miércoles, 28 de marzo de 2018

En Chile - "Hielo".


Era una mañana soleada, pero la luz no se traducía en calor. Usando su celular, Diego envió un WhassApp a Fornidosson, su compañero de trabajo en la pequeña empresa de efectos especiales, en Noruelandia. Rogando porque lo viera, contó el dinero en el bolsillo. No era demasiado, pero le bastaría para comprar alimentos para algunos días. Si Fornidosson le contestaba y enviaba un giro postal con dinero, estaría salvado, al menos por algún tiempo. Diego ignoraba cuánto tiempo pasaría varado en Chile, hasta que su situación se arreglara, y además, estaba viviendo en una casa cayéndose a pedazos, y con partes de ella todavía humeando por el incendio que había tenido que provocar para echar a los okupas que la habían invadido.

Diego sacó el candado y la cadena con los cuales mantenía cerrada la puerta de calle, cuya chapa la habían volado quién sabe hacía cuánto tiempo. Sabía que a un par de cuadras, en una esquina, había un negocio. Frotándose las manos por el frío matinal, caminó el par de calles.

El negocio tenía un cartel bien grande sobre su puerta principal, en el cual podía leerse, con letras rojas, el nombre del mismo: “El Mataindios”.

– Buenos días… – dijo Diego, entrando con precaución.

Había un señor de rasgos más o menos latinos, pero no exactamente indígenas, de rostro más o menos enjuto, y un pequeño bigote grisáceo al estilo Chaplin, recortado con mucho cuidado.

– Buenos días – repitió Diego, pensando en que quizás había hablado demasiado bajo, y el hombre en cuestión no le había escuchado. Pero el hombre del pequeño bigote grisáceo al estilo Chaplin, ni siquiera se dignó de mirarlo. Una vez más, Diego insistió: – Buenos días. ¿Tendrá por casualidad un poco de pan que me venda?

– Puta que está pesao el viento hoy día – dijo el hombre del bigote, medio para sí, aunque en un tono de voz que dejaba bien a las claras que deseaba ser escuchado.

– ¿Usted no sabe de… no sé… algún lugar en donde pueda conseguirme un trabajo? Estoy sin trabajo, necesito unas monedas, y…

– ¡Oye, vieja…! – gritó el hombre del pequeño bigote grisáceo, mirando por una puerta detrás del mesón de atención. – ¿Por qué no te traís una taza de té? ¡Mira que está haciendo frío!

Y luego, sacando un diario, lo abrió en la página de los crucigramas. Hablando como si lo estuviera haciendo para sí, dijo:

– A ver qué dice aquí. Pesado, metiche, pobre diablo, trece letras… veamos… “indio… de… mierda”. Ahí está, justito las trece.

Diego suspiró, se dio la media vuelta, y se marchó.

No tenía mucho que hacer en la mañana, así es que se quedó en la casa, ordenando un poco los escombros. Por no tener, ni siquiera tenía agua, de manera que hizo sus necesidades en el patio, en la tierra, y cubrió los restos con un poco de arena. Ya se las arreglaría con la compañía de agua, quizás en el próximo episodio de “En Chile”.

El celular repiqueteó. Diego lo revisó. Era Fornidosson, avisándole que le había enviado un giro postal. Siendo la primera muestra de real generosidad que Diego había recibido desde su llegada a Chile, éste sintió como un par de lágrimas corrían por sus mejillas. Le habían dicho que la gente en Chile era más cálida y amable que en Noruelandia, pero Diego empezaba a descubrir lo que había detrás de eso: los chilenos son en efecto más cálidos y amables, hasta que caes en desgracia. Cuando estás en el fondo del pozo, si tienes que elegir un amigo para que te ayude, es mejor opción un noruelandés que un chileno.

En cualquier caso, debería esperar por lo menos uno a tres días para ir a buscar el giro postal. Hasta el minuto, debía comer algo. Se acercaba la hora de almuerzo.

Agradeciendo la alta tecnología de Noruelandia en materia de celulares, producto de haber contratado a varios técnicos de Nokia desde un país vecino, Diego consultó en línea por los restaurantes alrededor. Eligió dirigirse hacia uno cercano llamado “Con arto ají”, falta de ortografía incluida.

En el “Con arto ají”, las mesas eran pequeñas y tenían manteles de plástico decorados con cuadriculado rojo, rosado y blanco, con el respaldo de las sillas pintadas con el nombre y el logotipo y de una marca de cerveza popular. Había al fondo una carta de precios, escrita con tiza blanca sobre un pizarrón: completos, barros luco, barros jarpa, chorrillanas… Un intenso olor a aceite quemado infestaba el sitio.

– Qué se va a servir – dijo un mozo regordete, de cachetes un tanto porcinos, y de manos gruesas, saliendo desde la cocina.

– ¿Hot dog, tiene?

– Un completo, maestro – dijo el mozo, con desdén al darse cuenta de que le había tocado un cliente de modales finos. – Italiano, tomate-palta-mayo, o completo-completo.

– ¿Qué es un italiano?

– Tomate-palta-mayo, ya le dije – dijo el mozo, alzando el tono de voz como si estuviera a punto de retar a un empleado desobediente.

– Bueno, eso. Tomate, palta, mayo.

– Ya, un italiano – dijo el mozo. – ¿Algo para beber?

– ¿Cerveza?

El mozo levantó las cejas con displiscencia, levantando la mano sin despegar demasiado el codo del tronco, y apuntando hacia un refrigerador, con los cuatro dedos que no eran el pulgar.

En eso, la mirada del mozo pasó del refrigerador al televisor, que estaba encendido en un matinal. En el mismo podía verse la imagen de Diego, en una fotografía.

