jueves, 21 de diciembre de 2017

Bastión Esperanza - "Los nuevos mapuches".

(Fuente).
Vía menterminal, la comunicación entre el profesor Higgins y el Comandante Luca se volvía cada vez más airada; la usual paciencia del profesor Higgins brillaba por su ausencia, ahora que la libertad personal de su protegida era lo que estaba en juego.

– ¡Están tratando a Alba como si fuera una especie de peligro público! ¡En realidad, hasta el minuto, ella es lo único que nos separa entre la supervivencia y el desastre total frente a los arzawe!

– ¡Profesor, ella es un maldito peligro público! – gritó el Comandante Luca. – ¡Alba estuvo a punto de descargar todo el poder de fuego de la nave espacial Ganímedes sobre un montón de civiles! ¡Los mismos civiles a quienes tratamos de proteger de los alienígenas que están tratando de aniquilarnos!

– ¡Es inaudito! ¡Alba no le haría daño a una mosca! ¡Yo mismo la crié, cuando fallecieron sus padres, y puedo dar fe de eso!

– ¿Fe? – gritó el Comandante Luca. – ¿La fe de un ingeniero tan inepto que todavía no ha descubierto cómo controlar a Ganímedes? ¿O no es que usted sea inepto, ah…?

– ¿Qué… quiere decir…? – preguntó el profesor Higgins, palideciendo, y tratando de contenerse para no empeorar la situación diciendo lo que no debería decir.

– Profesor Higgins, usted no ha sido capaz de descifrar la manera de controlar a la nave espacial Ganímedes. ¿O acaso no lo hace para que Alba siga siendo importante? Antes de que me responda, quiero que lo piense bien, que vea la situación más allá de sus tubos de ensayo y sus abracadabra científicos. Si llego a tener pruebas de que usted ha mantenido de manera deliberada el control de Ganímedes en manos de Alba, en vez de desarrollar la tecnología para entregarnos esa nave espacial y hacernos cargo, entonces con eso tenemos suficiente para mandarlo a juicio y fusilarlo por alta traición en contra del Gobierno de Esperanza, y ponemos a Richter a cargo de todo. ¿Quiere ayudar a su protegida? Entonces enséñenos como controlar a Ganímedes nosotros, que somos los soldados, hemos sido entrenados para la guerra, y sabemos cómo hacer estas cosas. ¿Estamos claros…?

– Sí. Perfectamente claro – respondió el profesor Higgins, temblando de ira.

El profesor Higgins cortó la comunicación vía menterminal, sin siquiera una despedida de cortesía, una falta de protocolo rara en él. También cosa rara en él, descargó su ira con un par de patadas en la mesa. Odiaba tener que admitirlo, pero se preciaba de ser un científico, y por lo tanto, mirar las cosas de manera objetiva y racional. El Comandante Luca tenía un punto respecto de todo el asunto. Hasta el minuto, toda la seguridad del planeta Esperanza giraba en torno a la nave espacial Ganímedes, y el control de la misma estaba en manos de Alba, y solamente de Alba, debido a la manera en que los bancos de datos de la computadora de Ganímedes habían sido programados. Si algo le pasaba a Ganímedes, a los bancos de datos o a Alba, sería el fin de los colonos humanos en Esperanza: los arzawe los arrasarían sin piedad.

Pero todas sus investigaciones, así como las de Sandrine en la parte robótica de Ganímedes, habían dado resultados negativos. Ganímedes usaba tecnología procedente de los arzawe, y comprender su funcionamiento daba mucho trabajo. Nada hubiera hecho más feliz al profesor Higgins que aprender cómo controlar a Ganímedes, y así quitarle a Alba el peso de la responsabilidad que significaba la seguridad del millón y medio de colonos humanos que aún sobrevivían en el planeta Esperanza.

Por supuesto, estaba Rantel, el arzawe capturado. Pero las comunicaciones con él, eran todavía lentas y laboriosas. No entendían su idioma, ni él parecía entender el idioma humano, aunque ya estaban en condiciones de intercambiar conocimientos matemáticos básicos, gracias a los esfuerzos de Sandrine. A lo mejor, si le daban más tiempo a Sandrine y Rantel… tiempo que quizás no tuvieran, porque aunque la base de la Luna Mayor había sido destruida, nadie sabía si la amenaza arzawe había sido conjurada de verdad para siempre o no…

OxxxOxOOOxOxxxO

En el hospital, Lincopán se estaba recuperando de manera lenta, pero satisfactoria. Ella había sido sometida a una serie de intervenciones quirúrgicas posteriores a la primera de emergencia, porque un tajo en el vientre que estuvo a punto de dividirla literalmente en dos, no era algo para tomárselo a la ligera, en términos médicos por lo menos.

