinario o excepcional, dichas relaciones abusivas parecieran ser la norma, el patrón por el cual se cortan las relaciones en el círculo de abandono y violencia doméstica sin fin que es el medio ambiente social de los personajes, círculo que se hereda por aprendizaje de padres a hijos casi como una maldición bíblica.

Como resultado, la personalidad de ambos personajes es también diferente. Aunque es un perdedor del sistema, Rocky Balboa es en el fondo un buen chato. Tanto, que hasta su jefe mafioso debe recordarle que está a sueldo para romperle las piernas a los desgraciados que no pagan, no darles un par de palmaditas y decirles que se larguen, porque tanta amabilidad incentiva a la gente a que no paguen, y eso es malo para el negocio. Una vez que comienza el romance entre Rocky y Adrian, vemos incluso otro lado positivo de nuestro héroe, ayudando a la chica a superar el abuso psicológico a que ella se ve sometida. Tonya Harding en cambio es una chica que sólo ha aprendido a relacionarse a través de la violencia, y por lo tanto, es incapaz de expresarse de otra manera que no sea a través de insultos, gritos, golpes, e incluso descerrajándole un escopetazo a su marido, si se tercia la ocasión. Y por supuesto, del modo en que la vimos crecer, lo raro es que hubiera sido de otro modo. Con esto se nos recuerda que existe un círculo vicioso en que ser perdedores del sistema genera una mentalidad derrotista que a su vez los enclava más dentro de los perdedores del sistema, lo que a su vez genera todavía más mentalidad derrotista, etcétera. Tonya Harding ha sufrido una infancia abusiva, y ha internalizado dicha mentalidad derrotista; a lo largo de la película vemos con claridad que ella misma hace un trabajo magnífico saboteándose a sí misma, vía elegir mal a la pareja y a los amigos, enojarse con la gente que quiere ayudarla, parrandear en vez de vivir la vida sana que exige el entrenamiento deportivo, etcétera. Ella es la arquitecta de sus propias derrotas, pero es la arquitecta de sus propias derrotas debido a las propias derrotas que le ha tocado vivir, en una internalización psicológica de su categoría de perdedora en este mundo.

Por supuesto, la oportunidad de Rocky Balboa viene prácticamente de la nada. No ha hecho nada por merecérsela, no es alguien especial, es sólo el tipo cuya foto estaba por accidente entre otras muchas sobre el escritorio de Apollo Creed, y cuyo lema le cayó simpático al susodicho. Es el elemento de cuento de hadas que esta historia debía tener para ser vendible. En el caso de Tonya Harding ocurre exactamente lo contrario. Ella no tiene ninguna oportunidad extraordinaria. Ella le ha puesto su máximo empeño en salir adelante, se ha gastado horas en la pista de patinaje, y aún así, aunque es la mejor patinadora de todo el grupo, los jueces la relegan una y otra vez porque... no es la chica bonita que pueda entusiasmar al público. Siendo pobre, Tonya Harding no puede pagarse los carísimos vestuarios que hacen lucir bien a las otras patinadoras, tampoco se peina o maquilla bien, y además, horror de horrores, elige acompañar sus rutinas con Heavy Metal en vez de Música Selecta. Lo más cercano a una hada madrina que tiene ella es Diane, su entrenadora, pero Diane, con muy buen sentido, le dice a Tonya Harding que se pula un poquito, que sea más dama, que le entre un poquito más en el ojito al jurado, y ella, en respuesta, como está mentalmente programada para tomar cada comentario como un ataque personal, acaba despidiéndola de la manera en que la despide.

La película hace también un comentario bastante cáustico acerca del esfuerzo personal en sí. Trata de jugar la carta de la lucha de clases y mostrar a los jueces como un montón de clasistas que odian a la gente pobre. Pero el asunto va un poquito más allá. Así como Tony Manero escapa de su vida proletaria de porquería en la pista de baile, Tonya Harding lo hace patinando sobre el hielo. Y desarrolla una técnica casi perfecta. Es la primera gimnasta estadounidense que consigue el triple axel. Pero los jueces insisten una y otra vez en otro tema: presentación. Tonya Harding por su parte responde que ella quiere ser ella misma. Es el viejo conflicto entre el individualismo, el "quiero ser auténtico a lo que soy", versus el colectivo que trata de coartar la libertad individual y encerrar a todas las personas en cajas, moldes y etiquetas. Y todos sabemos cómo estas películas ejecutan esa carta, dándole favor al individuo, por aquello de la épica heroica. Esta película también, en principio... pero hay un detalle. En las entrevistas ficticias, Tonya Harding insiste una y otra vez en que hizo el triple axel. Cierto, es un mérito, y grande; sólo ocho patinadoras mujeres lo han conseguido en competencia. Pero con eso, también revela ser un caballo de un solo truco. Esto es una réplica profunda a la idea de que si te esfuerzas mucho, tendrás éxito de manera automática. En realidad, es cierto que debes esforzarte mucho para salir adelante en la vida, pero no basta con el esfuerzo en sí: también debes hacerlo en una dirección que sea la favorecida por el colectivo. Y además de eso, eso no es necesariamente algo negativo. En el mundo del patinaje no sólo queremos ver a gente con una técnica perfecta, sino también algo que sea armonioso y grácil de ver. Puede que los jueces sean unos esnobs y unos pesados, pero también tienen su punto de razón cuando echan para atrás a Tonya Harding porque su presentación no es adecuada.

¿Nosotros? ¿Reventarle la rodilla a la competencia? ¡Por supuesto que no, oficial!
Por supuesto, las cosas se decantan como se decantan. La Rocky de 1.976 puede ser leída como un cuento de hadas en el cual su protagonista es un boxeador contemporáneo. Bueno, contemporáneo de la década de 1.970, vale, pero no es un personaje de la Edad Media de Disney, eso quiero decir. Pero su historia de cuento de hadas, la balancea sobre un retrato social bastante cínico respecto de los perdedores del sistema. ¿Qué queda si a Rocky, esa historia romántica de un perdedor buscando su última oportunidad le quitamos el componente de cuento de hadas? Pues... Yo, Tonya, justamente. Rocky Balboa es un buen tipo; Tonya Harding es una chica violenta e intratable. Rocky Balboa es porfiado y cabezón, y esto es un valor para salir adelante; Tonya Harding también lo es, pero por el contrario, su contumacia sólo consigue causarle problemas. Rocky Balboa pone esfuerzo en el boxeo, pero nunca tiene su gran oportunidad; Tonya Harding sí ve resultados para su esfuerzo, ya que llega a los Juegos Olímpicos, a lo largo de toda su jornada descubre que el esfuerzo bruto no es suficiente. Rocky Balboa no llega a salir del anonimato por un tiempo; Tonya Harding lo logra a medias, sólo para volver a la casilla uno, y debe arreglárselas trabajando como camarera, que además es el trabajo de su madre a quien tanto desprecia, para más inri.

