domingo, 4 de marzo de 2018

Blockbusters del siglo XXI: La era del Neomanierismo.

Forma, efectismo, cantinfleo, falta de respeto con Superman: Escena de Batman vs. Superman: El origen de la justicia (2.016).
Más allá de la necesaria objetividad que uno debe tener a la hora de abordar temas históricos, el corazoncito que uno pone en estas cosas termina llevando a querer ciertos períodos y lugares históricos, y evitar ciertos otros períodos y lugares históricos. Uno de los que prefiero evitar, es la Italia del siglo XVI. Hay algo de deprimente en ver cómo una cultura que llegó a la excelencia del Quattrocento, con obras de genio universal, se fue por el despeñadero durante la centuria siguiente, en lo que los historiadores posteriores han venido designando como Manierismo. Y me pregunto si es que, andando el tiempo, los historiadores del cine verán a los blockbusters que son éxitos masivos de taquilla a inicios del siglo XXI, y con el mismo espíritu depresivo, los tacharán de neomanieristas. Porque, en efecto, es una especie de Neomanierismo lo que hoy por hoy vivimos en los cines, o al menos, así es como se ve desde mi punto de vista, por lo menos.

Durante mucho tiempo se vio al Manierismo como un movimiento pictórico menor y despreciable, algo así como la parada obligatoria con la que rellenar el paso del genio renacentista de Leonardo y Rafael por un lado, hasta el barroquismo posterior a Caravaggio por el otro. Hoy en día, es justo decir que el Manierismo en cuanto movimiento se ha reivindicado un poco, y ya no es presentado como una especie de Barroco en embrión o un Renacimiento de rebajas, sino como un movimiento pictórico de características propias, que responde también a un período muy especial de la Historia de Italia. Pero aún así, nadie en su sano juicio pondría a la obra de manieristas como Vasari al mismo nivel de los mencionados Leonardo, Rafael o Caravaggio. Reivindicar sí, pero en su justa medida y razón.

Repasemos. El Quattrocento fue producto de circunstancias históricas muy especiales. Venía forjándose por lo menos desde la ebullición creativa del siglo XII, pero pudo asentarse al fin luego de la Paz de Lodi de 1.454, que creó para Italia un equilibrio político que duraría casi hasta el siglo XVI. Pocas veces se remarca cómo todas las energías creativas del Quattrocento fueron posibles gracias a esas décadas de paz y tranquilidad, y sin embargo, todo el mundo está de acuerdo en que la verdadera cumbre del Renacimiento empezó en la segunda mitad del siglo XV, y se extendió más o menos hasta la muerte de los últimos epígonos del Quattrocento propiamente tal, o sea, Leonardo en 1.519 y Rafael en 1.520; Miguel Angel era más joven que los dos, y pertenecía en cierto modo ya a la época inmediatamente siguiente. No creo que tal sincronía histórica sea coincidencia. El equilibrio creado por la Paz de Lodi saltó en pedazos cuando Carlos VIII de Francia invadió Italia en 1.494, invasión más o menos incruenta que sin embargo abrió un ciclo de guerras que se prolongó hasta la Paz de Cateau-Cambrésis de 1.559, y que tuvo por santa virtud el destruir el clima de relativa tranquilidad y guerras de baja intensidad que fueron el sello de la Italia posterior a Lodi. Tampoco creo que sea casualidad, que la transición del temprano Cinquecento al Manierismo haya sido contemporánea a este saltar en pedazos. En ese sentido, el Manierismo sería la respuesta estética a los tiempos mucho más turbulentos que vivió Italia a partir de 1.494.

Debemos mencionar que Manierismo es un nombre burlesco, que le pusieron al movimiento sus detractores. El Quattrocento buscaba la serenidad, la simplicidad y la armonía como valores supremos. El Manierismo, por el contrario, es brusco y violento. Los colores son más primarios y brutales, las expresiones de los rostros son más temperamentales e iracundas, la composición es más realista y tosca en vez de idealizada, etcétera. El sobrenombre enfatizaba, con razón o sin ella, que estos pintores ya no tenían una personalidad propia, ni trataban de crear un mundo ideal en sus pinturas o esculturas, sino que trabajaban a la maniera (manera) de otros artistas anteriores, a menudo sin querer o incluso poder captar sus esencias. Lo que les salía entonces era un arte que tomaba todos los elementos formales del arte renacentista, pero los aplicaba de una manera hueca y vacía, amanerada en definitiva, con una exaltación de la forma y el efectismo por sobre la substancia y el talento compositivo.

