jueves, 9 de noviembre de 2017

Bastión Esperanza - "Regreso desde la Luna Mayor".


Habían pasado algunos días, y la situación en Ciudad del Progreso lucía más controlada, en lo que cabía después de la devastación del ataque alienígena, y de que los incontables cadáveres de los arzawe hubieran empezado a descomponerse y propagar infecciones, con las primeras infecciones de un nuevo brote epidémico. El gobierno de Esperanza se encontraba acuartelado, y la cuarentena sobre Ciudad del Progreso estaba en pleno vigor.

Al menos, las comunicaciones vía menterminal habían sido restauradas. Sin embargo, los técnicos seguían investigando el fallo en la batalla, sin poder explicarlo. El sistema mismo de comunicaciones, parecía operar de manera correcta. Dentro de la nave arzawe varada en Ciudad del Progreso, por su parte, no parecía haber nada similar a un aparato que sirviera para interceptar comunicaciones, aunque por supuesto, toda la tecnología arzawe estaba sentada sobre bases biológicas, no electrónicas, de manera que los ingenieros especializados apenas podían entender cómo funcionaba todo a bordo.

Con Rantel, por su parte, no parecía que hubiera avances. El prisionero arzawe parecía mostrarse bien dispuesto: no se comportaba hosco ni agresivo, e incluso, cuando por señas le habían invitado a que hablara, éste había dicho algunas palabras en su idioma. Pero a partir de esas grabaciones, los lingüistas no atinaban a descifrar nada del idioma. Muy en el fondo, todo idioma es un sistema lógico que puede ser descifrado de manera matemática, pero eso es muy difícil cuando no se sabe qué cosa exactamente quiere expresarse en una palabra o una frase. A la larga, seguramente los lingüistas podrían crear un modelo matemático que les permitiera entender el idioma de Rantel, pero eso tomaría tiempo, y éste era un recurso del cual nadie sabía cuánto disponía Esperanza. La base en la Luna Mayor había sido destruido, cierto, pero algunas naves habían conseguido escapar, y se sabía que existían más arzawe dando vueltas por el cosmos. Un nuevo ataque podía llegar mañana o dentro de diez años.

Al menos, Rantel comía con buen apetito. A partir de su perfil bioquímico, Flora Nair y un equipo de nutricionistas habían desarrollado lo que parecía ser una dieta adecuada para el arzawe. No era demasiado distinta a una dieta humana: proteínas, grasas, hidratos de carbono, vitaminas, minerales… más o menos lo mismo que un humano. Pero cada pedazo de carne o cada trozo de hortaliza tiene unos dos mil a tres mil componentes químicos distintos, y era muy difícil determinar si alguno de éstos, inocuo para los humanos, pudiera caer como bomba en el metabolismo de Rantel, emponzoñándolo. De manera que los nutricionistas a las órdenes de Flora Nair trabajaban con mucha cautela, para no envenenar accidentalmente al que quizás fuera la única carta de triunfo contra los arzawe…

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La nave espacial Ganímedes se aproximaba a la órbita de Esperanza. Pronto, el Capitán Chu la pondría en curso de descenso hacia Ciudad del Progreso. Sería la primera vez en que Ganímedes se posaría sobre la superficie de Esperanza, desde que despegara durante la Batalla de la Orbita. Estando tanto Ganímedes como Ciudad del Progreso en cuarentena, no había mayor diferencia en que los tripulantes de la nave ahora permanecieran en la ciudad.

El profesor Higgins arregló que se abrieran comunicaciones entre Alba y Escalante, vía menterminal.

– Hola, Alba – dijo Escalante, sin saber muy bien qué decir.

– Hola, Escalante – respondió ella, con amabilidad.

– ¿La… enfermedad…?

– El doctor Wilkinson… Jean… bueno, él encontró un antídoto. No estoy curada, pero dice que puede mantenerme estable.

– ¿Entonces la enfermedad tiene cura? – preguntó Escalante, esperanzado, y recordando que tanto él como sus hombres eran víctimas potenciales, expuestos como habían estado a los arzawe.

