jueves, 7 de diciembre de 2017

Bastión Esperanza - "Contención de daños".

(Fuente).
En el Cuartel General del Alto Mando, el Presidente Kulkov y el Comandante Luca observaban atónitos cómo la nave espacial Ganímedes se colocaba en posición en el aire, presumiblemente para descargar su poder de fuego encima de Nuevolab.

– Ya tenemos bastantes problemas con la guerra y la epidemia. Si además de eso Ganímedes dispara contra la población civil, será un acabo de mundo – dijo el Presidente Kulkov.

– ¡Escalante, qué demonios está haciendo! ¡Detenga esto antes de que se convierta en una masacre! – gritó el Comandante Luca, vía menterminal, exasperado.

– ¡Señor! ¡Intento comunicarme con Alba, pero no lo consigo!

– Otra vez… esa… – masculló el Comandante Luca entre dientes.

– Permiso para abandonar el Golem Mayor e ingresar al edificio – dijo Escalante.

– ¡Concedido! – dijo el Comandante Luca, y luego, cortando brevemente la comunicación vía menterminal para poder desahogarse a gusto un poquitito, soltó un par de enormes juramentos. Luego se dirigió al Presidente Kulkov, disculpándose con todo el aplomo que encontró.

Mientras tanto, Escalante se dirigió a Jenkins, siguiente en la cadena de mando, vía menterminal:

– Jenkins, queda a cargo. Recuerde, son civiles, nada de fuerza letal. Voy a entrar para intentar que Alba entre en razón.

– ¡Señor, voy con usted! – gritó Brown.

– No, Brown, le necesito a usted afuera – dijo Escalante, pensando para sus adentros en que si Jenkins sobrepasaba sus órdenes, Brown de alguna manera le contendría. – Paparizou, usted conmigo.

– ¡Sí, señor! – respondió de inmediato el aludido.

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En el interior de Nuevolab, el grupo conformado por Alba, el doctor Wilkinson, Marelize y Woods, alcanzó la zona del Nivel de Seguridad Biológico 4. El doctor Wilkinson empezó a introducir los protocolos necesarios para sellar dicha sección del laboratorio. Pero se vio interrumpido por algunos disparos. Eran Sam, Hal y Claude, tres de los truhanes dentro de la turbamulta que los habían seguido.

– Queremos la vacuna, y sabemos que ustedes tienen una – dijo Claude, que parecía estar a cargo.

– No, no tenemos ninguna vacuna contra la epidemia alienígena – dijo el doctor Wilkinson, pálido y flaqueando un poco, pero con la presencia de ánimo suficiente para hacerse cargo de sus deberes y responsabilidades como cabeza del laboratorio, y del proyecto de investigación.

– De manera que tú eres el perro alfa aquí – dijo Claude, con una sonrisa torva, y luego, disparó contra Marelize. La enfermera cayó a un costado, sangrando, con su uniforme NRBQ perforado.

Por reflejo, Woods levantó su arma para contestar al fuego. Sam y Hal, también por instinto, hicieron lo propio. En el fuego cruzado, Sam cayó instantáneamente muerto a un costado, con un ojo muy abierto, y un agujero sangrante allí en donde hasta hace un instante estaba el otro. Woods por su parte, se llevó un par de balas en el pecho, se desplomó mirando al doctor Wilkinson, la mirada triste por haberle fallado, y luego, antes de reparar en que estaba muriéndose, cayó por completo. Hal, por su parte, se llevó una herida, que lo hizo aullar con desesperación y abandonar el sitio a la carrera.

El doctor Wilkinson miró a Claude, luego a Marelize, y de inmediato decidió que era un médico, y que no importaba si lo estaban apuntando con un arma, él no iba a dejar su deber. De manera que se lanzó hacia Marelize, revisando su herida.

La enfermera estaba herida en un muslo. Por la trayectoria del tiro, el hueso probablemente no estaba comprometido, pero si el disparo había perforado la arteria femoral, Marelize se desangraría hasta morir en probablemente un minuto.

– Alba, ayúdame a hacerle un torniquete – dijo el doctor Wilkinson.

Claude caminó de manera decidida los tres o cuatro pasos que lo separaban del doctor Wilkinson, y lo agarró por las solapas. Sin miramentos, puso la boca del arma contra la mejilla del doctor.

– Déjala. Quiero mi vacuna. ¡Ahora!

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En el interior de los bancos de memoria de Ganímedes, Aura había terminado el análisis completo.

– Tenemos el mapa completo que nos solicitó Alba, con todas las conexiones de menterminal dentro del laboratorio. Estamos listos para disparar.

– Espera. ¿Esa conexión vía menterminal, es…? ¿Escalante? – preguntó Selene.

– Así es – afirmó Aura, indecisa.

– Maldita sea – dijo Selene. – Deje el bombardeo en suspenso. Que Escalante haga lo suyo.

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En el exterior de Nuevolab, la labor de Jenkins se había simplificado un resto. Afuera del laboratorio, las gentes habían visto el despegue de Ganímedes, y el modo en que la gigantesca nave espacial parecía estarse colocando en posición. Ese pequeño vestigio de razón que nace del instinto de supervivencia, consiguió imponerse, y de a poco, la multitud empezó a calmarse, y algunos comenzaban a dispersarse.

– Vamos a darles una lección – dijo Jenkins. – Vamos a hacerlos correr de regreso a sus casas.

– ¡Señor! – gritó Brown. – ¡No es necesario usar…!

– ¡Yo estoy en comando aquí, Brown! – gritó Jenkins. – ¡Vamos a restablecer la autoridad del gobierno de Esperanza por todos los medios! ¡Muévase!

Hubo un breve silencio de Brown.

