miércoles, 28 de febrero de 2018

En Chile - "Bienvenida".


Hasta el aeropuerto de Santiago de Chile, en un vuelo procedente desde el lejano país de Noruelandia, había llegado Diego, cuyo nombre coincidía con el capitán español que en su día celebró la primera misa en el entonces futuro territorio de Chile. Pero no mucha gente hubiera creído que Diego había nacido y se había criado en un país nórdico y escandinavo como Noruelandia. La idea clásica de un nativo de éstos, es un personaje rubio, alto, de ojos azules, y el porte y nobleza propios de un asgardiano. Diego, en cambio, aunque nacido en Noruelandia, era hijo de dos inmigrantes, el padre chileno, la madre de Egipto. Entre sus rasgos fisonómicos podríamos contar con los ojos ligeramente achinados, la nariz algo ganchuda, y la piel no todo lo clara que se predicaba de un noruelandés.

El funcionario del aeropuerto miró a Diego con desconfianza.

– ¿Algo que declarar? – preguntó, seco, mientras abría el pasaporte y le echaba un vistazo. Al descubrir su nacionalidad, noruelandés, la expresión del funcionario se dulcificó un resto, empero.

– Nada – dijo Diego, no demasiado seguro de si algo debía ser incluido o no. Esperó que el funcionario hiciera más preguntas, o revisara su equipaje, pero éste se limitó a devolverle el pasaporte.

– Que tenga un buen día, y disfrute su estancia.

Mientras Diego se alejaba del puesto de control, el funcionario atendía ahora al pasajero que venía tras Diego, un hombre de facciones negroides y pelo ensortijado, que hablaba con acento caribeño.

– ¿Haitiano, eh? – soltó el funcionario, con petulancia, y luego, mirando por arriba del hombro, gritó a toda voz: – ¡Hey, Pérez! ¡Anda a buscar los guantes y la vaselina! ¡Te traigo un leproso aquí!

– ¡Pero yo no tengo lepra…! ¡Tengo mis vacunas y certificados! – protestó el haitiano, pero en vano, porque fue agarrado por guardias de seguridad con guantes quirúrgicos y mascarillas médicas, y llevado a un lado. Una puerta con un cartel diciendo “SÓLO PERSONAL AUTORIZADO”, se interpuso entre la suerte del haitiano, y lo que nosotros podemos ver y reportar.

En las afueras del aeropuerto, Diego abordó un taxi.

– Buenas tardes, ¿cuánto es la tarifa?

– Eso depende… De aquí al norte y este de Santiago, es una ruina, pero si sólo va al centro, es la mitad de una ruina. Ahora, si va para el sur de Santiago, eso le vendría saliendo una ruina y además un ojo.

– OK… Centro de Santiago, por favor…

El taxista abrió la maletera, sacó una alfombra larga que parecía haber sido roja en alguna época remota, antes de volverse pasto para polillas, y la tendió en el suelo frente a la puerta del vehículo, para que el pasajero en cuestión se sintiera como sobre una alfombra roja mientras lo abordaba.

Después de que el taxista lo hubo dejado cerca del metro, y le hubiera cobrado al final más o menos un cuarenta por ciento de ruina, Diego ingresó a la estación subterránea. Era la hora punta, el metro se llenó de gente, hubo empujones y presas corporales incrustándose unas en otras, y la maleta de Diego corrió peligro de irse nadando en el mar de gente, pero finalmente consiguió llegar con bien hasta su destino. No sin dificultad, consiguió tomar movilización en el Transantiago, pagando responsablemente por su pasaje al tiempo que veía como otros chilenos se metían gratis y con total impunidad.

De esta manera, cuando ya la tarde temprana empezaba a acelerarse con rumbo al final del día, Diego arribó a la casa de Pedro, un antiguo amigo de su padre. Aparte del anfitrión, para sorpresa de Diego, no sólo estaba su familia, sino también varios invitados. Con sorpresa, Pedro explicó:

– ¡Cómo! ¿No sabía usted, hombre? ¡Hoy día juega la Roja! ¡La Roja de todos los chilenos!

Diego recordó que tal era el apodo de la Selección Nacional de Fútbol. El grupo se había congregado para compartir un asado, regado con generosas cantidades de vino y cerveza, viendo el partido.

Diego posó la mirada en una chica. Era baja de estatura, piel un poquito morena, ojos achinados, pómulos ligeramente salientes, delgada, poco busto, acinturada y con caderas redondeadas sin ser éstas exageradas. Diego le sonrió, pero la chica le contestó con un desdeñoso ninguneo.

