miércoles, 7 de marzo de 2018

Los años de Chile (2) - Invasores desde el norte.

La expedición de Almagro, pintura por Pedro Subercaseaux.
Los pueblos de lo que era el centro y sur de Chile vivían más o menos a su aire. Distinta era la situación de los pueblos en el norte, que desarrollaron características distintivas propias. Hablamos principalmente de los atacameños y diaguitas. Y esto por una razón: desde muy antiguo, estas tribus se vieron sometidas a la irradiación de las civilizaciones que surgían en el lejano norte, en lo que actualmente es Perú. Por lo tanto, atacameños y diaguitas eran más afines a los pueblos que habitaban lo que hoy en día es el norte de Argentina, y el Altiplano boliviano, que a las tribus mapuches ubicadas más al sur. La comparación de piezas arqueológicas en estas regiones ha permitido rastrear la existencia de rutas comerciales entre las regiones antedichas, cruzando la Cordillera de los Andes, y los resultados del Proyecto ChileGenómico han confirmado cruces de población entre dichos territorios.

Parece ser que, entre tres y cinco siglos antes de la llegada de los españoles, tanto atacameños y diaguitas recibieron un fuerte influjo de la cultura de Tiahuanaco. Los atacameños en particular habitaban en los oasis del Desierto de Atacama, o en los faldeos precordilleranos. Con el paso del tiempo, esta identidad económica y cultural facilitó su asimilación dentro del Imperio Inca, ya en el siglo XV. La llegada de los españoles, por supuesto, no les sentó nada de bien. Los atacameños fueron exterminados hasta que su propio idioma, el kunza, ha caído en un estado de... Digámoslo así. El censo chileno del año 2.002 registró 21.000 hablantes, pero ninguno como primera lengua, por lo que nadie tiene la seguridad de que como ellos lo hablan, así se pronunciaba el kunza clásico. Existen algunos diccionarios preparados por eruditos en la época, pero eso es todo.

En cuanto a los diaguitas, fueron una cultura que en Chile desarrollaron jefaturas o señoríos en parejas: dentro de un mismo valle, un señor gobernaba la sección costera, y otro la sección cordillerana. Poseían complejos sistemas de regadío, y desarrollaron el embrión de una civilización urbana. Un primer golpe lo recibieron con la invasión de los incas. Pero el verdadero impacto fue la invasión española. Los españoles lideraron varias guerras de exterminio contra los diaguitas, que duraron desde el siglo XVI hasta la segunda mitad del XVII, y que remataron con la extinción completa de los diaguitas en Chile; sólo del lado argentino quedan quienes se identifican como tales. El idioma diaguita, por su parte, hoy en día está por completo extinguido: no quedan hablantes, ni tampoco textos de estudio, diccionarios, o gramáticas, que nos permitan hacernos una idea acerca de él.

Por supuesto, no son los únicos pueblos prehispánicos en Chile. Ahí están también los changos, pueblos costeros que construyeron pintorescas canoas con pieles de lobos marinos para salir a cazar pinípedos y cetáceos en mar abierto. O a las momias chinchorro en las cercanías de Arica, varios miles de años más antiguas que las momias egipcias. O a la civilización de Isla de Pascua, generalmente incluida en los manuales de Historia de Chile, en particular aquellos destinados a los estudiantes, aunque Isla de Pascua fue recién anexada a Chile en 1.888, y además, los propios pascuenses no siempre se sienten demasiado chilenos que digamos. Pero sí hay un evento histórico que no podemos dejar afuera: nos referimos a la invasión incaica que se produjo en algún minuto de la segunda mitad del siglo XV. Dicha invasión fue la primera vez que un Estado centralizado impuso su dominio en la región; al Imperio Inca seguiría el Imperio Español, por supuesto, y el Chile independiente después.

