domingo, 25 de marzo de 2018

Saturados de efectos especiales.


Es privilegio de las nuevas generaciones, el ser iconoclastas respecto del pasado. A medida que la tradición cultural se desarrolla, determinadas obras van siendo reconocidas como aquellos modelos o patrones a seguir, y son consagrados como clásicos dentro de un canon. Pero luego, las nuevas generaciones tienden a rebelarse en contra de ese canon. De manera un tanto justificada, por lo demás. Los cánones son positivos porque enseñan la manera en que debe hacerse arte, aprendida por los antiguos a cuenta de mucho ensayo y error, pero también tienen una faceta negativa: apegarse al mismo esteriliza, encorseta, y en última instancia apaga la creatividad. Es natural entonces que las nuevas generaciones busquen su propia manera de expresarse, acorde a su tiempo y lugar, en vez de limitarse por las reglas consagradas desde antiguo. El sano equilibrio entre ruptura y tradición, es lo que termina por configurar la evolución de un arte que de verdad cumple con su cometido de canalizar las emociones, ideologías y visiones de mundo de su época.

En ese sentido, es natural que las generaciones actuales manifiesten un cierto desprecio o displicencia respecto del llamado cine clásico. Todos conocemos la escena. Los adultos tenemos en alta estima y valoración una determinada película, porque la misma forma parte del canon. Puede ser como parte del llamado cine clásico, o como clásico dentro de un género determinado, o como película de culto, o como la película que nos marcó en la infancia porque en ese tiempo era lo más de lo más, etcétera. Da lo mismo. Lo importante es que esa película tiene un significado y una significación que la convierten en modelo a seguir y admirar. Y esa película se exhibe ante una persona joven, sea un niño o adolescente, y luego de terminada la misma, éste se queda mirando con cara interrogante, al tiempo que suelta un escueto e impertinente: "¿Y por qué me dices que era tan buena?".

Por supuesto, hay varias razones para esto. Puede que la película haya sido rompedora en su día, pero después fue tan imitada, que todo lo revolucionario que tenía se disolvió, y no conserva más que un valor histórico. Que sigue siendo un valor, pero no el principal por el cual el grueso de la gente se sienta a ver cine. Puede ser que se trate del testimonio de una época, y sus preocupaciones y aspiraciones, que ya no importa porque en la actualidad esas preocupaciones y aspiraciones son otras. Puede ser que sea demasiado lenta o teatral para el ritmo cinematográfico actual. O puede ser simplemente que ellos la ven tal y como es, como una película mediocre a lo sumo, mientras que nosotros los adultos la magnificamos por el peso de la nostalgia, que también influye lo suyo en deificar mediocridades, no digamos que no.

Pero puede ser también por un tema aparte, al cual me voy a referir aquí. Se trata de los efectos especiales. Porque una de las principales fuentes, en lo que a desprecio por el cine antiguo se refiere, es lo precario que eran los efectos especiales en otras épocas.

No cabe duda de que hoy por hoy, la industria de efectos especiales ha convertido a los mundos más fantásticos posibles en experiencias casi cotidianas. Ver un personaje interpretado por Andy Serkis con captura de pantalla es sentir que estamos frente a una criatura de carne y hueso, aunque sea Gollum o un mono que habla, y le pasa la aplanadora encima a esos tristes extraterrestres que eran humanos embutidos en un traje de goma, en el cine de hace cincuenta años atrás. Ver el fotorrealismo de una película como Un gran dinosaurio de 2.016 nos hace olvidar que todos esos paisajes son CGI, frente a los precarios efectos especiales por computadora de inicios de la década de 1.980, que es cuando esa técnica empezó a hacer acto de presencia en las pantallas. Los efectos especiales de 2.001: Una odisea del espacio siguen siendo apabullantes e incluso le dan una paliza a muchas películas actuales, pero muy en el fondo, el grueso de los decorados futuristas huelen un poquito a carpintería dentro de un estudio, algo muy diferente a los mundos por animación con computadora que se estilan en la actualidad. Hagan un pequeño alto y pinchen el siguiente video, en el cual vemos ordenaditos los ganadores de los Premios Oscar a los Mejores Efectos Especiales, y sorpréndanse de lo que era considerado como digno de premio hace cuarenta, cincuenta o setenta años atrás, versus lo que se considera digno hoy en día:



Por supuesto, no escribí lo anterior para menospreciar la obra del pasado. Puede que los muñequitos de Ray Harryhausen hoy en día se vean toscos, y sus movimientos sean risiblemente trancados, pero en su tiempo, las técnicas de animación que él usaba eran lo mejor de la técnica de su época. Las maquetas de La guerra de las galaxias de 1.977, que fueron el asombro de su día, hoy en día se nota que son eso, maquetas, pero no por ello deja de ser un trabajo de increíble y minuciosa artesanía; busquen en Google las fotos de cómo se confeccionaron las mismas, y sorpréndanse. Hoy en día es bastante evidente cómo a Christopher Reeves lo filmaron colgado de cables, pero el Superman de 1.978 todavía puede convencernos de que un hombre puede volar, algo que no puede decir por ejemplo los tristes efectos especiales de El Chapulín Colorado, por ejemplo. El problema es que la técnica de punta en su día, hoy en día es tan parte del manual básico, que ya no causa asombro. Hace apenas menos de dos décadas, que pudiera crearse a una criatura enteramente digital como Gollum a partir de las morisquetas de Andy Serkis era un prodigio de la técnica, tanto que fue motivo de reclamo publicitario en su día, pero hoy en día, el grueso de las películas fantásticas o de Ciencia Ficción tienen personajes creados de tal manera, y ya nadie se sorprende por eso.

En cuanto al tema generacional, esto obra en dos direcciones. Para nosotros los adultos, va desde el asombro inicial a la costumbre. Nos maravillábamos cuando la técnica era nueva, pero después la misma se hizo lugar común, fue utilizada en todas partes, y ya ni siquiera pensamos en ésta. Menos de una década después de que Gollum apareciera encarnado por Andy Serkis en los cines, esa misma técnica se usó para varios personajes en Avatar, y nadie se sorprendió por ello; el reclamo publicitario en lo que a efectos se refiere ahora no era ése, sino el 3-D. Para los niños, en cambio, para ellos ya es costumbre porque nacen con ello, y por tanto, ellos van desde la mencionada costumbre hasta el tedio. Y por tanto, remontarse hacia atrás significa volver a la prehistoria de los efectos especiales, lo que es... tedioso, ya lo dije.

Creo que eso obra un efecto importante a la hora de apreciar el cine antiguo. Los niños y adolescentes de la actualidad, al ver una película de hace apenas veinte años atrás, deben hacer el esfuerzo de comprender que en esa época el CGI estaba en mantillas y era inconcebiblemente caro, y por lo tanto, sólo películas muy selectas como Parque Jurásico se merecían ese tratamiento. Apreciar una película de esa época significa entender que Titanic de 1.997, apenas hace veinte años atrás, se rodó en un gigantesco decorado que era absolutamente real, y no frente a pantallas verdes o azules, como se haría hoy en día. Si no se internaliza eso, es muy difícil que lleguen a apreciar ese cine antiguo. O si lo hacen, es con una cierta condescendencia, con una risilla malévola soltada a nuestras costillas, porque les hemos dado otro motivo para pensar que, muy en el fondo, los adultos ya estamos un poco gagás.


Dicho desfase es natural. Forma parte de la condición humana. Nos acostumbramos a lo bueno, y lo damos por sentado. Quejarse de los efectos especiales de ahora es como la gente que protesta porque tiene problemas de Primer Mundo. La chica que se muestra afligida en Facebook porque no sabe qué vestido ponerse para salir a bailar con sus amigotas, hace un ligero ridículo al lado de otra chica de su edad cuyo problema es que no tiene trabajo ni de dónde sacar dinero para, digamos, comprarle comida a su bebé. Pero la drama queen por el asunto del vestido no termina de pillarle el punto porque, rodeada de edredones, le cuesta ver que los dramas del mundo sean un poquito más grandes que los suyos propios. Eso es un poco lo que sucede con quejarse de los efectos especiales actuales. Un mal efecto especial de ahora sigue superior a un buen efecto especial de hace cincuenta años, simplemente por un problema de fuerza bruta: le aplicamos más dinero, poder y técnica a un efecto especial, y tiene que salir algo mejor, aunque no sea todo lo bueno que debería.

Pero también existe otra parte del problema, que va más allá de lo que podemos llamar la condición humana. Tiene que ver con el cómo usamos esos efectos especiales en la actualidad, y eso es un tema completamente aparte.

Todos sabemos que poder hacer algo no significa que debamos hacerlo. Usted puede agarrar un cuchillo e ir a apuñalar a su vecino el que lo miró feo esta mañana, pero eso no quiere decir que deba hacerlo, o que sea ético, o conveniente. Disponer de la técnica no quiere decir que tengamos patente de corso para usarla.


