martes, 31 de octubre de 2017

Medio milenio de Reforma Protestante (4 de 4).

Cirilo Lukaris: La materia con la cual se construyen las ucronías.
La Reforma Protestante y su contrapartida que es la Contrarreforma católica, no sólo cambiaron el mapa político y social de Europa durante el siglo XVI, sino que sus coletazos vienen sintiéndose hasta el día de hoy inclusive. A inicios del siglo XVII, el quiebre de la unidad religiosa europea era un hecho consumado, pero por otra parte, la situación religiosa en Europa parecía estabilizada. Existían focos de lucha religiosa, como el de los calvinistas holandeses en rebelión abierta contra el dominio del católico Imperio Español, por ejemplo, pero en general eran conflictos localizados y sin demasiada proyección continental. Ahora sabemos, viendo las cosas en retrospectiva, que eso era la calma antes del volcán. Alemania, el centro del continente, había sido estabilizada por la Paz de Augsburgo en 1.555, pero había una gran damnificada de la misma: la Casa Habsburgo, la dinastía imperial. Sin la Iglesia Católica como elemento político unificador, y con el Imperio sin poder militar real para imponerle su autoridad a los príncipes alemanes, el Imperio había pasado a ser una institución casi de opereta. Los Habsburgo, de hecho, aunque en teoría seguían siendo los amos de Alemania, en la práctica estaban encajonados dentro de sus dominios hereditarios en Austria. Así, el movimiento protestante fue uno de los factores que ayudaron a este desplazamiento político del Imperio desde Alemania a Austria, que iba a marcar la política europea hasta la desmembración de la mismísima Austria, después de la Primera Guerra Mundial.

Sin embargo... muy en el fondo, los Habsburgo nunca habían dejado de soñar con recuperar su antigua supremacía sobre los territorios alemanes. Y el recurso para lograrlo era el habitual: la religión. Así, los Habsburgo reafirmaron todavía más su identidad católica, y se dedicaron a hostigar a los protestantes. Uno de los focos más importantes de tensión política se produjo en Bohemia, lo que actualmente viene más o menos siendo la República Checa. Por supuesto, los protestantes se enervaron por esto. Después de años de tiras y aflojas, se fijó una reunión en Praga, la capital de Bohemia, para el 23 de Mayo de 1.618. La misma salió todo lo mal que podía salir: acabó de manera muy folclórica, cuando los delegados imperiales fueron literalmente arrojados ventana abajo. A esto se lo llamó la Defenestración de Praga, y marcó el pitazo inicial para la Guerra de los Treinta Años, la más catastrófica conflagración religiosa que ha vivido Europa en toda su Historia... si podemos llamarla de verdad una guerra de religión, considerando los intereses a veces bastante profanos que se entremezclaron en ella.

El caso es que después de la Defenestración de Praga, los príncipes protestantes se aprestaron a tomar las armas contra el Imperio católico. Es un conflicto que en principio debería haber involucrado sólo a los dominios imperiales, pero las cosas empeoraron porque había alguien muy interesado en socavar a Austria: el celebérrimo Cardenal Richelieu, el mismo de los tres mosqueteros. Como el título sugiere, él era católico, pero su principal proyecto político era trabajar para que su monarca, Luis XIII, el hijo y sucesor del malogrado Enrique IV, fuera un monarca absoluto de verdad. Lo que significó que en el interior del país, Richelieu combatió un foco de insurgencia protestante contra la monarquía católica en el fuerte de La Rochelle... mientras que en el exterior, apoyó a los protestantes para socavar a la monarquía católica austríaca. Resulta interesante observar que Richelieu, católico al igual que Carlos V, la antigua némesis de los protestantes alemanes, era sin embargo su antítesis en cuanto a proyecto político: nacionalista en vez de universal, y pragmático en lo religioso en vez de ideológico.

