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martes, 10 de octubre de 2017

Medio milenio de Reforma Protestante (1 de 4).

Martin Lutero: Su nombre es peligro.
El próximo 31 de Octubre de 2.017, se cumplen 500 años desde uno de los eventos más importantes de la Historia Universal: la publicación de las 95 tesis de Martín Lutero. Evento desde el cual, y esto debería ser de cultura general, surgió todo el frondoso árbol religioso del Protestantismo. Aunque publicación en este caso, debemos tomárnoslo en un sentido especial. La costumbre de la época era agarrar el manuscrito, y clavarlo en la puerta de la catedral, como señal de que algún impertinente estaba dispuesto a abrir un debate doctrinal; en este caso, la elegida fue la Catedral de Wüttemberg en Alemania. Hoy en día lo hubiera posteado en Facebook y hubiera etiquetado a unos cuantos amiguetes, y con un poco de suerte, se habría vuelto viral. Podría haber sido un debate académico más, pero las famosas 95 tesis fueron el equivalente a arrojar un fósforo encendido al interior de esas habitaciones llenas de TNT de los cortos animados de Looney Tunes. El incendio fenomenal subsiguiente, ni se ha apagado ni tiene trazar de querer, incluso 500 años después. En su minuto ya recordábamos un aniversario número 500 en la Guillermocracia, a propósito del medio milenio de El príncipe de Maquiavelo, por allá por 2.013. y ahora ha llegado el turno de este otro aniversario número 500, al cual, por su importancia capital, le dedicaremos nada menos que una serie completa de posteos, para que a los amigos de la Guillermocracia nada les falte.

Martín Lutero es uno de los personajes más controvertidos en la Historia Universal. Se lo ha visto como un adelantado del individualismo moderno en contra de los discursos universales impuestos por la Iglesia Católica. O como un general dentro de la guerra de clases en contra del Feudalismo. O como la encarnación del espíritu alemán versus el internacionalismo eclesiástico. O como el demonio salido de los antros del infierno que destruyó la unidad cristiana de Occidente. O como un vampiro salido de las tinieblas del oscurantismo escolástico en contra de la ciencia moderna. Todas estas visiones tienen algo de correcto, y también algo de falso. Martín Lutero es un personaje sin lugar a dudas complejo y fascinante, y aunque es posible especular que, dadas las circunstancias, la Reforma Protestante iba a ocurrir más tarde o más temprano, se necesitó de un hombre con el temperamento de Lutero para llevarla a cabo.

Por supuesto, el nombre mismo de Reforma ha sido debatido. Todo depende de qué es lo reformado... y en qué bando se encuentra uno, por supuesto. Para los protestantes, la cosa estaba clara: ellos estaban reformando el Cristianismo. Según ellos, no para inventarse algo nuevo, líbrenos el Señor de tal cosa, sino por el contrario, para reinstaurar el viejo Cristianismo de toda la vida, el que existía en sus comienzos antes de ser secuestrado de manera ilegítima por la Iglesia Católica. Los historiadores católicos, en cambio, partiendo de la base de que la Iglesia Católica se la supone la única y verdadera depositaria de la fe en Cristo Jesús, proclaman que los protestantes no son verdaderos reformadores porque ellos al negar la autoridad de la Iglesia Católica se habrían puesto afuera del verdadero Cristianismo desde el día uno, y la única reforma legítima sería la llamada Contrarreforma, la impulsada a mediados del siglo XVI por el Concilio de Trento. En cuanto a nosotros... usaremos la nomenclatura tradicional de Reforma Protestante y Contrarreforma católica simplemente porque es la más usada, y por lo tanto, todo el mundo la entiende. Ya ustedes sacarán sus conclusiones acerca de si la terminología es adecuada o no.