Forma, efectismo, cantinfleo, falta de respeto con Nuestro Señor Jesucristo Amén: El entierro, por Jacopo Pontormo (1.528).
Por supuesto, como cualquier afirmación relativa a la interpretación del arte, se puede estar a favor o en contra de esta apreciación, pero parece innegable que este nuevo arte manierista respondía en cierta medida a un nuevo y turbulento mundo político y social, el surgido sobre las ruinas de la ahora destruída Paz de Lodi, y por tanto, los artistas del Manierismo lo único que hacían era ajustarse a las realidades de su tiempo. No debemos olvidar que en la época, el grueso de estos pintores y escultores se hacían sus táleros y florines trabajando como artistas de encargo, y por lo tanto, para ser exitosos y seguir teniendo un plato de comida en la mesa al final del día, debían plegarse a las necesidades psicológicas de sus regios patrones. Si estos regios patrones vivían en épocas convulsionadas y ellos mismos se sentían más pobres diablos de Game of Thrones que altezas serenísimas del siglo anterior, entonces al arte no le quedaba más remedio que ir en esa dirección.

Ahora vamos a por qué considero que el moderno cine blockbuster puede ser calificado de neomanierista. Porque lo observado en particular a partir de la década de 1.980, es justamente lo ya dicho más arriba: una exaltación de la forma y el efectismo por sobre la substancia y el talento compositivo. Estas características todavía se mantenían más o menos domesticadas en las dos últimas décadas del siglo XX, pero ya a partir del XXI, me atrevería a decir que se han salido de toda madre.

En La guerra de las galaxias de 1.977, ya es posible observar esto. Tiburón de 1.975 suele contarse como el primer blockbuster, pero por debajo, es una angustiosa película de crítica social muy al estilo del cine de denuncia que se rodaba en esa época, en la cual la lucha contra el escualo de marras funciona como metáfora de la guerra de algunos pocos hombres buenos versus los males de una comunidad demasiado adocenada y estúpida como para hacer lo que se debe hacer, en este caso cerrar el balneario aunque se pierdan los ingresos del turismo, para salvar vidas humanas. La guerra de las galaxias de 1.977, en cambio, es un festival de efectos especiales. Aventura pura y dura, sólida como una casa, eso de manera innegable, pero no deja de ser un pulp glorificado. George Lucas mismo declaró que su intención era crear un pastiche de las seriales dominicales al estilo de Flash Gordon de unos cuarenta años antes, pero con los efectos especiales de ahora, o sea, del ahora de 1.977, claro está. Es fácil olvidarse que en términos narrativos, Star Wars como universo creció mucho en buena medida gracias a El Imperio contraataca de 1.980, y después... las cosas han ido de subida y bajada, y mejor dejémoslo así.

Pero mientras la creatividad de George Lucas parece haberse agotado tras Star Wars, la antorcha fue recogida por Steven Spielberg, quien a partir de la década de 1.980 hizo del pastiche su recurso preferido. Así, la Trilogía clásica de Indiana Jones es un pastiche de las seriales de aventuras pulp de su infancia, e incluso se ambienta en la misma época, y muchos de los trabajos en que intervino como productor para el cine o la televisión, como Los Goonies, o Amazing Stories, presentan este concepto del pastiche. Incluso en sus trabajos más serios, Spielberg incurre en el pastiche. Así, La lista de Schindler presenta guiños al cine de la década de 1.940, Atrápame si puedes se abre con una secuencia de créditos que homenajea a Saul Bass, Inteligencia artificial toma el trabajo del fallecido Stanley Kubrick y lo remata con elementos kubrickianos, Munich es un homenaje al thriller setentero, y así, suma y sigue. Aún así, Spielberg se salva de la quema gracias a que todo este manierismo, lo integra dentro de conceptos narrativos en donde el foco siempre está puesto en los personajes. Spielberg no es lo que llamaríamos un psicólogo fino de personajes, y los mismos suelen ser más bien arquetipos ambulantes que otra cosa, pero al menos, sabe bien el material con el que trabaja, y consigue que esos arquetipos funcionen como personajes, en vez de ser meras hojas de estadísticas de personajes, permítanme la comparación rolera, puestas ahí porque el guión tipo exige que estén puestas ahí.

