miércoles, 14 de marzo de 2018

En Chile - "Hogar".


Habían pasado un par de días desde que Diego hubiera sido detenido por rehusarse a acompañar un asado con choclo. Por supuesto, después de la caída en desgracia de Diego, ni Pedro ni ninguno de los restantes personajes que podían haberse interesado por él, había hecho acto de presencia. En términos muy sumarios, Diego había sido llevado a la presencia de un ministro de Corte de Apelaciones, siguiendo el procedimiento establecido para la Justicia Militar en tiempos de paz, y acusado de cometer el delito contemplado en el art. 6° letra b) de la Ley 12.927 sobre Seguridad Interior del Estado.

Como recién llegado desde Noruelandia, Diego no conocía a nadie en Chile, de manera que se le había asignado un abogado defensor de oficio. El personaje se llamaba Onofre, y era un chico joven, no mayor que la treintena, con el rostro perdonavidas propio de alguien enchufado mediante conexiones. Diego no lo sabía, pero nosotros sí y por eso lo comparto con ustedes, que este abogado había estudiado en una universidad privada de bajísima estofa, que bajo las políticas liberales implantadas en Chile se había fundado para dictar clases elementales, rendir pruebas fáciles, y cobrar mucho por matrícula y arancel, de manera que sus alumnos pudieran esencialmente comprar su cartón de abogados. ¿Y quién en su sano juicio objetaría esto? Los alumnos o sus apoderados desembolsan un dineral para que el nene se titule de algo, la Universidad cumple con no reprobarlos, y al final, todos felices y contentos. Los únicos que pierden son los futuros clientes de esos abogados, dejados en el desamparo por la falta de conocimientos elementales de Derecho o de cualquier clase por parte de estos sujetos, pero, ¡hey!, economía de libre mercado, obtienes lo que puedes pagar, y si no puedes pagar, esfuérzate más, so flojo, que para eso vives en una sociedad liberal. Hay gentes que critican esto como indecencia pura y dura, pero la decencia no se cotiza en Bolsa, por supuesto, en una sociedad de libre mercado como Adam Smith manda.

El caso es que el abogado defensor de Diego, algo sabía sobre el asunto, no porque fuera estudioso, ya que Onofre no sabía ni siquiera distinguir a primera vista el Código Civil del Código Penal, ya que leía a tropezones y tanto “civil” como “penal” son palabras de cinco letras cada uno, de manera que ni por contar el número de las susodichas letras. Pero tenía el teléfono de algunos personajes que habían estudiado en universidades públicas, que por lo tanto algo más sabían, no mucho más tampoco pero sí lo suficiente, y a cambio de prometerles favores futuros, conseguía que le soltaran un poco de información, como por ejemplo, en qué se diferencia el procedimiento civil del proceso penal. Por suerte tenía una versión actualizada y en PDF del Código Procesal Penal en el tablet, porque se había equivocado al salir corriendo atrasado de casa, y había echado el ahora derogado Código de Procedimiento Penal en el bolso.

El caso es que Onofre había alegado, un poco por instinto, que la ley castigaba a “los que ultrajaren publicamente la bandera, el escudo o el nombre de la patria”, y Diego no había ultrajado a ninguna de las tres cosas, sino a la ensalada de choclo y a la señora que la parió, quiero decir, que la cocinó, perdón por el lapsus. Pero le habían respondido que la negativa injustificada a comer un alimento folclórico patrio constituía un ultraje al nombre mismo de la patria, que está constituido no solamente por la expresión “Chile”, sino por todos otros aquellos elementos propios de la más rancia tradición nacional, como por ejemplo el asado dominguero, el vino bigoteado, las mujeres hipergámicas o los patanes que llegan media hora después y se van media hora antes del trabajo.

– ¿Ni siquiera porque el maíz… choclo… es forraje para caballos? – preguntó Diego, sorprendido por el curso que estaban tomando los acontecimientos.

– Genial, ahora está insultando a los caballos – dijo Onofre para sí, agarrándose la cabeza con las dos manos. Era un ignorante en cuestiones jurídicas, pero sobre seguir a la mayoría y carecer de opiniones propias, como buen chileno de eso sabía un resto.