Lincopán conversaba vía menterminal con Millaray, su hermana menor, cuando de pronto apareció Brown en la puerta.

– ¿Qué pasa? – preguntó Millaray.

– Nada, nada, tengo visitas aquí – dijo Lincopán, de manera afectuosa. – Te llamo en un rato más.

Lincopán cortó la comunicación vía menterminal.

– Pasa, Brown, pasa.

– Gracias – dijo Brown, y accedió a la invitación con su gigante humanidad. Traía un ramo de flores, que se lo entregó a la paciente. – Ayelén…

– Podías haberme hablado vía menterminal – dijo Lincopán, extrañándose de que Brown usara su nombre de pila en vez de su apellido, en particular porque podía ser visto como una falta de respeto por parte de Brown hacia su superior jerárquica en la cadena de mando. – ¿Qué pasa? Te veo preocupado.

– Quería… pedirte disculpas.

– No hay nada que disculpar, Brown, no te preoc…

– Estaba muy enojado contigo, Ayelén. Mucho – dijo Brown. – Tú sobreviviste, y Hilmarsson no.

– Es la guerra. Pudo ser al revés – dijo Lincopán, tratando de calmarse, porque la mención de lo sucedido en la batalla, la alteraba, en lo que el psicólogo visitándola llamaba “estrés postraumático”.

– No es tu culpa, Ayelén. Yo… bueno… no hubiera querido que te pasara nada. Pero tampoco a Hilmarsson, y… enterramos lo que quedó de él, después de la batalla – dijo Brown, mientras sus ojos gentiles se humedecían.

Lincopán se quedó en silencio, no demasiado segura de lo que debía decir.

– Ya sabes el lío que se armó en Nuevolab. Tuvimos que ir a hacer de policía contra una turba. Y… no sé cómo decirlo… Es como haber vuelto a ser yo. Quiero decir… yo no me hice soldado por odio. Ni siquiera a mi enemigo. Mi familia entera murió durante la Rebelión Mendeliana. No quería que eso le pasara a ninguna otra familia. Lo de… Hilmarsson… me sentía mal. Culpable. Estaba enojado. Y… me enojé contigo. Porque tenía que enojarme con alguien, y… Bueno, el caso es que estaba ahí, yo, en mi golem, la gente ésa alrededor del laboratorio, y el estúpido de Jenkins empezó a usar fuerza letal contra ellos, y… me sentí mal. Me avergoncé de mi mismo, porque… Yo no soy así.

Lincopán asintió en silencio.

– Señora Lincopán, usted es mi superior jerárquica al mando. Le falté el respeto, y además, le dije que me hubiera gustado verla muerta. Son faltas en el código, así es que… castígueme. Como corresponde.

Lincopán movió la cabeza negativamente, mientras sonreía.

– Dos padrenuestros y un avemaría – dijo, con un tono levemente irónico.

– ¿Cómo? – preguntó Brown, sonriendo levemente, sin saber bien cómo tomarse eso.

– Déjese de estupideces, Brown. ¿Usted cree que no me la he pasado acá en el hospital preguntándome lo mismo? Me entrenaron para pelear, para combatir, para ser la mejor, y me mandan al hospital casi… en dos. Si no es por mi golem, me dicen, me hubiera desangrado ahí mismo. ¿Por qué? Es la guerra.

Brown asintió.

– Creo que nunca le he hablado de mis antepasados, Brown. Ellos pertenecían a una tribu de la Tierra que se llamaban los mapuches. Un día cualquiera, aparecieron unos invasores, los españoles. Los mapuches, mi gente, les dieron guerra durante trescientos años. Trescientos. Primero a los españoles, luego a los chilenos que vinieron después. Incluso cuando fuimos conquistados por los chilenos, nos las arreglaron para conservar nuestra cultura y tradiciones. Cuando los españoles llegaron a invadirnos, eran como gente salida de otro mundo. Traían espadas, y caballos, y trabucos, y armaduras, y venían en oleadas interminables. Y además traían enfermedades, que nos mataron a casi todos. Y sobrevivimos. ¿Sabe por qué, Brown?