Y cuando viene la gran oportunidad, el boleto dorado, las cosas también se decantan de manera diferente. Rocky Balboa la recibe de su eventual oponente Apollo Creed, pero como parte de una fría maniobra publicitaria para generar ganancias capitalistas a partir del boxeo; Tonya Harding la recibe de su antigua entrenadora, se deja entrever que por genuino aprecio a pesar de las diferencias personales. Rocky Balboa sigue siendo el de siempre; Tonya Harding debe pulirse, eliminando el Heavy Metal de sus rutinas y el pintarse las uñas de azul. La gente alrededor de Rocky Balboa son un refuerzo positivo que le ayudan a salir adelante en su ordalía; la gente alrededor de Tonya Harding son una piedra de molino alrededor del pescuezo que, lejos de ayudarla, acaban por hundirla. Y cuando alcanza la celebridad, Rocky Balboa es por el valor positivo de haberle resistido quince rounds a Apollo Creed sin irse a la lona; Tonya Harding en cambio es una celebridad por el valor negativo de haber intentado salir adelante a través del recurso criminal, algo que la propia película ironiza en una línea de diálogo acerca de por qué el público está realmente viéndola. Todo esto redunda en que Rocky Balboa, el protagonista de una historia con elementos de cuento de hadas, consigue elevarse por encima de su nivel social, mientras que Tonya Harding, protagonista de una historia similar, pero ejecutada con un realismo deprimente, acaba con su vida entera destrozada, con el último fotograma de ella tirada literalmente en la lona de un cuadrilátero de boxeo.

Muy en definitiva, lo que subyace a ambas películas es un cierto retrato, muy crítico por cierto, del individualismo de cuño liberal que impregna a la mentalidad de Estados Unidos. Rocky Balboa puede salir adelante, es cierto, y su historia es la épica de tintes calvinistas sobre el individuo que consigue doblarle la mano al sistema, pero para que dicho argumento fílmico funcione con un mínimo de coherencia, debe ser contado con elementos propios de un cuento de hadas. Si contamos la misma historia de manera realista, lo que tenemos es el fracaso monumental de Tonya Harding. La moraleja final es que el esfuerzo individual es importante, por supuesto que sí, pero también lo es el entorno que los demás generan alrededor nuestro, y que nosotros generamos para los demás, aquello que se llama genéricamente responsabilidad social, y que es una noción a la que el individualismo de cuño liberal es absolutamente alérgico, porque nadie se hace liberal para preocuparse por el prójimo. Al final, en el cuento de hadas, Rocky Balboa usa la mentalidad individualista para fortalecer el espíritu heroico que lo llevará a su victoria moral, mientras que en la historia deprimentemente realista, la gente alrededor de Tonya Harding usará esa misma mentalidad individualista para ejecutar un crimen que saque del camino a Nancy Kerrigan, otra chica cuyo único delito es querer exactamente lo mismo que Tonya Harding: buscar su propio éxito y realización personal.

Al final, por mucho esfuerzo individual que le pongamos, seguimos siendo personas condenadas a vivir en sociedad. Muy individualista debe ser el desgraciado que esté dispuesto a volarse a sí mismo una muela que le duela, pudiendo ir al odontólogo para que haga el trabajo con un mínimo de salubridad y alivio del dolor. Pero vivir en sociedad obliga a ciertos deberes y responsabilidades, y también a realizar ciertas transacciones mínimas para funcionar con nuestros semejantes. El American Dream, con su exaltación del poder individual, tiende a olvidar esas verdades, en beneficio del halago de los instintos narcisistas del populacho. O peor aún, cree que la autorregulación de las personas solucionará de manera mágica los problemas de la sociedad, como si el mundo estuviera más poblado de buenos chatos como Rocky Balboa en vez de gente de mal carácter como Tonya Harding y la pandilla de inútiles que la rodean. Películas como Yo, Tonya nos recuerdan las consecuencias nefastas, para uno mismo y los demás, que tiene la búsqueda desatada del triunfo individual sobre toda otra posible consecuencia, y considerando como va el mundo, no podemos considerar que dicha moraleja salga sobrando.

Tonya Harding al lado de Margot Robbie, experimentando el revival de la nostalgia noventera.

miércoles, 18 de abril de 2018

Los años de Chile (5) - Construcción de la sociedad colonial.

El Imperio Español, trayendo la alegría y el regocijo de la civilización a los pobres nativos.
El levantamiento del Imperio Español presenta una importante peculiaridad que lo distingue de otros: un cierto legalismo que le confiere un inequívoco aroma a expediente judicial mohoso, salpimentado de fragancias con toque a tinta de escritorio. Este legalismo se expresa muy bien en la fundación de las ciudades. A los españoles no les gustaba fundar ciudades de manera espontánea, vía tomas de terreno, sino que lo preferían a través de edictos decretados por la autoridad. Tampoco los vecinos se instalaban allí en donde mejor pudieran, sino que se encargaba la tarea de diseñar el plano de la ciudad a un funcionario llamado el alarife. En la ciudad, los vecinos recibían cada uno un solar; de manera adicional, muchos de ellos recibían chacras en los alrededores. Más allá de las ciudades surgieron las haciendas y estancias. Todo esto con la correspondiente telaraña de títulos jurídicos que fijaban los derechos de los vecinos, etcétera. Lástima. Con lo bonito que hubiera sido verles resolver sus problemas de deslindes vecinales y disputas sobre alcabalas y almojarifazgos a espadazo limpio.