En general, puede hablarse de dos frentes principales durante la Guerra de los Treinta Años, aunque uno de ellos resultó mucho más vasto que el otro. Por un lado, estaban los príncipes protestantes de Alemania en rebelión abierta contra el Imperio católico. Al principio, partió como eso: una guerra de religión. Pero lo que podría haber sido un conflicto más o menos local, escaló rápidamente cuando Richelieu metió su zarpa de por medio, como ya decíamos. La diplomacia francesa consiguió movilizar a los daneses primero, y a los suecos después, para que invadieran Alemania; los suecos, todo sea dicho, estuvieron cerca de convertir el Mar Báltico en un Mare Sueciae, porque así de poderosos eran en esos años anteriores a ABBA y el Death Metal Melódico. Sin embargo, la muerte de su rey Gustavo Adolfo IV en la Batalla de Lützen, en 1.632, cortó esta posibilidad. Al último, cuando todo lo demás falló, Richelieu metió a Francia misma en la trifulca: la guerra de religión había pasado a ser otro cansino conflicto por la supremacía europea, de los que han habido a patadas entre el Imperio Carolingio y la Segunda Guerra Mundial.

Un grabado de la época mostrando las miserias de la Guerra de los Treinta Años: Colgar, colgar, que el mundo se va a acabar...
El segundo frente de la guerra europea estaba radicado en los Países Bajos. Históricamente, los mismos se habían movido dentro de la órbita imperial. Sin embargo, luego de que Carlos V hubiera abdicado y partido entre Alemania y España su imperio en 1.556, los Países Bajos habían pasado a depender de la segunda. Aunque no por mucho tiempo. Las relaciones entre España y los Países Bajos fueron envenenándose de manera progresiva, hasta que en 1.568 degeneraron en rebelión abierta. Ya pueden ustedes oir a los holandeses en 1.618: "¿Guerra por motivos políticos disfrazada de guerra de religión? ¡Por favor! Llevamos medio siglo en eso, nosotros lo hacíamos cuando todavía no era popular". Como suele suceder, elegir una religión se había hecho cuestión de identidad propia, y así, hacerse calvinistas puritanos en los Países Bajos se había vuelto también una seña de rebelión contra la muy católica España.

Ya que estamos en la materia, resulta interesante observar que la Guerra de los Treinta Años tuvo efectos visibles en la ciencia moderna. Contra lo que podría parecer, considerando la leyenda negra de la Iglesia Católica, las dos más grandes revoluciones científicas del siglo XVI, el Heliocentrismo por un lado, y la nueva Medicina preconizada por Andreas Vesalio por el otro, partieron en territorio católico. Ya lo decíamos, Copérnico era un sacerdote católico, y añadamos que Vesalio llegó a ser médico personal del también muy católico... Carlos I de España y V de Alemania, siempre él en esta serie de posteos, una y otra vez. Y de su hijo Felipe II de España también, todo sea dicho. Aunque en sus últimos años sí que hostigaron a Vesalio, y lo mandaron en peregrinación a Tierra Santa, de donde no regresó porque falleció de enfermedad por el camino. Sin embargo, durante la mayor parte del siglo XVI, los católicos no molestaron demasiado a los científicos que trabajaban en Astronomía y Medicina, en tanto dichos científicos se mantuvieran en lo suyo, y no se metieran a cuestionar lo que fueran dogmas de fe. A caballo entre los siglos XVI y XVII, los dos más grandes físicos y astrónomos de su época, que eran Galileo Galilei y Johannes Kepler, trabajaban al servicio de sendos patrones católicos: el Gran Duque de Toscana, y el Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, respectivamente.

Las cosas eran un tanto distintas en los países protestantes, en donde se tomaron más a pecho el examinar con lupa la ciencia moderna a la luz de las Escrituras, y por lo tanto, le ponían más reparos. Mencionábamos en el posteo anterior, la destemplada reacción que tuvo Lutero cuando se enteró de lo que andaba afirmando Copérnico en su libro. Poco después, en 1.553, un médico católico llamado Miguel Servet, el primer europeo que describió la circulación pulmonar de la sangre, acabó en la hoguera... en la Ginebra de Calvino. De todos modos, justo es mencionarlo, ayudó mucho contra la causa de Servet, su activismo teológico que lo había hecho un indeseable incluso entre los propios católicos dentro de los cuales militaba. Pero aún así.

