jueves, 14 de diciembre de 2017

Bastión Esperanza - "Pequeñas decisiones".


Lo principal de la crisis en Nuevolab había pasado, pero no sus consecuencias: en la enfermería, el doctor Wilkinson seguía atendiendo la herida en la pierna de Marelize, como el procedimiento de emergencia, auxiliado por Alba, como la persona que tenía más a la mano, que pudiera lucir un poco de preparación científica, aunque ésta fuera en cuestiones de Física y no de Medicina.

– Tú, tráeme una bolsa de sangre de… allá… – le dijo el doctor Wilkinson a Paparizou, sin recordar su apellido. – Asegúrate de que venga con un SCS.

– ¿SCS?

– Suero de Corrección Sanguínea, para evitar el rechazo por grupo sanguíneo. ¡Apúrese, hombre! – dijo el doctor Wilkinson.

– ¡De inmediato! – dijo Paparizou, cuadrándose por instinto aunque técnicamente el doctor Wilkinson no era un superior jerárquico al mando. Luego, acudió al pequeño refrigerador a un costado, lo abrió, y descubrió algunas bolsas con sangre. – SCS… SCS… SCS… Esta.

Marelize estaba plenamente consciente de todo lo que ocurría: dadas las circunstancias, no había tiempo para un pabellón de emergencia o anestesiólogo, así es que el doctor Wilkinson hacía lo mejor que podía, operando la herida con anestesia local.

– Creo que con esto bastará, por ahora – dijo el doctor Wilkinson, un poco más relajado, y con aire paternal. – Vas a estar bien, Marelize, por el minuto. Tienes una dosis masiva de antibióticos adentro, y te vamos a recostada aquí por el minuto, con esta transfusión para reponer la sangre perdida.

– Te vamos a dejar caminando derechita otra vez – dijo Paparizou, risueño, y luego añadió, con un poquito de picaresca: – Para que puedas ir directo a la cita a la que te voy a invitar…

Marelize, muy débil todavía, volvió lentamente la cabeza hacia Paparizou, como si en dicho lugar se hubiera plantado un alienígena salido de quien sabe qué planeta de cretinos. Usualmente, su trabajo de enfermera le exigía armarse de mucha paciencia, mientras obraba bajo presión, pero después de haber sobrevivido al asalto de una turbamulta contra el laboratorio, ser baleada en la pierna y haber sido sometida a un procedimiento de emergencia en condiciones casi artesanales, no se sentía con el mejor de los humores para soportar a gente haciéndose la listilla.

– ¿Eres imbécil, o qué? – preguntó Marelize, con la voz muy débil, pero que evidenciaba su molestia.

– ¡Sí, señora…! ¡El imbécil más grande de todos, a su servicio! Imbécil y payaso, lo que sea necesario hasta que se recupere la enfermita – se rio Paparizou, con mucho espíritu deportivo. Y luego, con algo de sorna, pero sin perder la alegría, añadió: – ¡Y además de eso, lo único que cobro es una sonrisita!

Alba soltó una risilla, que tapó delicadamente con los dedos de la mano derecha, mientras entrecerraba los ojos. El doctor Wilkinson por su parte sonrió levemente y miró hacia otro lado para disimular un poco. Marelize, no sabiendo qué decir, sólo atinó a sonreir también, sin terminar de creérselo.

– Dale una oportunidad, Marelize – dijo Alba, siempre sonriendo. – Paparizou es un buen tipo.

– OK… – dijo Marelize, un poco más domesticada. – Tiene su cita, Paparizou.

Paparizou hizo un pequeño gesto de celebración, mientras que Alba y el doctor Wilkinson intercambiaban una mirada. Era un pequeño rayo de luz en un día de perros, después de todo.

Afuera, apareció Escalante. Estuvo a punto de entrar, cuando de pronto, vio a Alba y al doctor Wilkinson mirándose entre sí. Suspiró, sonriendo con tristeza, y se dio la media vuelta.

Alba alcanzó a ver a Escalante, y estuvo a punto de ir a por él… pero no lo hizo. Ni Paparizou ni Marelize se dieron cuenta, estando ambos en lo suyo.

– ¿Qué pasa, Alba? – preguntó el doctor Wilkinson.

– Nada, es… Escalante, estaba allá afuera, y… y…

El rostro del doctor Wilkinson se entristeció por un instante. Movió negativamente la cabeza, mientras apretaba los labios.

– Jean… – dijo Alba.

– No importa, Alba – dijo el doctor Wilkinson, de manera no realmente brusca, aunque con un poco menos de amabilidad para lo que era su costumbre. – Anda a buscarlo.

– Jean, lo siento, yo…

– Alba, se está yendo. Anda a buscarlo – dijo el doctor Wilkinson, algo más conciliador. Luego, adoptando un tono algo más profesional, y tratando de sonreir para quitarle hierro al asunto, añadió: – Marelize va a estar bien, así es que no creo necesitarte como enfermera por el minuto.

Alba miró al doctor Wilkinson por un segundo.

– Jean… Gracias.

El doctor Wilkinson asintió con la cabeza, mientras Alba salía.

Pero Escalante ya no estaba por ninguna parte.

Alba intentó contactarse con él vía menterminal. Pero resultó inútil. Escalante simplemente no estaba disponible.

OxxxOxOOOxOxxxO

Vía menterminal, Alba se comunicó con el profesor Higgins. En medio de todo el caos subsiguiente a la invasión arzawe contra Ciudad del Progreso, no habían tenido demasiado tiempo para hablar. Pero Alba sentía la necesidad de conversar con alguien, de desahogarse, y no en balde, habiéndola criado después de la muerte de sus padres, el profesor Higgins probablemente era la persona indicada.