En estos primeros tiempos tuvo importancia la encomienda, institución a través de la cual la Corona española entregaba indios a los conquistadores para que trabajaran bajo sus órdenes; el conquistador por su parte debía mantenerlos, alimentarlos y cristianizarlos. Con el paso del tiempo, empero, al ir desapareciendo los indígenas en el territorio chileno, las encomiendas fueron perdiendo peso específico, para ser reemplazadas por las haciendas, grandes latifundios en los cuales el énfasis jurídico estaba puesto más en la tierra que en los hombres trabajándola. Muchas veces, los hacendados entregaban tierras en arriendo a trabajadores que pasaban a ser los inquilinos. En Chile, la propiedad de la tierra se transformó en un importantísimo foco de poder, el cual sólo vendría a ser quebrado, y sólo hasta cierto punto, con la Reforma Agraria de las décadas de 1.960 y 1.970, es decir, más de siglo y medio después de acabado el dominio español sobre el territorio.

Esta manera de organizar la colonia chilena fue generando una cierta estructura social de casta, en la cual los conquistadores, encomenderos y hacendados se instalaron en la cima, y una extensa masa de trabajadores fueron subyugados. No es inexacto afirmar que, en muchos sentidos, la estructura de la propiedad de la tierra en el Chile dominado por el Imperio Español estaba replicando la esencia de un sistema feudal que estaba desapareciendo de manera contemporánea en la moderna España. La misma fue mantenida a través de una mentalidad racista en la que el color más claro o más oscuro de piel permitía ascender o descender en la escala social: los europeos caucásicos estaban en la cima, los mestizos algo más abajo, los indígenas casi en el fondo, y el puñado de esclavos negros que vino desde Africa, en lo más profundo del barril, junto con los mulatos y los zambos. Dicho racismo subsiste en Chile hasta el día de hoy; cualquiera que ve publicidad en la televisión abierta chilena, plagada de familias rubias y de ojos azules, pensaría que Chile es una sucursal del Imperio Alemán del buen Kaiser Wilhelm, en vez de un país en donde la abrumadora mayoría de su población ha sido engendrada por el mestizaje de conquistadores e indígenas.

Resulta interesante observar al respecto los resultados del Proyecto ChileGenómico, recopilados en el libro El ADN de los chilenos y sus orígenes genéticos, y a los cuales hemos aludido en capítulos anteriores de Los años de Chile, acá en la Guillermocracia. El mismo no sólo analizó el ADN del núcleo celular de los chilenos, sino además el ADN mitocondrial, que sólo se transmite por vía materna, y el ADN del cromosoma Y, que sólo se transmite por vía paterna. Según el ADN mitocondrial, el 85% de la población chilena tiene ancestro indígena por vía femenina. Por su parte, según el ADN del cromosoma Y, el 70% de la población rural y hasta el 90% de la población urbana tiene ancestros europeos por vía masculina. Según escriben los académicos Moraga, Pezo y de Saint Pierre, "este alto grado de asimetría para el cromosoma Y no puede ser explicado solo por la ausencia casi total de mujeres españolas durante los primeros 40 a 60 años de conquista, sino que requiere también de la exclusión casi total de los hombres indígenas de la formación de la naciente población mestiza chilena" (el libro mencionado, páginas 84-85). Por si lo anterior es demasiado críptico: la población mestiza chilena se formó cuando los españoles varones exterminaron a los indígenas también varones, y se aparearon con las indígenas mujeres. Estos sí que son cuentos de terror demográfico, y no The Handmaid's Tale, si me preguntan.

Mujer mapuche, ilustración por palnk (fuente). Hay una en el árbol genealógico de prácticamente todos los chilenos, aunque más de la mitad lo nieguen, los muy racistas.
Aquí también empezó a surgir otra característica prototípica del chileno. Siendo la colonia pobre que era, no existía la posibilidad de acumular grandes recursos, por lo que quienes estaban en la cima, no estaban tan por encima de quienes estaban por debajo; el ascenso social, entonces, era posible, aunque difícil. Lo que creó otra característica prototípica del chileno: su arribismo desvergonzado. La aspiración de todo chileno desde entonces es ascender en la escala social, ojalá sin trabajar, a ejemplo de esos primeros conquistadores que venían desde una España en donde eran patricios empobrecidos, hijosdalgos, y venían a hacerse la América probando fortuna sin tener que trabajar.

En la sociedad colonial chilena, quienes estaban en la parte de abajo en la escala social eran los indios, por supuesto. El interés de los conquistadores era capturar a tantos como se pudiera, y explotarlos hasta el límite de sus fuerzas, pero pronto la Corona tomó cartas en el asunto e intentó limitar los abusos. Un poco por algo que podemos llamar un piadoso espíritu cristiano, otro poco por el pragmatismo de impedir posibles sublevaciones indígenas, y un tercer otro poco por el sórdido lucro monetario, todo sea dicho. Este fue el origen de la llamada Legislación de Indias, la cual estaría en vigor durante todo el Imperio Español, aunque no siempre con la misma eficacia, por supuesto.

En tiempos de García Hurtado de Mendoza, su compinche el jurista Hernán de Santillán dictó lo que se conoce como la Tasa de Santillán, y que podríamos considerarla como la primera regulación laboral en territorio chileno. La misma establecía la obligación de los asentamientos indígenas de enviar trabajadores para servicio personal, principalmente en las minas; sin embargo, existía algo así como una especie de derechos mínimos para los indígenas, incluyendo límites en la edad laboral, la imposición de mitas o turnos de trabajo, y el sesmo, es decir, llevarse la sexta parte de lo producido. La Tasa de Santillán introdujo algo de humanidad en la condición de los indígenas abusados por derecho de conquista, pero no nos pasemos: la misma dependía de que las autoridades cumplieran con su deber y no hicieran la vista gorda sobre los encomenderos, algo que solía ocurrir un poco entonces como ahora y siempre. Además, sus condiciones seguían siendo abusivas, de todos modos.

Años después, en 1.580, se intentó reemplazar la Tasa de Santillán por una nueva, la Tasa de Gamboa, llamada así por el Gobernador Martín Ruiz de Gamboa. La misma estableció el reemplazo del servicio personal por un tributo en oro; asimismo, se buscó que los indígenas se agruparan en poblados, y salieran de los mismos a alquilar libremente su trabajo. ¡Neoliberalismo en el siglo XVI, señores! Sin embargo, las nuevas disposiciones no gustaron para nada a los encomenderos, que de pronto vieron como se reducía la fuerza laboral de la que podían abusar, porque los indios tenían la mala costumbre de preferir trabajar para sí que para los españoles, miren ustedes. A la larga, la Tasa de Gamboa quedó a un lado, y se volvió al sistema regulado por Santillán. Que una cosa es libertad, y la otra libertinaje, vamos.