– Pero, bueno, el tipo éste, yo creo que no deberían dejar libre a ese tipo, es un caníbal, quién sabe a quién se vaya a comer… además dicen que… bueno… hace sus necesidades… en la vía pública – decía una chica en la televisión, de rostro y busto ambos más plásticos que biológicos.

El mozo miró a Diego, y con petulancia, le dijo:

– Mire, ca’allero, pero no podemos atenderlo. Salga del local, por favor.

– Pero, yo…

– Salga del local, por favor… – dijo el mozo, alzando la voz de manera decididamente agresiva, mientras señalaba un cartel al lado de la puerta: “EL LOCAL SE RESERVA EL DERECHO DE ADMISIÓN”.

Unos diez minutos después, y a algunas cuadras de distancia, Diego estaba probando suerte en otro local, que promocionaba sushi. Su nombre era “The Sushi Experience”, y estaba puesto en el cartel; más abajo decía una leyenda en inglés: “Feel the real sushi here”.

– Buenas tardes, qué se va a serv… Ah, no, no, usté es el caníbal que hace caca en la calle. No, a usted no lo atendemos. Váyase de aquí, o llamamos a los pacos.

El siguiente local en donde Diego probó suerte, era una panadería que también se hacía unos pesitos vendiendo empanadas de horno. No tenía mesas ni sillas para sentarse, y los clientes que compraban empanadas, salían del local para comérselas mientras caminaban por la calle. Desde el interior del local salía un aroma espeso a cebolla requemada.

– Buenas tardes, ¿me vendería usted un par de empanadas, por favor?

La señora detrás del mesón, un tanto demacrada, no de tanta edad como para calificar de vieja pero tampoco tan joven como para presumir, ni siquiera se dignó de mirarle. En vez de eso, abrió la caja, y se puso a contar monedas.

– Disculpe, buenas tardes… ¿un par de empanadas, por favor…?

La señora demacrada siguió contando monedas.

– ¡¡¡SEÑORA!!! ¿¿¿UN PAR DE EMPANADAS, POR FAVOR…???

La señora levantó la cabeza, con el rostro ahora encendido en rojo, y los ojos inyectados en sangre.

– ¡¡¡NO VENDEMOS EMPANADAS A CANÍBALES QUE HACEN EN LA CALLE!!!

Luego, sin que Diego saliera de su sorpresa, la señora volvió a contar monedas, y masculló, en tono de “hablo para mí misma, pero ojalá que me escuche la persona que tengo al frente”, lo siguiente:

– Ni que hiciéramos las empanadas con carne humana.

– Por la cara suya, señora, se ve que las hacen con carne de perro – dijo Diego.

– ¡Bráyan! – gritó la señora, histérica. – ¡Bráyan!

– ¿Qué pasa, mamá? – salió un joven más o menos fornido, sin ser gordo, con apariencia física de veinte a veinticinco años, y el rostro balbuceante de quien tiene una edad psicológica de diez a quince.

– Echa a este hueón, por favor… ¡Me insultó! Dijo que aquí hacemos las empanadas con carne de perro. ¡Echalo, échalo!

Diego hizo un gesto con las palmas de las manos, invitando a ambos a calmarse, mientras retrocedía lentamente y caminando de espaldas para salir por la puerta. Pero la política de apaciguamiento no funcionó con Bráyan, quien agarró a Diego por el brazo y tiró de él hasta empujarlo en la calle.

Finalmente Diego llegó hasta un supermercado. Ingresó en él. A lo largo de todos los pasillos, fue seguido por los guardias. Diego había tomado un paquete de galletas para tener algo qué comer, pero después, pensando en que iba a ganarse un incidente de manera gratuita, dejó el paquete en su sitio. Aún así, los guardias iban detrás de Diego, siguiéndolo a la distancia, intercambiando comunicaciones a través de la radio.

Completamente derrotado, con el estómago en blanco, Diego regresó a su casa. Pero antes de entrar, decidió darse una última oportunidad en el negocio de la esquina, en El Mataindios.

Detrás del mostrador estaba sentado el hombre de rostro enjuto y bigote grisáceo bien recortado; sentado, cabeceaba soñoliento mientras un silbido salía por sus labios, y un pequeño hilo de baba se escurría por la comisura de uno de los labios.

Diego decidió jugarse la carta teatral, medio por si resultaba, y medio a manera de burla privada. De manera que se puso de rodillas frente al mesón, y abrió los brazos como creyente esperando la Segunda Venida del Señor.

– ¡Oh, tú, poderoso español que mata indios, por favor, dígnate atenderme!

El hombre del bigotito, saliendo de su ensueño, e incorporándose después de estar a punto de resbalar y caerse de la silla en que se balanceaba, miró a Diego, atónito. Pero luego, una pequeña sonrisa se adivinó en el borde de los labios.

– ¿Usted también odia a los indios, mijo? Bien hecho, bien hecho. Yo, aquí, puro ancestro español, ¿lo ve? Indios flojos, lo quieren todo gratis. Ahora están de terroristas, ahí tirando bombas los desgraciados. Estas cosas no pasaban con Mi General. Pero, dígame, qué quiere…

– Humillarme por un poco de pan.

– ¡Encantado, chilenito, encantado! – dijo el hombre del bigotito grisáceo. – Pan de molde tengo.

– Cualquiera está bien, oh, poderoso descendiente de godos.

Poco después, Diego regresaba reconfortado a su casa, con el pan que estaba a punto de comerse. Y para obtenerlo, sólo había tenido que ponerse de rodillas y humillarse. Poco a poco, empezaba a entender cómo funciona la mentalidad promedio del chileno.

Próximo episodio: "Agua".

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