Finalmente, el ministro de Corte de Apelaciones acabó por dictar orden de arraigo para que Diego no se marchara del país. Estuvo a punto de decretar su prisión preventiva, pero lo invadieron segundos pensamientos. El imputado era ciudadano extranjero, pero no lo era de alguna asquerosa república bananera que estuviera enviando refugiados a Chile, sino de Noruelandia, un país nórdico y de tradición aria, o sea, una nación respetable. No era de recibo un conflicto diplomático, así es que decidió dejarlo en libertad. No sin antes embargarle todo lo que pudieran ser cuentas bancarias, sólo por si acaso. Y decretar prohibición de celebrar actos y contratos sobre la casa que Diego tenía en el país, para que hubiera dinero con el cual responder, si es que alguien decidía presentar una demanda civil por daños y perjuicios en contra de Diego.

Terminada la audiencia, Diego marchó hacia la casa que, con la muerte de su padre, ahora era de su propiedad. La misma que Pedro había estado arrendando, se suponía.

Se sintió un poco más aliviado cuando descubrió que el barrio era bueno: casas más o menos limpias y decentes, árboles podados, vecinos con rostros más o menos amables, tanto como podía esperarse de un chileno. Se sintió menos aliviado cuando descubrió que, a la distancia, su casa destacaba entre todas las vecinas porque lucía estropeada y desarreglada, con la pintura y el barniz cuarteados, y lleno de rayados en las paredes.

Al acercarse a la puerta de calle, Diego descubrió que la misma estaba sin cerradura. Alguien había desmontado la chapa. Había un trecho de jardín entre la reja de calle y la casa misma; en el segmento intermedio habían árboles medio secos, y hierba crecida. Podía olerse también un aroma bastante espeso a marihuana.

Después de aguzar el oído y no escuchar ningún ruido, entró. La puerta de la casa estaba abierta de par en par. Antes de ingresar, Diego vio como un perro flaco y con arestín, salía corriendo con el susto pintado en los ojos y sin dejar de mirar al recién llegado; el quiltro huyó a escape por la reja de calle y arrancó a perderse.

Dentro de la casa, Diego vio como las paredes estaban todas pintarrajeadas, y llenas de manchas de posible y asquerosa procedencia orgánica. Descubrió la presencia de varios cuerpos humanos tirados, a saber si vivos o muertos. Había un olor espeso a muchas cosas, todas ellas desagradables y en revoltijo: marihuana, orina, vómito, heces. Y botellas de alcohol, entre vino, cerveza y otras cosas, muchas botellas de alcohol, realmente un mar de botellas de alcohol.

– Oigan… Hola… – saludó Diego. – Oye, mira, resulta que… Oigan…

Algunas cabezas se levantaron tímidamente, con algo que podía ser resaca alcohólica, sueño, o simple desinterés.

– Les voy a pedir que se vayan, porque, verán… yo soy el dueño de casa aquí, vine para hacerme cargo de la casa, y…

– ¡Oye, hueón de mierda, por qué no dejái dormir! ¿No cachái que son las once de la madrugá?

– ¿Las once, hueón? – preguntó otro, con evidentes signos de cruda alcohólica. – Puta, hueón, ni me avisaste, tenía que estar a las ocho en la hueá esa del trabajo.

– Oye, Machuca, ya que voh trabajái como guardia ‘e seguridá… ¿Por qué no sacái cagando a este hueón, que está puro joteando el mierda?

Machuca se levantó. Era un tipo grande, un tanto obeso, no la clase de persona que pudiera ser fácilmente derribada de un puñetazo.

– A ver, hueoncito, anda saltando ‘e aquí, ¿cachái? Somos gente decente, hueón, queremos dormir, así es que, córrase pa’llacito y no huevee más…

– Mira, yo soy el dueño ‘e casa, y…

– ¡Nadie es dueño ‘e na’, hueveta! – gritó otro más allá. – ¡Asqueroso cerdo burgués imperialista! ¡La propiedad es un robo! ¡Muerte al capital!

– Mira, hueón, la casa es nuestra, ¿cachái? La casa es nuestra y la hacen los pueblos – dijo Machuca. – Así es que, agarrando viento hueón, ya, ya, lárguese de aquí…

– ¡La casa no es nuestra! – gritó el proyecto de anarquista/socialista/comunista/quiénsabequéista por segunda vez. – ¡Nadie es dueño ‘e na’, hueveta! ¡La propiedad es un rob…!

– ¡Bradpí, callao hueón con tu hueá comunista! – interrumpió Machuca, y luego, volviéndose a Diego, volvió a hablar: – ¿Quirís que te meta un combo, culiao? ¡Ya, lárgate, hueón!