Martín Ruiz de Gamboa con otros dos gobernadores de Chile: el Gobernador que se ganó el odio de los encomenderos intentando humanizar las encomiendas. Algunas cosas nunca cambian en Chile.
En la primera etapa del dominio español sobre territorio chileno, quienes se hicieron con los cargos y posiciones más suculentas fueron los conquistadores que arribaron con Pedro de Valdivia, y formaron un núcleo duro con éste. Lo que produjo una sorda rivalidad cuando en 1.557 llegó el gobernador García Hurtado de Mendoza, que venía con su propio séquito. A la larga, los hombres de Hurtado de Mendoza fueron desplazando a los de Valdivia, hasta el punto que el núcleo primitivo de amigos de Valdivia había perdido la mayor parte de su preeminencia a finales del siglo XVI. En general, a lo largo de la Historia de Chile, las familias que mandan han sido más movedizas de lo que se cree a primera vista, aunque conservando ciertos rituales de cooptación de los advenedizos por parte de las élites, para que los nuevos asuman los modales y actitudes rancios de los viejos. Es decir, a la élite más o menos aristocrática que se formó entonces le gustaba, y le sigue gustando hasta el día de hoy, una cierta visión social en la cual mandan quienes tienen los pergaminos, pero la fría realidad es que en los hechos, el dinero pesaba y pesa lo suyo, fuera viejo o nuevo, y acaba por ser el factor social definitivo. El gran sello para formar parte de los bienaventurados era la posesión de la tierra, pero habían otras dos fuentes de riqueza en la época.

Una de esas fuentes era la minería. El territorio chileno que los conquistadores españoles dominaban, no tenía ni de lejos las riquezas de otras regiones imperiales, pero aún así, los lavaderos de oro y algunas minas dispersas aquí y allá, arrojaban pingües beneficios para sus dueños. Sin embargo, este ciclo minero se agotó en unas cuantas décadas. Durante el siglo XVII, la minería pasó a ser una actividad secundaria en la industria nacional. Eso iba a cambiar después, por supuesto, durante el siglo XIX, pero ésa es una historia a la que llegaremos más adelante, si esta serie de posteos aquí en la Guillermocracia tiene éxito suficiente como para llegar hasta allá.

El otro camino de ascenso social era el comercio. Avispados emprendedores arribaron al territorio chileno y se dedicaron a crear rutas comerciales; entre los extranjeros aparecen menciones a personajes tales como Juan de Rodas o Guillermo de Niza, cuyos apelativos dan cuenta de lo lejanísimo de su origen. La principal relación comercial de los chilenos era con Lima, la capital del Virreinato del Perú, por supuesto. Pero también daban beneficios las rutas comerciales que cruzaban la cordillera de los Andes y arribaban hasta Mendoza y Tucumán; ambas ciudades hoy en día pertenecen a Argentina, pero en la época estaban bajo jurisdicción chilena, en buena medida porque era más sencillo llegar hasta ellas desde Santiago que desde Buenos Aires. Los hacendados se las arreglaron para hacer valer sus privilegios y bloquear el acceso de los comerciantes a posiciones políticas de relevancia, pero aún así, hubo comerciantes que se las arreglaron para ascender en la escala social. Ambos grupos se miraban con recelo: se necesitaban para producir y exportar lo producido, pero se peleaban por ser quien se llevaba el pedazo más grande de la torta.

Otro aspecto interesante de la sociedad chilena, es que en ella no prosperaron en demasía ni la esclavitud ni la trata de negros. Aunque no porque los chilenos sean buena gente, faltaba más. En realidad, la sociedad chilena era demasiado pobre para permitirse operaciones de explotación económica de mayor envergadura, por lo que no hacía falta importar tanta mano de obra. Así, aunque sí existieron esclavos durante el dominio español sobre Chile, esta institución más bien puntual, y no tuvo la extensión que alcanzó en otros dominios latinoamericanos. Y huelga decir, la importación de mano de obra negra fue también mínima, al menos en comparación a lo que sucedió en las azucareras de Brasil, o del Caribe. Por lo mismo, a diferencia de otros países hispanoamericanos, la influencia de la cultura africana en la identidad chilena es también muy limitada.

Afrochilenos protestando para obtener su inclusión en el Censo de 2.012 (fuente).
En fecha reciente, los datos del Proyecto ChileGenómico arrojaron algo más de luz sobre el problema de la población africana en Chile. En general, la proporción de genoma africano en la población chilena actual tiende a ser bajo, menos de un 3% en total. Resultaron ser excepcionales La Serena y Coquimbo, con un 4,3%, y el Norte Grande con un 3,7%, lo que es congruente con el hecho de que el grueso de los esclavos negros fueron llevados a las labores mineras de dichas regiones. De esta manera, tanto la sangre africana como la cultura que ellos portaron, tuvo una incidencia minoritaria en la formación de eso que podemos llamar la chilenidad. Bien por ellos, por supuesto.

En esta primitiva sociedad chilena, la Iglesia Católica adquirió un papel fundamental. La razón más obvia, es su rol legitimador: lo que la Iglesia Católica decía que estaba bien, estaba bien, y lo que decía que estaba mal, estaba mal. Así, la Iglesia Católica se transformó en una especie de árbitro no oficial en cualquier potencial disputa dentro de la sociedad chilena, asegurándole así un mínimo de estabilidad. También la Iglesia Católica empezó a hacerse cargo de la enseñanza, actividad en la que va a estar presente hasta el mismísimo día de hoy. En fechas más recientes, la Iglesia Católica acabará siendo de hecho un freno para la democratización de la sociedad chilena, oponiéndose a la igualdad de los hijos nacidos dentro y fuera del matrimonio, al divorcio, al matrimonio igualitario entre homosexuales y heterosexuales... y a que Iron Maiden se presente en Chile porque son una banda satánica.

