jueves, 5 de octubre de 2017

Bastión Esperanza - "El destino de Ciudad del Progreso".


Poco a poco, los técnicos trabajando en las comunicaciones vía menterminal estaban logrando algunos avances, pero éstos eran mínimos. En lo esencial, en Ciudad del Progreso las comunicaciones en el campo humano seguían casi por completo cortadas. Resultaba más fácil comunicarse con las naves combatiendo en la órbita del planeta Esperanza, que con una ciudad de la superficie, reflexionó el Comandante Luca, con amargura.

Aún así, un poco gracias a las unidades que se reagrupaban, un poco a través de las pocas comunicaciones vía menterminal que se podían desplegar, y un poco a través de métodos tan poco ortodoxos como recurrir a señales de código Morse con espejos, rayos láser o cualquier otra cosa que pudiera servir para marcar puntos y rayas, el caso es que las tropas humanas ya estaban coordinándose.

– Vamos a lanzar el ataque – anunció el Comandante Luca al Presidente Kulkov.

– ¿No es un poco prematuro? ¿Serán fuerzas suficientes?

– Señor, no podemos retrasar el ataque más, no sabemos por qué o cuánto más las naves enemigas están luchando de manera cauta en la órbita, y además, las unidades que ingresen a Ciudad del Progreso están condenadas.

– ¿Condenadas?

– Señor Presidente, recuerde la situación de Ganímedes. Tenemos una epidemia sin control, y algunos de esos efectivos, así como las tropas supervivientes en la mismísima Ciudad del Progreso, y los civiles, podrían estar contagiados. Después de esta batalla habrá que imponer cuarentena y ley marcial sobre lo que quede de Ciudad del Progreso, y de todas las tropas de afuera que ingresen a combatir ahí.

El Presidente Kulkov apretó los puños. El Comandante Luca tenía razón. Mientras más tropas ingresaran a Ciudad del Progreso, más tropas quedarían atrapadas después ahí, cuando se impusiera la cuarentena, y eso significaba dejar indefensas las otras ciudades.

– Proceda, Comandante.

– Gracias, señor Presidente. ¡Remick! Ordene la marcha de las divisiones, y coordine.

– ¡Sí, Señor!

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Alrededor del crucero espacial Monogatari, los golem estaban siendo ampliamente superados por los décapodos. En general, cuando los bisoños pilotos de los golem se acostumbraban a ellos y empezaban a sacarles buen partido, mejoraba mucho su desempeño en contra de los decápodos. Pero éstos eran simplemente demasiados, aparecían de todas partes, y por números, superaban a los golem de largo.

– No queda más remedio – dijo el Capitán O’Hara. – ¡Markovic! ¡Despegue! ¡Sáquenos de aquí antes de que nos inunden!

Markovic impartió las órdenes necesarias a los ingenieros para que activaran los motores BI. El crucero espacial Monogatari empezó a despegar con lentitud. Sin embargo, ya era demasiado tarde: una buena cantidad de decápodos habían conseguido abordar, y ahora corrían por los pasillos, mientras los soldados les intentaban disparar. Dentro de los pasillos del Monogatari, los golem eran demasiado grandes para maniobrar, de manera que la lucha era de infantería contra bichos para quienes los pasillos también eran un tanto estrechos, pero que aún así, podían maniobrar, y eran letales con sus patas terminadas en cuchillas que todo lo rasgaban, rompían, desmembraban o evisceraban.

– ¡Señor! – gritó Markovic, palideciendo. – ¡Decápodos en la sala de ingeniería!

– Maldita sea. ¡Protejan los BI a toda costa! ¡O estamos perdidos! – gritó el Capitán O’Hara.

Los decápodos en realidad no conocían mucho de la infraestructura humana, como para hacerse una idea de qué atacar o dónde, pero tenían la noción de que habían llegado a un sitio de la nave en el cual podían hacer mucho daño. De manera que algunos de ellos redoblaron esfuerzos, y consiguieron romper algunas líneas de comunicación energética.

