martes, 24 de octubre de 2017

Medio milenio de Reforma Protestante (3 de 4).

Enrique VIII de Inglaterra: Me voy a montar mi propio casino, perdón, mi propia iglesia...
Durante la década de 1.530, lo comentábamos en la entrega anterior de esta serie de posteos aquí en la Guillermocracia, el movimiento inicialmente alineado con Lutero estaba empezando a escindirse en varias ramas. El Anabaptismo de corte milenarista por un lado, por ejemplo. O los calvinistas, por el otro. Quienes, cuando pasaron a Francia, fueron conocidos como los hugonotes, y se transformarían en una de las principales fuerzas políticas y sociales de dicho país durante más de un siglo. Las iglesias reformadas de uno u otro cuño, por su parte, lentamente colonizaban Escandinavia, en el septentrión de Europa, lugar en el cual por su lejanía geográfica, la Iglesia Católica pudo hacer entre poco y nada para retenerlo. Y en la misma Alemania, a los reformados empezaba a conocérseles como los protestantes, luego de que protestaran en contra del Emperador durante la Dieta de Spira, convocada en 1.529 para solucionar la crisis religiosa... sin lograrlo, por supuesto.

Y por supuesto, otra de las muy importantes escisiones desde el tronco protestante fue el Anglicanismo. En la década de 1.530, mientras Alemania era un lío entre luteranos y católicos, con campesinos rebeldes metidos de por medio para animar las cosas, la Reforma Protestante alcanzó a Inglaterra. Es la historia que ustedes tan bien conocen, gracias a películas como La otra Bolena, o series como Los Tudor. El rey Enrique VIII, hijo del Enrique VII que había ganado el Game of Thrones la Guerra de las Dos Rosas, ascendió al trono en 1.509, y pronto se posicionó en la escena internacional como un paladín del Catolicismo, lo que le valió el título de Defensor de la Fe. Ayudaba que estaba casado con Catalina de Aragón, princesa española que era hija de los Reyes Católicos. Sin embargo, todo eso le duró hasta que perdió la chaveta por una chica llamada Ana Bolena. Para lo cual le pidió al Papa que anulara su matrimonio con Catalina de Aragón, usando a manera de bastante endeble pretexto jurídico, un pasaje bíblico que, bien mirado, tanto el rey como sus cancilleres, asesores y letrados eclesiásticos en realidad deberían haber advertido con anterioridad, los muy bellacos. Como puede verse, hasta ahí de Reforma Protestante, más bien nada.

Pero las cosas no salieron todo lo bien que Enrique VIII deseaba. Expuesto muy en breve, el Papa estaba en el bolsillo de Carlos I de España y V de Alemania, el mismo que había llamado a Lutero para la Dieta de Worms... y que como nieto de los Reyes Católicos, era además sobrino de Catalina de Aragón. Carlos tenía todos los motivos personales, religiosos y de política internacional para no aceptar la nulidad matrimonial, y el Papa, obsequioso, la denegó. Pero era el siglo XVI. Enrique VIII miró hacia la rebelión protestante alemana, y se preguntó: ¿por qué no? Así, ni corto ni perezoso, Enrique VIII fundó la Iglesia Anglicana, que era como la Iglesia Católica pero con un poco de pimienta luterana para darle sabor... y en ella mandaba el Rey de Inglaterra y no el Papa. Con el Arzobispo de Canterbury como eclesiástico de grado superior dentro de la misma. No lo escribiré, pero sé que lo están pensando, el famoso chiste de Futurama sobre fundar mi propio casino, etcétera. Luego, Enrique VIII corrió a patadas se anuló respecto de Catalina de Aragón, y se casó con Ana Bolena en 1.533. Por cierto, la mandó a decapitar en 1.536. ¿Recuerdan ustedes, qué cosa tira más que un par de carretas...? Dicho sea de paso: como premio adicional, Enrique VIII ganó así la autoridad para... adivinaron. Apropiarse de los bienes de la Iglesia Católica. Los que repartió entre sus partidarios, porque nada le gana tantos adeptos a una nueva religión, como la posibilidad de hacerse con las tierras de los herejes a precio vil. A esto se le llamó la Disolución de los Monasterios.