Para hacer un relato lo más completo posible, iniciaremos nuestro relato en el siglo IV, todavía en tiempos del Imperio Romano, o sea, más de mil años antes de que naciera Lutero. En sus primeros siglos, el Cristianismo se había expandido por todo el Imperio Romano hasta tal punto, que la vieja política de perseguirlos e ignorarlos se había vuelto inoperante. Entró entonces en escena Constantino el Grande, Emperador que le dio un viraje a la política imperial tradicional, y protegió a los cristianos para cooptarlos en cuanto la fuerza política que eran. En el Concilio de Nicea del año 325, se fijaron una serie de doctrinas que conforman la base del Cristianismo desde entonces; por cierto, los obispos que formaron parte del Concilio fueron elegidos más o menos a dedo por Constantino, y por lo tanto, la doctrina cristiana fue utilizada como arma institucional en contra de lo que llamaríamos la disidencia. El resultado de todo esto fue una Iglesia Católica muy dócil y sumisa frente a los intereses imperiales; a este régimen llegó incluso a llamárselo Cesaropapismo. A finales del siglo IV, el Emperador Teodosio el Grande dio el paso definitivo que faltaba, y declaró al Cristianismo como religión oficial del Imperio Romano. Por cierto... los sobrenombres de "Grande" que llevan Constantino y Teodosio, se los adjudicaron los historiadores cristianos, adivinen ustedes por qué.

Buenas tardes, vengo a publicar 95 tesis para un simple debate académico acerca de cuestiones de Teología, nada que vaya a poner en peligro a la Iglesia Católica, o a Europa, o a los príncipes, o a los burgueses, o a...
En los siglos siguientes, luego del desplome del Imperio Romano, el Papado intentó recrear a éste de nuevo. El resultado fue el Sacro Imperio Romano Germánico. Entre los siglos VIII y XVI, la teoría política de Europa Occidental sostenía la existencia de dos autoridades supremas: el Papa por un lado, el Emperador por el otro. Las relaciones entre ambos nunca fueron excesivamente cordiales, porque como suele suceder habiendo dos poderes, cada uno quería mandar más que el otro. Sin embargo, en el Renacimiento surgieron poderes paralelos: las ciudades comerciantes por un lado, y el embrión de las monarquías nacionales por el otro. De pronto, debilitados, Papado e Imperio descubrieron que la única manera de mantener siquiera un rescoldo de orden feudal dentro del nuevo estado de cosas, era unir fuerzas. Esta alianza se vería incluso reforzada después de que Lutero clavara sus benditas 95 tesis, considerando algunas ramificaciones políticas que tenían las mismas.

Para contender con el Imperio, el Papa Gregorio VII (1.073 a 1.085) dotó a la Iglesia Católica de una estructura férreamente autoritaria. La idea era darle a la Iglesia Católica autonomía respecto del Imperio, y poder cumplir así su misión espiritual. Por supuesto, los sucesores de Gregorio VII interpretaron muchas veces esto como una especie de licencia moral, porque después de todo, eran los emisarios de Cristo en la Tierra, así es que, ¿cómo podía ser que hicieran algo mal, si todo era para mayor gloria del Señor? Así, a la vuelta de cuatro siglos, llegamos al famoso Papado Renacentista, un pozo de corrupción tan profundo, que era blanco más o menos abierto de las sátiras e invectivas de literatos como Giovanni Boccaccio o Erasmo de Rotterdam. Sería ingenuo explicar la Reforma Protestante sólo como una batalla de ideas. En la época, la Iglesia Católica era el mayor latifundista y banquero de Europa, y por lo tanto, cualquier cuestión doctrinal respecto de su autoridad iba a tener importantes repercusiones en la economía europea desde España hasta Polonia. Y por supuesto, mucho de la batalla de ideas alrededor de la Reforma Protestante tiene que ver con criticar el materialismo y la afición al lujo que la Iglesia Católica había ido adquiriendo de manera cada vez más acentuada a medida que iba terminando la Edad Media.

