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jueves, 28 de diciembre de 2017

Bastión Esperanza - "Varios planetas".

(Fuente).
Las circunstancias habían convertido actividades tan cotidianas como ducharse, en un calvario para Alba. En el baño, detrás de la cortina de la ducha, ella jabonaba su cuerpo, muy incómoda porque al otro lado de dicha cortina, dentro del mismo baño, estaba Jaana Särkkä, la agente del ESIE, siempre cumpliendo la misión que le habían asignado, de vigilar a Alba sin abandonarla ni a sol ni a sombra.

En un minuto, por reflejo nervioso, el jabón resbaló de las manos de Alba. Mientras lo recogía, soltó, con educación que no alcanzaba a cubrir todo su fastidio:

– ¿De verdad es peligroso que me duche sola?

– O te vigilo yo mientras te duchas, o lo hace Goswami – replicó Jaana Särkkä, con firme frialdad. Y luego añadió: – Tenemos órdenes, y las puedo cumplir yo, que soy mujer, o él, que es hombre.

– Ustedes, las gentes del ESIE, son demasiado duros – dijo Alba, con suavidad. Pero Jaana Särkkä no se tomó la molestia de responder.

Alba cortó el agua. Tomó la toalla, que había dejado colgada en la barra de la ducha, sin correr la cortina. Se secó, y luego extendió el brazo fuera de la ducha, buscando su ropa. Jaana Särkkä suspiró con algo de fastidio, y desviando la mirada en otra dirección, tomó la ropa y la puso en la mano de Alba. Ella dio las gracias, pero la agente del ESIE, una vez más, no respondió.

Alguien tocó la puerta del baño, por afuera, y se sintió una voz masculina, la de Goswami.

– Apareció el chico ése, Numerio.

Un rato después, ya vestida y fuera del baño, por supuesto, Alba recibió a Numerio. Ambos miraron a los dos agentes del ESIE, pero ni Goswami ni Jaana Särkkä hicieron amago de moverse.

– Lo que conversen, lo conversan delante nuestro – dijo Jaana Särkkä, con seriedad y cierta petulancia.

– ¿Por qué no te puedo encontrar vía menterminal? – preguntó Numerio a Alba.

– El Gobierno de Esperanza cortó mis comunicaciones – dijo Alba, con suavidad teñida por algo de tristeza. – Piensan que soy una especie de peligro, o algo.

– ¡Pero esto es injusto! – protestó Numerio. Y luego se dirigió a Janaa Särkkä y a Goswami. – ¡No tienen derecho a hacerle eso a Alba! ¡No tienen derecho!

Goswami dirigió la mirada hacia Jaana Särkkä, indeciso, pero ella no parecía querer reaccionar, de manera que Goswami optó por la misma solución, y se quedó quieto, impertérrito.

– Eso no importa, ya lo arreglaremos – dijo Alba. – ¿Qué pasa contigo? Te noto triste…

– Es que, Alba… no sé qué pasó. Estaba hablando con Millaray, y entonces… te vas a enojar conmigo.

– Te prometo que no me voy a enojar – dijo Alba. – Vamos, dime qué sucedió.

– Yo… empecé a insultarla, y… le dije que era fea, que no la quería, y… ¡Pero no fui yo! ¡Te lo juro! ¡Algo pasó, no sé qué, y… de pronto estaba diciendo todo eso! ¡Y no quería decirlo! ¡Te juro que no quería, no quería decirle nada malo! Ella, Millaray…

– ¿Y lo conversaste con ella?

– No quiere responderme. También traté de hablar con su hermana, con Lincopán, y… no pude. Parece que tampoco quiere hablar conmigo.

– Pero… no entiendo… por qué le dijiste…

– ¡Es que no fui yo! Es como… no sé… Era como si yo lo estuviera haciendo, pero en realidad no, yo estaba a un lado, sin poder controlar lo que hacía o lo que decía, y alguien más lo hiciera por mi…

Alba miró a Numerio. Aquello parecía la historia referida por un lunático, y sin embargo, Alba le creía. Numerio siempre había sido un buen chico y su conducta era intachable, tanto que sus compañeros de curso tendían a ser muy pesados con él, acusándole de ser poco menos que la mascota de los profesores. Y además, se le veía triste, muy triste, por lo acontecido. No podía estar mintiendo.

