martes, 17 de octubre de 2017

Medio milenio de Reforma Protestante (2 de 4).

Jean Calvino: A Dios le parece bien la ganancia económica capitalista, quiridi...
En la Europa del Renacimiento, el descontento en contra de las prácticas financieras de la Iglesia Católica había llegado a un punto culminante, lo detallábamos en la entrega anterior de esta serie de posteos aquí en la Guillermocracia, y en medio de todo esto cayeron las famosas 95 tesis de Martín Lutero. Por supuesto, el ataque luterano contra el indulgenciatráfico no iba a quedar sin contestar. El negocio era el negocio, después de todo. Un destacado teólogo alemán llamado Johann Tetzel, cuyas manos estaban metidas hasta el hombro en el tráfico de indulgencias, replicó con 110 tesis. Aunque en principio era apenas un debate académico, toda Alemania prestó atención al asunto; después de todo, si el tráfico de indulgencias seguía o se detenía, eso iba a cambiar en buena medida la estructura económica de Alemania, e incluso quizás de toda la Cristiandad. Lo chistoso del asunto es que el propio Lutero no deseaba en principio que el asunto fuera más allá del debate académico, ni tampoco romper con Roma; no fue él sino sus partidarios quienes esparcieron sus ideas, a través de panfletos impresos, porque la imprenta de tipos móviles, así como Internet, la carga el demonio. De manera que el debate fue subiendo de tono, y además se fue enconando cada vez más. Por supuesto, todo este asunto representaba un peligro mayúsculo para el Papado y una de sus principales fuentes de financiamiento. De manera que el entonces reinante Papa León X decidió dar un golpe de autoridad: lisa y llanamente, ordenó silencio a los monjes. Por supuesto, no contaba con que Lutero era Lutero.

Bien mirado, Lutero sólo estaba llevando a su extremo lógico una de sus propias tesis: si los seres humanos se justifican sólo por la fe, que a su vez es recibida como una Gracia de Dios... entonces la Iglesia Católica no es el único camino de salvación, ni tiene el monopolio de la interpretación de la Escritura, ni detenta la autoridad para ordernarle silencio a Lutero. Lentamente, la polémica por las indulgencias estaba transformándose en un debate sobre las bases mismas que pudiera tener la autoridad de la Iglesia Católica sobre la sociedad y el mundo. Lutero puso todas estas ideas por escrito en sendos panfletos: en El tratado sobre el Papado de Roma negó la autoridad del Papa, en El manifiesto a la nobleza cristiana de la nación alemana desarrolla la idea del sacerdocio universal por donde todo cristiano por el hecho de serlo es automáticamente sacerdote y defiende que cada cristiano es libre para acceder e interpretar las Escrituras, y en La cautividad babilónica de la Iglesia niega por carecer de base evangélica todos los sacramentos que no sean el bautismo y la comunión. De todas maneras, no debemos exagerar: las ideas luteranas no eran realmente nuevas. Muchos de estos conceptos, ya habían sido desarrollados por Jan Huss, un siglo antes. Pero Huss, buena gente él, había acabado en la hoguera, y Lutero no estaba dispuesto a terminar igual de calefaccionado.

Ante la desobediencia de Lutero, León X respondió excomulgando a éste. En la Edad Media, la excomunión era quizás el arma más poderosa del arsenal católico. La persona excomulgada no puede recibir sacramentos, y por tanto, se supone, si muere en pecado mortal, se va al infierno. ¿Y si uno se las daba de librepensador, qué? Pues, estaba la presión social, porque la gente alrededor iba a tener todas las excusas del mundo para pasarle por encima al excomulgado, sin que nadie dijera nada al respecto. Así, el miedo a la excomunión hacía maravillas por alinear a la gente tras el Papado. Desgraciadamente para León X, no era la Edad Media sino el siglo XVI. Lutero estaba tan convencido de que la salvación viene a través de la fe, de la que él tenía mucha, que llevó a cabo un gesto decisivo: en público agarró la bula en que se proclamaba su excomunión, así como un ejemplar del Corpus Iuris Canonici, el compendio de Derecho Canónico, y los quemó. Ahora ya no era un tema meramente académico o doctrinal, sino que se trataba de rebelión abierta. Empero, no debemos olvidar una cosa. Si Lutero se encontraba en herejía respecto de la Iglesia Católica, entonces era posible entregarle al brazo secular. Y claro está, todo el mundo recordaba lo que un siglo atrás le había sucedido a Jan Huss, en idénticas circunstancias.