Un tempranísimo intento de construirse un orden espiritual que estuviera al margen de la Iglesia Católica, lo constituyó la herejía, o religión, a según el punto de vista, de los cátaros, a finales del siglo XII. La respuesta de los poderes establecidos fue brutal: con la venia del Papado, Felipe Augusto el rey de Francia lanzó la Cruzada Albigense en contra de los cátaros. De esa época datan inventos como la Santa Inquisición, o la costumbre de quemar a los herejes en hogueras. Y claro, así cualquiera aprende, así es que no hubo nuevos movimientos que buscaran escindirse de la Iglesia Católica, y que llegaran a tener alguna relevancia. Sin embargo, el descontento en contra de la Iglesia Católica no hizo sino crecer, de manera soterrada pero visible, conforme también crecía la burguesía. Siglos después surgió la figura de John Wycliffe, teólogo y predicador inglés que a finales del siglo XIV las emprendió contra la Iglesia Católica, con argumentos teológicos en la mano. Entre otras cosas, Wycliffe planteaba regresar a la modestia de los tiempos evangélicos, a renunciar a los lujos, etcétera. Hoy en día, lo hubieran llamado comunista o poco menos. Como sea, Wycliffe es considerado como el más temprano precursor de lo que después vendrá a ser la Reforma Protestante.

Wycleff tuvo sus lances con las autoridades eclesiásticas y civiles, pero salió más o menos bien librado. Murió calentito en su cama, por lo menos. Pero la prédica de Wycleff inspiró a otro predicador llamado Jan Huss, en Praga, Bohemia. Huss también murió calentito, pero en la hoguera como hereje. Huss llegó más lejos que Wycleff y llegó a predicar incluso que la Iglesia Católica y el Papado en sí estaban incurriendo en posible herejía, debido a que su afición al lujo y esplendor eran contrarios a la prédica evangélica. Huss fue llamado al Concilio de Constanza, en 1.415, para explicarse y justificarse en sus dichos. Sus amigos le rogaron que no acudiera a la cita porque temían que lo capturaran y ejecutaran. Pero el Emperador Segismundo le ofreció un salvoconducto, y Huss, aceptándolo como garantía, y siendo muy en el fondo el tipo amable y buena tela que parece haber sido, viajó de buena fe al Concilio. Era una trampa, por supuesto: con la excusa de que las promesas hechas a herejes eran nulas según el Derecho medieval, Huss fue condenado como hereje y apresado, luego de que el salvoconducto fuera anulado, de manera técnicamente legal, por cierto. Lo ya dicho: Huss fue ejecutado en la hoguera, como decíamos, ese mismo 1.415. No sobra incluir esta historia en nuestra relación: es muy posible que el trato traicionero dado por la Iglesia Católica a Huss, haya influido en la actitud más beligerante que tuvo Lutero, un siglo después.

Jan Huss en la hoguera: Con argumentos teológicos como éste, cualquiera entiende.
Aparte de lidiar con el Husismo y el entonces llamado Cisma de Occidente, el Concilio de Constanza declaró la voluntad de reformar a la Iglesia Católica, para eliminar algunos de sus vicios más graves. Declaraciones de buenas intenciones, pero que fueron quedando aplazadas, y al final no se cumplieron. En realidad, estamos ante lo que podemos llamar el signo de los tiempos. En el siglo XV, la burguesía se había transformado en la fuerza económica predominante de Europa, y numerosos jerarcas eclesiásticos se reclutaban entre sus filas. La mentalidad de la burguesía era hedonista, individualista y materialista, lejos del pietismo, la caridad y la espiritualidad que, se supone, deberían ser el sello de todo buen cristiano. Por supuesto, muchos se metían a la carrera eclesiástica, o eran enviados ahí por los poderosos, para escalar posiciones y hacerse de poder para sí y sus familias. Esto explica por supuesto el famoso Papado Renacentista, en el cual un tipo como Alejandro VI, de la familia Borgia, podía darse el lujo de tener hijos bastardos con concubinas, y además, convertirlos en príncipes, como el caso de su bastardo César Borgia. Y que además lo interprete Jeremy Irons, de entre todos los actores más o menos sórdidos disponibles.