Viendo como se ponían las cosas, Diego suspiró, se dio la media vuelta, salió de la casa, salió del jardín, y regresó a la calle. Se sentó en la misma, pensando en qué iba a hacer. Luego, decidió llamar a Pedro. ¿Cómo era posible que Pedro supuestamente estuviera arrendando la casa, pero en vez de eso, resulta que estaba tomada por un grupo de okupas?

– ¿La casa? ¡Pero si la casa está bien! – dijo Pedro por teléfono. – ¡Me pagan el arriendo todos los meses, y todo! ¡Te mando tu parte para Noruelandia! ¿No?

Diego intentó acordar con Pedro una reunión para conversar con calma, pero misteriosamente, Pedro tenía su agenda por completo ocupada desde ese día hasta el 31 de Febrero de 2.087 después de Cristo, y para ese último día, tenía agendado su propio funeral.

Diego sopesó la situación. En realidad el dinero se lo habían estado pagando a su padre hasta que éste se había muerto, pero si hubiera cualquier problema con los pagos, su padre le habría dicho. No, no había problemas con los pagos. El verdadero problema, entendió Diego, era quién había arrendado, y para qué. Nadie arrienda una casa para después permitir que la tome un grupo de okupas, y los okupas por supuesto no pagan arriendo. Salvo que necesitaran la casa como una base de operaciones para alguna otra cosa. Drogas, por ejemplo.

Trató de llamar al número de celular que Onofre le había dejado para contacto, pero le respondió la voz de una encantadora viejecita que dijo residir en Curanilahue. Diego volvió a suspirar.

Acudió al cuartel de policía. Esperó más o menos tres horas antes de que lo atendieran. Pasado ese tiempo, le revisaron la documentación. Al descubrir que era un pasaporte de un ciudadano de Noruelandia, lo hicieron pasar antes que una viejecita octogenaria que llevaba todavía más tiempo esperando. Diego les conversó la situación, metieron sus datos en el sistema.

– ¿Usted es el extranjero que no le gusta el pastel de choclo?

– ¿Yo? No… yo…

– ¡Claro que es usted! ¡Salió en el matinal incluso! Mira, hueón, a ver si te queda clara una cosa. Esto es Chile. Aquí no nos gustan los caníbales, ¿entiendes? Y como te pillemos devorando un riñón humano, ahí te vamos a dar hasta en el carné, ¿cachái?

– ¡Yo no soy caníbal! Yo… Yo…

Mientras salía del cuartel policial y un niñito de cuatro años lo señalizaba mirando a su madre y diciendo: “¡Mira, mamá, ahí va el caníbal!”, Diego rumiaba su siguiente paso de acción. Iba a recuperar la casa como fuera. Si era cierto lo que pensaba, estaba tratando con rufianes al margen de la ley, y eso le daba una pequeñísima ventaja, que iba a aprovechar.

Con el poco dinero que le iba quedando, Diego se metió a una multitienda en donde vendían materiales de construcción. Compró una cadena y un candado. Y un par de bidones de alguna cosa que no sabía bien lo que era, pero que tenía bien clara la imagen de una llama, al lado de la expresión bilingüe “¡CUIDADO, INFLAMABLE! CAUTION, FLAMMABLE!”. Y armado con todos estos implementos, se dirigió hacia su propia casa.

Diego había calculado de manera correcta que la gente al interior de la casa ni siquiera iba a reaccionar si es que no entraba a ella. De manera que se paseó por el jardín, vertiendo el líquido de los bidones. Luego, prendió un fósforo.

En menos de media hora, todo se había terminado. Los fascinerosos habían salido corriendo de la casa, los bomberos se habían presentado, el fuego se había apagado, y el único costo para Diego había sido que el fuego había dañado estructuralmente la casa. Luego, le echó la cadena a la puerta de calle, y le puso candado. Eso debería bastar por el minuto, hasta conseguir una cerradura nueva.

Era su primera noche en la casa. Diego subió al techo, que tenía unos cuantos restos de paloma, pero éstos se veían más saludables que las manchas orgánicas distribuidas por paredes y techo de la casa; el clima no estaba mal, así es que pasaría la noche ahí por el minuto. Sacó el celular y envió un Whatsapp a Fabiana, pero ella no le contestó. Era lo esperable, después de todo.

Despertó a la mañana siguiente, con los ladridos de un perro vecino que no parecía querer callarse. Era el primer día del resto de su vida en Chile. Miró hacia lo alto, hacia el cielo, y recordando a su padre, le dijo como si éste todavía estuviera vivo:

– Empiezo a entender por qué al final emigraste desde este país…

Próximo episodio: "Hielo".

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