Durante la Contrarreforma católica, en cambio, y muy en particular a partir de la Guerra de los Treinta Años, en cambio, la ciencia cambió de bando. En términos ideológicos, era bastante impresentable que un ministro católico como Richelieu, al servicio de un monarca católico como Luis XIII, estuviera compinchado con unos protestantes herejes para tratar de destruir a otro monarca católico, el Emperador. La Iglesia Católica por lo tanto debía dar señales de pureza, y qué mejor remedio para ello, que hacer entrar a los teóricos rebeldes en cintura. Ya antes de la mencionada guerra, Giordano Bruno había tenido una dosis de esto; el hombre acabó en la hoguera por predicar que el universo es infinito en el tiempo y en el espacio, algo que va en contra del dogma de la creación ex nihilo (de la nada) que defiende el Libro del Génesis en la Biblia. Algunas décadas después, en 1.634, y sospechoso de herejía, Galileo Galilei fue obligado a abjurar de sus convicciones en su célebre juicio. Johannes Kepler por su parte pasó unos cuantos años finales un tanto desgraciados: su madre trabajaba en lo que hoy en día llamaríamos curanderismo, y por lo tanto, fue acusada de brujería y quemada viva.

La abjuración de Galileo Galilei: El día en que la ciencia murió en el mundo católico...
Entre los protestantes, en cambio, se impuso una actitud más pragmática hacia la ciencia. Siguiendo su principio según el cual la relación con Dios es ante todo una cuestión individual, tendieron a dejar que cada científico investigara lo que quisiera, y allá él con su alma si se metía en terrenos pecaminosos. Además, ayudaba que de dicha labor científica podían salir, y de hecho salían, beneficios económicos. Esto llevó a un importante florecimiento de la ciencia en los países protestantes, durante el siglo XVII. En 1.638, cuatro años después de haber sido condenado como hereje en la católica Italia, Galileo Galilei pudo publicar un último tratado científico... enviándolo de manera clandestina a la calvinista Holanda. Un protestante como Anton van Leewenhoek inventó el microscopio y anunció el mundo de los microbios, mientras que el también protestante Christian Huygens enseñó que las orejas que se habían observado en el planeta Saturno en realidad eran anillos, al mismo tiempo que inventaba el moderno reloj de precisión. Y en la también protestante Inglaterra se fundó en 1.664 una de las primeras y más importantes asociaciones científicas de todos los tiempos, la Royal Society, que pronto se llenó de puritanos, y en la cual se inscribieron personajes como Robert Hooke, descubridor de las células, o Isaac Newton, que con la publicación de los Principios matemáticos de Filosofía Natural en 1.687, cambió el mundo de la Física, y el mundo a secas, para siempre.

Pero volviendo a Alemania. En 1.648, la Guerra de los Treinta Años ya iba prolongándose por... sí, treinta años, perdonen lo obvio. Resultaba claro que ningún bando iba a poder imponerse al otro, y Europa entera estaba cansada por una generación de masacres. De manera que las grandes potencias europeas se sentaron a negociar la paz. De la misma emergió el Tratado de Westfalia, que puso fin a la guerra, y más o menos sentó las bases del orden moderno internacional. El principio de Cuius regio, eius religio fue validado ahora con el principio de soberanía nacional, enunciado por primera vez más o menos de manera en que lo entendemos hoy en día. El Imperio fue destazado, y sufrió un eclipse considerable. Salvo casos particulares como el de Irlanda por ejemplo, la confesión religiosa dejó de ser un elemento relevante en la política europea durante más de tres siglos, hasta que el auge del Islam en el continente ha vuelto a poner la cuestión en el candelero, por supuesto. Pero eso es otra historia.