La verdadera estrella de Top Gun de 1.986. ¿El avión? No, qué va. La fotografía, hombre, la fotografía.
Y sin embargo, en la década de 1.980 ya vimos el salto al vacío. Pienso por ejemplo en películas como Top Gun. Al final del día, la misma es puro estilo, y nada de substancia. La historia es un doloroso cliché ambulante, y se sostiene más que nada por lo sobrado que va Tom Cruise, y lo cool que son los Grumman F-14 Tomcat que pilotan. Conste para el registro, Top Gun me gusta como película. Es lo que es, sabe ir hacia donde va, y es endiabladamente entretenida. Pero eso no quiere decir que sea una película con substancia. También me gustan los bistecs fritos con papitas fritas, huevo frito y cebollitas fritas, pero eso no quiere decir que tanta fritura sea alimenticia, o buena para la salud. Y todos recordamos como en la década de 1.980 tuvimos una explosión de esa clase de películas, en que protagonistas más grandes que la vida viven aventuras desorbitadas, en guiones arquetípicos, etcétera.

Me atrevería a decir que el minuto del salto al vacío se produjo realmente con la Trilogía de El Señor de los Anillos, de 2.001 a 2.003. La misma es memorable, por muchas razones. La historia es increíblemente épica; venía de la novela, vale, pero mientras que muchas películas destrozan su material de base, aquí en cambio lo mejoró, eliminando un montón de personajes e incidencias que lastran mucho la obra tolkieniana original. Ojalá pudiera decir lo mismo de la Trilogía de El Hobbit, por supuesto, pero eso es otro cuento. Además, su uso del CGI sigue siendo más o menos ejemplar hasta el día de hoy, y cuenta con una banda sonora de resonancias wagnerianas que de verdad dan ganas de meterse en la película y montarse una cabalgata de las valquirias para luchar contra Sauron. Pero también abrió la temporada de caza para todo lo que viene siendo el cine fantástico posterior, que parece basarse en una sola regla: más. Más CGI. Más explosiones. Más estilo. Pero no más substancia. O sea... Manierismo. O Neomanierismo. O Manierismo Fílmico, o Cinemanierismo. Como lo quieran llamar.

Los síntomas del Neomanierismo actual son bastante visibles. Parte por el hecho de que el grueso de los blockbusters son escritos a base de una plantilla que podemos considerar como el guión tipo. Es un guión que no busca una conexión emocional con los personajes y situaciones a través de diseñarlos de manera tan verosímil como sea posible, sino que, so pretexto de tratarse de mundos de fantasía con elfos, superhéroes, o superespías tratándose de James Bond, intenta eliminar cualquier resemblanza de realidad. Así, al final son historias sobre personajes genéricos sin ningún intento de psicología, sin diálogos que vayan más allá del cliché, en entornos genéricos que sólo son reconocibles como tal o cual lugar por la presencia de monumentos o elementos naturales, pero sin ninguna descripción sociológica más allá de los estereotipos étnicos de rigor, o psicológicas más allá de los arquetipos habituales. Todos ganan: los guionistas no tienen que quebrarse la cabeza yendo más allá de la plantilla, y el público no tiene necesidad de calentarse la cabeza preguntándose por las motivaciones de los personajes, o cómo usarán el mundo a su alrededor para llevar a cabo sus fastos y fazañas. Todo eso ya lo abordamos con más profundidad en nuestro posteo Blockbusters genéricos: El guión tipo, aquí en la Guillermocracia, y a él me remito.