Mientras Alemania se revolcaba en la guerra civil, Lutero envejecía. Ya en la sesentena, en 1.543, apareció ante él una nueva bestia negra. En dicho año, un sacerdote católico polaco en su lecho de muerte, llamado Nicolás Copérnico, publicó un opúsculo llamado De la revolución de los cuerpos celestes, en donde postulaba una idea muy curiosa: no era el Sol el que giraba alrededor de la Tierra, sino la Tierra quien giraba alrededor del Sol. El Heliocentrismo, como fue llamada esta teoría con posterioridad, sentó muy mal a Lutero, quien recordaba que la Biblia dice específicamente lo contrario, al señalar que el Sol se detuvo sobre el valle de Gabaón. Los partidarios del Heliocentrismo argumentaban que esto era una cuestión de perspectiva, porque si la Tierra detiene su rotación, parece que el Sol se detiene, pero Lutero se mantuvo inflexible: si la Biblia dice que el Sol se detiene, entonces el Sol se detiene y no que la Tierra detiene su rotación y parece entonces que el Sol se detiene. Todo eso, acompañado de la sarta de insultos e imprecaciones que son un clásico en el lenguaje de Lutero. Copérnico, quien era diez años mayor que Lutero, falleció en el mencionado 1.543; Lutero le siguió algunos años después, en 1.546, víctima de un derrame cerebral que lo mantuvo agonizando durante algunos días antes de descansar para siempre de las penurias de este mundo.

Podía haber puesto un retrato de Ana Bolena aquí, pero supongo que me lo agradecerán más si pongo esta fotito de Natalie Dormer, que interpretó a la susodicha en Los Tudor...
Al año siguiente de la muerte de Lutero, fue Enrique VIII, ocho años más joven que el teólogo alemán, quien puso ojitos en cruz y soltó su último suspiro. El trono inglés tuvo algunos años de reinados cortos, hasta que en él se instaló María Tudor, la hija que Enrique VIII había tenido con... Catalina de Aragón. Ella era católica como su madre, y estaba más que decidida a ponerle coto a los anglicanos, de manera que reinició la persecución religiosa de su padre, pero ahora con signo contrario. Sus enemigos no tardaron en apodarla Bloody Mary, o sea, María la Sanguinaria. Parece ser, eso sí, que el nombre del trago nada tiene que ver con la monarca. Como sea, el reinado de María Tudor fue corto: falleció en 1.558. Y con su muerte acabó también la restauración papista. Fue sucedida por su media hermana Isabel, que era... hija de Ana Bolena. A diferencia de su media hermana, Isabel era anglicana, y además, tenía una mentalidad más pragmática. Así, logró una especie de acuerdo nacional en que fortaleció la Iglesia Anglicana y su propio poder en ella, por un lado, pero promovió políticas que pueden calificarse como de tolerancia religiosa hacia católicos, anglicanos, y la naciente ala puritana por el otro. La política religiosa de Isabel I de Inglaterra le aseguró al país una estabilidad interna que iba a durar ocho décadas, hasta que la estúpida política de los monarcas Estuardo iba a hacer saltar todo esto por los aires. Pero eso es otra historia.