– Bajo protesta – dijo al último, el gigante gentil.

Los golem empezaron a moverse con decisión todavía mayor. La multitud decidió que la represión iba en serio, y la agresión en contra del laboratorio se convirtió en una desbandada. Sólo quienes habían conseguido ingresar al laboratorio, no parecían enterarse de lo que sucedía afuera.

– Señor… Ya no queda gente acá afuera. Podríamos salir de los golem e ir a por la gente en el interior… – dijo Brown.

– No – dijo Jenkins. – Nuestro puesto es en los golem. Cada baja entre nosotros significa un piloto menos para los golem, y ya sabe que los golem, por alguna razón, vienen más o menos personalizados. Nos quedamos. Que Escalante haga lo suyo, que para eso es el que manda aquí.

– Desgraciado – masculló Brown, cuidándose de que dicha palabra no saliera vía menterminal. El razonamiento de Jenkins le parecía correcto, pero se preguntaba si se trataba de fría mentalidad militar, de un intento por dejar abandonado a Escalante en una posición desesperada, o ambos a la vez.

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Sam y Hal habían intentado impedir que Alba ayudara a Marelize, pero ella, con presencia de ánimo, les increpó. De esta manera, Alba consiguió hacerle un torniquete a Marelize, y detener en parte la hemorragia. Con todo, había perdido mucha sangre, y si no recibía asistencia médica inmediata, las posibilidades de fallecimiento se incrementaban dramáticamente.

Mientras tanto, en otro lugar del laboratorio, Hal agarraba un frasco de algo que parecía ser desinfectante, y se lo vertió en la herida. El dolor lo hizo aullar. Esto llamó la atención de Escalante y Paparizou, quienes arribaron de inmediato. Hal, por reflejo animal, levantó el arma. Escalante y Paparizou, soldados entrenados para matar como eran, ni siquiera se lo pensaron; entre ambos, acribillaron a Hal con potencia de fuego suficiente como para garantizarle un funeral con ataúd cerrado.

– Mi… vacuna… mi… vacuna… ¡Mi vacuna! – gritaba Claude, siempre con el doctor Wilkinson agarrado con una mano, y el arma con la otra.

– Suéltalo. Ríndete – dijo Escalante con frialdad, entrando en la habitación junto a Paparizou, y apuntando al mismo tiempo. – Paparizou, saca a Marelize y Alba de aquí.

Paparizou no se hizo repetir la orden. Claude vaciló un instante, viendo que dos valiosos rehenes se le escapaban, pero no pudo hacer mucho: Escalante apuntó el arma contra la cabeza de Claude.

– Quieto o te reviento los sesos, pedazo de… – dijo Escalante, con toda la calma que pudo encontrar para así sonar más firme.

Claude intentó moverse con lentitud para voltearse y usar al doctor Wilkinson como escudo humano, pero Escalante repitió la orden gritando a todo pulmón, y acercando el arma a la cabeza de Claude.

– Le voy a volar la cabeza al doctor. Si no hay vacuna, el doctor no me sirve. Vivo no me sirve – dijo Claude, respirando de manera muy pesada, mostrando los dientes mientras hablaba, y con los ojos muy abiertos e inyectados de sangre.

– Tú tampoco me sirves vivo. No me puedes disparar porque te voy a matar antes. Si le disparas al doctor, te perforo el cráneo. No hay manera alguna de que salgas vivo si no te rindes – dijo Escalante, con frialdad. Y luego añadió, con una gota de sarcasmo: – Y muerto, no es que te sirva mucho la vacuna que viniste a buscar, ¿verdad?

Claude pareció entrar levemente en razón. Seguía respirando con agitación, temblaba un poco, pero fue notoria su vacilación.

Luego, Claude tiró el arma a un costado, soltó al doctor Wilkinson, y levantó las manos.

– Al suelo – dijo Escalante, sin dejar de apuntar.

Claude, ahora con lentitud, se echó en el suelo, boca abajo. Una vez ahí, mientras Escalante buscaba algo con qué amarrarlo, Claude empezó a sollozar.

– Quiero una vacuna. Quiero una vacuna. ¡No me quiero morir! ¡No quiero, no quiero, no quiero morirme! No quiero… no quiero… por favor… dénme una vacuna… sé que tienen una vacuna… por favor, se los ruego, se los suplico, por lo que más quieran… una vacuna…

Sin hacer mayor caso, Escalante encontró un conector de oxígeno, lo sacó, y lo usó para amarrar a Claude. Ahora éste ya no decía nada, sino que se limitaba simplemente a sollozar.

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En el Centro de Comando del Alto Mando de Esperanza, el Comandante Luca y el Presidente Kulkov conferenciaban, ahora que la situación parecía haberse resuelto.

– Otra vez lo mismo, señor – dijo el Comandante Luca. – No podemos dejar confiada toda la defensa de Esperanza a una chica que controla una nave espacial, y que pierde los nervios cada vez que tenemos una crisis.

– Pero no tenemos otro remedio – dijo el Presidente Kulkov. – Ganímedes es lo único que impide a los arzawe destruirnos, y ella es la única capaz de controlar esa nave.

– Entonces debemos vigilarla – dijo el Comandante Luca. – No podemos dejar que ande libremente por ahí. Esta vez tuvimos suerte, pero esta situación pudo haber derivado en una masacre. Vamos a ponerla bajo vigilancia del ESIE, veinticuatro horas al día, y acelerar la investigación de Ganímedes para replicar su tecnología, y sacarla a ella definitivamente de todo esto.

El Presidente Kulkov meditó brevemente la situación, y luego, considerando que era el mejor curso de acción a seguir, o al menos, que no existían alternativas mejores, acabó por asentir.

つづく

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