– Todavía no. El doctor Wilkinson dice que la cura le fue sugerida por la computadora de Ganímedes, usando mi perfil genético. Sólo sirve para mí. Pero está trabajando en un antídoto general.

– Me alegro – dijo Escalante.

Ambos se quedaron en silencio.

Luego ambos hablaron, se interrumpieron al darse cuenta de que el otro estaba hablando, y soltaron una risita cada uno.

– Alba, yo… quería decirte… – empezó Escalante, y se interrumpió cuando se dio cuenta de que las palabras se negaban de manera obstinada a formarse dentro de su cerebro.

– ¿Sí, Escalante? – preguntó Alba, ahora con un poquito de ansiedad.

– Alba… – apareció el doctor Wilkinson, no vía menterminal por supuesto sino en persona a bordo de Ganímedes. Como no hubiera respuesta, siguió hablando: – Disculpa por interrumpir, pero es la hora de la siguiente dosis.

– Ah… sí, claro – dijo Alba.

El doctor Wilkinson se instaló a un costado, fuera de la comunicación, no pudo oir lo que terminaban de decir Alba y Escalante.

– ¿Qué me querías decir, Escalante…?

– Yo… nada – dijo Escalante. – O sea, sí, que… que te recuperes.

– Ah… bueno… Gracias. ¿Tú, cómo estás? ¿Tus hombres? ¿Lincopán?

– Bien… bien… estamos bien – dijo Escalante, sin querer entrar en detalles. – No hagas perder tiempo al doctor Wilkinson. A… Jean.

– ¿Estás celoso? – sonrió Alba. Y luego, pensando en que quizás había sido demasiado atrevida, echó pie atrás. – Lo siento. No quise… No quise ser impertinente.

– No importa. Tengo asuntos que atender aquí, también, así es que… que estés bien.

Y Escalante cortó la comunicación, mientras rumiaba para sus adentros si ese doctorcillo, el tal Jean Wilkinson, había aparecido con el asunto de la dosis justo en el minuto por casualidad, o por…

– No seas malpensado, Escalante – se dijo para sí mismo. – Es un doctor, un profesional. No creo…

Mientras tanto, a bordo de Ganímedes, Alba miraba al doctor Wilkinson mientras éste y la enfermera Marelize se aplicaban a la labor de aplicar la dosis de antídoto a la paciente.

– Está usted muy serio hoy día, doctor – dijo Alba, con su amabilidad característica ahora acompañada con una cierta dosis de sorna, inusual en ella.

– Es sólo que… bueno, me alegra de haber conseguido preparar este antídoto, señorita Dunsany…

– Alba, doctor Wilkinson – sonrió ella.

En vez del habitual “Jean, llámame Jean” por parte del doctor Wilkinson, éste guardó silencio, y se sumergió en el análisis de las estadísticas biométricas de la paciente.

Mientras aplicaba la dosis, Marelize miraba de reojo a Alba y al doctor Wilkinson, y ahogó un suspiro, mordiéndose la lengua para no soltar un comentario sarcástico sobre la situación.

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No era cualquier cosa, estar reportándose nada menos que ante el mismísimo Comandante Luca. Pero eso era justo lo que estaba ocurriendo, vía menterminal debido a las reglas de la cuarentena, en una conexión SIMAC. En la misma estaban presentes el Comandante Luca, Escalante, Jenkins, Brown, Seong, Paparizou, Lincopán, y cerca de una veintena de hombres más.

– Hombres… – partió el Comandante Luca, con un tono quizás algo melodramático. – No es un secreto para nadie que estamos librando una guerra devastadora, que ha significado un genocidio brutal para nosotros, los habitantes de Esperanza, por no hablar de nuestras fuerzas diezmadas. Y no sabemos lo que vendrá a continuación, si hemos vencido en definitiva a los arzawe, o volveremos a enfrentarlos en un futuro más o menos próximo. Desde los tiempos de la Rebelión Mendeliana, nuestra organización militar fue diseñada para luchar con amenazas en contra del gobierno de Ganímedes en la superficie, no contra invasores del espacio. Lo que nos obliga a una completa reestructuración de nuestras fuerzas militares. Mientras estamos a la espera del diseño definitivo del organigrama de nuestras fuerzas militares, ya tenemos claridad sobre un aspecto. Escalante…

– ¡Señor! – gritó éste, con marcialidad.