Hora de añadir un poco de contexto político a todo el asunto. Mientras Lutero se enfrentaba a la Iglesia Católica, el Emperador Maximiliano de Austria había fallecido; siendo el Sacro Imperio Romano Germánico una monarquía electiva, correspondía a los llamados electores nombrar a un nuevo monarca para Alemania. El elegido, subidos sobornos mediante, porque estamos en la era de Maquiavelo, y la que inspiró Game of Thrones, fue un joven de diecinueve años que ya era rey de España; Carlos I de España pasó a ser así también Carlos V de Alemania. Su programa político: una Europa políticamente unida, y regida de punta a cabo por el Imperio y la Iglesia Católica. Este trasnochadísimo proyecto político era más digno de la Edad Media que del siglo XVI, y acabó en el fracaso monumental en el que acabó. Pero estamos a inicios del reinado de Carlos V, no su final. Por el minuto, Carlos V se empeñó en consolidar la unidad católica lidiando con la herejía luterana. De manera que Lutero fue convocado para que compareciera en la Dieta de Worms, en 1.521.

Carlos V de Alemania, retratado por Lucas Cranach el Viejo: EIN VOLK... EIN REICH... EIN FÜHRER...!!!
En realidad, como era de esperarse por lo demás, no se trataba de un debate teológico en toda regla, sino de una monumental puesta en escena que sólo podía tener dos salidas posibles: la retractación de Lutero, o su condena. Fue un diálogo de sordos, por supuesto: tanto Lutero como los representantes eclesiásticos usaron mutuamente las Escrituras para arrojarse argumentos teológicos por la cabeza. El resultado de la comparecencia de Lutero en Worms fue previsible: Lutero fue condenado como hereje, sus obras proscritas, y se permitió matarle sin sufrir consecuencias de ningún tipo. En peligro personal, Lutero fue de pronto secuestrado por un grupo de caballeros. Todos se miraron las caras los unos a los otros, diciéndose que nadie fue... pero en verdad, Lutero no estaba secuestrado, sino por el contrario, bien protegido en los dominios de Federico III de Sajonia, su aliado, quien había orquestado toda la charada del rapto para mantenerlo a salvo sin exponerse él mismo a la persecución imperial.

En este tiempo, como suele pasar con la gente secuestrada, Lutero tenía bastante tiempo libre, de manera que se ocupó en una actividad trascendental: comenzó la traducción de la Biblia al alemán. Esto fue revolucionario. En la época, la única versión autorizada de la Biblia, era la Vulgata de San Jerónimo, escrita en latín en el siglo V d.C. Por supuesto, sólo la gente erudita podía leer latín, de manera que la Iglesia Católica interpretaba la Biblia a su parecer... y a su conveniencia. Lo que hizo Lutero fue básicamente poner la Biblia a disposición de todo el mundo que supiera leer y escribir en el idioma alemán vernáculo. Que no era tanta gente en la mismísima Alemania inclusive, de todos modos, pero aún así, menos personas eran quienes dominaban el Latín Eclesiástico, así es que seguía siendo una notable labor de divulgación intelectual. Guardando las distancias, por supuesto, no parece exagerado afirmar que Martín Lutero fue el Julian Assange de su tiempo, y que volcar la Biblia al alemán fue más o menos el Wikileaks del siglo XVI, con todo lo que eso significa. Por supuesto, los que no sabían leer alemán se iban a quedar tan ignaros como de costumbre, pero ya vendrían en el mismo siglo XVI, eruditos que seguirían el ejemplo y tomarían en sus hombros la labor de traducir la Biblia al francés, castellano, etcétera. Irónicamente, siglos después la propia Iglesia Católica que tanta guerra le hizo a la difusión de la Vulgata en otros idiomas, apoyó después traducciones de la Biblia a los más variopintos idiomas, para difundir la Palabra entre salvajes alejados de la civilización como los amerindios, los polinesios, los economistas, etcétera.

