jueves, 30 de noviembre de 2017

Bastión Esperanza - "Histeria de masas".

(Fuente).
Como buen laboratorio de alta seguridad, Nuevolab tenía mecanismos para trabar las puertas y ventanas, en prevención de que alguien quisiera forzar la entrada y robar cualquier clase de material biológico desde su interior: bacterias, virus, agentes mutagénicos capaces de encriptar el ADN… Pero todos deseaban que fueran precauciones inútiles. Y ahora, con una turba iracunda intentando forzar la entrada, en busca de una cura para la epidemia arzawe que los estaba consumiendo… no lo eran.

– ¿Se encuentra bien, Woods? – preguntó el doctor Wilkinson a uno de los guardias, al notar que éste temblaba de manera visible mientras sostenía su arma en dirección a la puerta.

– Nunca le he disparado a nadie, señor – respondió Woods, tratando de dominar sus nervios. – Es que… se supone que usemos la fuerza letal sólo cuando no se puede hacer nada más, y… yo…

– No se preocupe, Woods – dijo el doctor Wilkinson, con el tono de voz más tranquilizador que encontró. – Esto es un centro médico. Si hay pelea, entonces podemos curar a los heridos después.

– Gracias, doctor – replicó Woods, con la voz un poco más aliviada, mientras usaba la mano libre para pasársela por el rostro, como limpiándose la transpiración.

– ¿Aguantaremos, Jean? – preguntó Alba, acercándose al doctor Wilkinson.

– Ya pedí ayuda. Deberían llegar en cualquier minuto – dijo el doctor Wilkinson.

Más valía. Afuera, la multitud gritaba y se volvía cada vez más furiosa por momentos. La mayor parte se contentaba con eso, pero algunos daban vueltas alrededor, inspeccionando el lugar, tratando de descubrir alguna manera de meterse, y otros comenzaban a recoger piedras para arrojarlas en contra de las puertas. Y no importaba qué tan buenas fueran las protecciones: una muchedumbre iracunda seguía siendo una muchedumbre iracunda, y más tarde o más temprano…

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En el hangar en donde estaban almacenados los golem, Escalante conferenciaba con el profesor Higgins, este último en un traje NRBQ. El trabajo del día era examinar las lecturas del Golem Mayor, para seguir investigando su funcionamiento, del que hasta el minuto no se sabía casi nada. Descubrir la clave del funcionamiento de los golem no podría abrir las compuertas para fabricar otros más, sino que además, la cantidad de potenciales aplicaciones adicionales era incalculable.

– Yo no entiendo para qué perdemos tanto el tiempo con estas cosas, profesor – dijo Escalante, con frustración. – Ustedes los ingenieros trabajan con tuercas y tornillos, y está claro que estos golem funcionan con… no sé. Es una especie de barro que se ajusta o amolda al pensamiento. No veo cómo…

– ¿No te enseñaron nada de Física cuando eras piloto, Escalante? – respondió el profesor Higgins, con solemnidad. – Hasta donde sabemos, la telepatía no existe. La única posibilidad de que los golem puedan moverse en sincronía con el pensamiento de ustedes los pilotos, es que sus cerebros envíen alguna clase de señal al golem, y éste debe ser capaz de recibirla. Y esa señal es algo que existe en nuestro mundo material, alguna clase de onda o energía. Algo electromagnético, o qué se yo.

– Pero el golem no parece tener piezas o engranajes de ningún tipo. Es… un solo gran… bloque de barro… que camina. Y eso es todo.

– Sí. Y son las propiedades físicas y químicas de este… barro… lo que estamos estudiando. El barro funciona como nuestra nanotecnología, pero a un nivel mucho más sofisticado, probablemente cuántico. Si logramos replicar el mecanismo, podemos revolucionar toda nuestra tecnología, nuestra sociedad, podemos quizás hasta ganar la guerra…

– No lo sé, profesor… Se supone que toda esta tecnología, los que construyeron a Ganímedes lo hicieron robándose tecnología arzawe, ¿no? Entonces, ¿cómo es que los propios arzawe no la utilizan?