Las cosas iban de manera distinta en Alemania, en donde un cada vez más cansado Carlos V de Alemania abandonaba casi por completo sus trasnochadas intenciones de construir un imperio católico universal. En 1.555, el Emperador convocó a la Dieta de Augsburgo, y en ella declaró finalmente la tolerancia religiosa para Alemania. Pero no se piense que esto era verdadera democracia, o libertad religiosa o de conciencia en el sentido moderno del término. En realidad, el principio instaurado en Augsburgo era el expresado en la frase latina Cuius regio, eius religio, o sea, en traducción más o menos libre, "de quien sea el reino, sea la religión". Esto quiere decir que el príncipe en solitario tiene la libertad de abrazar una religión, e imponerla hacia abajo. Libertad religiosa para el príncipe, sí, pero para sus vasallos... siga usted participando. Así es que, si usted era católico, más le valía que el príncipe de su territorio se mantuviera en el Catolicismo, o le iba a tocar migrar hacia un principado diferente; lo mismo era válido al revés, por supuesto. Habían un par de excepciones, eso sí: los estados eclesiásticos seguían manteniéndose católicos, y las ciudades libres tenían un régimen religioso especial. Además, el príncipe podía optar sólo entre ser católico o luterano. El Calvinismo, el Anabaptismo y otras doctrinas similares fueron proscritas como heréticas, y de volverse musulmán para congraciarse con el Imperio Otomano por ejemplo, de eso ni siquiera hablar, claro está. Para ser un pacto que podríamos calificar como de inspiración más o menos moderna, la Paz de Ausburgo resultaba increíblemente medieval en varios de sus respectos.

Aún así, la Paz de Ausburgo tuvo por efecto garantizarle a Alemania unas seis décadas de relativa paz, o a lo menos, un régimen político internacional en donde no se agarraron por los pelos respecto de si tal o cual versículo bíblico quiere decir tal o cual cosa. Después vendrían los monarcas católicos Habsburgo a sentar las bases de la Guerra de los Treinta Años, y todo eso se iría lamentablemente al demonio, por supuesto, pero a eso iremos después. Como sea, la Reforma había calado en los países nórdicos, mientras que el Catolicismo se había mantenido más o menos firme en el sur de Europa; en cuanto a los países con conflictos más intensos, tanto Inglaterra como Alemania habían alcanzado una cierta incómoda estabilidad. Podía afirmarse que a mediados del siglo XVI, Europa avanzaba hacia un régimen de relativa tolerancia religiosa. Sin embargo, estaba la cuestión de Francia. Tradicionalmente el país había sido católico, pero en la época, los hugonotes seguidores del Calvinismo que venía desde Ginebra en Suiza, estaban infiltrando el país con fuerza creciente. Y Francia iba a ser, durante la segunda mitad del siglo XVI, el siguiente gran escenario para una buena y bonita guerra de religión.

No vale la pena entrar aquí en los truculentos pormenores de las guerras francesas de religión. Pero sí mencionemos que en el conflicto había una proyección política, para variar un poco. En la época empezaba a asomar su nariz en Francia el Absolutismo, la idea de que el poder absoluto correspondía al Rey, por la mismísima Voluntad de Dios. Los hugonotes, por su parte, venían con ideas raras acerca de tomar decisiones en asambleas religiosas de modelo ginebrino, además de su convicción de que eran hombres píos en medio de un mundo condenado a la perdición, la clase de ideas que suelen resultar un tanto enervantes para las gentes que deben tolerarlos alrededor. Desde un punto de vista social, los aristócratas y el bajo pueblo tendían a alinearse con el Catolicismo, mientras que la burguesía, ya lo mencionábamos en el posteo anterior de esta serie, tendía a gravitar hacia el Calvinismo. Súmese a lo anterior las confrontaciones dinásticas y las inevitables conjuras de palacio, y lo que se tiene por delante es un apetitoso cóctel de puñaladas traperas, masacres, y muchos católicos colgando de árboles hugonotes, y hugonotes colgando de árboles católicos, para que no falte.