Mientras tanto, la idea de la Reforma iba calando entre los príncipes alemanes. Por la misma razón que habían aceptado o al menos tolerado las indulgencias en su tiempo: sórdido lucro monetario. No se les escapaba que si, tal y como predicaba Lutero, la única autoridad era la Santa Escritura, entonces la Iglesia Católica perdía el monopolio de la fe... y con ello, armas medievales tan efectivas como la excomunión, que prohibía comulgar a los pecadores, o el interdicto, que prohibía los sacramentos en un territorio determinado. En la Edad Media, me repito aquí pero para efectos de exposición no es malo insistir en las cosas, éstas eran graves porque significaba que una persona corría el riesgo de morir en pecado mortal, ya que nadie administraría la confesión de los pecados, la comunión, o la extremaunción. Y si los príncipes no eran creyentes en esas cosas, sus súbditos sí, de manera que éstos debían alinearse con la Iglesia Católica para no sufrir esa clase de castigo... hasta ahora, en que se abría la posibilidad de que quizás, sólo quizás, hubiera caminos de salvación por fuera de los curas pelotilleros.

Y hay más, por supuesto. Con la pérdida de su poder para chantajear a las almas, la Iglesia Católica acabó perdiendo el único gran cerco que para proteger sus bienes. Lutero, lo menciono de nuevo, predicaba que había sólo dos sacramentos válidos, por tener base bíblica: el bautismo y la comunión. Entre los sacramentos sin valor para Lutero estaba... la ordenación sacerdotal; por eso los protestantes no tienen sacerdotes propiamente tales sino pastores o ministros, por si no lo sabían. Pero respecto de la cuestión de los bienes, el caso es que si la ordenación sacerdotal no tenía valor como sacramento, entonces eso dejaba a las abadías y monasterios sin dueños válidos... lo que a su vez dejaba suelta y sin correa a una enorme y muy jugosa masa de bienes y tierras. Por lo que, dentro de esta línea de razonamiento, los príncipes no sólo podían secularizar los bienes, o sea, apropiárselos, sacarlos a remate, etcétera, sino que además debían dar por obligación ese incómodo paso, pobrecitos ellos, para corregir la anomalía de tantos bienes y tierras sin dueño, puestos ahí para el primero que se los apropiara, con el caos social subsiguiente. Y ahora que ustedes y yo sabemos, podemos entender lo durísimo que es ser príncipe.

Catalina von Bora, la señora Lutero, según Lucas Cranach el Viejo: Detrás de todo gran hombre, siempre hay una gran monja arrancada de un convento en vías de disolución por una reforma religiosa.
Para Lutero, todo esto tuvo una consecuencia hilarante. El mismo Lutero se había hecho monje, recordemos, pero ahora, su monacato estaba en entredicho. Tenía algo más de cuarenta años, y por supuesto, como monje jamás se había casado. De pronto, le pidieron asistencia para ubicar a unas monjas que se habían fugado del convento. Por cierto, en la época, los conventos no eran necesariamente lugares de pía devoción, sino que eran el sitio en donde arrojar a mujeres incómodas en la familia, cuando no se trataba directamente de lenocinios más o menos encubiertos. La situación de las monjas era difícil porque acogerlas implicaba un delito contra el Derecho Canónico, pero por otra parte, siendo mujeres sin marido, lo iban a tener crudo para sobrevivir en la sociedad de ese tiempo y lugar. El caso es que Lutero se las arregló para conseguirles marido a todas ellas... excepto para una tal Catalina von Bora, que no estaba dispuesta a un marido que fuera menos que el mismísimo Lutero. Increíblemente, Lutero aceptó... y en 1.525, ambos contrajeron matrimonio. Parece ser que el matrimonio de ambos fue sólido y bien avenido, y duró hasta la muerte de Lutero, algo más de dos décadas después. Parece ser también que Catalina von Bora resultó ser una buena administradora de bienes, y con ello, pasó a ser un brazo derecho indispensable para Lutero. Las ideas son buenas para pelear una reforma religiosa, por supuesto, pero el dinero para los asuntos cotidianos sigue siendo el dinero para los asuntos cotidianos, después de todo.