Desgraciadamente, en la industria de los efectos especiales parecen entenderlo de manera diferente. Ya lo decía más arriba: un mal efecto especial con la capacidad de ahora, sigue siendo mejor desde un punto de vista técnico, que un buen efecto especial de los antiguos, o que una escena sin efectos especiales. Es como la teoría de la pizza: la pizza más mala sigue siendo mejor que, digamos, un plato de berenjenas, y desde luego que es mejor que no tener un plato de comida en lo absoluto delante de uno. ¿Y qué puede ser mejor que un buen o un mal efecto especial de ahora? Pues... dos buenos o malos efectos especiales de ahora. O tres. O cinco. O veinte. O por qué detenerse ahí: trufemos la película entera de efectos especiales, para asombrar al público por la vía fácil y llenarnos los bolsillos de dinero, de paso.

Hoy en día, mucho del cine fantástico y de Ciencia Ficción funciona por saturación. Es una espiral de nunca acabar. Los productores saben que esas películas son rentables, así es que las producen. Pero sólo son rentables si tienen muchos efectos especiales, para hacer creíble el mundo en el cual se ambientan. Así es que deben meterle efectos especiales. Pero eso encarece los costos de producción, por lo que más vale que la película sea un éxito seguro, y para lograr esto... deben meter más efectos especiales. Lo que encarece la película todavía más. Lo que obliga a meter más efectos especiales... Multiplíquese esto por todas las películas que producen todos los estudios en un año calendario, y lo que se tiene es una carrera desaforada por producir el fondo por computadora más natural, la mejor captura de gestos del rostro, los escenarios más psicodélicos, las explosiones más realistas, todo en base a efectos especiales sobre efectos especiales sobre efectos especiales.

Y esto produce a su vez una consecuencia sobre el público. Este no solamente se acostumbra, sino que además, se acostumbra cada vez más rápido. El público ya no se sorprende. ¿Y qué ámbito de la experiencia humana sufre lo más con esto? Exacto: la apreciación de las películas antiguas, que carecían de efectos especiales, o que teniéndolos, eran tan primarios que apestan, para los estándares de hoy en día, por mucho que en su tiempo hayan sido la punta de lanza en la materia.

Lo que es triste si se piensa en lo mal que se ven muchas cosas antiguas si mejoramos sus efectos en la actualidad. Yo por lo menos soy de los que prefieren la Trilogía Original de Star Wars en su versión no modificada por efectos especiales, y otro tanto con Viaje a las Estrellas, la serie original de 1.966; los efectos podrán ser más primarios que los actuales, pero son coherentes, y cuando se ponen a retocarlos, lo que queda es un pastiche de modernidad y tradición que hace maravillas por sacarlo a uno de la inmersión que, se supone, debería crear la historia en el espectador.


Los efectos especiales no son negativos de por sí. Bien empleados, hacen maravillas por potenciar una historia. El problema surge cuando los efectos especiales en sí, se transforman en el arma de venta. Porque de cara a los niños y jóvenes, termina enseñándoseles que la mejor película es la que tiene los mejores efectos especiales, en vez del mejor argumento, la mejor hilación lógica, los mejores personajes, los mejores diálogos, etcétera. Y cuando esos mismos niños y jóvenes vuelven hacia el pasado, hacia las películas antiguas o clásicas que tienen efectos especiales más misérrimos porque era todo lo que había en su tiempo, no pueden menos que pitorrearse en el resultado.

Lo que es una lástima, porque en buena medida, el cine clásico lo es porque los cineastas en esa época debían hacer maravillas por suplir la limitación de efectos especiales. Si no había manera de lograr que la criatura fuera creíble desde un punto de vista visual, entonces había que aguzar el ojo para poner la cámara en el mejor lugar posible, trabajar la iluminación del modo más potente, crear buenos personajes, escribirles buenos diálogos, etcétera. Un ejemplo de manual es Tiburón. Mucho del suspenso de esta película de 1.975 radica en la decisión consciente de Steven Spielberg de mostrar lo menos posible al escualo... porque el bicho mecánico era tan ridículo y difícil de trabajar, que Spielberg entendió que engendraría más miedo manteniéndolo oculto que mostrándolo. Otro caso antológico es Ray Harryhausen, cuyo laborioso stop-motion aún así dejaba que desear, pero lo compensaba trabajando a las criaturas hasta convertirlas en seres muy carismáticos, que a veces actuaban mejor que los propios actores de carne y hueso, a pesar de ser meras figuras de plasticina. Otro ejemplo de manual, pero en dirección contraria, es la Trilogía Original de Star Wars. George Lucas tuvo que resignarse a no meter tales o cuales escenas o efectos especiales porque la técnica de la época no permitía hacerlo con verosimiltud, y le quedaron tres películas muy redondas en lo visual; salto en el tiempo de un par de décadas, la técnica avanzó, George Lucas decidió pulir algunos efectos especiales e introducir escenas adicionales, y el resultado fueron tres películas revisadas y descompensadas en las cuales se nota la diferencia de técnica entre las dos décadas, y que por tanto, acabaron siendo ligeramente inferiores a las originales en el plano visual.