– Sí, Escalante, tienes razón, ya lo había pensado – dijo el profesor Higgins. – Debe haber alguna explicación. Aunque, por otra parte, por lo que Sandrine ha estado tratando de comunicarse con el alienígena… con el tal Rantel… ellos tampoco usan robots, y los robots son muy útiles, ¿o no?

En ese minuto, Escalante se volvió frenético, y empezó a arrancar los sensores del Golem Mayor, que el profesor Higgins había puesto para tomar las lecturas en sus aparatos.

– ¡Pero qué estás haciendo, hombre! – protestó el profesor Higgins.

– ¡Lo siento, profesor! ¡Comunicación vía menterminal! ¡Están asaltando el laboratorio! ¡Nuevolab!

– ¿Los arzawe?

– No. Es una rebelión – dijo Escalante. Y luego, con tono ominoso, añadió: – Y Alba está allá, fue a hacerse unos exámenes con ese tal… doctor Wilkinson.

– Pensaba que cosas como la Rebelión Mendeliana eran asunto del pasado – masculló el profesor Higgins, más para sí que para Escalante, aunque en voz lo suficientemente alta como para que éste pudiera escucharlo.

Mientras tanto, los hombres al mando de Escalante llegaban corriendo hasta los golem. Estaban listos para montar en éstos, pero al ver a Escalante, se detuvieron para recibir órdenes.

– ¿Qué están esperando? – gritó Escalante mientras sacaba el último sensor. – ¡Arriba!

– ¡Sí, señor! – gritó Brown, y se subió a su propio golem.

Lo mismo hicieron Jenkins, Seong, Paparizou, y el resto.

Pronto, los golem estaban en marcha, en dirección hacia Nuevolab.

Escalante se comunicó vía menterminal con Brown.

– Brown, sé que has pasado por momentos muy difíciles desde la última batalla, pero te quiero recordar, como tu superior jerárquico al mando. No vamos a pelear contra los arzawe, sino a hacer labores de contención con una turba de seres humanos. Somos la única alternativa porque la policía está colapsada con la epidemia. Así es que… mucho cuidado, y sin hacer tonterías, ¿de acuerdo?

– No se preocupe, señor – respondió Brown, con tono ligeramente melancólico. Y luego, con algo más de aplomo, añadió: – Sabré cumplir con mi deber.

Mientras tanto, atrás, en tierra, en el cuartel, el profesor Higgins dentro de su traje NRBQ se había quedado quieto, después de que los golem habían desaparecido en el horizonte.

– Asegúrate de que Alba esté bien, Escalante – dijo el profesor Higgins para sí. Y luego repitió, un poco a manera de cábala: – Asegúrate de que Alba esté bien.

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La turbamulta se apartó de los lados de la puerta. Había una razón para ello: desde atrás, alguien manejó un gigantesco vehículo contra la puerta. El estrellón no llegó a abrirla del todo, pero aún así, la misma quedó lo suficientemente desvencijada como para que, con un poco de presión, acabara por ceder. La multitud, enardecida, empezó a empujar, en medio de un chivateo infernal. Los que estaban más cerca de la puerta luchaban por un poco de oxígeno, mientras la presión de la multitud amenazaba con asfixiarlos. Poco más allá, de hecho, alguien había caído al suelo, y nadie se detenía a recogerlo. En consecuencia, era pisoteado sin misericordia por la gente; con su peso, le astillaban lentamente los huesos, esos fragmentos óseos clavándose en los órganos internos, sus vísceras rasgándose, sus pulmones llenándose de sangre, mientras lanzaba gritos de auxilio que eran ahogados por el griterío.

– Voy a lanzar un disparo de advertencia – dijo Young, el jefe de los guardias de Nuevolab, a sus hombres vía menterminal. – Todo el resto, no disparen.

De inmediato, Young lanzó dos tiros contra la puerta, rogando porque la misma resistiera y el disparo no pasara al otro lado, matando a alguien.

