jueves, 12 de octubre de 2017

Bastión Esperanza - "La señal hexadecadimensional".


Por primera vez en la Historia Universal, el ser humano había usado tecnología de teletransporte. Lo había hecho la nave espacial Ganímedes, para saltar desde la órbita del planeta Esperanza hasta la cara oculta de la Luna Mayor, emplazándose exactamente encima del centro mismo de la gargantuesca base de cerca de mil kilómetros cuadrados que los arzawe habían construido y seguían construyendo ahí.

El Capitán Chu sintió que el sudor empezaba a correr por su rostro. En realidad era sumamente desagradable ser el capitán de una nave sobre la cual no tenía ningún control, porque Ganímedes sólo hacía lo que Alba le ordenaba que hiciera. De manera que el Capitán Chu abrió comunicaciones con el doctor Wilkinson, vía menterminal.

– Doctor. Me imagino que Alba recuperó la conciencia y está saludable y de lo más bien, ¿verdad?

– Sí, señor, ¿por qué la pregunta…?

– Ya no estamos orbitando sobre Esperanza, sino sobre la Luna Mayor. De alguna manera, Alba teletransportó la nave entera casi 400.000 kilómetros en el espacio profundo, en cosa de un segundo. Y si ella no hace algo al respecto, estamos como patos en una galería de tiro. Lo que sea que Alba haya hecho para ponernos acá, que nos lleve de regreso a Esperanza de inmediato, o usted, yo, la nave y todo el resto de la tripulación, o nos van a derribar o nos van a volar en el espacio.

En la enfermería, el doctor Wilkinson intentó hablar con Alba. En ningún otro minuto de la vida le hubiera gustado estar a piel descubierta y con el rostro al aire, en vez de protegido en el interior de un traje NRBQ, para que el contacto fuera más humano.

Alba, débil y todo, se las había arreglado para sentarse en su cama sin asistencia. Su rostro, por lo habitual dulce y gentil, se había transmutado en una expresión dura y pétrea, los labios muy tensos, la mirada hundida en un punto imaginario del espacio, toda ella en tensión extrema. Sus indicadores médicos volaban a niveles muy riesgosos para la salud.

– Alba… Alba… – dijo el doctor Wilkinson, pero era en vano: ella se negaba a escuchar a nadie.

Mientras tanto, desde la base arzawe empezaron los disparos en contra de Ganímedes. Y el Capitán Chu tenía razón: en esa posición, Ganímedes era un blanco increíblemente fácil.

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Escalante, siempre seguido por Brown y Seong, avanzaban por los pasillos. Los mismos eran en general bastante simples de seguir: parecía que la nave en su interior tenía una estructura radial, con corredores que conectaban de manera casi directa la superficie de la nave con su núcleo. Por el camino aparecían algunos decápodos, pero el trío ya estaba aprendiendo como lidiar con ellos, y se las arreglaba para despacharlos con facilidad bastante asombrosa.

– Y sólo nos costó las vidas de Hilmarsson, y quizás la de Lincopán – musitó Escalante, con amargura. – Y quién sabe la de cuánta más gente.

El trío avanzaba con dificultad creciente porque los pasillos se estrechaban. Por suerte, eso significaba que los decápodos también lo tenían más difícil. Los decápodos en general eran de tamaño mucho menor a los golem, aunque debido a sus patas muy aguzadas, cuando se incorporaban podían dar la sensación de ser muy grandes.

Finalmente llegaron hasta otra de esas válvulas húmedas y palpitantes. Esta era demasiado pequeña como para que pudieran pasar los golem. Pero era muy probable que al otro lado estuviera el centro de mando de la nave, o lo que hiciera las veces de tal.

Escalante decidió salir del Golem Mayor, rogando para sus adentros que ni los decápodos ni algún arzawe supiera cómo meterse y usarlos. Hizo señales a sus dos subordinados. Brown y Seong sacaron las cabezas.

– ¡Seong! Usa tu golem para abrir esa puerta, o lo que sea. Luego nos cubres. Brown, tú y yo entramos.

– Sí, señor – dijeron Brown y Seong casi al unísono. Seong volvió a meter su cabeza en su propio golem, mientras que Brown por su parte se salió completamente del mismo. Tanto Brown como Escalante sacaron sus armas de servicio, y flectaron los brazos, llevando las armas cerca del rostro, listos para usarlas. Brown se puso a un lado de la puerta, Escalante al otro.

