domingo, 22 de octubre de 2017

Lecturas de la abstención.


Todos conocemos como funciona la teoría del voto. En una democracia, la identidad de quién ocupará los cargos más importantes vendrá decidida por una elección a través de voto popular. El voto es al mismo tiempo una herramienta de designación, y una especie de plebiscito implícito. Es decir, si nos gusta cómo lo hace un candidato, entonces en la siguiente elección le daremos otra vez un voto de respaldo para que salga elegido nuevamente, y si no es posible la reelección, le endosaremos nuestro voto al candidato que se comprometa a la continuidad de sus políticas, para que se mantenga el status quo. Y si un candidato o un programa político no nos gusta, votamos por otro diferente. O incluso nos postulamos nosotros mismos para enseñarles a ese montón de señorones cómo se deben hacer las cosas; nadie se dedica a la política porque sea humilde, después de todo.

Por supuesto, ésa era la teoría en el siglo XVIII, cuando se codificó la democracia representativa tal y como la conocemos. Hoy en día, un cuarto de milenio después, sabemos que las cosas no son tan sencillas. En buena medida porque en el seno de todo sistema político vemos cómo se tienden a formar máquinas partidistas más especializadas en ganar elecciones que en lo que el discurso político clásico llamaba el buen gobierno. Así, para dichas máquinas partidistas sale más rentable enfocarse en las elecciones, y luego, en el gobierno, enriquecerse a costa del erario público y haciéndose los amistosos con los grandes grupos económicos para que éstos no financien golpes de estado u otros desagradables mecanismos de enviar políticos para la casa, o a algún destino peor. Y en medio de todo esto, más o menos hacer que las cosas sigan andando un poquito, aunque sea para que la plebe no decida hartarse y promover un 1.789 o un 1.917.

Y esto ha llevado a una comprensible reacción por parte del electorado: el abstencionismo. Si tuviéramos que darle voz a los que deciden no usar ni la voz ni el voto, ellos dirían algo como lo siguiente: "¿Para qué tomarse la molestia de levantarse temprano y concurrir a votar, si es que al final, gane quien gane, no van a cumplir todo lo que nos prometieron, se van a enriquecer los bolsillos como de costumbre, y nada va a cambiar?".

Es una actitud respetable, por supuesto. Porque dentro de un sistema liberal que se precie de tal, el derecho a emitir voto libre, secreto e informado, implica también el derecho a no emitir un voto en lo absoluto. Obligar a la gente a votar por medios legales compulsivos implica introducir una distorsión en la manera de expresarse por parte del electorado, ya que en los resultados finales, cada candidato aparecerá con un respaldo mucho mayor del que en realidad le correspondería, conformado por aquellos obligados a votar que al final lo harán "por el mal menor". Y esto no es inocuo. Respaldo en las elecciones no es lo mismo que respaldo al gobierno, como lo saben muchos Presidentes de varios países que han obtenido triunfos arrolladores, sólo para que su popularidad se desplome después por los suelos y las calles se les llenen de manifestantes, con todo lo que eso significa en términos de asegurar un mínimo de gobernabilidad durante su mandato.

Es de recordar lo que sucedió en Chile cuando la inscripción para votar era voluntaria, pero una vez inscritos, el voto era obligatorio: que cada vez menos gente se inscribió en los Registros Electorales. Al final, hubo que cambiar esto por el actual sistema de inscripción automática y voto voluntario. Por supuesto, luego de efectuado el cambio, la abstención creció hasta un punto en que ciertos personajes descubrieron condolidos que el sistema democrático estaba yéndose al garete, y evaluaron si acaso el obligar a la gente a votar no era tan malo. En vez de, digamos, mejorar el sistema electoral para promover una mayor competencia entre candidatos, y así oxigenar un sistema político cuyos sicarios viven en una desconexión casi absoluta respecto de la realidad. O de cómo a ciertas gentes les gusta darles mayores libertades a los demás para que luego esos demás usen esas libertades al gusto de ellos en vez de... con libertad, precisamente.

Aún así, yo en lo personal soy enemigo de la abstención como mecanismo de presión electoral. No porque critique el uso de la libertad para abstenerse de votar; por el contrario, ya he defendido esta libertad de abstención como un derecho básico del votante. Sin embargo, también creo que la abstención, a la larga, termina por ser contraproducente. Porque si la intención de quien se abstiene de votar es el enviar una señal de protesta, o simplemente de apatía, hacia el sistema electoral, entonces el resultado es justo el contrario al que se espera. Veamos esto.