Pero, mirando a la Colonia, hay también una proyección más cínica y materialista en el rol jugado por la Iglesia Católica, en donde la misma jugó un rol financiero vital. En la época, siendo la Capitanía General de Chile un territorio en general bastante primitivo, no existía todavía un sistema bancario en forma, el cual iba a surgir recién a mediados del siglo XIX. Por tanto, el dinero acumulado no valía de mucho porque no habían mayores posibilidades de inversión. Esto explica en parte que las élites adoptaran la costumbre de concertar con la Iglesia Católica, unos contratos llamados capellanías, que consistían en pagar para la celebración de misas por el descanso del alma del potentado que testara; así, las capellanías se transformaron en una herramienta jurídica que permitió el depósito en manos eclesiásticas, de fortunas estancadas en las grandes familias. Luego, la propia Iglesia Católica invirtió estas fortunas en forma de préstamos a terceros, a veces adoptando como forma crediticia el censo, un contrato por el cual se grava un bien raíz para obtener pagos a través de los frutos que dicho bien raíz produzca; de este modo, los curas pasaron a ser en la práctica el gran banco prestamista de Chile. Esto le dio algo de dinamismo a la entonces muy estancada economía chilena.

Todos estos procesos sociales a través de los cuales iba construyéndose la sociedad colonial, corrían en paralelo a un mayor control del territorio. La relativa disminución del conflicto con los mapuches llevó a varios intentos por expandir todavía más las colonias. Algunos prendieron. Otros fracasaron, e incluso terminaron en tragedias. Todo eso quedará para la próxima entrega, la última por el minuto y hasta nuevo aviso, de esta serie que hemos titulado Los años de Chile, aquí en la Guillermocracia.

La Virgen de la Merced, por José Gil de Castro (hacia 1.815). Para españolización instantánea, ponga un cura en su vida.

domingo, 15 de abril de 2018

Fiebre de "Ready Player One" por la noche: Cuatro décadas os contemplan...

Ah-ah-ah-as-táyinalaif-astáyinalaif-ah-ah-ah-as-tayialaaaaaaaaaiiiiifffff...
Como buen chico que fue testigo presencial de la década de 1.980, era inevitable que vuestro suscriptor acabara viendo en el cine Ready Player One. Se supone que es el regreso de Steven Spielberg a lo grande, al género que le dio sus mayores glorias, la aventura ochentera, después de esa especie de precuela bastarda de Todos los hombres del Presidente que fue la estimable pero algo justita The Post. Es posible que Ready Player One sea la película justa en el momento justo, ahora que la nostalgia ochentera ha alcanzado su paroxismo con cosas como Stranger Things, el remake de It, la nueva temporada de Twin Peaks, o la banda sonora de campy Space Disco que incluyó Thor: Ragnarok. Como sea, salí del cine con una sensación rara. La de haber visto esa película antes. No me refiero al asunto del universo cibernético virtual (Tron, Matrix...) o la distopía futurista (Blade Runner, The Running Man...), sino a algo más en el aire, algo más inasible. Después, por circunstancias de vida, caí en la cuenta. ¡Por supuesto!, me dije. ¡Esta película es una nueva versión de Fiebre de sábado por la noche! Sólo que con videojuegos en vez de música disco, así como Jumanji: Bienvenidos a la jungla de 2.017 es la Jumanji de 1.995, pero con videojuegos en vez de un juego de tablero.

Ahora me toca explicar lo ya dicho, y más vale que rápido, antes de que mis lectores empiecen a elucubrar acerca del calibre del macetero que seguro debe haberme caído en la cabeza. Y eso, explicar lo ya dicho, es lo qué haré en las parrafadas que vienen. Porque tampoco creo que ambas sean realmente la misma película. Es un caso en que los parecidos son iluminadores, pero también lo son las diferencias. Y quizás, sólo quizás, este análisis en paralelo de ambas películas ayude a entender no sólo por qué Ready Player One es una película tan... 2.018, digámoslo así, sino también algo sobre el 2.018 mismo que nos toca vivir. O sufrir. A según. Por supuesto, el presente texto parte de la base que ustedes han visto tanto Ready Player One como Fiebre de sábado por la noche, y por lo tanto, estará trufado de spoilers, incluyendo el final de ambas, y sin previo aviso. De manera que, primero lo primero. Vean las películas. Luego regresan. No se preocupen, los espero.

Recapitulemos. Ambas películas se ambientan en una sociedad distópica. Una Nueva York decadente y pocos años antes de ser tomada al asalto por el Reaganismo, en Fiebre de sábado por la noche, o un Columbus (Ohio) en que el corporativismo ha engullido a la sociedad, en Ready Player One. El protagonista es un joven atrapado en una vida que no lo llevará a ninguna parte, y cuya única fuente de satisfacción es evadirse de la realidad, yendo a la discoteca a escuchar Funky y algo de música latina en Fiebre de sábado por la noche, o metiéndose a la realidad virtual de OASIS en Ready Player One; los medios cambian, pero los objetivos (o la falta de éstos) son los mismos. Poco a poco, gracias a las peripecias de la película, y en particular gracias a sus ganas de darle masculino a la chica compañera de baile en un caso o de videojuegos en el otro, el protagonista comenzará a madurar, y dejará de ser un tontón que no aprovecha a nadie para transformarse en alguien que se toma la molestia de hacerse cargo de la propia vida. Aunque las recompensas son distintas, eso sí, ya que la de Tony Manero, el protagonista de Fiebre de sábado por la noche, es algo más modesta que la de Parzival, el de Ready Player One; el primero se queda con la chica y más o menos se da a entender que se buscará la vida y luchará por su pedacito de American Dream, mientras que el segundo se transforma en el dueño de la corporación más poderosa del planeta, y por tanto, en la encarnación del American Dream a secas. En fin, detalles.