– ¡Este es Diego, el hijo de Andrés! – dijo Pedro, presentando a Diego. Luego, dirigiéndose a uno de los contertulios, que tenía sus años, añadió: – Te acuerdas de Andrés, ¿no? El que se fue a Noruelandia.

Al escuchar la palabra “Noruelandia”, la chica se volvió hacia Diego. Ahora sonreía levemente.

– ¡Ah, sí, sí! – dijo el contertulio aludido. – El que decía que aquí en Chile no pasa nada, que estudió algo con Ecología y dijo que no había campo en Chile, así es que… ¿Qué es de Andrés, chiquillo?

– Murió, hace algunos meses ya – dijo Diego, y añadió: – El corazón.

– Pucha, lástima grande. Era buen chato, el Andrés. Y a qué viene este chiquillo a Chile, a ver…

– Viene a ver la casa que le dejó Andrés. La que yo le veía el tema de los arriendos, ¿te acuerdas? Resulta que ahora se la voy a comprar.

Al oir que Diego era dueño de una casa por herencia, la chica sonrió ahora de manera decidida.

– Pucha, Pedro, no me vayai a estafar al cabro, ¿ah? Mira que tiene cara de buena gente – siguió el contertulio. Al escuchar esto, Pedro hizo algunos gestos de tomárselo para la broma, que sin embargo no consiguieron ocultar un cierto repentino nerviosismo.

El televisor ya estaba encendido, y había comenzado el preámbulo del partido. Los locutores hacían cábalas, mientras se mostraban toda clase de infografías sobre posiciones y estrategias. En el estudio de televisión, una chica de busto prominente y escote rotundo, al lado de los locutores, entregaba sus opiniones acerca de cómo se venía el partido; de lo que decía, podía colegirse que ella poseía alguna noción respecto de que un centrodelantero cumple funciones diferentes a las de un arquero.

La chica que había estado mirando a Diego, se le acercó, sosteniendo un vaso de bebida de manera tal, que podía mostrar el hombro en un ángulo que resultaba coqueto y seductor.

– Así es que eres de… ¿Noruelandia? – preguntó la chica. Diego asintió, y le dijo su nombre. La chica respondió, con voz que sería de terciopelo si no fuera porque al soltar las vocales más abiertas, parecía que se le hubiera atorado un gato en la garganta: – Soy Fabiana. Igual, hablai bien el español…

– Mi papá me enseñó. Y, bueno, gracias a mi mamá, también sé algo de árabe.

Fabiana asintió, no demasiado impresionada, luego recordó que era conveniente sonreir, sonrió, se movió un poco en vertical para marcar interés, trató de añadir algo más, y no supo qué.

– Y tú… ¿te gusta el fútbol? – preguntó Diego.

– ¿Yo? Sí… – dijo, y luego añadió, con risilla nerviosa: – Bueno, un poquito.

Y recuperando el aplomo de una manera muy afectada para no ser teatral, Fabiana preguntó:

– ¿Y tú qué haces, estudias, trabajas?

– ¿Yo? Trabajo en efectos especiales por ordenador. Un amigo y yo tenemos una empresa pequeña, que trabaja para una productora que hace trabajos para Televisión de los Trabajadores de Noruelandia, que es el Canal del Gobierno. ¿Y tú, qué haces…?

– Yo, aquí, nada… – dijo Fabiana, tratando de ser displicente y coqueta al mismo tiempo. – O sea, estuve estudiando Periodismo, pero como que no me gustó mucho… así es que me salí, y ahora estoy viendo así como… qué hacer, ¿cachai? Mis papás me dicen que a lo mejor Pedagogía, pero yo, como que no, o sea, Pedagogía igual es como… picante, rasca, ¿cachai? No sé, había pensado algo así como Kinesiología, porque igual, es como… bonito, ¿no? Así, los músculos y los huesos, y…

… y la chica siguió hablando, y hablando, y hablando, mientras Diego, con una paciencia infinita, escuchaba las disquisiciones de ella sobre lo divino y lo humano y lo espúreo.

Después de un rato, comenzó el partido en serio. A esas alturas del partido, Fabiana estaba colgada del brazo de Diego, aunque echando ese colgarse para la broma, como si no fuera obvio el interés. Diego, por su parte, sonreía un tanto por cortesía, y además porque, procediendo de una civilización más avanzada que la chilena, veía con menos tapujos el tema amatorio que el chileno promedio.

– Y ahí va el pitazo inicial, señores… – dijo el locutor. – Avanza Patipeláez por el costado, le da el pase a Brochagórdez… Inquilínez… vuelta a Patipeláez… Avanza Patipeláez, avanza, avanza-avanza-avanza, tira… ¡¡¡GOOOOOOOOOLLLLL!!! ¡¡¡GOOOOOOOOLLLLL DE CHILE, EN… EL… MI… NU… TO… TRES DEL PARTIDO, SEÑORES, QUÉ ESPECTACULAR!!!