Teóricamente, el voto es un mensaje. Emitir el voto a favor de un candidato es más o menos equivalente a lo que vendría siendo el firmar una declaración de más o menos el siguiente tenor: "Yo, fulanito de tal, en posesión de todas mis facultades mentales, desde el anonimato de mi cabina de votación, y sin firmar mi declaración, afirmo que prefiero al candidato X por sobre el candidato Y, para que ocupe dicho cargo y nos esquilme gobierne durante el período que corresponde hasta la siguiente elección". Por lo tanto, abstenerse pareciera en principio ser equivalente a enviar una declaración de signo contrario: "Yo, fulanito de tal, estoy harto de ustedes, hatajo de políticos corruptos, ladrones y esclavos de la concupiscencia carnal, y por lo tanto, los rechazo a todos y me abstengo de darle el respaldo a cualquiera de ustedes". Hasta ahí perfecto.

El problema se produce desde el otro lado del sistema electoral, por parte de los políticos. Porque ellos leen la abstención de otra manera. Ellos no reciben el mensaje de abstención tal y como fue enviado por el votante iracundo, sino que lo leen de la siguiente manera: "Yo, fulanito de tal, considero que el candidato X y el candidato Y son básicamente lo mismo, y como alguno de los dos por fuerza tiene que salir elegido, entonces no vale la pena que exprese una preferencia porque, hagan lo que hagan, mi vida va a seguir igual". Y como alguien tiene que salir elegido, y alguien tiene que gobernar, el resultado final es que el político ganador de las elecciones lo va a interpretar, si no como una declaración de apoyo, a lo menos como una de indiferencia, según la cual puede hacer las cosas como se le antoje porque, en el fondo, ese personaje que se abstiene no va a hacer olitas. O sea, el político de marras puede decirse a sí mismo: "Seré todo lo corrupto, ladrón y esclavo de la concupiscencia carnal que se me antoje, porque si a los votantes que se abstienen les hubiera importado eso, se habrían lanzado en masa a las urnas para votar por mi rival, o hubieran montado su propio movimiento político para sacarme del camino".

Como puede verse, es un problema de mensajes cruzados y malinterpretados. De manera inocente o con mala intención, pero malinterpretados. Sintetizando mucho lo anterior, quien se abstiene envía un mensaje por el cual dice "yo no respaldo a ninguno de los candidatos que salga", y los políticos leen el mensaje como "yo respaldo a cualquiera de los candidatos que salga". Y hay un matiz importantísimo entre ambos mensajes, porque en el primer mensaje hay una falta de autorización, mientras que en el segundo hay una legitimación. Y esto último es importante porque el sistema electoral es esencialmente un mecanismo de producir legitimación, algo indispensable para un gobierno democrático que quiera tener algún margen de maniobra para poder gobernar. El público promedio considera así que los políticos elegidos carecen de legitimidad porque no han sido autorizados por un grupo lo suficientemente representativo de votantes, mientras que por el contrario, esos políticos elegidos sí consideran que tienen esa legitimidad.

Y esta discrepancia sólo sirve después para crearle problemas al nuevo gobierno, y también a la sociedad en su conjunto. Una cosa es ganar las elecciones, ya lo decíamos, y otra es gobernar. Y quien se abstiene, no va a legitimar al gobierno a posteriori únicamente porque salió elegido con mayoría de votos. En vez de ello, va a manifestar su descontento de maneras menos democráticas. Con protestas violentas en la calle, por ejemplo. Para la sorpresa probablemente genuina de los políticos pagados e inflados de sí mismos, que consideraban a la ciudadanía como domesticada, y que se sienten plenamente justificadas para reprimir a los manifestantes con la fuerza pública, si fuere preciso, o para implementar leyes que criminalicen a los inútiles subversivos sobre la base de que dichos inútiles subversivos carecen de legitimidad para protestar porque, después de todo, el gobierno está legitimado por las elecciones. Y cuando la violencia escala dentro de una sociedad democrática, al final todos pierden. Las democracias latinoamericanas saben un buen resto de lo que sucede cuando las elecciones no son capaces de darle legitimidad a un gobierno, a cualquier gobierno.