Seong golpeó la válvula. Otra vez, y luego dos o tres veces más. Hasta que ésta cedió, se abrió…

Brown y Escalante entraron apuntando a lo que se moviera, pero no alcanzaron a disparar: desde el interior salieron tentáculos muy rápidos, que los golpearon y arrojaron al suelo.

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– ¡Capitán! – dijo Sadozai. – ¡Nuestros niveles energéticos se incrementan exponencialmente! ¡Se está saliendo de todas las escalas!

– Maldición, ahora qué – dijo el Capitán Chu.

La base arzawe en la superficie atacaba con disparos de energía en contra de Ganímedes, pero el escudo deflector estaba operativo, y ningún disparo estaba tocando a la nave humana.

Mientras tanto, siguiendo órdenes del Capitán Chu, Nakamura había ido con rumbo a la enfermería. Entre Nakamura y el doctor Wilkinson, todos trataban de que Alba les dijera algo, cualquier cosa. Pero Alba se había empecinado en aislarse de todos, de manera que estaba ahí, quieta, sentada en un rictus que casi, casi, podía ser leído como odio.

– Alba… piense en Numerio… si nos atacan acá, también Numerio… – dijo finalmente Marelize.

– ¿Cómo está Numerio? – preguntó Alba, sin abandonar su posición ni mirar a nadie.

– Se mantiene estable – dijo el doctor Wilkinson. – Alba, tenemos que…

– Voy a defender a Numerio, doctor – dijo el doctor Wilkinson.

– Jean – corrigió el doctor Wilkinson, con suavidad.

– Voy a defenderlo, doctor – repitió Alba. Y luego, no dijo nada más. Nakamura, el doctor Wilkinson, el resto de la gente intentó por todos los medios hablar con Alba, pero era inútil.

En el puente de mando de Ganímedes, Sadozai se dirigió nuevamente al Capitán Chu.

– ¡Señor! Ya no tenemos escala para medir esta concentración energética. Simplemente no hay energía en toda la nave para alimentar esto… pero sigue creciendo.

– Eso es imposible. ¿Ganímedes está extrayendo energía desde la nada? ¡Eso viola todas las leyes físicas conocidas! – restelló el Capitán Chu, sintiendo algo que sólo podía ser definido como una especie de terror cosmológico frente al vacío infinito.

Alrededor de Ganímedes se había creado una burbuja energética tan grande, que la mismísima nave se había vuelto invisible a cualquier detector; desde el exterior, sólo la burbuja parecía estar ahí.

Y de pronto, lentamente, la burbuja empezó a extenderse hacia abajo, hacia la Luna Mayor, recta en la vertical de la misma. La burbuja se extendió, se extendió otro poco, se extendió un poco más… y cuando se estabilizó, toda la energía se descargó de golpe.

Toda la energía recolectada por Ganímedes golpeó de inmediato la superficie como un martillo de un millón de toneladas dejándose caer sobre una película de hielo sobre un lago. La energía no sólo incineró cualquier cosa que hubiera en la superficie cerca del punto de impacto, sino que excavó hacia las profundidades, empujada por una fuerza incontenible, y penetrando varios kilómetros hacia abajo, empezó a ramificarse, en direcciones quebradas siguiendo las grietas en la roca, buscando y escudriñando. Las ramificaciones más energéticas consiguieron taladrar el recorrido completo de la corteza de la Luna Mayor, llegando hasta el manto mismo. Cuando cesó la energía, el líquido viscoso, metálico e incandescente del manto empezó a aflorar, y llegó hasta la superficie misma, saliendo burbujeante desde las entrañas de la Luna Mayor, y empezando a llenar lo que ahora era un gigantesco cráter. Allí en donde estaba la base arzawe, ya no quedaba prácticamente nada que pudiera ser detectado desde Ganímedes.

– Señor, los niveles energéticos están regresando a la normalidad – dijo Sadozai.