– Usted ha sido el héroe de la jornada. Ha ingresado usted con sus fuerzas a la nave enemiga, y ha conseguido reducir y capturar al que parece ser el principal jerarca enemigo al interior de la misma, lo que podría proporcionarnos la clave para terminar de comprender a los arzawe y diseñar así métodos efectivos para contenerlos, combatirlos, y exterminarlos si fuere el caso. Es por eso que el Alto Mando lo promueve al rango de Teniente Primero. En cuanto a la unidad de Jenkins, toda ella será reestructurada, y puesta bajo su mando.

– Tu mala madre – dijo Jenkins entre dientes, no en el SIMAC sino en el mundo real, encerrado en su habitación como estaba. En esas condiciones, nadie lo escuchó decir eso, por supuesto.

– Escalante… estamos orgullosos de sus logros. Hombres… están a cargo de un héroe de guerra ahora. Sean dignos de su mando militar y de su uniforme, y recuerden: Esperanza por sobre todo.

– ¡Sí, señor! – gritaron todos al unísono.

El Comandante Luca abandonó SIMAC. Varios hombres aprovecharon de felicitar a Escalante, bien sea por sincero aprecio ante un héroe de guerra, bien sea por la autoconservación elemental de quedar bien con el nuevo jefe. Por disciplina y protocolo, Jenkins se sumó al saludo, aunque de manera fría e impersonal, sin molestarse en disimularlo.

– Algo más que decirle a su chica a bordo de Ganímedes, señor – se permitió bromear Lincopán, quien no estaba ni de lejos saludable todavía, aunque esto no se advertía vía menterminal, por supuesto.

– Eh… sí – dijo Escalante, y entonces recordó las palabras que Jenkins le había dicho, días atrás. ¿Qué tanto se lo debía a su propio esfuerzo y talento, y qué tanto, a su amistad con la única persona capaz de controlar a la única nave espacial capaz de mantener a raya a los arzawe…?

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Entre las varias comunicaciones vía menterminal que iban entre Ganímedes y el planeta Esperanza, Numerio recibió una de Lincopán. Luego de informarle sumariamente del ascenso de Escalante, y advertirle que no le dijera nada a Alba para que Escalante mismo le diera la sorpresa, Lincopán le cedió la comunicación a su hermana Millaray.

– ¡Numerio, me dijeron que estabas enfermo! – dijo Millaray, con todo el entusiasmo y el candor propio de una niña de nueve años.

– Sí… estuve… – se rio Numerio, rascándose la cabeza. – ¿Cómo estás tú?

– ¡Tonto, me tenías preocupado! ¡No quiero que nunca más te enfermes!

– No te preocupes, ya nos encargamos de los malos. No van a volver.

– ¿O sea que vamos a ser amigos y vamos a jugar juntos? – preguntó Millaray.

– Ajá… – dijo Numerio.

Mientras tanto, en las abismales profundidades geológicas de la Luna Menor, alguien escucha la conversación. No interceptando la comunicación vía menterminal, sino a partir de las mismísimas conexiones neuronales de Numerio. Este se encontraba estabilizado, pero los agentes patógenos que lo habían atacado, algunos de ellos han mutado y se han unido a las neuronas de Numerio. Esto significa que ahora el mismísimo Numerio forma parte de la enorme mente colmena que gira alrededor del Cerebro Verde en el interior de la Luna Menor, sin siquiera advertirlo…

– Pregunto: ¿Jugar juntos, qué es jugar…? – se interroga Warma, luego de escuchar lo que Millaray ha dicho, siempre a través de la mente de Numerio. Y luego, con un salvajismo que no busca limitarse, bañado en inocencia infantil como está, añade: – ¡Declaro: Si jugar significa exterminar humanos, entonces yo también quiero jugar!

つづく

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