– ¡Motores 4 y 6, con pérdida energética! – gritó otro operario, más atrás de Markovic. – ¡Motor 2, colapsado! ¡Motor 6… al veinte por ciento! ¡Quince! ¡Motor 3, pérdida energética…!

– ¡Maldita sea, bichos del demonio! – gritó el Capitán O’Hara. – ¡Vamos, rechácenlos!

El caos introducido por los bichos en los motores eliminó la seguridad de los reactores BI. Ya no había ingenieros trabajando en las salas de máquinas; o habían perecido en el fuego cruzado, o habían sido desmembrados por los decápodos, o se habían puesto a salvo pero no tenían manera de acceder a los controles. El crucero espacial Monogatari estaba volando esencialmente sin control alguno.

Finalmente, los reactores BI más comprometidos, estallaron. Esto sobrealimentó al resto de los reactores, que o bien fallaron y se apagaron, o bien explotaron.

– Abandonen la nave – ordenó finalmente el Capitán O’Hara.

Unos pocos afortunados consiguieron evacuar, pero la orden había sido dada claramente muy tarde. Monogatari se estaba viniendo abajo sin control, se estrelló en las afueras de Ciudad del Progreso arrasando con varios edificios de paso, y con esto, el resto de los reactores BI estallaron; la bola de fuego subsiguiente envolvió casi todo lo que quedaba del Monogatari, que se transformó en un casco ardiendo a temperaturas tales, que los mismísimos metales comenzaban a perder su solidez.

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Varios otros pilotos de golem habían tenido la misma idea que Escalante y su ahora quinteto, y se estaban congregando alrededor de la nave enemiga. Después de dudar un poco sobre el curso de acción a seguir, Escalante había optado por seguir avanzando, con la esperanza de que otros golem tuvieran la misma idea, y pudieran cercar a la nave enemiga varada en su sitio. Cuando Escalante y los suyos llegaron, ya había batalla entre los decápodos y los golem. El mismo rutinario espectáculo de siempre: los golem podían hacer trizas a los decápodos, pero las reservas de éstos parecían inagotables.

Escalante ordenó a su grupo detenerse. Echando un vistazo rápido a la nave, descubrió un punto desde el cual parecían salir los bichos. Si por ahí se podía salir, seguro que también por ahí se podía ingresar.

Escalante hizo señales con los brazos del Golem Mayor al resto del quinteto, pero ninguno alcanzó a reaccionar, porque una buena cantidad de decápodos se precipitaron en contra suya. Escalante cogió un vehículo volcado, y usándolo como garrote, empezó a rechazar a cuanto decápodo intentaba arrojársele encima, poniéndose de espaldas contra la pared de un edificio a medio derrumbar para cubrirse.

Del quinteto, quien parecía tener más problemas era Gauthier; por alguna razón, estaba siendo el pararrayos de los decápodos. Escalante lo vio como una oportunidad: si los decápodos estaban ocupados con Gauthier, entonces el resto podría avanzar. De manera que hizo señales a Brown, Jenkins y Seong. Brown obedeció de inmediato, y Seong con cierta reluctancia, pero Jenkins no intentó siquiera seguirlo, y en vez de eso, se quedó para defender a Gauthier.

Escalante, Brown y Seong corrían ahora a campo traviesa, el primero todavía cargando el vehículo que usaba a manera de garrote. Por suerte para ellos, un grupo de decápodos cercano estaba ocupado con otros golem. De esta manera, el trío consiguió alcanzar la nave.

La puerta estaba cerrada. Era estrecha, diseñada para que los decápodos salieran en chorro. Siempre por medio de señas con el Golem Mayor, Escalante instruyó a Brown y Seong sobre la estrategia a seguir.

La puerta se abrió. Un tropel de decápodos intentaron salir, pero se estrellaron de lleno contra el vehículo que Escalante usaba como garrote, sostenido por éste, Brown y Seong en conjunto. Los decápodos de más adelante intentaron rasgar el vehículo con sus poderosas patas, o bien echarlo para un lado, pero estaban aplastados por los decápodos que venían atrás, y no podían maniobrar. Los tres golem tenían problemas ante la cantidad de decápodos que estaban empujando, pero en conjunto eran bastante fuertes, y aguantaban bien. Pero resultaba obvio que no iban a poder empujarlos de regreso al interior. Y necesitaban la puerta abierta.