Indios atacameños en un dibujo de 1.875, basado en una fotografía de la época.
En el año 1.438, el Sapa Inca llamado Viracocha, instalado en la ciudad quechua de Cuzco, rechazó la invasión militar de unos pueblos amazónicos llamados los chancas, e inició una imparable expansión militar, la que acabó creando el Imperio Inca. Uno de sus sucesores, Túpac Yupanqui, que gobernó al Imperio Inca entre 1.461 y 1.493, en alguna fecha indeterminada ordenó la invasión del territorio que hoy en día llamamos Chile. Las tropas incas lograron cruzar el Desierto de Atacama de norte a sur, probablemente por los faldeos precordilleranos, sometieron a los pueblos diaguitas e instalaron curacas sobre ellos para gobernarlos, y luego asentaron sus reales en lo que hoy en día son los valles de Aconcagua y el Mapocho, o sea, lo que actualmente es Quillota y Santiago. Pero cuando intentaron ir más al sur, a la altura del río Maule, se toparon con una fiera resistencia por parte de los mapuches. El territorio en sí, tenía más bien pocas riquezas, más allá de la agricultura y algunos lavaderos de oro, de manera que los incas parecen haber juzgado como poco productivo el seguir expandiéndose. Así, la frontera militar sur del Imperio Inca quedó más o menos establecida en el río Maule.

A pesar de que el dominio inca sobre más de la mitad del actual territorio chileno se prolongó entre cuarenta y ochenta años, según cuándo datemos su invasión, lo cierto es que lo desconocemos casi todo sobre la materia. Los incas desconocían la escritura, como no contemos con los famosos nudos quipus que usaban para la contabilidad, y por tanto no escribieron libros de Historia. Una de las principales fuentes de historia incaica, los Comentarios Reales de Inca Garcilaso de la Vega, vinieron a ser escritos recién en el siglo XVII, o sea, casi cerca de una centuria después de la caída del Imperio Inca. La arqueología tampoco ayuda. Sólo en fecha muy reciente, en 2.012, los arqueólogos chilenos Rubén Stehberg y Gonzalo Sotomayor sistematizaron la información arqueológica disponible y postularon de forma seria que, en efecto, Santiago de Chile habría sido fundada encima de una ciudad inca preexistente, y cuya existencia los españoles silenciaron. Por supuesto, tal situación no me pasó desapercibida, y aproveché de incorporarla en Corona de Amenofis: Arquitectura Oculta, la miniblogoserie que publicamos hace algún tiempo atrás en la Guillermocracia. ¿Autobombo descarado? Por supuesto. Yo me estoy tomando la molestia de escribir esto por gratis, así es que, alguna recompensa debo tener por ello, ¿no?

La historia de los incas y los mapuches tiene una cierta semejanza con la de los romanos y los germanos, o la de los vaqueros y los apaches. Es decir, gentes de un mundo civilizado que se encontraron con tribus bárbaras en territorios demasiado difíciles para ser explotados, por lo que debían sentar una frontera militar con cadenas de fortificaciones limítrofes, y suspirar con resignación ante los eventuales ataques de bárbaros tentados por rapiñar en las más ricas culturas de las ciudades. Sin embargo, en el caso incaico, hubo un giro inesperado: la llegada de los europeos que reemplazaron a los incas. Algo que es como si en las historias de civilizados romanos versus bárbaros germanos, de pronto el Imperio Romano hubiera sido conquistado por alienígenas que hubieran seguido la guerra contra los germanos. Como planteábamos en ¿1.492: Los amerindios a la conquista de Europa? acá en la Guillermocracia, los europeos tomaron la cabeza de la civilización y conquistaron a los imperios de América, y no al revés. En el caso del Imperio Inca, un expedicionario llamado Francisco Pizarro se apareció por la ciudad incaica de Cajamarca, y allí capturó a Atahualpa, el Sapa Inca o señor supremo del Tahuantisuyo. Corría el año 1.532.

Como socio de Pizarro venía otro personaje llamado Diego de Almagro. Sucedió lo que de costumbre: ambos eran uña y mugre siendo pobres embarcados en una empresa común, pero ahora, ricos y famosos, comenzaron las pendencias porque cada uno quiso ser más que el otro. Teniendo en consideración una repartija que hizo el rey Carlos I de España entre Pizarro y Almagro, el segundo decidió marchar hacia las tierras que el monarca le había adjudicado. Las cuales eran el actual territorio chileno. Por supuesto que Carlos I de España, ni vendría nunca a América, ni tampoco había tenido un maldito mapa a la vista, por lo que su partición es bastante artificiosa, apenas una línea recta trazada sobre algún paralelo en el mapa, y asunto cerrado. Ni qué decir que con el tiempo, estas delimitaciones hechas con regla, pero también con desconocimiento absoluto de la geografía sudamericana, estaban destinadas a ser ignoradas y olvidadas. El caso es que, en 1.535, Diego de Almagro salió desde Cuzco al mando de su propia expedición de exploración, conquista y colonización, con rumbo a las tierras australes del Imperio Inca, o sea, a lo que actualmente es el centro de Chile.