– Ya, no importa, Numerio. Ya veremos cómo arreglar eso. Te prometo que te voy a ayudar, ¿vale?

– ¿De veras? – preguntó Numerio, con su carita iluminándose.

– Por lo pronto, vamos a hacer otra cosa, para que se le olvide un poco todo esto. ¿Te gustaría ver si puedes ver al alienígena que capturamos? – preguntó Alba, con tono alegre para animar a Numerio.

– ¿Puedes hacer eso? – replicó Numerio, entusiasmado.

– Bueno, si pude subirte a la nave espacial Ganímedes, entonces… Vamos a ir a hablar con el profesor Higgins, y estoy seguro de que arreglará que te autoricen.

– ¡Un momento, Alba! – saltó Jaana Särkkä. – ¡Tú estás bajo vigilancia, por orden del Gobierno de Esperanza, y…!

– Entonces vigílame a donde voy – respondió Alba, con una muy educada suavidad, pero también con mucho aplomo, a través de un rostro mortalmente serio. – Si tienes algún problema con eso, entonces acompáñame. Pero ahora voy a viajar hasta donde se encuentre el profesor Higgins, y voy a tratar de que él gestione esta autorización, te guste o no. Y si no te gusta, entonces arréstame.

Jaana Särkkä miró a Goswami con un gesto que era a medias desconcierto y a medias fastidio. Luego soltó algo que podría haber sido un bufido, e hizo un gesto despectivo y petulante con la mano, a guisa de autorización.

OxxxOxOOOxOxxxO

Rantel había sido transferido al laboratorio del profesor Higgins, lugar en el cual tanto él como Sandrine trabajaban en las observaciones preliminares respecto de la tecnología a bordo de la nave alienígena, dentro de la cual había sido capturado Rantel durante la batalla en Ciudad del Progreso. Dicho lugar ya estaba reforzado, en términos de seguridad, por ser un laboratorio perteneciente a los militares y gestionado por éstos, pero ahora que Rantel estaba en su interior, las medidas se habían reforzado. El prisionero era simplemente demasiado valioso como para que le pasara algo, o como para que intentara escapar.

En el minuto, Sandrine y Rantel estaban trabajando en una sala, ella con su correspondiente traje NRBQ, acompañados ambos por una pequeña cohorte de robots. En la habitación contigua, el profesor Higgins conversaba con Alba y Numerio, siempre bajo la atenta vigilancia de los agentes del ESIE.

– ¿No tuvo problemas con el Comandante Luca, profesor? – preguntó Alba.

– El Comandante Luca protestó, bufó, se puso de mal carácter, pero al final, lo convencí de que un punto de vista externo, en particular de un niño con perspicacia, y sin la mente configurada como quienes hemos estudiado durante años, podía examinar el asunto sin ideas preconcebidas, y lograr algún avance en cómo nos comunicamos con Rantel – respondió el profesor Higgins.

– ¿Pero no se comunican con el… alienígena? – preguntó Numerio.

– A un nivel matemático, hemos conseguido construir un sistema de signos comunes con los cuales nos comunicamos ecuaciones. Gracias a eso, Rantel está explicándonos, muy lentamente, como funciona la nave arzawe que capturamos, y esperamos que eso también nos enseñe a manejar la tecnología arzawe a bordo de la nave espacial Ganímedes. Pero su idioma en sí, no lo entendemos, y él tampoco parece entender el nuestro. De manera que no sabemos casi nada sobre la historia de su especie, o sus planes, propósitos, cultura, sociedad, etcétera – explicó el profesor Higgins.

Numerio ya había estado expuesto a los patógenos arzawe y sufrido su infección, de manera que no precisaba de un traje NRBQ. Le hicieron ingresar, para conversar directamente con Rantel. La primera impresión del chico no fue favorable, en particular por el tono azul verduzco del alienígena, que le daba una apariencia algo putrefacta. Al verlo, Rantel manifestó algo que podía pasar como curiosidad, en su rostro hierático y casi sin expresiones, mientras que Sandrine soltó un suspiro de fastidio.

