jueves, 23 de noviembre de 2017

Bastión Esperanza - "Género y especie".

(Fuente).
Sandrine mantenía la expresión más bien fría e hierática que era su costumbre. La de Rantel, por el contrario, podía ser leída como de una mínima curiosidad, lo que tenía un algo de grotesco en su rostro verdoso que le daba una apariencia ligeramente putrefacta. Por supuesto, Flora Nair ya había discutido de manera previa con su equipo y los altos mandos de Esperanza, que una cierta inexpresividad era esperable en el alienígena, habida cuenta de que la misma quizás no fuera tan necesaria dentro de una organización biológica y social que en principio funcionaría de manera similar a una colmena.

Era muy posible que la curiosidad de Rantel, supuesto de que ésa fuera su emoción del minuto, se dirigiera no tanto hacia Sandrine sino hacia la unidad Sumu-D que ella sostenía en sus brazos, acunándola como si se tratara de un bebé. Ingresar cargando un robot había sido idea de Sandrine, y Flora Nair, después de una breve discusión, había decidido que bien valía la pena intentarlo.

Sandrine depositó con cuidado la unidad Sumu-D sobre la mesa que separaba a Rantel de ella. Luego se señaló a sí misma:

– Sandrine – dijo.

No hubo respuesta.

– Sumu-D – dijo Sandrine, apuntando al robot.

– Su… mu… D – repitió Rantel.

– De manera que sí le interesa el robot – dijo Flora Nair, contemplando la escena a través de una cámara desde la habitación vecina. Luego, en voz más baja, añadió: – Bien pensado, Sandrine.

– Robot – dijo Sandrine, apuntando a la unidad Sumu-D.

– ¿Sumu-D? ¿Robot? – preguntó Rantel, de manera titubeante.

Sandrine abrió los brazos de manera muy abierta, como si estuviera practicando un saludo al sol durante una clase de yoga, y repitió:

– Robot.

Luego hizo un gesto similar de círculo con los brazos, pero notablemente más pequeño, y añadió:

– Sumu-D.

Rantel asintió con un gesto que podía ser incredulidad o falta de comprensión.

Sandrine tomó el Sumu-D, y con la clase de suavidad que invertía más en los robots que en los seres humanos, desarmó un pequeño panel y lo dejó expuesto. Ahí existía una pequeña pantalla, una tecnología casi en desuso tratándose de estos dispositivos debido a la existencia de menterminales, pero que Sandrine todavía le veía aplicaciones prácticas. Tratar con alguien sin conexión menterminal insertada en el cerebro, por ejemplo, como era el caso de Rantel. A través de la pantalla, Sandrine le mostró al alienígena varias imágenes, todas ellas de robots, de todas clases, tamaños, aspectos y proporciones, y le repitió varias veces, con suavidad: “Robot”. Luego, le mostró una serie similar de imágenes, pero ahora sólo de unidades Sumu-D, y con el mismo tono de voz, le repitió: “Sumu-D”.

El rostro de Rantel pareció iluminarse; por un instante, parecía haber una expresión de genuino placer infantil en él. Rantel abrió los brazos en un círculo muy abierto, y dijo:

– ¡Robot!

Y luego, con el mismo gesto, pero más pequeño, añadió:

– Sumu-D.

Vía menterminal, el Comandante Luca se impacientaba.

– ¡Señorita Nair! ¡Explíqueme usted qué demonios está haciendo esa chica ahí con el alienígena!

– Es una aproximación que no habíamos intentado. Ella está construyendo un lenguaje común con él, basado en teoría de conjuntos. Le acaba de enseñar que entre los robots y las unidades Sumu-D existe una relación de género a especie, que las unidades Sumu-D son un tipo de robots, pero que existen numerosos otros tipos de robots más.