Una de las pistas que me puso en camino a esta comparación, son las críticas que ha levantado Ready Player One entre ciertos sectores. La más común es que se trata de un pastiche de referencias nostálgicas ochenteras. Es el mismo argumento que se utiliza en contra de Fiebre de sábado por la noche, que muy en el fondo sería un pastiche de números musicales. En ninguno de los dos casos, esto es correcto. La verdadera historia de fondo es la lucha de un joven hundido en una distopía, por hacerse cargo de su propia vida. Frente a esto, la música disco en un caso, y el entorno de realidad virtual basado en la cultura pop de la década de 1.980 en el otro, son ambos presentados como puro y simple escapismo para la dureza de la vida cotidiana. En ambos casos, las escenas de marras tienen un valor camp, pero esto es deliberado: la idea es justamente poner sobre la mesa el valor que estas entretenciones tienen como escapismo, pero como un escapismo pasivo, un opiáceo si se quiere. Lo único que vale algo en la vida de Tony Manero es la salida de los sábados a la disco, igual que sólo siendo Parzival en OASIS, Wade Watts puede escaparse del mundo real. Por supuesto entonces que los números de música disco y las escenas en OASIS son camp, y deben ser así: de lo contrario, perderían todo su valor como lo que pretenden ser, o sea, escapismo. Tanto los dueños de la disco, jamás vistos en Fiebre de sábado por la noche, como la gente tras OASIS, se lucran con eso, con ofrecer escapismo, de manera que mientras más camp, más chillón, más desconectado de la realidad cotidiana, mejor para el negocio. Lo que alcanza un valor metatextual para todo el público que ve una película u otra justamente por lo mismo, por el camp, claro está.

¿Rédi, playerguán...?
El camp en Ready Player One está en la acumulación estilo pastiche de referencias. Es como la escena inicial de Toy Story 3 que mezcla vaqueros y Ciencia Ficción sin complejos, o como la totalidad de las películas de Lego que han salido en el último tiempo. En Ready Player One ves al robot de Mobile Suit Gundam peleando contra Mechagodzilla mientras el protagonista maneja el DeLorean de Volver al futuro y la chica usa la motocicleta de Akira, y ante semejante bandeja de fideos revueltos, pues no pasa nada. De hecho, ése es justo el valor de evasión, la posibilidad de mezclar sin límites. No es que sea Ready Player One sea un fanfic mal hecho: es que debe ser un fanfic mal hecho para funcionar como película. Lo mismo que pasa con la música de Fiebre de sábado por la noche, que es un montón de temas de los Bee Gees, más alguna balada, más un poco de música latina, más funky metido con calzador, más Walter Murphy creando remixes de Beethoven y Musorgski, todo lo cual en realidad no junta ni pega, y de hecho la gracia era eso, para darle variedad al soundtrack... pero aglutinado por su valor camp, acabó pegando tanto, que escuchamos este soundtrack cuarenta años después, esta bandeja de fideos revueltos, y la consideramos como un bloque monolítico en lo musical. Por lo ya dicho: porque asimilado todo, queda un pastiche camp, y desde el futuro se lo ve desde esa perspectiva precisamente.

Por supuesto, ahondando más, comienzan a aparecer las diferencias, y con ellas, de manera subrepticia, las diferencias entre la sociedad actual (2.018) y la de hace cuatro décadas atrás (1.977). Una esencial es la familia. Ambos protagonistas se muestran alienados de la familia, pero el retrato que se hace de éstas es muy diferente. La familia de Tony Manero, si bien es difícil de sobrellevar, en esencia es gente bienintencionada, que no termina de comprender por qué Tony Manero no sienta cabeza. Lo que no entienden los mayores de 1.977 es que el entonces joven Tony Manero se ha comprado el sueño americano, y se pregunta por qué no le sucede a él, porque él, verán... se lo merece. En efecto, Tony Manero es casi como una versión prehistórica de los actuales millennials que quieren estudiar algo cortito y fácil y salir al mercado laboral para empezar ganando un millón de dólares, y de ahí hacia arriba, y no entienden por qué la sociedad se ríe en la cara de ellos, como si ellos aparte de ser, digamos, especiales, tuvieran además que demostrarlo, faltaba más. La familia de Wade Watts en Ready Player One, en cambio, es más disfuncional. Sus padres están muertos, de hecho, y su tía, que lo ha adoptado, se mete con un perdedor abusivo tras otro.

De manera muy interesante, en Fiebre de sábado por la noche observamos la brecha generacional entre la generación de la Segunda Guerra Mundial que en 1.977 ya eran maduros padres de familia, plenos de un sentido de la responsabilidad para con la decencia, el mundo y la sociedad, y los baby boomers que después iban a alimentar las filas del Reaganismo liberal corporativo, que hoy en día todavía padecemos. En cambio, en Ready Player One no hay brecha generacional: el mundo entero se relaciona a través de los videojuegos, y en los mismos pueden encontrarse padres e hijos... o padrastros maltratadores e hijastros maltratados. O la realidad virtual como gran nivelador, uno en donde desaparecen las diferencias cotidianas en beneficio de una democracia, o de una meritocracia basada en ser el mejor jugador, aunque una democracia o meritocracia de opereta en que al final no se juega nada que sea socialmente significativo, porque todos los premios son también virtuales, o sea, de mentira. En Fiebre de sábado por la noche, ese gran nivelador es la discoteca, a la que, empero, los mayores ya no tienen acceso; lo más cercano es cuando lo hace el hermano que es sacerdote tránsfuga, y los resultados son tan ridículos como cabe esperar.

También ha cambiado la relación con los amigos. Tony Manero se valida a través de su círculo de amigos. En realidad, todos ellos son unos patanes resentidos porque han sido dejados a la vera del American Dream, lo que los ha convertido en hedonistas e individualistas incapaces de mirar más allá de sus narices. Si pasársela bien significa violarse a una chica que es su media compañera de farras, como en efecto pasa casi al final... bueno, la violan, y ya, qué tanto puede ser el problema. El efecto colateral es que todos los amigos se refuerzan entre sí, y al final, para madurar un poquito, Tony Manero debe en efecto dejar a un lado sus amigos tóxicos. La trayectoria vital de Wade Watts respecto de la amistad es justamente la contraria. Wade Watts, que en efecto parte sin amigos en el mundo real, sólo posee camaradas de combate en la realidad virtual de OASIS, y su proceso de maduración funciona exactamente al revés: debe aprender a socializar, a profundizar sus relaciones con otras personas, y finalmente, hacerse parte de una pandilla que sea la suya propia, tanto dentro del entorno virtual en donde todo son máscaras y mentiras, como en la vida real.