La Matanza de San Bartolomé: Luego hay gente que se pone a ver Game of Thrones porque piensan que la Historia de verdad es aburrida...
Por no dejar el asunto sin mención, consignemos que el incidente más famoso dentro de las guerras franceses de religión, es probablemente la Matanza de San Bartolomé. La misma aconteció en Agosto de 1.572, y fue promovida por los católicos a manera de solución final contra los hugonotes. Según el folclor popular, Carlos IX habría dicho: "Matadlos a todos y que no quede ni uno para reprochármelo". Sucedió lo habitual en estos casos: quedó vivo más de uno para reprochárselo, y por consiguiente, las guerras siguieron durante un cuarto de siglo más. Las mismas, más o menos cesaron cuando el hugonote Enrique IV de Francia aceptó convertirse al Catolicismo para acceder al trono de Francia, dejando un meme inmortal de cinismo maquiavélico: "París bien vale una misa". En 1.598, Enrique IV de Francia promulgó el Edicto de Nantes, que aseguró la tolerancia religiosa para todos los franceses, y con ello, logró una paz interna más o menos duradera. En recompensa por sus desvelos, doce años después, en 1.610, un fanático católico lo emboscó mientras transitaba en su carro, y lo cosió a puñaladas. Como se ha dicho, toda buena acción tiene su correspondiente castigo.

Si la infiltración calvinista en Francia fue increíblemente sangrienta, la misma en Inglaterra fue más pacífica, en buena medida gracias a la política de tolerancia religiosa implementada por Isabel. Al lado de católicos y anglicanos empezó a crecer una tercera corriente religiosa, la de los puritanos, que en muchos sentidos eran la adaptación del rigorismo calvinista a la peculiar cultura británica. La Inglaterra de la segunda mitad del siglo XVI fue bastante pacífica en lo que al tema religioso se refiere, pero esto cambió en 1.603, cuando la muerte de Isabel I de Inglaterra extinguió a la Dinastía Tudor, entronizándose la Dinastía de los Estuardo. La Casa Estuardo no era inglesa sino escocesa, y a diferencia de los ingleses, que con el tiempo estaban desarrollando una importante tradición parlamentaria, los escoceses eran una monarquía absoluta, y los Estuardo se consideraban gobernantes por derecho divino. Una vez más, las disensiones religiosas sirvieron para motivos políticos: los Estuardo aprovecharon el estatus de la monarquía como cabeza del Anglicanismo para intentar fortalecer el Absolutismo, mientras que los opositores a los Estuardo empezaron a hacerse puritanos como una manera de manifestar su repudio a la jerarquía anglicana, y de rebote, al Absolutismo mismo que pretendía sofocar al Parlamentarismo.

El resultado de esto fue una serie de conflagraciones, las guerras civiles inglesas. Las de la década de 1.640 fueron libradas por la monarquía aristocrática, anglicana y absolutista por un lado, versus los parlamentarios burgueses, puritanos y de mentalidad ligeramente más democrática por el otro, con énfasis en el ligeramente por supuesto. Lo que remató en la única ejecución de un monarca inglés en toda la Historia: la de Carlos I de Inglaterra en 1.649. A la misma siguió una dictadura puritana, la de Oliverio Cromwell, que se las arregló de lo más bien para desprestigiar al Puritanismo. Es lo que tiene el rigorismo ético: atractivo cuando se está en el bando rebelde para darse ínfulas de superioridad moral, pero difícil de soportar cuando llega al poder. En 1.660 fue restaurada la monarquía de los Estuardo. Sin embargo, la misma gravitó ahora hacia el Catolicismo... hasta el derrocamiento de los Estuardo en 1.688. Así, este conflicto religioso a tres bandas en Inglaterra acabó por resolverse a favor del Anglicanismo, que ha sido la religión hegemónica en Inglaterra durante lo sucesivo y hasta el día de hoy.