Por eso, abstenerse como decisión electoral suele ser por regla general una mala idea. No es que votar por un candidato u otro vaya a mejorar mucho las cosas. Por regla general, los candidatos son prisioneros, y en muchos casos beneficiarios, de un sistema político demasiado grande para ser modificado o mejorado así por las buenas. El problema es que la alternativa es mucho peor. Esto no quiere decir que los votantes carezcan del derecho a abstenerse. En una sociedad democrática, el derecho a abstenerse es sagrado, y no puede ser tocado o vejado por las injuriosas y feraces garras de los políticos vampirizando legitimidad allí en donde puedan chuparla. Pero como todo derecho, debe ser ejercido con responsabilidad. Si usted como votante quiere abstenerse, entonces de acuerdo, hágalo, usted está en su pleno derecho y yo lo apoyo en eso. Pero al menos, hágalo después de evaluar a conciencia los candidatos que se presentan, y decidir sobre las potenciales consecuencias de que salga uno u otro, y con qué porcentaje del universo electoral. El voto de usted tiene apenas el raquítico peso de un voto más, que se encuentra perdido en un océano de papeletas electorales, pero por otra parte, el voto de usted no tiene menos que el peso de un voto que con otros votos conforma y es la savia de ese océano de papeletas electorales. El voto de usted es pequeño, pero sigue importando a través de la sumatoria de todos ellos. Y la abstención de usted, lo mismo. Votar es más que un acto para decidir cuál va a ser el siguiente portador de la máquina trasquiladora de ovejas; es también un acto que ayuda a mantener la democracia andando. Y si bien es cierto que la democracia es imperfecta y tiene sus problemas, no lo es menos la famosa frase de Churchill según la cual "la democracia es el peor sistema de gobierno, con la excepción de todos los demás".

4 comentarios:

fjsi dijo...

En España, al menos, existen dos alternativas más, el voto nulo y el voto en blanco.

Se considera nulo un voto porque la papeleta que contiene el sobre no es oficial (partidos imaginarios, facturas de electricidad, agua, gas...), o está manipulada (rota, con alguna nota "ingeniosa" manuscrita etc.). Se contabiliza como tal y no suma. El voto nulo no deja de ser una expresión de enorme descontento hacia la clase política, pero también que queda un cierto poso de confianza en el sistema, aunque no se avale el resultado de la elección.

El voto en blanco, simplemente no contiene papeleta alguna dentro del sobre. Simplificándolo mucho, suma al partido/candidato más votado. Expresa su descontento por las opciones que se presentan a la elección, pero confirma la confianza en el sistema y avala lo que el resto de los electores decida.

La abstención (accidentes aparte) demuestra principalmente indiferencia por el sistema, pero también desagrado por las opciones políticas presentadas y nulo apoyo a los resultados de las elecciones. No obstante, el abstencionista no tiene porqué ser ajeno a la gestión final de los electos.

Como le vino a decir cierto abstencionista a un joven políticamente muy comprometido pero sin ocupación laboral permanente: "Aunque no vote tengo tanto o más derecho que tu a quejarme y controlar la actividad del gobierno, para algo pago cuatro veces más impuestos que dinero ingresas tu al año"

Es decir, que en democracia el gobernante no esté avalado por los gobernados, no significa que el administrador esté libre de la fiscalización de los administrados.

Cesar Cuevas Rueda dijo...

En Bolivia igualmente tenemos la opciones del voto nulo en blanco, aunque aquí la votación es obligatoria (en serio, te piden papeleta de sufragio en lo bancos y en los viajes). Cómo la corrupción es tam ingeniosa me he convertido en un nulovotante (aunque ocasionalmente brindo mi apoyo al “menos peor" de los candidato) porque sé de muy buenas fuentes que las papeletas en blanco son llenadas por los jurados de mesa para apoyar a alguno de los candidatos.
En síntesis, estamos jodidos.

Creo que la democracia de partidos tal como funciona ahora es un cadaver maquillado para aparentar vida, y creo que ya es hora de buscar otras formas de ella. Particularmente me llama la atención que en algunos países nórdicos se haya retornado a la democracia directo (al puro estilo griego clásico), aunque entiendo que a ellos les funciona gracias a su baja densidad poblacional.
Luego hay otras alternativas como la democracia directa, y otros experimentos mentales como los de ciertos autores de sci-fi.

murinus2009 dijo...

Muy buena Entrada Guillermo, promueves el civismo y la participación del Ciudadano, así sea en un Sistema, que como explico mas adelante, funciona bien, pero no para lo que las mayorías quieren.

El problema del Sistema de Poder no esta en lo que digan los partidos, sean de izquierda o de derecha.