– ¿Contra quién juegan? – preguntó Diego, extrañado por lo rápido del gol.

– Tanga – dijo Fabiana.

– Tonga – corrigió alguien más del grupo, quien añadió: – No son muy buenos para la pichanga. País de Oceanía, patean una pelota y va a dar al mar, así es que…

Diez minutos y seis goles después, todo el mundo estaba armado de su cerveza. Diego encontraba la suya propia bastante aceptable, considerando que era chilena y no europea. Le ofrecieron un choripán. Diego se lo pensó un segundo, recordando que “chorizo” llamaban en Chile a los “choros”, los barriobajeros que andan con zapatillas de marca, escuchan reguetón, usan cuchillo en el bolsillo, y embarazan a sus novias a los quince años. Lo rechazó, pero la señora, con cara de bondad, insistió: “Sírvase un poquito. La puntita nomás”… Diego suspiró, donde fueres haz lo que vieres, y tomó el choripán, no sin cautela. Lo probó. Estaba bueno.

– Pero póngale pebrecito, pueh.

Rato después, el marcador de Chile contra Tonga iba 17-14, porque después de la goleada inicial, los de Tonga, envalentonados, habían comenzado una inesperada serie de contragolpes nacidos desde la desesperación, y los chilenos, tan buenos para aleonarse como para dormirse en los laureles, de pronto se veían sobrepasados por todas partes. Y en estos menesteres, empezaron a desfilar las primeras carnes que estaban listas del asado.

Diego tomó su plato, y miró las ensaladas sobre la mesa. Se sirvió un poco de ensalada a la chilena, un poco de papas mayo, y un poco de lechuga, antes de llegar a una fuente con un montón de granos amarillos. La señora que hace un rato le había ofrecido tan amablemente el choripán, le preguntó:

– ¿No se va a servir choclito?

Diego miró los granos amarillos, que ahora identificaba como maíz. ¿Era posible que los chilenos sirvieran como ensalada lo que en Noruelandia se usaba como forraje para caballos?

– No, gracias, no… no me gusta el maíz. Lo siento.

Todos se dieron vuelta para mirar a Diego. Se impuso un silencio sepulcral. Fabiana se zafó de su lado y fue corriendo hasta un personaje que la miraba con ojos de cordero degollado, y que hasta el minuto, Fabiana no había dado atención. Hasta la propia bandera chilena, que alguien había izado a un costado de la casa para hacerle honores al partido de fútbol, dejó de ondear. De fondo, el televisor seguía chicharreando con el locutor gritando algo sobre el gol número 19 de Chile contra Tonga, y como con eso estaban casi clasificando, porque estaban por encima de los 18 goles que, a su vez, Tonga le había metido a Chile.

– Ha dicho que no le gusta la comida chilena – dijo uno, con desaprobación.

– Ha sido franco respecto de algo que no le gusta – dijo otro, desaprobando todavía más.

– Apuesto a que ni le gusta la cerveza tampoco – compitiendo por el oro en desaprobación.

– Apuesto a que es gay – soltó otro, con tono de conformarse con plata o bronce en desaprobación.

Poquito rato después, Diego gritaba y pataleaba, forcejeando en vano, mientras lo metían en la parte trasera de un furgón policial, embutido en una camisa de fuerza. Y mientras el furgón policial se lleva al desventurado visitante con destino incierto, uno de los presentes dijo:

– Qué se cree, extranjero de mierda, tener opiniones propias en vez de seguirle la corriente a la mayoría. Estas cosas no pasaban con Mi General…

Esta historia continuará...

1 comentario:

Roxana Tavlarides dijo...

Buen comienzo, Guillermo. Siempre había tenido ganas de visitar tu país, pero nunca tuve tiempo ni dinero para eso...pero ahora puedo hacerlo a través de tu ácida pero interesante pluma: siempre he creído que conocer un país es precisamente pasar por las aventuras de tu personaje, y ahora puedo hacerlo.

Es curioso, pero yo siempre pensé que el problema de tu selección nacional era ese precisamente; que empezaban muy bien, pero luego aflojaban y lo pagaban caro al final del partido. Pero siempre pensé que yo era la única en pensar así. Me ha hecho mucha gracia que allá lo vean de la misma manera.

Lo que no sabía era que para la mentalidad chilena era tan grave ser sincero con respecto a algo que no te gusta.

¿Y pasará despuès?

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