En la disco, esta noche. Groovy.
Todo este proceso de maduración pasa también por una especie de doble identidad. Un tanto aguada en el caso de Tony Manero, eso sí. Porque Tony Manero de día es un perdedor que trabaja como vendedor, un trabajo que es un callejón sin salida, en realidad, mientras que de noche es el rey de las pistas de baile. Tony Manero juega con dos roles distintos, pero éstos no llegan a ser dos identidades separadas. Wade Watts, por el contrario, es un perdedor que, según vemos, ni siquiera parece estudiar o trabajar, en la película por lo menos porque a saber en la novela original; Wade Watts es un sujeto tan anodino que para ser alguien en el otro lado, debe adoptar una identidad distinta, la de Parzival... aunque eso es justo lo que hace todo el mundo, porque OASIS se alimenta de eso, de los perdedores del sistema, lo mismo que la discoteca de Fiebre de sábado por la noche. Por supuesto, un punto importante de la historia es que todos adoptan identidades secretas en OASIS, por motivos de seguridad. Cuando los villanos descubren que Parzival es Wade Watts... pasa lo que pasa. Claro está, hay una diferencia respecto de lo que hay en la estacada: el control del más poderoso universo de realidad virtual en un caso, versus apenas un titulillo en la pista de baile en el otro.

Hasta el momento hemos visto que ambas películas siguen más o menos el mismo patrón, aunque con las consabidas diferencias producto tanto de la temática elegida, música disco versus videojuegos, como la época misma en que cada película fue estrenada. Pero aquí es en donde viene la divergencia más grande entre ambas. Porque en un caso, el triunfo final de Tony Manero pasa por expurgar los elementos más tóxicos de su vida, vale, pero sin que el sistema alrededor cambie en lo fundamental, mientras que en el caso de Parzival, su triunfo final pareciera implicar una revolución que, se supone, debería cambiar el sistema. Es un se supone, por supuesto, porque en un análisis más detallado, parece poco probable que llegue a ser el caso. Veamos esto más en detalle.

En Fiebre de sábado por la noche, el sistema es monolítico. Es tan grande, vasto, enorme e impersonal, que un triste infeliz como Tony Manero consiga llegar a cambiarlo en beneficio de los perdedores, es lisa y llanamente imposible. ¿Cómo podría hacerlo? ¿Acumulando un capital con el cual pueda empezar a hacer activismo social? ¿Votando cada cuatro años? ¿Movilizando a los pobres diablos que son sus vecinos, familiares y amigos? Difícil. Su muy modesto objetivo es ganar un concurso de baile, y de paso, ligarse a la chica guapa que tiene por delante. Al final, todo acaba en lo que acaba. Tony Manero madura, pero madurar significa que, de alguna manera, debe asimilarse al sistema y aprender a vivir dentro de él y con sus reglas, por lo que al final el sistema acaba triunfando, suponemos que triturando las vidas de otros desgraciados que como Tony Manero, pero sin su misma suerte. O sea, al final todo sigue igual. Pero, ¡hey!, todo está bien porque Tony Manero se queda con una chica que está claramente por encima de su nivel, ¿no? Es un final deprimente, si se lo examina bien. Por supuesto, después viene la secuela, la película Staying Alive de 1.983, en donde vemos que Tony Manero sigue siendo el mismo desgraciado de siempre, sólo que ahora lucha por triunfar en Broadway. O sea, Tony Manero sigue ascendiendo en la escala social, pero su proceso de maduración es, cuando menos, atrabiliario, toda vez que se evidencia que el sello para triunfar no es ser buena persona o tener valores, sino eso que alguna vez acá en la Guillermocracia llamamos ser un irresponsable personal, o sea, un tipo que cumple en la parte laboral, aunque sea un cretino como ser humano.

En Ready Player One, las cosas parecen ser distintas, en un nivel superficial por lo menos. Porque en la película, el protagonista de hecho se embarca en una cruzada para impedir que un poderoso gigante corporativo, representante de un capitalismo fordista y deshumanizador, se haga con OASIS. Y lo logra. El mundo, queda implícito, parece haber cambiado. O sea, es una película completamente distinta, ¿no? Sí... pero no. Porque todo parte con un arreglín en la premisa de base. Wade Watts, desde el día uno, jamás ha tenido el poder necesario para cambiar el sistema, y sólo lo logra porque alguien desde arriba, desde el corazón mismo del sistema, ha dejado entreabierta la puerta: el creador de OASIS, una vez muerto, ha dejado un easter egg que le dará a quien lo encuentre, todo el poder de OASIS. Es como Rocky, la película de 1.976, en donde vemos a Rocky Balboa tener su oportunidad en un millón plantándose frente a Apollo Creed, pero en un análisis más detallado, eso es porque Apollo Creed mismo ha dejado entreabierta la puerta, y de hecho, a Rocky Balboa le llega la oportunidad de pura chiripa. Sí, vale, tanto Rocky Balboa como Wade Watts tienen mucho coraje y espíritu, pero uno puede preguntarse qué tan lejos habrían llegado si no hubieran tenido esa ayudita desde arriba... desde el mismísimo sistema al que ellos pretenden doblarle la mano para llegar a ser quienes quieren ser, o sea, los reyes del gallinero, los capos de la famiglia, los Ubermenschen, etcétera. El easter egg es lo que Wade Watts tiene por delante, y Tony Manero no, y eso hace toda la diferencia en cuanto a armar una revolución que cambie a la sociedad, etcétera.

Futurismo distópico devorado por las grandes corporaciones.
También ayuda la relación de ambos con sus chicas. En el caso de Wade Watts, la chica acaba revelándose como una miembro activa de la rebelión. Por supuesto, al comienzo para Wade Watts todo se trata de una búsqueda asombrosa, por ser el mejor, puro espíritu Pokemon aquí. Sin embargo, algo de conciencia social empieza a contagiársele desde la chica, porque si algo nos ha enseñado este subgénero de Hollywood, es que la conciencia social se propaga como enfermedad venérea. En el caso de Tony Manero, la chica no es una rebelde contra el sistema, ni mucho menos. Vale, tiene un cierto nivel cultural, uno bastante superior al bruto de Tony Manero, pero no lo usa para hacer activismo de ninguna clase. De hecho, se revela conforme avanza la película, que la chica hace algo tan poco rebelde contra el sistema, como ofrecer sus activos corporales al macho de turno a cambio de prebendas de orden social, digámoslo más o menos así para que salga con suavidad el asunto.