Por supuesto, este vaciamiento del universo narrativo se hace para favorecer otro aspecto: el gigantismo. El cual se ve a partir de la construcción, arquitectura o geografía mismas. Un ejemplo moderado es Misión Imposible: Protocolo Fantasma. En la misma, el gancho publicitario era ver a Tom Cruise haciendo el mono en el Burj Khalifa de Dubai. No basta cualquier edificio, sino que debe ser exactamente ése, el más alto del mundo. La película es entretenida, no digo que no, pero la menciono porque es lo ya dicho, un ejemplo apenas moderado. Luego tenemos cosas como el Hércules de 2.014, en donde Dwayne Johnson tumba templos ciclópeos sin más, y uno puede preguntarse si esos templos son de cartón piedra o algo, porque muy livianos no deben ser, dado su tamaño. Además, alguien debió construirlos en primer lugar. Las pirámides de Egipto fueron posibles gracias a la explotación, en esclavitud o régimen de trabajo, como sea, de mano de obra cesante durante la época en que las crecidas del Nilo hacían imposible la agricultura. Incluso una modesta mansión aristocrática del siglo XVIII, con sus gigantescos candelabros y pasillos, sólo puede ser mantenida limpia y en orden gracias a un batallón de sirvientes; hay una razón por la que sólo los más pudientes podían permitírselas. Cómo Alfred lo hace para pasar la aspiradora por toda la mansión de Bruce Wayne trabajando en solitario, ni idea. Pero hablamos de un personaje que, en el fondo, no es uno ajeno al manierismo; no en balde, Batman surgió como un pastiche de héroes o antihéroes góticos anteriores, muy en particular The Shadow.

Tom Cruise en Misión Imposible: Protocolo Fantasma (2.011): ¡Mira, mamá, sin manos!
Y la cosa no se limita necesariamente a la arquitectura. Así tenemos barbaridades como la Trilogía de El Hobbit, en donde todo, absolutamente todo, es gigante. Vale, es un mundo de fantasía, pero aún así, hay cosas que son de lógica elemental. Pensemos por ejemplo en el tamaño del tesoro acumulado por Smaug. Se supone que es un tesoro monumental y por eso es tan ambicionado por los personajes, pero la película se pasa tanto de roscas mostrándonos literalmente montañas de oro, que es imposible no preguntarse cómo se las van a arreglar después de que se bajaron a Smaug, los ganadores de la Batalla de los Cinco Ejércitos se pusieron a gastar el tesoro, y de pronto, la entera Economía de la Tierra Media se vio inundada de oro. Nosotros ya sabemos que esas cosas terminan mal: cuando los conquistadores españoles hicieron lo mismo en la vida real, vaciando las arcas aztecas e incas en el erario español durante la primera mitad del siglo XVI, lo que sobrevino fue una hiperinflación que arruinó completamente a España. Por supuesto, la Trilogía de El Hobbit es un mundo de fantasía, pero cualquier persona que entiende dos cosas acerca de construcción narrativa, sabe que "mundo de fantasía" no es sinónimo de "lo construyo como quiero, y después un mago lo hizo". Existen cosas llamadas reglas de lógica interna, coherencia narrativa, etcétera. En otras franquicias vemos cosas similares. En El despertar de la Fuerza por ejemplo veíamos una Estrella de la Muerte multiplicada por mil, pero luego, la película se viola todas las leyes de la Física a la hora de recargarla con energía estelar.

También están las explosiones y piruetas más allá de las leyes de la Física. Hubo una época en la cual una persecución en automóvil era un espectáculo especial. La razón: tumbarse unos cuantos de ellos era bastante costoso, y esas escenas debían rodarse una sola vez, salieran como salieran, porque no habían automóviles de repuesto. Ahora es más fácil que los haya, porque muchas automotrices los ofrecen para publicitarse vía product placement. Además, mucho de lo que antaño se hacía con maquetas, trucos de cámara o el sacrificado y potencialmente mortal trabajo de los dobles de riesgo, hoy en día se procesa vía CGI. Y como el CGI ha progresado una barbaridad, pues se le meten cosas. Hoy en día me atrevería a decir que el grueso de las explosiones son CGI, o al menos, explosiones reales pero después procesadas por computadora. Y si podemos meter diez explosiones en una película, ¿por qué no meter veinte? Y ya puestos, ¿por qué no treinta, cincuenta o cien? Dicho muy en serio: las películas de Michael Bay tienden a rentar más cuando incluyen más explosiones, hasta el punto que en la saga de los Transformers, se ha llegado a medir en promedio más de una explosión por minuto de metraje. El efecto final por supuesto es la anestesia del espectador: si le ofrecen cincuenta explosiones en una película, se acostumbra, luego hay que ofrecerle ochenta, luego se acostumbra, luego hay que ofrecerle cien... y así.