Y sin embargo, la crisis ya estaba montándose. La nueva vida de derroches eclesiásticos exigía más recursos que nunca. Y el Papado se montó el negocio del siglo: poner a la venta la salvación del alma. La lógica es que la Iglesia Católica tenía, se supone, el poder de absolver los pecados y por tanto abrir las puertas de la salvación eterna... y estaba dispuesta a hacer esto a cambio de un módico precio en dinero, que el fiel pagaba a manera de penitencia y con mucha contrición, no se crea otra cosa vil. Era en definitiva un verdadero contrato por el cual se podía literalmente celebrar la compraventa con la salvación del alma como producto a ser vendido para el mercado consumidor. El pobre paleto se creía salvado de a saber qué infierno real o imaginario, el Papado se llevaba algunos pingües beneficios por aliviar la mala conciencia de la gente, y nadie regresaba del Más Allá para reclamar porque no le hubieran validado el seguro, así es que todos felices, ¿quién dice que el libre mercado con un productor monopólico acaparando la oferta, no funciona...? El documento por el cual se acreditaba el pago y por tanto la salvación, era la indulgencia. No es que las indulgencias no existieran antes del Renacimiento. Las primeras se vendieron en la época de las Cruzadas, como medio extraordinario para financiar las mismas. Pero sucedió lo que de costumbre, cuando un negocio resulta bueno: expansión.

Así, el negocio de venta de indulgencias alcanzó niveles grotescos, más propios de la maquinaria propagandística moderna que de una institución pía destinada a cuidar por el bienestar espiritual de su rebaño. Se crearon incluso eslóganes, el más famoso de los cuales es: "En cuanto el dinero cae en el cepillo, el alma vuela al cielo", el cepillo para recolectar limosnas, entiéndase... Aquí sólo falta el ruidito de caja registradora de los cartoons para ser más publicitario. El Papado por su parte incrementó la eficacia del negocio, externalizando el mismo a príncipes seculares para que cobraran las indulgencias, quedándose con una parte por supuesto, no como comisión, por favor, mal pensada que es la gente, sino sólo como... ¿gastos de corretaje y administración? Sí, digámoslo así. Mientras tanto se armaba esta estructura financiera, predicadores muy motivados recorrían los campos y subían al púlpito en busca de clientes dispuestos a dejarse algunos cuartos en la salvación del alma. Y la gente caía porque, después de todo, aún se creía que la Iglesia Católica tenía algún poder respecto de la salvación de las personas; hoy en día, la cosa se pone mucho más en duda, por supuesto. El negocio de las indulgencias era la máxima expresión de una Iglesia Católica que se había rendido al capitalismo puro y duro, al libre mercado, al lucro y la ganancia, para rechifla de los humanistas... y crítica despiadada de los protestantes que estaban por venir.

Debemos hacer un paréntesis aquí porque no puede entenderse la Reforma Protestante sin aludir a otro notable invento de la sociedad burguesa del siglo XV: la imprenta de tipos móviles. No es que las imprentas no existieran antes, pero solían consistir en planchas, habitualmente de madera, llamada xilografías, usadas para imprimir grabados o naipes. Lo revolucionario del invento del alemán Johannes Gütemberg en 1.453, fue haber descubierto una aleación lo suficientemente dura como para aguantar la presión de una prensa, y usar esta aleación para fabricar letras cuyos lugares podían intercambiarse entre sí: ahora, los mismos tipos móviles que servían para imprimir la página de un libro, podían ordenarse otra vez para imprimir la página siguiente, en vez de confeccionar una plancha entera nueva, con lo que el costo de imprimir libros disminuyó de manera brutal. Eso significó que a comienzos del siglo XVI, un tipo como el humanista Erasmo de Rotterdam podía permitirse el lujo de escribir un texto que satirizaba a toda la sociedad de su tiempo, Iglesia Católica incluida, llamada Elogio de la locura... y todo el mundo lo leía. Todo el mundo que sabía leer y escribir, por lo menos. De manera inadvertida, esto creaba para la Iglesia Católica un peligro adicional: si en vez de escribir sátiras, alguien decidía publicar panfletos con argumentos teológicos, toda Europa podría leerlos. O dicho de otra manera: si surgía un nuevo Jan Huss, sus ideas peligrosas y radicales podían llegar incluso más lejos y tener consecuencias mucho más catastróficas. Alguien como un tal Martín Lutero, por ejemplo.