Brown movió negativamente la cabeza.

– Somos un pueblo. Una cultura. Una tradición. Luchamos por lo que creíamos. No nos rendimos ante un enemigo superior. No nos rendimos nunca. Nos conquistaron, pero no nos rendimos. Y aquí estoy yo, casi mil años después. En el pasado hubo guerreros como Lautaro, Caupolicán, Galvarino, Colo Colo, Pelantaro, quienes lucharon contra un enemigo vastamente superior porque los valientes no se rinden, y siempre luchan por la supervivencia, sin importar qué. Ahora, nosotros somos esos modernos guerreros. Ahora el enemigo no son otros humanos, sino los alienígenas ésos. Y no nos van a conquistar ni nos vamos a rendir. Hilmarsson no era mapuche, pero creía en eso, por eso luchó, y por eso murió. Yo creo en eso, voy a luchar por eso, y si tengo que morir por eso, que así sea. Y creo que usted, Brown, piensa exactamente lo mismo que yo. Su familia murió en la Rebelión Mendeliana. Mis ancestros murieron en la Conquista de Chile, en la Guerra a Muerte, en la Pacificación de la Araucanía. Pero nosotros seguimos aquí, y eso es todo lo que cuenta. Somos un mismo equipo, estamos del mismo lado, y llevamos con nosotros la tradición de los seres humanos a través del cosmos. Y vamos a sobrevivir, no importa qué. Vamos a proteger a nuestra gente, no importa qué. Y… no puedo prometerle que vamos a triunfar. Pero si vamos a morir, va a ser un honor hacerlo luchando codo a codo con ustedes, mis camaradas de armas. Creo que Hilmarsson hubiera pensado lo mismo que yo.

Brown se quedó quieto un instante, asimilando todo lo dicho por Lincopán, y luego asintió. A continuación se paró con lentitud, y se cuadró militarmente.

– Espero que se recupere para estar nuevamente a sus órdenes, señora – dijo Brown.

– Descanse, soldado – respondió Lincopán, sonriendo con suavidad.

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Para ambos, ya era una costumbre conversar siquiera un ratito vía menterminal, todos los días. De las cosas que conversan los chicos, cuando rondan los nueve años de vida.

– ¿No sería lindo que nos juntáramos para jugar? – preguntó Millaray.

– Sí… – dijo Numerio, suspirando. – Pero está la cuarentena, y…

– Sí – respondió Millaray, también suspirando de resignación. Mientras la cuarentena estuviera vigente sobre Ciudad del Progreso, Lincopán jamás permitiría que su hermana menor viajara a dicho lugar. Y aunque lo hiciera, Millaray tendría que usar un traje NRBQ.

– Además no quiero verte. Eres una estúpida, una imbécil, y me das asco – dijo Numerio, repentinamente, de la nada.

– ¿Qué? – preguntó Millaray, herida en lo más vivo. – ¡Numerio, qué te pasa!

– ¡No lo sé, yo…! – respondió Numerio, desconcertado, pero luego, su tono volvió a cambiar: – ¡Tonta, eres una tonta, no te quiero y nadie te quiere! ¡Y si te pillo alguna vez…!

Millaray no alcanzó a escuchar el resto porque cortó la comunicación vía menterminal. Y se quedó en su cama, llorando. ¿Qué demonios le había pasado a Numerio, por qué de pronto reaccionaba de ese modo? ¿Qué le había hecho ella a él, para que él la tratara así…?

Mientras tanto, lejos del planeta Esperanza, en el interior de la base arzawe dentro de la Luna Menor, Warma soltaba una risilla.

– Concluyo: ¡Es tan fácil! – dice Warma, para sí misma. En efecto, ha conseguido usar el agente patógeno arzawe incrustado en el sistema neurológico de Numerio, para tomar control de él, y provocar una pelea con Millaray. Luego de lo cual, Warma sonríe ante las posibilidades. Destrozar el corazón de esa niñita, Millaray, es una cosita poca. Lo realmente interesante, es la posibilidad de usar a Numerio como caballo de Troya para penetrar en las instalaciones militares del planeta Esperanza, sembrar el caos, y así pavimentar el camino hacia una gloriosa victoria arzawe, lo que llevaría al exterminio completo de los humanos sobre la superficie del planeta Esperanza…

つづく

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