Por supuesto, los finales son lo que son. Tony Manero se queda con la chica, por un tiempo al menos porque después en la secuela no la vemos por ninguna parte, pero todo alrededor sigue igual e incluso peor, porque pasamos de la década de 1.970 al Reaganismo, mientras que en Ready Player One el protagonista le dobla la mano a la malvada corporación, y el sistema... ¡sigue ahí! Por supuesto, suponemos que los aspectos más desagradables de la corporación malvada, como por ejemplo hacerse pagar las deudas con trabajo esclavo, se han ido por el caño, pero en esencia, el futuro distópico probablemente siga como siempre, porque toda la gente sigue enganchada a OASIS hasta el punto que el protagonista debe hacerles un favor desenchufando el sistema dos días a la semana... ¿Qué ha cambiado realmente? La película quiere hacernos creer que todo, porque han triunfado los buenos, pero en verdad... en verdad... yo me atrevería a decir que, más bien nada. Que OASIS siga existiendo al final de la película es el más rotundo mentís a que la película ha terminado con la prometida revolución social: como decíamos más arriba, OASIS se alimenta de los perdedores del sistema, de manera que una verdadera revolución en forma debería haber transformado a OASIS en algo inoperante.

De hecho, en un nivel metatextual, los finales de ambas películas son similares en un punto: ambos rompen las reglas que han venido planteando a lo largo de todo el metraje, para crear salidas felices que son artificiales, pero a gusto del público que, al final, es quien paga por ver estas películas, y por lo general tiende a no pagar por finales deprimentes. En un final realista, en Fiebre de sábado por la noche no habría manera alguna en que la chica culta e instruida se quede con un bruto infeliz como Tony Manero, que se ha comportado como un chulo desgraciado con ella a lo largo de toda la película... salvo asumiendo que ella está más que un poco tocadita del cráneo y le parece que las relaciones abusivas son lo más normal del mundo, lo que tampoco cuenta como final feliz, bien mirado. Pero al final, ambos se quedan juntos. Y siguiendo con los finales realistas, en Ready Player One el villano tendría a la policía y los tribunales comprados desde el bolsillo, y al último, toda la cruzada emprendida por los protagonistas debería haber sido en vano. O al menos el villano se hubiera quedado de brazos, hubiera declarado perdida la batalla, pero se hubiera preparado para la siguiente, porque los negocios son los negocios y el dinero nunca duerme. Sin embargo, en Ready Player One, vemos que al villano lo arresta la policía, la misma que no hemos visto ni por casualidad a lo largo de una historia en donde los villanos detonaron un barrio entero, o en donde obligan a la gente a pagar sus deudas con trabajo en condiciones de literal esclavitud... Lo ya dicho, no llevemos lo distópico hasta las últimas consecuencias, o si no, nos arriesgamos a que la película no haga caja.

¿Por qué ambas películas son tan iguales, y al mismo tiempo, tan distintas? Cuestiones de género aparte, realismo social mezclado con musical en un caso, y Ciencia Ficción distópica en el otro, creo que es un tema de cómo va marchando la sociedad. Fiebre de sábado por la noche es bastante más pesimista, e incluso nihilista a ratos, mientras que Ready Player One es una distopía, cierto, pero al último, rascando la costra pesimisma por encima, acaba siendo una fantasía optimista y llena de esperanza. Por supuesto, Fiebre de sábado por la noche fue estrenada cuatro años después de Watergate y dos después del fin de la aventura en Vietnam, con la fibra moral de Estados Unidos por los suelos, y en la transición desde el cine pesimista setentero hasta los modernos blockbusters, mientras que Ready Player One es hija de una era diferente, un producto de la Era Trump, pero también de ese cierto candor alrededor de los variados movimientos sociales hoy por hoy en activo. ¿Qué dice la diferencia de tono entre ambas películas, respecto de nuestra época? Dos posibles lecturas al respecto.

How deep is your love.
Una de ellas es la más natural y obvia. O sea, Estados Unidos y por extensión el mundo occidental en 1.977 estaban en un callejón sin salida, el cual llevó de cabeza a esperpentos ochenteros como el Reaganismo, el resurgir de los fundamentalismos religiosos, la ropa femenina con hombreras, y otros horrores varios. Era imposible que Fiebre de sábado por la noche fuera más optimista porque el mundo en sí se veía así de crítico. En cambio, en 2.018, aunque vivimos un período de mareas altas en cuanto a oposición contra los valores racionales, ilustrados o empíricos, también existen poderosas fuerzas sociales movilizándose para defender el legado humanista que nuestra civilización ha construido en el último medio milenio. De este modo, aunque distópica al final, Ready Player One puede permitirse el lujo de tener un tono más optimista y esperanzado, dentro de lo suyo.

La otra interpretación es más apocalíptica, y espero sinceramente que no sea la correcta. Es la posibilidad de que en 1.977, el mundo todavía tenía arreglo. Por eso, Fiebre de sábado en la noche podía permitirse ser cínica e incluso nihilista: porque las audiencias estaban preparadas para eso, y no se les iba a ir a los suelos lo que les restara de moral. Películas así de pesimistas eran soportables porque la gente intuía que todavía se podía hacer algo. En cambio, en 2.018, estaríamos viviendo el principio del fin, luchar por los valores humanistas es una pérdida de tiempo, o peor aún, receta segura para el martirio, y por ende, Ready Player One no puede ser otra cosa sino una parábola optimista y para sentirse bien, porque en estos días, al cine no puede quedarle otra cosa sino ser evasión optimista, un opiáceo, en una era en donde la sociedad democrática ya perdió la batalla contra la irracionalidad y el individualismo egoísta, y lo último que necesitan las audiencias sería una película de realismo nihilista que les recuerde lo muy próxima e inevitable que es la caída en el abismo definitivo. Esta segunda posibilidad, lo reitero, ojalá que no sea la correcta, por supuesto.

Dejo entregado a la recta discreción del espectador, cuál de las dos posibles interpretaciones antedichas es la que tiene más visos de ser la correcta.

Disco inferno versión 1.0. de 1.977.
Disco inferno versión 2.0. de 2.018 2.045.