En definitiva, sigue vigente el viejo principio de que más no siempre significa mejor. Más efectos especiales no hacen necesariamente una película con más sentido de la maravilla. Por el contrario, pueden producir costumbre en el público, y con eso, anular el sentido de la maravilla que puedan tener otras películas más antiguas y por tanto con más limitaciones técnicas, e incluso la misma película de la actualidad, cuando pase el tiempo y ésta deje de ser actual, perdonen por la obviedad. Y creo que ésa es una calamidad entre los niños y adolescentes actuales, los nacidos en la década de 1.990 y adelante, es decir, aquellos para quienes el cine de su infancia es contemporáneo al levantamiento de los efectos especiales por computadora, tal y como se los concibe hoy en día. Frente a esto, el único remedio posible parece ser el de siempre: educación. Es decir, enseñar y explicarles a los chicos que las películas antiguas tenían los efectos que podían permitirse por presupuesto y nivel de desarrollo técnico de la época. Y además, que los efectos especiales son una parte del disfrute de la película, pero que no sustituyen a otros elementos igual o más valiosos, como por ejemplo un buen argumento con buenos personajes. No se nace con buen gusto después de todo, sino que como muchas otras cosas, éste debe refinarse a través de la cata prolongada de cosas buenas. Como las películas antiguas que, por sus valores fílmicos, con o sin efectos especiales, se transformaron en clásicos, por ejemplo.



3 comentarios:

Renzo Ac dijo...

Me pasa lo contrario a lo que describes que ante tanto exceso de efectos especiales tengo que hace un esfuerzo muy grande para creerme lo que estoy viendo porque luce demasiado perfecto. Es por ello también que valoro mucho aquellas películas de antes y de ahora que hacen uso justo de los efectos especiales combinándolos de manera adecuada con aspectos no generados por computadora (decorados, escenarios, maquillaje, etc.), lo cual se nota mucho y en mi opinión envejecen mucho mejor que muchas películas donde todo es efectos generados por computadora.

murinus2009 dijo...

Esta Entrada me recuerda cuando alguien me comento:
"si lo que puedes decir de una pelicula es tiene buenos efectos especiales, es que es mala".

Es totalmente cierto lo que dices Guillermo, sin un equilibrio entre Buena historia, actuaciones y los justos efectos especiales... o a veces sin efectos especiales, por ejemplo: Dogville, ni siquiera tenia escenografia, el pueblo estaba, literal, pintado en el suelo y creo que fue una cinta con historia que entretiene al menos a mi.
Con puros efectos especiales la experiencia se vuelve un fastidio, en lo personal de los, Transformers, solo me quedo con la ,1 el resto no las vería creo que es correcto cuando le llaman cine porno-explosiones.
Ya en tiempos pasados historias que se apoyaban en sus efectos especiales, solo, fueron un fracaso
Final Fantasy
Capitan Sky y el Mundo del Mañana

Algunas historias si les quitas los efectos especiales, no queda nada de ellas
como Harry Potter o los mismos Transformers.

El justo medio o la, Zona Ricitos de Oro, me gusta decirle, son cintas como:
-La Guerra de las Galaxias.
La trilogia original sin retoques noventeros que nada aportan.
-Terminator

Personalmente busco en una película:
Entretenimiento
Buena elaboracion; histora, guion, actuaciones, produccion.
Escenas memorables.
Cuando se pasan de efectos creo que se pierde lo anterior.

Que a los jóvenes actuales sea imposible llamar su atención sin explosiones cada 10 segundos, es un problema quizá sin solución, muchos van al cine a...jugar y deslumbrar a los demás con su Smartphone o platicar toda la cinta.

Por lo pronto tus teorías Guillermo, son correctas, la huida es hacia el frente:
La anestesia del publico exige mas efectos...
Que a su vez producen mas adormecimiento, que a su vez...
Exige mas efectos y...
Vuelta a comenzar
Supongo que una opción sera crear 2 tipos de cine:
Uno basado en buenas historias, presupuestos medidos y los efectos necesarios para la historia.
Y otro basado en embotar mas y mas los sentidos, hasta que se llegue a un punto en que la gente se muera, literal, de tanta emoción o le den convulsiones.

Buena Entrada para pensarla y retomarla.

Hasta pronto.

Martín dijo...

Por eso nunca dejo de asombrarme con Depredador (la única e irrepetible), ya que tiene todo lo que dice Murinus, más efectos que todavía hoy se ven buenos, y sin pasarse.

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