En esos años, el movimiento reformista tomó un giro inesperado con la rebelión campesina de los anabaptistas. Hacia 1.521, el mismo año en que Lutero compareció ante la Dieta de Worms, aparecieron en Alemania predicadores con una doctrina apocalíptica: creían en la inminente llegada del Reino de Dios, en donde se acabarían las clases sociales y la propiedad privada, todos seríamos hermanos y juntos íbamos a trabajar... ya se conocen el discurso. El más importante fue un personaje llamado Thomas Müntzer. Esta clase de personajes no eran desconocidos en la Edad Media: aparecían de tarde en tarde, siempre en épocas de crisis social, y solían tener un mal final. Pero en medio de la agitación por el tema de las indulgencias y el poder de la Iglesia Católica, estas doctrinas prendieron entre las clases humildes. La nueva doctrina que surgió, o al menos se consolidó aquí, es el Anabaptismo. El nombre deriva de la creencia según la cual el bautismo administrado a los niños no valía, porque éstos carecen de razón, y por tanto, no tienen conciencia de sus actos, y por lo tanto, tampoco pueden tener fe. En consecuencia, los anabaptistas empezaron a administrar su propio bautismo. Y lo que es peor, se unieron en torno a sus propios líderes. El Anabaptismo prendió principalmente entre los campesinos de Bavaria, Turingia y Suabia, y se transformó en un movimiento social que puso en serio peligro a las estructuras sociales de su época.

Todo esto llevó a una rebelión armada abierta, que buscaba subvertir el orden feudal, e instaurar la igualdad entre las personas y la comunidad de bienes, siempre siguiendo el ideal de pobreza evangélica. Al enterarse de las nuevas, Lutero tronó en contra de ellos. ¿Cómo esos campesinos ignorantes se atrevían a interpretar las Escrituras de manera directa a su modo en vez de interpretar las Escrituras de manera directa al modo en que dictaba Lutero? Para Lutero, la rebelión contra Roma estaba bien en cuanto se tratara de él mismo, y así como un poquito mucho, de los buenos burgueses y nobles señores feudales; en cambio el campesinado era otra cosa, como gentes analfabetas e ignorantes que eran, y que por lo tanto, no podían ser dejados sueltos por ahí, por su propio bien, porque en qué podían acabar rematando si se les ocurría mandarse solos, faltaba más. El caso es que Lutero escribió un opúsculo llamado Contra las asesinas y rapaces hordas de campesinos, cuyo título creo que lo dice todo. Al final, los nobles y burgueses de Alemania dirigieron una serie de guerras contra esos herejes, que duraron algo más de una década completa; soldados con fortunas personales y entrenados que eran, no tuvieron problemas en masacrar a unos 100.000 campesinos y menesterosos pobremente armados, y eso siendo muy conservador con las cifras, que con toda probabilidad son muy superiores.