Y hablando de los musulmanes. Hasta en el mismísimo Imperio Otomano tuvo proyecciones el Protestantismo. Un teólogo de la Iglesia Ortodoxa llamado Cirilo Lukaris, cobró interés en las ideas calvinistas, de manera un tanto accidental, considerando que estudió Teología en Italia, o sea, bajo directrices católicas. Lukaris escribió varios tratados en los cuales intentó introducir las doctrinas Calvinistas con argumentos teológicos que fueran aceptables para la Iglesia Ortodoxa. Parece ser también que Lukaris soñó con una gran alianza entre los otomanos, los calvinistas europeos e incluso los anglicanos, en contra de la Iglesia Católica. Sin embargo, aunque llegó a ser Patriarca de Alejandría y de Constantinopla, Lukaris fue combatido como hereje por sus propios correligionarios. Finalmente, a consecuencia de un incidente fronterizo en las planicies rusas, que involucró a algunos ortodoxos teóricamente bajo su jurisdicción, Lukaris fue ahorcado por los jenízaros en 1.638. Del proyecto religioso y político de Lukaris no quedó nada, pero su sola existencia hace interesante la pregunta de qué hubiera pasado con la mismísima Historia Universal, si dichos proyectos hubieran logrado alguna forma de concreción.

Pero volviendo a la vieja Europa. A la muerte de Isabel I de Inglaterra, en 1.603, asumió la Dinastía Estuardo, y ya repasábamos en el posteo anterior el siglo que se mandaron los ingleses por eso. Sólo digamos que con la expulsión definitiva de los Estuardo en 1.688, el Catolicismo al que habían adscrito quedó en muy mal pie; durante siglos, acusar a alguien de Papismo en las Islas Británicas ha tenido connotaciones cercanas a la de traidor a la Patria. En consecuencia... los irlandeses, siempre rebeldes a la Corona Británica, se afincaron todavía más en su Catolicismo. Por llevar la contra. Luego de 1.688, Inglaterra misma no ha tenido conflictos religiosos de importancia, pero Irlanda ha sido otro cuento. Dicho país logró la independencia en 1.922, pero la llamada Irlanda del Norte siguió siendo parte del Reino Unido. Lo que ha seguido es una cruel guerra religiosa entre protestantes y católicos en Irlanda del Norte que, por supuesto, adscriben a tal o cual credo un poco para justificar si dicho territorio debería seguir siendo británico, o debería pasar a formar parte del resto de Irlanda. Una inesperada proyección de todo esto, por cierto, la encontramos en que el primer y hasta la fecha único Presidente católico de Estados Unidos ha sido John F. Kennedy... descendiente de irlandeses que emigraron a los muy protestantes Estados Unidos en 1.848. Todo en la Historia Universal acaba entrelazándose, de una manera u otra.

John F. Kennedy visita al Papa Paulo VI en el Vaticano: La conspiración papista contraataca.
Las cosas en Francia fueron ligeramente diferentes. Al pragmático Richelieu sucedió el mezquino Mazarino, y al indolente Luis XIII sucedió el absolutista Luis XIV. La política de Luis XIV se dirigió sobre todo a asentar la monarquía absoluta. En el terreno religioso, esto se tradujo en la revocación del Edicto de Nantes, en 1.685, lo que llevó a tristes episodios llamados informalmente como las dragonadas, en las cuales los llamados dragones del rey cargaban contra los hugonotes y los hostilizaban para que abandonaran el país. Y estos lo hicieron... privando a Francia de importantes comerciantes e industriales. Los hugonotes se refugiaron en los Países Bajos, fortaleciendo su industria, y en Prusia, también fortaleciendo su industria. No debe ser casualidad que a partir del siglo XVIII es que Prusia, hasta el minuto actor significativo pero de segundo orden en la política europea, se transformó en una de las potencias rectoras del continente. Luego se transformó en el embrión de una Alemania que, a pesar de una Primera y una Segunda Guerra Mundiales, ha venido a ser uno de los países más importantes del globo.