– Hola – dijo Numerio.

– Hola – respondió Rantel, habiendo aprendido por lo menos las reglas de uso de dicha palabra.

– Numerio – dijo éste, señalándose a sí mismo.

– Rantel – respondió éste, también señalándose a sí mismo.

Numerio miró en varias direcciones, tratando de buscar algo con qué seguir la conversación, y lo único que le vino a la mente, fue referirse a los robots que Sandrine había traído consigo.

– Robots – dijo Numerio.

– Robots – repitió Rantel.

Numerio tomó un robot de forma aracnoide, uno de los más pequeños, y lo acunó como si se tratara de un gatito regalón. Al ver el gesto hacia el robot, la usualmente seria Sandrine esbozó una sonrisa. Luego, llevado por el entusiasmo, Numerio olvidó que el alienígena no hablaba más que palabras sueltas, con suerte, y soltó una pequeña tirada acerca de lo interesante que era trabajar con robots.

Rantel respondió algo, en su propio idioma.

Numerio se detuvo en seco. Algo en el discurso de Rantel había llamado su atención. Meditó con detención, para ver cómo podía hacerle repetir lo dicho, y luego dio con la solución más obvia: repitió él mismo las palabras que había soltado, pero ahora mucho más lento, y modulando al máximo, mientras rogaba porque el alienígena entendiera lo que estaba haciendo.

Rantel pareció hacer lo propio, hablando también muy lento, en su propio idioma, y en apariencia, repitiendo lo mismo que él había dicho, palabra por palabra.

– Rant – murmuró Numerio, y luego se dirigió a Sandrine. – ¿Puedes proyectar una imagen en ese robot? ¿Una imagen de… un planeta o algo?

Sandrine suspiró, tratando de contener su fastidio, abrió lo que podría ser la nuca de otro robot aracnoide, y sacando una pantalla de ahí, mostró una imagen. Era el planeta Esperanza.

– No. No Rant – dijo Rantel.

Numerio abrió los ojos visiblemente. Si estaba entendiendo correctamente… de manera que tomó al robot con la pequeña pantalla en la nuca, y empezó a proyectar otras imágenes, también de planetas.

– Rant… no Rant. Rant… no Rant. Rant… no Rant – empezó a repetir Rantel, ante cada imagen.

– ¿Rant… no Rant?

– Rant – dijo Rantel, abriendo mucho los brazos para abarcar la mayor cantidad de espacio posible en un círculo. Y luego, abarcando con un círculo mucho menor, añadió: – No Rant.

El rostro de Numerio se iluminó. Lleno de entusiasmo infantil, agarró el robot aracnoide de Sandrine, sin pedirle permiso siquiera a la dueña, y salió corriendo de la habitación, deteniéndose lo justo para recordar sus modelos, y despedirse de Rantel.

– ¡Ya sé! – dijo Numerio. – ¡Ya sé cómo hablar con él! ¡Es tan fácil!

– Pero, Numerio… ¡Explícate! – dijo el profesor Higgins, desconcertado.

– Cuando dije algo, él me respondió algo. No sé qué, pero había una palabra, que era Rant. El se llama Rantel, ¿no? Creo que las palabras Rantel y Rant son… de algo, y creo que Rant es un planeta. Si tengo razón… entonces cuando nos dice que “Rant, no Rant”, nos quiere decir que esos planetas se parecen a Rant, pero no son Rant. Rant es un planeta como ésos, pero ninguno de ésos en particular, sino otro.

– Nos está explicando una relación de género a especie – dijo el profesor Higgins, recordando los gestos a través de los cuales Sandrine le había explicado a Rantel qué era tal clase de relación. – Y si Numerio tiene razón… entonces podría ser que existiera allá afuera un planeta llamado Rant, y que en efecto, Rant fuera el planeta nativo u originario de los arzawe…

つづく

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