Las balas del diablo. Les dan la tecnología, y luego la usan para lo que la usan...
Y llegamos finalmente hasta el gran personaje de la Reforma Protestante: el tantas veces mencionado Martín Lutero. Uno de los personajes más controvertidos de toda la Historia Universal, y el responsable de echar a andar un movimiento que acabaría por demoler la unidad espiritual de Occidente, sea que consideren ustedes esto algo como bueno o malo. Lutero no lo hizo en solitario, por supuesto, ya que vinieron otros pensadores, teólogos, predicadores e incluso hombres de armas que siguieron sus pasos. Incluso la sociedad misma ya tendía en esa dirección, como lo esbozábamos, aunque la Iglesia Católica, guardiana de la unidad espiritual de Occidente, no estaba tomando nota. Pero los inicios de la Reforma Protestante, y la manera en que se articularon las ideas protestantes en sus primeros días, se encuentran en íntima relación con la biografía y temperamento de Martín Lutero, el iniciador.

Martín Lutero nació en 1.483. Su infancia parece haber sido desgraciada. Aparentemente, su padre era un maltratador cuya idea de educar a los hijos era darle palizas. Es muy posible que esto haya influido en que Lutero desarrollara una personalidad un tanto neurótica, y también, ya tendremos ocasión de verlo, propensa al autoritarismo. El padre de Lutero era un burgués que aspiraba a que su hijo estudiara Derecho, y así pudiera seguir con los negocios familiares cuando él mismo ya no estuviera en condiciones de hacerse cargo. Pero sucedió un accidente: encontrándose el joven Lutero en un paseo campestre en 1.505, estalló una tormenta de rayos. Aterrorizado, Lutero prometió hacerse monje si se salvaba. Es posible que ayudara que por ese tiempo había muerto un amigo de Lutero, y esa es la clase de eventos que suelen llevar a hacerse preguntas: por qué se murió él y no yo, si acaso yo soy digno para la salvación, cómo puedo hacerle para ser mejor persona, si acaso soy el Ultimo Hijo de Krypton, etcétera. Cuando Lutero abandonó el Derecho para empezar sus estudios de Teología, su padre se llevó una enorme rabieta. Y no iba a ser el último, por supuesto. Hoy en día Lutero está muerto, pero más de alguien se lleva rabietas con los protestantes, y a la inversa, los protestantes también se llevan las suyas con el resto del mundo. Como sucede con toda religión, por lo demás.