Pero también Luis XIV se las arregló para enemistarse con la Iglesia Católica. Por el motivo de siempre: no quería al Papa influyendo en sus asuntos de Estado. Se impuso una doctrina llamada el Galicanismo, según la cual el monarca francés tenía una especie de patronato sobre la Iglesia Católica. Irónicamente, el Galicanismo se parece un poco a lo que los príncipes luteranos del siglo XVI estaban tratando de hacer en Alemania, o lo que en efecto hizo Enrique VIII en Inglaterra: convertirse en patrones religiosos de sus propios Estados, limitando el poder papal en ellos, y en última instancia, subsumiendo éste al suyo propio. Después de Luis XIV, sus sucesores fueron lo suficientemente tibios como para que el Galicanismo perdiera fuerza; la Iglesia Católica, de hecho, unió fuerzas con la aristocracia en contra del Tercer Estado, durante la Revolución Francesa, lo que llevó a la venganza de los revolucionarios: los bienes eclesiásticos fueron secularizados en 1.790. Los bienes terrenales, siempre los bienes terrenales, al final del día. O de cómo la Revolución Francesa inadvertidamente acabó por llevar a cabo un programa económico... protestante. En nombre del laicismo y el secularismo esta vez, eso sí. Napoleón Bonaparte intentó nuevamente resucitar el Galicanismo, sin mucho éxito, pero luego, la progresiva pérdida de poder por parte de la Iglesia Católica en los siglos XIX y XX hizo esta cuestión algo ociosa.

Y por supuesto, no podemos dejar de hablar una palabrita siquiera, acerca de cómo las confesiones protestantes han encontrado un nuevo campo misionero en ese tradicional bastión del Catolicismo que ha sido Latinoamérica. Primero, gracias a los inmigrantes europeos de los países protestantes, que por supuesto trajeron consigo su propio credo, y lo mantuvieron por la misma cansina razón de siempre: dar seña de identidad propia, ser gente pura en medio de filisteos, etcétera. Luego vino el creciente desprestigio que ha venido sufriendo la Iglesia Católica a lo largo del siglo XX: la misma ha tendido a alinearse más bien con el conservadurismo social, y los distintos movimientos más progresistas en la misma, o han sido atacados por las élites, o han sido silenciados desde el Vaticano. Nada de raro entonces que muchos feligreses hayan decidido emigrar hacia confesiones protestantes, que han desarrollado sin lugar a dudas una vena más popular y en sintonía con las aspiraciones de los estratos más modestos de la sociedad latinoamericana. Por el minuto son minoría, pero como se observa, vienen siendo una minoría creciente. Y nada más hablaremos sobre esto porque es, después de todo, una historia en progreso, y no sabemos realmente cómo acabará.

Hoy en día, 31 de Octubre de 2.017, se cumplen exactamente 500 años desde que a Lutero se le ocurriera clavar sus famosas 95 tesis. Sin embargo, salvo focos puntuales, las diferencias entre católicos y protestantes no tienen ni de lejos tanta relevancia como en los siglos XVI o XVII; la gran brecha religiosa actual a nivel mundial probablemente sea la existente entre cristianos y musulmanes... pero eso es otra historia, por supuesto. Claro está, la Iglesia Católica se ha jibarizado con el paso de los siglos, de manera que ya no es un oponente tan temible para los protestantes como lo fuera en su día. Por su parte, la propia idea protestante de que cada uno puede interpretar las Escrituras de manera más o menos libre, ha conducido a la previsible atomización del movimiento, hasta el punto que construir el árbol genealógico de ramas protestantes saliendo de otras ramas protestantes que a su vez vienen de otras ramas protestantes, es una verdadera pesadilla. En definitiva, este talante algo más democrático, en donde si no te gustan los preceptos de una congregación siempre puedes fundar la tuya propia, es a la vez la mayor fortaleza y la mayor debilidad del Protestantismo en general: fortaleza, porque le ha permitido mutar, adaptarse y sobrevivir, pero también debilidad, porque a cada rama individual del Protestantismo le cuesta mucho crecer sin que se produzcan las esperables escisiones dentro de la misma. Por lo que, parece ser, tendremos Historia del Protestantismo para rato... una historia atomizada, jibarizada, pero probablemente siempre interesante de repasar.

La Historia del Protestantismo sigue incluso el día de hoy.

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