La multitud se detuvo por un instante. Se oyeron algunos gritos de histeria en el exterior, ¿quizás estaban comenzando a dispersarse?

Pero al instante, la presión contra la puerta volvió redoblada. Ahora, era posible ver como entre las dos puertas, alguien conseguía meter un brazo, y al final del brazo, en la mano, había un arma. El personaje en cuestión, disparó varias veces. No tenía manera de ver hacia dónde disparar o de cómo hacer la puntería, pero de todas maneras seguía siendo un arma. Los guardias de Nuevolab se cubrieron.

Woods, al borde de la histeria, contestó al fuego.

– ¡Woods, no dispare, no sea tonto! ¡Sólo lo hará peor! – gritó Young.

– Sí, señor – dijo Woods, dejando de disparar, luego de lo cual, masculló para sí un par de lindezas acerca de lo estupendo de la estrategia de su jefe para detener a los insurrectos.

Más allá, Alba y Marelize se habían tomado de las manos, angustiadas y expectantes, con el doctor Wilkinson poco más adelante, contemplando la escena.

El ruido afuera disminuyó levemente, la gente volvió a quitarse… y el vehículo esta vez se estrelló del todo con las puertas, las arrolló, y pasó hacia el habitáculo del interior. La multitud entró a saco.

– ¡Woods! – gritó Young. – ¡Llévese al doctor Wilkinson hacia BSL-4! ¡Rápido! ¡Nosotros intentaremos contenerlos!

Woods saltó de inmediato desde su posición, corrió hacia el doctor Wilkinson, Alba y Marelize, y con gritos de mando, les ordenó dirigirse hacia BSL-4.

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En el exterior, los golem hicieron acto de presencia. La turbamulta estaba ingresando al recinto por la puerta principal, pero este ingreso era lento porque parte del vehículo que había permitido la entrada, obstruía la misma, y además, la propia multitud se estorbaba entre sí.

– Muy bien – dijo Escalante. – Los golem son demasiado grandes para maniobrar dentro de Nuevolab, así es que tenemos que dejar que las fuerzas del interior contengan con los que entran. Nosotros vamos a dispersar a la gente de afuera. Y sobre todo…

Pero antes de que Escalante hubiera terminado de hablar, Jenkins se había lanzado con su golem de manera fiera contra la multitud. Con un movimiento lento y pesado, había dado un manotazo, y con él, había hecho volar varios metros a un par de personas.

– ¡Nada de fuerza letal, Jenkins! – gritó Escalante. – ¡Son civiles, maldito estúpido!

– ¡Son insurrectos contra el Gobierno de Esperanza! – gritó Jenkins. – ¡Estamos en guerra y necesitamos mantener el orden!

– ¡Obedezca órdenes, Jenkins! – gritó Escalante.

– Permiso para hacer entrar a este cretino en cintura, señor – intervino Brown.

Mientras tanto, en el interior de Nuevolab, alguien gritó:

– ¡Miren, son los doctores! ¡Ellos saben, a por ellos! ¡Sam, Hal!

– ¡Bien dicho, Claude! – gritó el aludido Sam, en respuesta.

Entretanto, en el interior de los bancos de datos de la nave espacial Ganímedes, Aura se acercaba a la presencia de Selene, para conversar con ella.

– Alba está enviando órdenes para que la protejamos… Parece que no bastará con los golem.

– No podemos dejar que le pase nada a Alba. Si es necesario reventar a esa gentuza, entonces a reventarla – dijo Selene con frialdad. – Aura, arregle el despegue de Ganímedes.

En tierra firme, un enorme bramido recorrió el lugar. Escalante y los suyos, así como los manifestantes, miraron en dirección hacia la nave espacial Ganímedes, la cual, con sus veinticinco kilómetros de largo, estaba empezando a levantarse del suelo. Escalante palideció: lo que debía ser una operación de policía, ahora podía degenerar potencialmente en una masacre de inocentes civiles humanos…

つづく

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