En sus tempranos estudios de Teología, Lutero entrará en contacto con las tesis del Nominalismo, una rama tardía de la Escolástica que había florecido en el siglo XIV. El más famoso nominalista es probablemente William of Ockham, famoso por la Navaja de Ockham: entre dos maneras de afeitar una misma barba, deberías usar la que requiera menos cortes. O algo así. Pero los nominalistas eran mucho más que expertos en rasurado. De los nominalistas, Lutero tomará la idea de que la razón es débil e insuficiente para entender las leyes o ideas divinas, y que en realidad Dios, siendo el ser omnipotente que es, tiene arbitrio completo para decidir la moral, las leyes, lo que es bueno y lo que es malo. Esto va en dirección opuesta a la noción clásica tomista, según la cual la razón humana sí tiene poder para llegar a comprender el orden divino, ya que entrada existe algo que podemos llamar un orden divino, aunque no sin ayuda de la Revelación, por supuesto. La idea de que Dios es un ser al mismo tiempo arbitrario y omnipotente es terrorífica, a poco que lo piensen: hoy en día eso lo llamamos Horror Cósmico, y es un escenario digno de los escritos de Howard Phillips Lovecraft, sin ir más lejos. Pero para Lutero, curiosamente, esta idea le daba algún consuelo de ella: el arbitrio divino quiso que Lutero se transformara en el azote de la Iglesia Católica en vez de, digamos, acabar achicharrado en una tormenta de rayos, o devorado por Nyarlathotep. Casi como las ficciones de zombis: a nadie que le gusten éstas, piensa que va a ser un zombi en el apocalipsis zombi. Así, cualquiera se conforma con la Voluntad de Dios, por muy cthulhesca que ésta sea. Digo yo.

Entre 1.510 y 1.511, Lutero viajó a Roma. En aquellos años, Roma era una ciudad de lujo y esplendor. Los Papas de los últimos cincuenta años habían impulsado una vasta campaña de obras arquitectónicas para mayor gloria de la Santa Iglesia Católica. El Papa Sixto IV levantó la Capilla Sixtina, y uno de sus sucesores, Julio II, había contratado a Miguel Angel para que la decorara con sus famosos frescos, en los cuales trabajaba exactamente en la misma época de la estancia de Lutero en la Ciudad Eterna. En 1.506, por su parte, habían comenzado las obras para la erección de la Basílica de San Pedro, que se iban a prolongar durante el siguiente siglo y medio. Las piedras destinadas a la construcción salieron del Coliseo, que desde ese entonces está en ruinas; una letrilla hizo alusión a Bramante, el arquitecto a cargo, burlándose de esto: "Donato Bramante, maestro arruinante". Y estaba por supuesto, todo el lujo de la corte papal. Lutero fue testigo de esto, y se preguntó con toda su visceralidad: ¿en dónde está la pobreza evangélica, en todo esto? En años posteriores, Lutero pasará a considerar y acusar de manera literal a la Iglesia Católica como Babilonia la Grande, la Gran Ramera del Apocalipsis, y al Papado como el Anticristo. Cuando a Lutero le caía gordo algo o alguien, le caía gordo como pelota, como pueden ver.

Pobreza evangélica en Roma.
Después de su viaje a Roma, Lutero prestó atención mayor al Agustinismo, las doctrinas defendidas por Agustín de Hipona en el siglo V. El Agustinismo es inherentemente pesimista: sostiene que el ser humano es prácticamente incapaz de nada bueno si no está la Gracia de por medio, debido a la tiranía del Pecado Original. Gracias por nada, Adán. Pero Dios comunica la Gracia, y a través de ella, los seres humanos son salvados. Lutero llega al extremo de negar el libre albeldrío porque todo acto que procede del hombre es pecado mortal. La única posible justificación es la fe, la cual no viene de los hombres sino que es un beneficio divino. En carta del 1 de Agosto de 1.521 a Melanchton, otro famoso reformador, escribirá una frase famosa al respecto: "Peca fuertemente, pero cree con más fuerza aún" ("Pecca fortiter, sed fortius crede"). Creer lleva a la salvación, sin que importen las obras. Y Lutero era un tipo con mucha, realmente mucha fe. Pero, ¿qué pasa si una persona con mucha fe, elegida por la Gracia de Dios, realiza malas obras? En el esquema luterano, esto es imposible: la buena fe lleva de manera automática a las buenas obras. No será el primer caso de teólogo que se invente todo un sistema filosófico para sentirse un poco más a gustito con su propia neurastenia personal.