La escoria rebelde se subleva contra el Imperio, en 1.525: Que la Fuerza esté contigo, joven jedi...
Sin embargo, el Anabaptismo en cuanto tal, no desapareció; se mantuvo e incluso se consolidó poniendo énfasis en los aspectos más espirituales de su doctrina, abandonando el proyecto de reforma social, y por supuesto, recurriendo a un truco clásico de supervivencia religiosa, cual es rebajarle el perfil apocalíptico a su mensaje, porque para Dios "mil años son como un día", etcétera. Luego, vía emigración, se expandió hacia Estados Unidos; hoy en día, las congregaciones anabaptistas son una de las más importantes ramas de la religión en dicho país, sino la más importante de todas. La más pintoresca de todas, ustedes han escuchado hablar de ella: los amish, inmortalizados por la película Testigo en peligro. Las ideas anabaptistas parecen haber calado hondo en otra rama similar del Protestantismo, aunque algo posterior: los bautistas. Que también han dejado su legado en la Historia de Estados Unidos. Bautista fue Martin Luther King, el destacado líder de los derechos civiles en Estados Unidos, sin ir más lejos. Bautistas también fueron los que financieron Plan 9 del espacio exterior, de Ed Wood. Positivo o negativo... eso sigue siendo un legado, y así lo consignamos.

Pero volviendo al siglo XVI. Mientras en Alemania, Lutero y los nobles se entusiasmaban con eso de desposeer a la Iglesia Católica de su poder, y los campesinos y pequeños burgueses buscaban su propia porción del pastel y eran masacrados por ello, la Reforma se propagaba también a Suiza. En dicho país surgió un teólogo llamado Ulrico Zwingli. El mismo simpatizó sobremanera con las ideas de Lutero, y dirigió su propio movimiento reformista. Sin embargo, sucedió lo inevitable. Zwingli tenía algunas ideas propias y particulares acerca de la Escritura, que no calzaban ciento por ciento con Lutero. Es lo que tiene predicar el libre acceso a la interpretación bíblica, que luego cada uno la interpreta a su reverenda gana y no a la reverenda gana de uno. Por lo que ambos movimientos nunca llegaron a unirse. Pero estos debates doctrinales no fueron más allá por una sencilla razón: Zwingli debió preocuparse de la defensa militar de sus seguidores, que por supuesto fueron atacados. En 1.531, Zwingli pereció en batalla, destino algo inusual para un teólogo, por cierto, que tienden a morir en su cama si están en gracia de las autoridades, o en la hoguera si no lo están. Muerto Zwingli, la máxima figura de la Reforma en Suiza pasaría a ser el que probablemente es el segundo más importante teólogo del Protestantismo, después del mismísimo Lutero: Jean Calvino.

Este Jean Calvino era un francés, que por avatares de la vida acabó con sus huesos en la ciudad de Ginebra. Una vez en ella, se hizo fuerte dentro de su gobierno. Bajo la férula de hierro de Calvino, Ginebra se convirtió en una teocracia tan rigorista, que los ginebrinos lo echaron a patadas. Sin embargo, volvieron a llamarle después, y Calvino gobernó la ciudad hasta su muerte en 1.564. Llamar teocracia al proyecto calvinista para Ginebra no está fuera de lugar porque, en efecto, el gobierno civil y el religioso de la ciudad se fusionaron en una única autoridad, rígidamente jerarquizada, con sus propios tribunales para perseguir y censurar a una disidencia que era al mismo tiempo delito contra la sociedad y pecado contra Dios. ¿Interpretación bíblica personal para cada uno, a la manera de Lutero? Sí, por supuesto que sí, y en la hoguera para no agarrar frío. De nada.

Claro, échense la culpa entre sí, que por culpa de ustedes estamos todos metidos hasta el paracaídas en este fregado.
Muy en el fondo, el Calvinismo es el viejo Luteranismo, pero llevado a su extremo lógico. Para Lutero y Calvino, Dios elige a quienes les dará la gracia de la fe, y a través de esa fe, serán salvados. Pero para Lutero esa fe es una certeza en la salvación propia, mientras que para Calvino, ni siquiera esa certeza sirve de algo porque después de todo, Dios nos tiene predestinados a la salvación o condenación de antemano, y con toda su Omnipotencia, bien podría mantenernos engañados al respecto, y a ver quién es el guapo que va a decirle algo. La única manera de saber si uno está entre los salvos o los réprobos, es llevando una vida absolutamente intachable, lo que por supuesto sirve de base para su visión teocrática de la sociedad, en la cual se debe obligar a la gente a portarse bien, para facilitarles su propia salvación... por si fuere el caso que Dios los hubiera predestinado a la salvación. Si a eso siguen cosas buenas y positivas, entonces eso es señal de que Dios está de parte del rigorista en cuestión. Si no, entonces eso es señal de condenación.