Ejecución de Ned St... perdón, de Carlos I de Inglaterra, en 1.649.
Frente a las titánicas confrontaciones religiosas en el continente, el frente británico puede parecer un episodio secundario de la Historia Universal. Pero no lo es, porque el devenir religioso de Inglaterra marcó al mundo de manera decisiva. Así como hoy en día casi nadie recuerda el manga de Sailor V pero todos conocen su spin-off que es Sailor Moon, también a Inglaterra le salió un spin-off más exitoso que es Estados Unidos. La base nacional de Estados Unidos se encuentra en los emigrantes ingleses que se aposentaron allá, exterminando a la población nativa de paso. ¿Y ellos, qué eran...? Puritanos, principalmente. Porque durante el siglo XVII, muchos puritanos decidieron que, en vez de combatir a la monarquía, iban a emigrar en busca de mejores horizontes. Así, éstos tentaron fortuna allende los mares, en las Trece Colonias, llevándose su rigorismo calvinista consigo. Los famosos 102 pasajeros del Mayflower, que emigraron a los futuros Estados Unidos en 1.620, eran todos puritanos, sin ir demasiado lejos.

No todos los protestantes de Estados Unidos son puritanos, hoy en día, por supuesto, pero es indudable que el Puritanismo de cuño calvinista es un componente esencial de la cultura estadounidense. Porque cuando se piensa en los Estados Unidos como un país cristiano hoy en día, se piensa en un Estados Unidos de mentalidad calvinista: la visión del mundo como un lugar pecaminoso y condenado a la perdición, la hostilidad hacia las doctrinas que cuestionen las estructuras sociales y se propongan reformar la sociedad, el individualismo exacerbado, la veneración del emprendedor burgués que se hace a sí mismo (el self-made man), la exaltación de la ética del trabajo, la división del mundo entre los predestinados a la salvación y la condenación, la justificación a posteriori de las acciones en vista de los resultados, la glorificación de la vida sencilla, el horror a la sexualidad, la idea de que el libre debate de ideas debe vertirse sólo dentro de ciertos límites, y por tanto, la aceptación implícita de la censura institucional, la convicción cetrina respecto de su propia supuesta autoridad moral para dictar las normas al resto del mundo, la idea de un gobierno civil en teoría independiente de la religión pero en la práctica cooptada por ésta... en todos esos sentidos, Estados Unidos hoy en día es una especie de Ginebra de Calvino, pero multiplicada desde los niveles de la ciudad hasta las dimensiones de una superpotencia mundial. Así, uno puede preguntarse en plan de narrativa ucrónica, qué habría sucedido si los puritanos hubieran vencido en Inglaterra, y por tanto, las Trece Colonias se hubieran abarrotado de anglicanos y católicos...

Pero volviendo a la Europa del siglo XVI. La primera mitad de dicha centuria había sido una oleada sucesiva de desastres para la Iglesia Católica. Ni los Papas más recalcitrantes dejaban de tomar nota acerca del avance del Protestantismo, que en menos de medio siglo les había costado la amputación de toda la mitad norte de Europa. Y muy en el fondo, sabían las razones: fastidio de los católicos respecto de la hipocresía y el lujo de los eclesiásticos, envidia de sus riquezas, etcétera. Era hora de introducir un cambio de rumbo. En 1.545 se convocó a un Concilio Ecuménico. Su objetivo era reformar a la Iglesia Católica por completo. A esto se le llamó la Contrarreforma, porque su objetivo era detener la Reforma Protestante. Aunque considerando que los reformados en realidad, lo que hicieron fue separarse de la Iglesia Católica, bien podría argumentarse que la Contrarreforma fue en realidad la verdadera Reforma. Sin embargo, ya lo decíamos en la primera parte de esta serie de posteos aquí en la Guillermocracia, la nomenclatura más popular llama Contrarreforma a este movimiento, de manera que a eso nos atendremos.