Por supuesto, la doctrina luterana no es inocua. El principal problema del Luteranismo es que una persona pasa a ser buena si cree en las cosas correctas. Ahora bien, las cosas correctas tienden a ser aquellas que la persona que cree, considera correctas. Piénsenlo. Un fulano que se dedica a degollar chicas un poco en plan Christian Bale en Psicópata Americano porque oye voces en su cabeza y cree estar cumpliendo la voluntad de Dios, muy en el fondo cree en Dios, y tiene una fe inquebrantable en Dios... y por lo tanto, según esta mentalidad, está destinado a la salvación. ¿Y la degollina de chicas, qué? ¿Debemos aceptarla como parte del Plan de Dios...? Puede parecer un ejemplo extremo y caricaturesco, y lo escribí así de manera intencional para resaltar el punto, pero podemos aplicar esto a situaciones más de la vida real. Recordemos la poquísima culpa con la cual los protestantes anglosajones exterminaron a hordas y hordas de nativos en Norteamérica, Africa, Asia y Oceanía... pero estaba bien, según ellos, porque estaban cumpliendo la Voluntad de Dios. Y eran hombres de fe. Y de los Neocon que consideran la devastación del tejido social y la depredación del medio ambiente como parte del Plan de Dios, mejor no hablemos. No todos los protestantes anglosajones eran luteranos, claro, pero todas las doctrinas protestantes arrancan, de una manera u otra, desde estos planteamientos luteranos, con todo lo que eso significa.

En esos años, Lutero dirigió su atención a la gran cuestión económica de su tiempo: el tráfico de indulgencias. La doctrina luterana según la cual la salvación está en la fe y no en las buenas obras, tenía una consecuencia práctica respecto de las indulgencias: las hacía inválidas. Dicho más claro: desde la perspectiva luterana, si se paga una indulgencia sin fe, la indulgencia es inútil para garantizar salvación alguna, y si se tiene fe, no es necesario pagar indulgencias en primer lugar. Lutero se posicionó así en contra de las indulgencias, y llevado por el celo evangélico, se ofreció a debatir sobre el asunto a la manera en que era costumbre por aquellos días: clavó un documento con 95 tesis en la puerta de la Catedral de Wüttemberg, el 31 de Octubre de 1.517. Y el primer martillazo sobre el clavo que sostenía el documento, fue también el primer martillazo que acabaría por destrozar la unidad católica de Occidente, en la llamada Reforma Protestante... como lo veremos en la próxima entrega de esta nueva serie de posteos, aquí en la Guillermocracia.

Lisa Simpson: ¡Uh! ¡He creado LUTERANOS! - ¡Uh, waffles!

2 comentarios:

Seanna dijo...

A mí siempre me ha dado curiosidad qué pensaba Lutero de la carta de Santiago a los romanos, y de la parábola de las ovejas y las cabras, donde muy claramente se dice que la fe sin obras no sirve de nada. Porque eso desmonta claramente todo su programa, y además está escrito en la Biblia!
Es una delicia leer historia en la Guillermocracia, como siempre.

Guillermo Ríos dijo...

Lutero pensaba que ese pasaje era un error de redacción y traducción, y que su propia traducción era la buena y correcta, porque... no sé, era un hombre de fe, o tenía inspiración divina, o algo.

Por supuesto, un problema de las escrituras sagradas, de cualquier escritura sagrada, es que como se les supone inspiración divina, entonces hay que llegar hasta la exégesis literal del texto original, y claro, los idiomas cambian con el tiempo, además de que hay que traducir los textos a otros idiomas en los cuales no fueron escritos, y de pronto, lo que se supone debía aparecer clarito en el texto original, se va complicando. Si a eso se le suma la gente que empieza a corregir el texto original porque, vamos, será la Palabra de Dios, pero ellos saben mejor sobre la Palabra de Dios que quienes la escribieron, entonces ya tenemos armado el lío.