Otra muestra es lo recargado de los trajes. En la época del bueno de Adam West, a Batman le bastaban unas mallas de lycra, y punto; otro tanto con el Superman de Richard Donner. Pero ya para el Batman de Tim Burton, en 1.989, veíamos al héroe gótico en plena armadura de combate. Y luego tenemos delirios de diseño como la armadura con pezones de Batman y Robin, o los trajes de combate increíblemente recargados que muestran en la Trilogía del Caballero Oscuro, o en el Universo Expandido DC. Otro tanto ocurre con las películas que podemos llamar de épica histórica o fantástica, en las cuales los personajes usan unas armaduras con un nivel increíble de ornamento, que a ratos parecen más de Art Decó que protecciones prácticas y funcionales de combate. Armaduras de este tipo existían, por supuesto que sí, pero eran más bien para fines de exhibición ceremonial, porque en la realidad, en combate abierto, lo que menos quieres es portar una armadura con detalles en los cuales puedas engancharte, hacerte lío con tu propia arma, y en definitiva, que te maten. En la vida real, mientras más funcional y menos recargado el diseño de la armadura, mejor.

Y llegamos finalmente al corazón de la bestia en lo que a gigantismo formal con vacío narrativo nos encontramos: las películas que se ofrecen ya no como experiencias fílmicas completas, sino apenas como capítulos de grandes sagas que se arrastran mastodónticas durante años. La madre una vez más es Star Wars. Interesantemente, La guerra de las galaxias de 1.977 era una película completa en sí misma, por más que por motivos de homenaje se presentara como un capítulo aislado de una gran saga fílmica que, se suponía, no iba a ser necesario filmar para que el espectador se enterara de lo que ocurría. Pero luego... rodaron esos otros capítulos. Y los siguen rodando, de hecho. Aún así, como de costumbre, la Trilogía Original no llevó esto a niveles de pecado. En la tercera entrega, El regreso del jedi, a lo menos tuvieron la decencia de dejar todos los argumentos cerrados y bien cerrados. Tanto, que El despertar de la Fuerza se sintió obligada a deshacer todo lo ganado en El regreso del jedi para tener, ya saben, cómo seguir saqueando los bolsillos del público una historia que narrar. De manera contemporánea, y de los mismos creadores, Indiana Jones es también una trilogía, y mientras menos hablemos de la cuarta, mejor; pero cada película funciona de manera independiente, y se pueden ver en desorden sin perderse la gran cosa.

Laketown en El Hobbit: La desolación de Smaug de 2.013: un poco más grande y CGI de cómo lo describió Tolkien.
Contrástese esto con el modelo actual promovido primero por la Trilogía de El Señor de los Anillos primero, y por el Universo Cinemático Marvel después. La Trilogía de El Señor de los Anillos no es el primer caso de películas múltiples planificadas y rodadas en conjunto; la Cannon cocinaba ese plato en la década de 1.980 como el pan para desayunar. En el caso de la trilogía tolkieniana, se justificaba porque el material de base en realidad era una única novela que, en el día de su publicación, fue dividida en tres tomos por mandato editorial. Pero luego vinieron aberraciones como las segunda y tercera entregas de Mátrix, o las de Piratas del Caribe, que en realidad son una única película, pero segmentada en dos, y con un montón de material de relleno para dar el largo del metraje. O dividir el último tomo de la saga literaria de Harry Potter en dos películas, lo que engendró una breve moda de hacer lo mismo con otras franquicias, hasta que Astringente Divergente lo intentó y se pegó un batacazo tan monumental que acabó con la franquicia. Lo que ha rematado en situaciones casi de comedia negra, como el anuncio con bombos y platillos de nuevas franquicias que son la primera entrega de algo que va a ser gigantesco... y se estrellan hasta el punto que no habrá segunda. Robin Hood de 2.010 pereció de esta manera, Drácula: La historia jamás contada de 2.014 acabó siendo un punto de partida en falso para un universo conjunto de monstruos que el fiasco de La momia de 2.017 ha dejado una vez más al borde de la ruina, Power Rangers de 2.017 se anunció como la primera de seis o siete entregas que al final parece que no van a ser...