– Genial, así es que ahora le estamos enseñando secretos tecnológicos al enemigo – dijo el Comandante Luca, con sorna, siempre vía menterminal. – Mire, mejor sáquela de ahí antes de que…

– Comandante, si me permite… esto puede ser un gran paso adelante. El robot es la primera cosa por la que el alienígena muestra un interés genuino. Es posible que, siendo una raza basada íntegramente en la Biología, no conozcan dispositivos mecánicos como éste. En la nave espacial arzawe, por lo menos, todo es biológico, no hemos descubierto ningún circuito de índole mecánica o electrónica, así es que el robot debe ser una novedad para él. Así, a través del robot le estamos enseñando al alienígena teoría de conjuntos, y con ella, podemos tratar de que exprese cosas acerca de sí mismo, tipificándose como una especie dentro de un género. En mi opinión, debemos dejar que Sandrine siga adelante con esto, a ver hasta dónde nos lleva.

– Más vale que esto sirva para algo – dijo el Comandante Luca. – Ya estamos perdiendo bastante tiempo y recursos en este bicho para… que…

Mientras tanto, en la habitación, Rantel extendió cuidadosamente el dedo hacia la unidad Sumu-D. Sandrine hizo lo propio, con cuidado, y tocó al robot. Rantel, cauto, hizo lo mismo.

– ¿Sandrine? – preguntó Rantel.

– Sandrine – repitió ella, apoyando las palmas de ambas manos en su propio tórax para señalarse a sí misma.

– Rantel – dijo entonces él, imitando el gesto de Sandrine, pero consigo mismo.

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La situación en Ciudad del Progreso, por su parte, empeoraba. Los cadáveres de los decápodos arzawe expuestos a la intemperie seguían descomponiéndose. Las fuerzas militares y sanitarias trabajaban incinerando todos los cuerpos que podían, ya que cada resto de decápodo incinerado era un potencial foco infeccioso menos, pero… seguían siendo demasiados, y demasiado dispersos a lo largo de toda la ciudad. A veces ni siquiera se trataba de un cadáver entero, ni siquiera un miembro mutilado, sino de manchas de pulpa biológica procedentes de algún decápodo aplastado por el derrumbe de un edificio, o reventado en alguna explosión. Todo eso debía ser limpiado, absolutamente todo, y era imposible evitar todo contacto entre los ciudadanos y esos focos infecciosos.

Estaban retrasando la catástrofe, sabiendo de antemano que era imposible detenerla, pero buscando al menos minimizar sus efectos cuando estallara… y estalló. La enfermedad que antaño se había cebado en buena parte de la tripulación de la nave espacial Ganímedes, ahora lo hacía en la población civil de Ciudad del Progreso. Se había dejado esperar algunos días, pero una vez sucedido, había detonado con todo su poder. En cuestión de dos o tres días, el número de enfermos y hospitalizados se disparó. El propio sistema sanitario de Ciudad del Progreso había sufrido daños catastróficos durante la última batalla, y por lo tanto, tenía mucho menos recursos e infraestructura para lidiar con una enfermedad sobre la cual en realidad no se sabía casi nada. En los escasos hospitales con alguna capacidad para atender enfermos, los pacientes se agolpaban en las habitaciones primero, y en los pasillos después. En no pocos casos, se pidió a las familias que simplemente no llevaran a los enfermos a los hospitales.

Con el sentido del humor perfectamente negro que suelen desarrollar las personas en contacto con las a menudo crueles realidades de la Medicina, Flora Nair llamaba una “buena suerte macabra” al hecho de que la epidemia era lo suficientemente virulenta como para matar a buena parte de los pacientes en apenas dos o tres días, lo que desaguaba parte del colapso hospitalario en el ahora también sobrecargado sistema funerario… y al menos, con eso, el sistema hospitalario no acababa por desplomarse del todo.

Todo eso lo veían sólo las autoridades encargadas de lidiar con la catástrofe. Para la gente era distinto: se enfermaban, cualquiera podía morir, y el Gobierno se quedaba ahí, en apariencia sin hacer nada.