El descubrimiento del Estrecho de Magallanes, pintura por Alvaro Casanova Zenteno.
En los textos históricos chilenos, en particular los destinados a escolares, suele mencionarse a Hernando de Magallanes como el primer europeo en visitar el territorio chileno. Esto es técnicamente correcto, pero debemos tomárnoslo con un grano de sal. Magallanes zarpó desde España en 1.519, dispuesto a buscar un paso entre el Océano Atlántico y el Pacífico; su cometido lo consiguió al descubrir el hoy llamado justamente Estrecho de Magallanes. Tal evento aconteció en 1.520, o sea, quince años antes de la partida de Almagro desde Cuzco a Chile. Sin embargo, en vez de explorar el territorio chileno, Magallanes siguió atravesando el Océano Pacífico. De Chile, los españoles no volvieron a enterarse de nada durante década y media. El único aporte magallánico a la nacionalidad chilena, aparte del topónimo del estrecho, fue haber llamado patagones a los nativos que encontró en la región, porque tenían los pies grandes, en su concepto. Por suerte que tenían grandes los pies, y no las narices, porque llamar Narigonia a esa región habría quedado algo ridículo. Así es que, la primera incursión europea que de verdad tuvo algún efecto en lo que después iba a ser el territorio chileno, fue la de Almagro.

En 1.535, decíamos, Diego de Almagro salió con rumbo a Chile. Como ruta, eligió marchar por lo que actualmente es Bolivia y Argentina, y luego cruzar la Cordillera de los Andes de este a oeste. La empresa fue increíblemente penosa, y Almagro estuvo a punto de tirar la esponja, pero del otro lado, una avanzada de exploradores le reveló la existencia de una colonia indígena. De manera que ahí se dejaron caer, sin invitación previa, claro. El lugar fue bautizado como San Francisco de la Selva de Copiapó, nombre irónico para cualquiera que conozca esos contornos, porque hoy en día, la ciudad de Copiapó es un desierto y no una selva, aunque era un tanto más boscoso en el siglo XVI. ¿Qué sucedió de por medio? Simple. La región alrededor de Copiapó experimentó un enorme auge minero en el siglo XIX, la que precisaba altos hornos, los cuales fueron alimentados con la madera de los árboles alrededor; así fue arrasado el bosque de una región entera, hasta convertirlo en el erial que es en la actualidad. Viva la libre empresa.

En Copiapó, Diego de Almagro celebró la que es considerada la primera misa en Chile. Esto a su vez inspiró un cuadro muy bonito del infatigable pintor chileno Pedro Subercaseaux, uno de los grandes en eso de plasmar momentos históricos chilenos en óleo. Corría el año de 1.536, y Almagro estaba listo para seguir más hacia el sur. Pero las cosas no salieron todo lo bien que se esperaban. Almagro vagabundeó de un lado para otro, envió exploradores que no reportaron nada demasiado bueno, tuvo algunas refriegas con los indígenas, y casi no encontró riquezas. Desilusionado, en 1.537 emprendió el viaje de regreso a Perú. Ahora decidió no volver a gastarse cruzando los Andes, y eligió el camino por los faldeos precordilleranos. La empresa fue increíblemente penosa, otra vez. Almagro y los suyos regresaron tan harapientos, que los españoles en Perú comenzaron a referirse a ellos por sus ropas rotas; de ahí, según algunas versiones (no todas, valga la aclaración), derivaría el sobrenombre de roto que se le aplica al populacho y las clases bajas chilenas.