A la luz de estas ideas, no es difícil entender por qué la ética calvinista es famosa por su rigorismo. Calvino prohibió en Ginebra el leer textos profanos, las fiestas con demasiados invitados, los vestidos suntuosos y los lujos. El Calvinismo se hizo muy popular entre los burgueses más inclinados a la tacañería, y que estaban ávidos de ahorrarse hasta el último centavo; ahora, ellos tenían una justificación religiosa para esto. También a diferencia de los teólogos medievales, que condenaban el interés en el préstamo como usura, Calvino la justificaba como una manera de hacer fructificar los bienes de los predestinados a la salvación, aunque siempre a un porcentaje moderado, eso sí. Dentro del Calvinismo, si una persona era rigorista y además le iba bien en lo económico, podía presumir de estar entre los predestinados a la salvación, lo cual siempre viene bien para la autoestima, y también para ser un petulante perdonavidas con la gente alrededor. Se ha argumentado, principalmente por parte de los sociólogos de la escuela de Max Weber, que la justificación religiosa del ahorro, del trabajo y del préstamo con intereses, conforma la famosa "ética del protestantismo" que explicaría el éxito del capitalismo moderno. Aunque esto es relativo y algo criticable, ya que el capitalismo moderno existía desde mucho antes que el Calvinismo. Sin perjuicio, por supuesto, de que el Calvinismo y el capitalismo basado en el ahorro y la inversión acabaron por potenciarse de manera mutua.

El Calvinismo en su versión teocrática de cuño ginebrino era imposible de aplicar en otras partes, so pena de acabar como los pobres campesinos alemanes que intentaron más o menos lo mismo, pero en una versión algo más aguada, sí que tuvieron éxito. De hecho, el régimen de Calvino sólo podía funcionar en Suiza, que no era un Estado centralizado sino una confederación de ciudades más o menos autónomas, y en las cuales podía implantarse un gobierno con la suficiente autoridad para imponer una teocracia, pero no tan grande que se hiciera inmanejable por la congregación misma. Pero algo así era imposible de trasplantar a países tan extensos como Francia o Inglaterra sin transformarse en extensísimas autocracias religiosas casi a nivel de Califato. Por esto, y por su marcado rigorismo, el Calvinismo parecía destinado a ser una curiosidad histórica, una página anecdótica dentro de la Reforma Protestante. Pero no fue así; por el contrario, el Calvinismo acabó transformándose en una importante fuerza religiosa y social durante por lo menos un siglo después y más, desde la muerte de su fundador, sea por sí mismo o sea mutando en Puritanismo... pero eso quedará para la siguiente entrega en esta serie de posteos que hemos dedicado a la Reforma Protestante, aquí en la Guillermocracia.

Puritanos en la Nueva Tierra Prometida.

1 comentario:

Seanna dijo...

Para mí, Calvino es de lo peor que dio la Reforma. A veces pienso que no comprendía lo que leía de la Biblia, de lo contrario no se entiende de dónde salieron sus ideas. Según su lógica, Jesús, el mismo hijo de Dios para los cristianos, no era un elegido de Dios: nació y murió pobre, y no se puede decir que le fuera muy bien en la vida, se juntaba con la chusma, se peleaba con las autoridades y acabó como acabó.
Se supone que una función de la religión es darte consuelo ante las incertidumbres de la vida, pero como según él tu destino está decidido y nada puedes hacer, entonces sólo queda lugar para el nihilismo, pero no puedes ser nihilista porque eso es ser blasfemo. En fin..

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