Los de izquierda dicen:
Hay que atender las necesidades de los pobres y así a todos nos ira bien

Los de derecha dicen:
hay que atender las necesidades de los ricos y cuando estos enriquezcan darán dinero a los pobres y a todos nos ira bien.

En la realidad lo que Derecha, Izquierda, verdes o independientes , hacen al final del día es:

Hacer que los pobres y la clase media subsidien a los grandes capitales y a los políticos, a querer o no.

No se en otros países, pero aquí en México los ricos y los políticos tienen un nivel de vida opuesto al de la población pobre y de clase media, con ingresos de mas de 10 000 dolares al mes, o mas, mas prestaciones.
Para subsidiar ese nivel de vida es que existe el Sistema, si queda algo para atender a los pobres, pues sera de tal modo que antes beneficie a los privilegiados, por ejemplo una carretera rural construida por empresas cercanas al alcalde, gobernador, presidente, lo que toque.

la cuestión del Voto es que es apenas una parte de la Democracia Liberal Burguesa o Pequeño Burguesa creo es su nombre completo.

En realidad el votar cada cierto tiempo es una pequeña parte de una sección de la Democracia que es la...
-Democracia Formal.
Las otras partes son
-Democracia Participativa y...
-Democracia Social.

Estas 3 componen todo lo que se conoce como Democracia Occidental
A grandes rasgos la Democracia Formal se compone de:
-Existencia de Partidos Políticos
-Órganos electorales en México el INE
-Organización de elecciones cada cierto tiempo: es en lo único que entra el Voto.

La democracia participativa requiere...
-Plebiscito
-Referendum.
-Mandato Revocatorio
Ninguno de esos existe en México


La que en verdad muestra un buen nivel de vida es.
La Democracia Social.
Esta se compone de:
-Movilidad social; pobres que mejoren su ingreso
-Niveles de ingreso elevados.
-Acceso a servicios de salud.
-Acceso a bienes de consumo duradero.
-Acceso a servicios basicos; agua, luz, drenaje.
-Buena seguridad publica; bajas tasas de delincuencia.
-Buena Educación.
Esta Democracia tampoco existe en México y nadie la menciona, ya un funcionario del propio INE dijo una vez:
"la Democracia no implica una mejora en el nivel de vida".

En lo personal, lo anterior hace irrelevante que uno vote o no vote, excepto como Deber Civico.
Lo que dice @fjsi es muy valido.
El que gobierna lo hace:
-Para los que voten.
-Para los que no voten, e incluso...
-Para aquellos que no respetan la ley, a veces estos hacen grandes contribuciones de campaña y ponen lo que aquí en México se les llama "narcocandidatos".

La alternativa que mas me convence y que promuevo es:
-Usar el sistema para enriquecerse monetariamente.
-Enseñar a otros a hacer el paso anterior.
-Crear un sistema paralelo al actual, menos depredador e inequitativo que compita contra el anterior, si no, al menos...
-Estar en mejores condiciones de combatir los daños del Sistema; se requieren recursos para llevar un Juicio Legal y hasta influir mas en las Elecciones, uno de mis maestros dice:
"Si eres pobre puedes ir a votar y ya, si eres rico puedes hacer contribuciones de campaña e influir a cientos para votar por quien tu quieres".

Reitero Gullermo, Gran Entrada, Hasta pronto.

Guillermo Ríos dijo...

@fjsi, es más o menos así en todas partes. No quise referirme al voto nulo para no complicar las cosas, pero en efecto, es quizás la única forma de protesta que puede ejercerse de manera efectiva a través del proceso electoral. Sería interesante ver qué pasa si, en una de las tantas, surge una campaña por Facebook y se vuelve viral el anular el voto, a ver qué pasa...

@Cesar_Cuevas_Rueda, hace mucho rato que oigo de que los siglos XIX y XX fueron de las revoluciones de las masas, pero el XXI viene siendo el de la rebelión de las élites. Es lógico que ante cualquier proceso democratizador que implique pérdida de mercedes para los privilegiados, éstos van a luchar con uñas y dientes para darle frenazo al viaje.

@murinus2009, todas las ideas sobre nuestro sistema democrático fueron creadas durante el siglo XVIII, en condiciones sociales muy distintas a las actuales. Irónicamente, ya los primeros partidarios del sistema republicano eran enemigos de los partidos políticos y grupos de interés, porque pensaban que iban a terminar corrompiendo la democracia. Y viendo cómo han resultado las cosas, su punto de razón no les faltaba.

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