– Si esto sigue así, pronto vamos a tener una rebelión abierta en la población civil – dijo el Presidente Kulkov, tratando de mantener una cierta parsimonia, para que la majestad de su cargo siguiera firme, y con ella, continuara funcionando el cada vez más estresado Gobierno de Esperanza.

– Si tenemos una rebelión abierta, habrán muertos, y si hay muertos, la situación se aliviará un poco – dijo el Comandante Luca, con gélida indiferencia.

– Le recuerdo, Comandante, que estamos librando esta guerra en contra de los invasores arzawe precisamente para que no hayan muertos humanos – replicó el Presidente Kulkov, con acritud.

– Con el debido respeto, señor… – dijo el Comandante Luca. – Me permito recordarle yo a la vez que esto es guerra. No libramos las guerras como queremos, sino como mejor podemos con lo que tenemos.

De pronto, llegaron otras nuevas vía menterminal. Después de que sucedió quién sabe qué, ¿alguien puede saber después con precisión cómo estallan estas cosas?, los civiles de Ciudad del Progreso se habían lanzado a un frenesí caótico, una chusma iracunda e incontenible, destruyéndolo todo a su paso.

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Por órdenes del Gobierno de Esperanza, el doctor Wilkinson había trasladado toda su investigación desde la nave espacial Ganímedes, cuyas instalaciones médicas eran precarias en el mejor de los casos, hacia las inmediaciones de Ciudad del Progreso, hacia Nuevolab, un laboratorio habilitado de manera reciente como un consorcio entre privados y el Gobierno, pero que ahora, por necesidades de la guerra, su control había sido incautado por el Gobierno.

En Nuevolab, Marelize estaba tomando una muestra de sangre de Alba, quien se había dirigido allá para vigilar el control de su enfermedad, mientras el doctor Wilkinson revisaba los indicadores vitales.

– Se te ve bien, Alba… Médicamente, quiero decir – apuntó el doctor Wilkinson de manera rápida, por si se le pudiera interpretar mal, mientras Marelize le asignaba a una pequeña unidad Enid-9 la tarea de llevar la muestra hasta el congelador.

– Bueno, gracias, doctor… Jean… quiero decir.

Jean Wilkinson se quedó mirando a Alba, un tanto arrobado. Marelize suspiró con resignación, y sin decir nada, caminó hacia otra habitación para atender alguna otra situación.

– ¿Sí?

– Eh… nada. Nada.

– Eh… Bueno – dijo Alba, con repentina timidez.

– Alba, yo… Sé que no es correcto, yo soy un doctor, tú mi paciente, pero… Me gustaría invitarte a… no sé, un café o algo…

– Bueno, somos… amigos, así es que, supongo que sí…

– Sí… amigos – dijo el doctor Wilkinson, ligeramente decepcionado, pero luego pareció pensárselo otra vez, y con algo más de optimismo, dijo: – Si, entonces, digamos… no sé, esto de la investigación me tiene muerto, no encuentro las horas para descansar un poco…

– Almorcemos juntos – sugirió Alba. – Supongo que haces una pausa para almorzar, ¿no?

El doctor Wilkinson sonrió con la afabilidad característica suya que le daba un aura ligeramente mayor a la propia de su edad, a pesar de su apariencia todavía juvenil.

– De tanto luchar por salvar vidas humanas, había olvidado que yo mismo también soy un ser humano y necesito almorzar… – se rio el doctor Wilkinson. – Sí, almorcemos juntos entonces.

El pequeño momento de socialización fue liquidado cuando ambos se dieron cuenta del griterío que llegaba desde afuera, que crecía y crecía por momentos. El doctor Wilkinson se comunicó con Marelize vía menterminal, preguntándole qué estaba ocurriendo allá afuera.

– Hay gente afuera, está viniendo al laboratorio – replicó Marelize. – Es una turba, vienen gritando, y… discúlpeme, doctor, pero esto que estoy viendo, me pone muy, muy nerviosa…

つづく

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