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En el Centro de Comando, el Comandante Luca había encajado muy mal las noticias de que Ganímedes se había simplemente desvanecido en el aire, como si nunca hubiera estado ahí. Por supuesto, estando en la cara no visible de la Luna Mayor, Ganímedes no era visible desde Esperanza, y como el teletransporte no era algo factible con la tecnología humana del momento, nadie hubiera pensado en buscar ahí. Por eso, las otras novedades le asombraron más.

– ¡Señor, hemos detectado una enorme… descarga de energía… en la cara oculta de la Luna Mayor! No conocemos el lugar preciso, pero… véalo por usted mismo. Es enorme.

Mientras evaluaban lo que eso significaba, otro de los subordinados del Comandante Luca hablaba:

– ¡Señor, las naves enemigas en la órbita se están retirando! ¡Están regresando a la Luna Mayor!

– ¿Y la nave en Ciudad del Progreso?

– No se mueve, señor. Cada vez más tropas nuestras están alrededor de ella, y estamos terminando de doblegar sus defensas.

– Eso quiere decir que ganamos la batalla – dijo el Comandante Luca, incrédulo, y al escuchar esto, los operadores estallaron en salvas instantáneas de júbilo. – ¡No sean estúpidos! ¡Verifiquen primero la información! ¡No queremos que nos den alguna clase de última sorpresa!

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A unos 3.600 años luz de la Tierra, un muy grueso cinturón de asteroides de varias horas luz de ancho, orbitaba alrededor del centro de gravedad provisto por una estrella doble. Aunque hubieran existido planetas, y no los había, ninguno hubiera tenido temperaturas estables para mantener vida biológica, o por lo menos, no la clase de vida biológica multicelular basada en el ADN conocida por los seres humanos. Y sin embargo, en el interior de los billones de asteroides había una intensa actividad energética. La misma giraba en torno a vórtices de energía invisible que orbitaban alrededor del centro de gravedad de la estrella doble, interactuando con ella con matemáticas demasiado avanzadas para que un cerebro humano pudiera comprenderlas por sí mismo.

A uno de esos vórtices afluyó una determinada corriente energética codificada para descifrado de los detectores. El mensaje era claro. Traducido a términos humanos, hubiera significado algo así como: “Actividad energética hexadecadimensional en el sector HHRN78G”.

Los vórtices empezaron a dialogar consigo mismos. La parte de ellos que estaba en nuestro propio universo se movían en términos anárquicos, pero la parte de ellos que se radicaba en el universo hexadecadimensional, generaba triángulos y cuadrados de geometrías que serían consideradas como imposibles en nuestro propio continuo espaciodimensional.

Esos triángulos y cuadrados hexadecadimensionales dialogaban consigo mismos, intercambiándose toda clase de ecuaciones matemáticas. Estaban evaluando la situación. Aquella señal de actividad energética hexadecadimensional procedía de un sector en donde no se había reportado tal. Un grupo de estrellas en el cual, los últimos reportes indicaban que no había civilizaciones de ninguna clase. Los vórtices ignoraban la existencia de una primitivísima raza de bípedos cuya información básica estaba codificada en moléculas de ácido desoxirribonucleico que, en ese sector, había bautizado a esos planetas con nombres tales como la Tierra, o Esperanza. Y a fortiori, ignoraban que esos bípedos estaban emprendiendo sus primeros tímidos intentos de colonización estelar.

Los triángulos y cuadrados hexadecadimensionales arribaron a la conclusión de que los datos eran insuficientes para determinar de manera inequívoca la naturaleza del fenómeno. Podía ser una señal de civilizaciones desconocidas en el lugar; se habían reportado choques entre los arzawe, los cervati y los menqualia en varios sistemas estelares del sector, aunque muchos años luz más cercanos al núcleo galáctico. Pero también podía ser un fenómeno natural, e incluso un fallo en los sistemas de detección, que nunca funcionaban al ciento por ciento en el universo de tres dimensiones espaciales y una temporal. De manera que los vórtices decidieron recopilar más antecedentes antes de tomar una decisión, aumentando la observación en la zona, en búsqueda de nuevos posibles destellos de energía hexadecadimensional, antes de que ellos, el Polígono, pasaran a la acción.

つづく

1 comentario:

Cesar Cuevas Rueda dijo...

El Polígono...

Demonios, sí que lo estás llevando a otro nivel. Me como las uñas hasta el próximo jueves.

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