La Virgen María según Bartolomé Esteban Murillo. Murillo: Tres siglos de ser latrocinado por los impresores de estampitas devotas católicas, y contando.
El Concilio de Trento, como se lo llamó, acabó en 1.563, después de casi dos décadas de sesiones, aunque en varios de esos años no hubo en realidad ninguna reunión. La Iglesia Católica posterior a Trento recibió un enorme lavado de cara. Se repasó íntegra la doctrina católica, examinando a fondo los planteamientos teólogos de la Reforma. Y lo más importante para lo que nos ocupa: se introdujeron varias reformas administrativas al interior de la Iglesia Católica, tendientes a terminar con el exceso de lujo, el derroche, la ostentación, y las camarillas políticas. No es que de pronto los eclesiásticos católicos se hayan transformado en santos varones, felices de ir con ropas raídas o dormir en el suelo, por supuesto, pero sí que se impuso una cierta moderación, al menos. Los peores excesos del Papado renacentista fueron dejados atrás, o al menos se les puso algún coto para no cubrir de vergüenza a la institución. A partir de la segunda mitad del siglo XVI, y durante todo el siglo XVII, surgieron varios movimientos místicos y pietistas dentro de la Iglesia Católica, desde Teresa de Avila en España hasta el renacimiento del movimiento del Sagrado Corazón de Jesús. Es la época en que surgen también los jesuitas, la mítica Compañía de Jesús creada por Ignacio de Loyola con la idea de dotar a la Iglesia Católica de una especie de milicia espiritual, si se la puede llamar así. De todos modos, ciertos movimientos de esta índole se hicieron sospechosos e incluso fueron investigados por herejía: el historiador Arnold J. Toynbee en su día llamó al rigorismo del llamado Jansenismo, una doctrina católica francesa del siglo XVII, como lo más cerca del Calvinismo que podía estar una persona sin salirse de la Iglesia Católica.

La Contrarreforma llevó también a una revolución en el arte. El mismo se hizo un poco más oscuro, más reverente, sentando así las bases en la transición hacia lo que iba a ser el arte Barroco en los países católicos, típicamente España e Italia. Desde el Tenebrismo del siempre temperamental Caravaggio hasta la espiritualidad de un Murillo, el grueso del arte barroco producido en los países católicos llevó la impronta inconfundible del espíritu tridentino. También se le confirió importancia suprema a la codificación de la música eclesiástica, aunque en algunos puntos se exageró, sin duda. Por ejemplo, todos los músicos casados fueron expulsados del servicio eclesiástico. El único de estos músicos casados que salvó su puesto de trabajo fue el compositor Giovanni Pierluigi da Palestrina, porque él era así de bueno; si no me creen, escuchen la Misa del Papa Marcelo, una de las joyas tempranas de lo que hoy en día llamamos Música Selecta, para entender por qué.

En el paso de los siglos XVI a XVII, parecía que la situación entre católicos y reformados había alcanzado una línea estacionaria. En Inglaterra los católicos y protestantes vivían en un relativo equilibrio, en Alemania seguía imperando la Paz de Augsburgo, en los países nórdicos dominaba la Reforma sin contrapeso, en Francia los hugonotes eran tolerados gracias al Edicto de Nantes, y en España e Italia la Reforma había sido cortada de raíz, y no había llegado a penetrar. Pero como de costumbre, todo el mundo pensaba que habían cedido demasiado, y obtenido demasiado poco a cambio. Era cuestión de tiempo antes de que alguien hiciera saltar todo eso en pedazos. El resultado iba a ser la más cruenta guerra de religión, o supuestamente de religión, que iba a ver Europa en toda su Historia: la Guerra de los Treinta Años. Con la cual abriremos la cuarta parte y final de esta serie de posteos que hemos dedicado al medio milenio de la Reforma Protestante, aquí en la Guillermocracia.

Bueeeno, otra más de Ana Bolena, pero ahora interpretada por Natalie Portman. De nada.

1 comentario:

Seanna dijo...

Es curioso que la reina Isabel actual sigue conservando el título de Defensora de la fe, aunque no es católica.

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