– Escalante parecía tan… deprimido. A lo mejor pensó que tengo algo con… el doctor Wilkinson…

– Bueno, y… ¿lo tienes, Alba? ¿Con el doctor?

– ¿Yo? ¡No! El doctor… Jean… El es amable conmigo, y trato de ser amable con él, pero… eso es todo. Además… ¿no puedo salir con quién quiera, si no tengo compromiso?

– Pero Alba… ¿no les estás dando esperanzas a los dos? ¿Al doctor y a Escalante? Porque eso significa que estás jugando con los sentimientos de los dos. El doctor Wilkinson me parece un tipo correcto, y no creo que con él…

– ¿Y Escalante? ¿Qué le parece Escalante?

– No sé… Es rudo, no muy bien educado… Pero parece tener el corazón bien puesto en su sitio.

– A usted le gustaría que yo… y el doctor…

– Lo que cuenta es lo que quieres tú, Alba – dijo el profesor Higgins, algo cortante. Luego, con más suavidad, añadió: – ¿Con quién de los dos te sientes mejor? ¿Con quién de los dos te imaginas a futuro?

– Con Escalante – dijo Alba, y sintió algo liberador cuando dijo esas palabras.

– ¿Por qué?

– Bueno, yo sé que usted…

– No cuenta lo que yo quiera, sino lo que tú quieres para ti. Y en esto… recuerda que no hay respuestas correctas. Esto no es un experimento de Física en donde las ecuaciones cuadran o no cuadran.

– Con Escalante… me siento protegida. Yo… siempre siento esto de que… tengo que estar alrededor de la gente, preocupándome de que estén bien, de que no se sientan mal, cuidándolos… Pero a Escalante, yo no tengo necesidad de cuidarlo, porque él me cuida a mí, y… profesor… ¿debería hablar con él?

– Alba, estamos en guerra. Mañana o en una hora más, los arzawe pueden volver a atacar, y… ya sabes lo que podría significar. Cada minuto en que no hables con él, podría ser la última oportunidad.

Alba sonrió.

– Gracias, profesor. Hablaré con Escalante. Y… deséeme suerte.

– Suerte, Alba – respondió el profesor Higgins, con lo más parecido a la ternura que podía encontrarse al interior de su temperamento más bien estoico.

– Y… profesor… Tiene razón en que no sabemos cuándo va a ser la siguiente batalla, o cuando saldremos vivos, así es que… no sé, quizás sea una tontería, pero… Gracias. Gracias por todo. Por haberme cuidado cuando murieron mis padres, por haberme enseñado ciencias, por… por todo.

– Estás perdiendo el tiempo, Alba. ¡Vamos, anda!

OxxxOxOOOxOxxxO

Alba se puso a buscar a Escalante por el cuartel, preguntando arriba y abajo. Finalmente, alguien le dijo que probara en el hangar de los golem. Hacia allá se dirigió Alba. Y en efecto, Escalante estaba ahí, sumergido en una batería de pruebas que le estaba administrando al Golem Mayor.

– Escalante…

El aludido no respondió. Siguió trabajando con la cabeza hundida en sus aparatos de medición, como si no hubiera nadie ahí.

– Escalante…

– Ah, eres tú, Alba – dijo éste, levantando la cabeza, como si hubiera ocurrido el imposible de no haberse dado cuenta de la presencia de ella. Y luego, de manera seca y cortante, dijo: – Qué quieres.

– Disculparme.

– ¿Por?

– No sé… a lo mejor… tienes la idea de que… Jean y yo…

– Bueno, el doctorcito y tú son felices juntos. Me alegro por ustedes – dijo Escalante, con rudeza.

– Pero, Escalante, yo…

– No tienes nada que decirme, Alba – dijo Escalante, levantándose por fin de sus aparatos, e irguiéndose tan alto como era frente a la chica. – Es tu decisión, tú…

– ¡Escalante…! ¿Quieres escucharme por un instante?

– ¡Bien! – dijo Escalante, con cierta agresividad. – ¡Te escucho!

Alba se detuvo para pensar muy bien las palabras. Escalante arqueó las cejas, esperando lo que Alba tuviera para decir. Alba estuvo a punto de abrir los labios para hablar… cuando de pronto, aparecieron más personas en el hangar.

– ¡Alba Dunsany! – gritó una estentórea voz de mujer, que luego añadió, con una combinación de autoridad y prepotencia: – Por si no te acuerdas de mí: Jaana Särkkä, teniente del Escuadrón de Seguridad Interior de Esperanza. Este es mi segundo al mando, Goswami, por si tampoco te acuerdas. Por orden del Gobierno de Esperanza, se encuentra usted bajo vigilancia permanente por parte del ESIE, incluyendo la intercepción autorizada de sus comunicaciones vía menterminal, hasta nuevo aviso, vigilancia respecto de la cual tanto Goswami como yo hemos sido instruidos para hacernos cargo. Cualquier intento por burlar nuestra vigilancia, aunque sea por unos segundos, será considerado un acto de insubordinación en contra del Gobierno de Esperanza, y será severamente castigado con las penas que correspondan de acuerdo a la ley. ¿Queda esto claro?

Alba y Escalante se miraron el uno al otro, asombrados, mientras el pequeño espacio privado entre ambos se evaporaba.

つづく

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