Y todo esto llegó a su paroxismo con el actual modelo de universos compartidos. El cual surgió con el éxito del Universo Cinemático Marvel. A partir de entonces, cada gran estudio quiere tener su propio universo compartido, y la Disney, que ahora es dueña de la Marvel, quiere más de uno. La Warner lo está intentando con monstruos gigantes como Godzilla y King Kong, la Universal con sus monstruos clásicos en el Dark Universe, la Disney se embarcó en los spin-offs de Star Wars, y así sucesivamente. Lo ya dicho: gigantismo, formalismo, eliminación de la película como un evento único para transformarla en apenas un eslabón de una obra mucho más gargantuesca y vacía. Porque cuando tenemos situaciones como Scarlett Johansson proclamando con orgullo que en la todavía por venir Avengers: Infinity War habrá sesenta personajes en pantalla, sabemos que todo es pura imagen y luces para cegar al respetable, y que no se dé cuenta de que, muy en el fondo, no hay nada por detrás. Porque, manito en el corazón, es imposible tener a sesenta personajes en una pantalla y darles a todos su minuto de diálogo. ¿A santo de qué tener entonces sesenta? Eso lo tenían claro ya en 1.939, la gente detrás de Lo que el viento se llevó. En esa película, los personajes con diálogo superan la cincuentena, en una película que dura casi cuatro horas, pero los guionistas tienen bien clarito que todo se centra en apenas cuatro: el cuarteto romántico conformado por Scarlett O'Hara, Rhett Buttler, Ashley Wilkes y Melanie Wilkes. Nadie promocionó o habla de Lo que el viento se llevó diciendo: "¡Tenemos una cincuentena de personajes en pantalla, todos ellos con líneas de diálogo!". Esto es reemplazar la cualidad por la cantidad. Y por supuesto, tratándose de Avengers: Infinity War, marcará un pequeño hito tener a sesenta personajes en una sola secuencia, hasta que llegue una película que consiga meter a setenta, luego otra a ochenta, y así, la rueda manierista de darle prioridad a la forma por sobre el fondo, a la cantidad de personajes por sobre su caracterización o psicología, seguirá girando.

Y hay algo más preocupante. Como decíamos, el Manierismo del siglo XVI no surgió de la nada. No fue un grupo de pintores o escultores tan lunáticos o poco talentosos, que de la noche a la mañana decidieron renunciar a pintar o esculpir obras maestras y decidieron producir arte considerado mediocre y efectista en vez. El Manierismo en la Italia del siglo XVI fue producto de determinadas circunstancias de su tiempo, las cuales no fueron positivas en lo absoluto para el país. Italia hasta el Renacimiento era el foco cultural de Europa, y sólo la Francia alrededor de París y los países flamencos podían hacerle algo de peso. Pero en el siglo XVI, por las mismas circunstancias que alimentaron al Manierismo como movimiento artístico, Italia entró en un eclipse desde donde ya no salió sino hasta el siglo XIX, después de la unificación, y eso apenas como potencia de segundo orden, que perdió la Primera Guerra Mundial incluso luego de haberse pasado al bando de los ganadores, y cuyos aportes culturales en el siglo XX han sido bastante discretos, si exceptuamos el Neorrealismo, Fellini, o productos de ínfulas populares como el giallo, el Peplum y el Spaghetti Western. Si en comparación, el cine comercial de hoy en día vive un Neomanierismo, entonces ¿qué dice eso de nuestros tiempos? Y lo más importante, ¿qué anticipa acerca del destino al que estaremos avocados como sociedad? Las películas tienen éxito, después de todo, porque el público las consume, y si el público prefiere consumir productos neomanieristas en vez de obras con substancia, igual a como los patronos del arte del siglo XVI pagaban por obras manieristas, eso algo dice de la mentalidad común de las audiencias. Y lo que dice... no es realmente bonito, en lo absoluto.

Rápidos y furiosos: Autitos chocones contra submarino. Podría ser el título de una película de Sci Fi Channel. O de cómo películas como Rápidos y furiosos 8, después de millones de dólares invertidos, acaban por dar la vuelta completa al círculo y ser cine de serie B glorificado...

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