La primera misa en Chile, óleo de 1.904 por Pedro Subercaseaux.
Almagro iba de mal en peor. Había quedado de segundón en la conquista del Tahuantisuyo, se dio un viaje por el territorio chileno que resultó de balde, y ahora, si quería ser realmente el jefe de jefes, no le quedaba más que emprenderlas contra Pizarro en una guerra civil. La misma duró cerca de diez años, y se llevó por delante a Almagro primero, que acabó ejecutado en prisión por el garrote vil, y luego a otros notables: su hijo ilegítimo Diego de Almagro el Mozo, el propio Francisco Pizarro mismo, que se lo cargaron algunos almagristas felices de vengarse en contra suya, y al último Gonzalo Pizarro, hermano del anterior. En 1.548 se impuso Pedro de la Gasca en el Perú, y con él, todo el poder de la corona hispánica, terminando así la guerra civil. Pero debemos mencionar que en la primera fase de esta guerra, la de Pizarro contra Almagro, se destacó un capitán llamado Pedro de Valdivia. Gracias a la conquista del Tahuantisuyo y a ubicarse en el bando de los vencedores, Valdivia acabó increíblemente rico: de hecho, se le adjudicó el dominio de una mina de plata. Pero él quería más.

De manera que Valdivia pidió permiso a Francisco Pizarro, entonces todavía vivo, para marchar al territorio chileno. Todo el mundo lo miró como si se hubiera vuelto loco. Y así parecía, considerando las noticias nefastas que se tenían de Chile. Pero Valdivia vendió su mina para financiar la expedición. Finalmente en 1.540, con la venia de Pizarro, emprendió la marcha. Siguió más o menos la misma ruta del regreso de Diego de Almagro, o sea, por los faldeos precordilleranos del Desierto de Atacama. No lo olvidemos, éste es el más árido del mundo, por lo que enfrentársele no es reto menor. Pero Valdivia y los suyos, más algunas huestes que se le unieron en el camino, y su amante Inés de Suárez, llegaron finalmente hasta el Río Mapocho. El día 12 de Febrero de 1.541, en la ribera del Río Mapocho, Valdivia fundó la ciudad de Santiago del Nuevo Extremo, hoy en día Santiago de Chile, y con ello, el Imperio Español había llegado a territorio chileno para asentarse de manera definitiva en él.

En primera instancia, los nativos chilenos recibieron a Valdivia con amabilidad. Es posible que los haya amansado de manera previa el dominio inca, por lo que para ellos, recibir a los españoles representaba apenas un cambio de amos. Pero pronto las relaciones entre españoles e indígenas se volvió más tirante. Parece ser que los españoles tendían a ser un tanto abusivos en el trato, y los indígenas se tomaron muy a mal que los huéspedes se comportaran como señoritos caprichosos y abusivos. Encabezados por el jefe Michimalonco, y aprovechando que Pedro de Valdivia había marchado a explorar, se dejaron caer por asalto en Santiago. Los españoles tenían mejor tecnología y además estaban curtidos en mil peripecias que incluían el cruce de un océano y el descenso por toda Latinoamérica. Pero los indígenas eran superiores en número, y además jugaban de local. Corría el mes de Septiembre de 1.541, y para cualquiera que observara la batalla, bien podía dar la impresión de que este segundo intento de colonización hispánica estaba destinado a fracasar apenas unos meses después de haber comenzado... Pero lo que sucedió después, quedará para la próxima entrega de esta serie que hemos titulado Los años de Chile, aquí en la Guillermocracia.

La fundación de Santiago, óleo por Pedro Sub... por Pedro Lira, es la costumbre, perdón...

2 comentarios:

Gaby Fonseca dijo...

Lei el primer articulo pero no lo comente, y ahora leo este. Asi deberian de venir los textos de historia escolares ^^ menos la parte del chiste de los pies y la nariz OH NO PORFAVOR jajaja malisimo! todo lo demas, sublime, como siempre, Sr. Guillermo.

Saluditos y espero volver a leer cotidianamente el blog

Seanna dijo...

Pero, si es cierto que hay una gran posibilidad de que Santiago fuera fundada sobre una ciudad inca preexistente, por qué los españoles no la mencionaron? Digo, no es como si en sus anteriores conquistas se hubieran mordido la lengua para narrar lo sucedido.

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