Usando la cabeza del Golem Mayor, Escalante hizo señales al grupo para que éstos botaran el vehículo al costado derecho. Eso fue lo que hicieron, al mismo tiempo. Los decápodos salieron, atropellándose, enredándose, hiriéndose entre ellos mismos con sus patas. Escalante, Brown y Seong, aprovechando el factor sorpresa desplegado en su estrategia, se metieron por el pasillo, empezaron a atacar a los decápodos antes de que éstos siquiera se enteraran de qué estaba pasando en realidad, y consiguieron avanzar hasta una gran cámara.

Detrás de ellos, la puerta de acceso se cerró. Si es que podía llamarse puerta a una especie de vulva palpitante y húmeda que recordaba muy vagamente las películas documentales sobre válvulas cardíacas abriéndose y cerrándose para llenar y vaciar alternativamente de sangre el corazón humano.

– Perfecto – masculló Escalante para sí, más que nada para mantener el control de sí mismo. – Ahora estamos encerrados acá adentro. En fin, más vale seguir adelante, a ver qué encontramos.

Mientras tanto, en el punto más protegido de la nave, Rantel contemplaba la situación a través del sistema nervioso de la nave.

– Observo: Seres humanos han conseguido ingresar a la nave. Observo: Seres humanos en el exterior han advertido la maniobra, y también están tratando de ingresar con los mismos métodos. Analizo: La capacidad adaptativa de combate humana les confiere una ventaja única en batalla. Concluyo: Esta nave espacial terminará por caer en manos enemigas. Decido: Resistir hasta el final.

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En la enfermería a bordo de la nave espacial Ganímedes, Marelize envió rápidamente un mensaje vía menterminal al doctor Wilkinson: Alba estaba abriendo los ojos. Aún se encontraba débil, pero considerando que había estado a las puertas de la muerte, recuperar la conciencia era un gran logro.

– ¿Dónde estoy? ¿Cuánto tiempo ha pasado? – preguntó Alba.

– Descansa, Alba – dijo el doctor Wilkinson.

– ¡La batalla! ¿Cómo va la batalla? ¿Y… Escalante…? – siguió preguntando Alba. Y ante la insistencia de Wilkinson en que descansara, Alba empezó a desesperarse: – ¡No! Quiero saber en dónde está Escalante. ¿Está bien, está a salvo? Quiero hablar con él.

El doctor Wilkinson, acompañado por Marelize, intentó seguir tranquilizando a Alba, sin atreverse a inyectarle un sedante por ignorar completamente qué consecuencias podría tener eso, pero a sabiendas de que Alba estaba todavía muy enferma y débil para agitarse, y menos para sufrir un colapso nervioso.

Finalmente, el doctor Wilkinson, después de deliberar con el profesor Higgins vía menterminal, decidió que sólo conseguiría tranquilizar a Alba dándole noticias, cualquier clase de noticias.

– Alba… nadie sabe nada sobre Escalante. Hubo un bombardeo, y las comunicaciones vía menterminal se cortaron. No sabemos si… Alba… Alba… ¡Alba! ¡Marelize, vamos! ¡Ayúdeme a estabilizarla!

Alba, en efecto, al escuchar las novedades había ingresado en un estado incluso peor, algo que podía calificar como pánico, colapso nervioso…

– ¡Capitán! – gritó uno de los oficiales del Capitán Chu, en el puente de mando de Ganímedes. – ¡La nave se está llenando de… alguna clase de energía…!

De pronto, el universo entero alrededor de Ganímedes pareció convertirse en el mismísimo fuego de la Creación. Todas las lecturas desaparecieron, para volver a reaparecer después… diferentes.

– ¡Sadozai! – gritó el Capitán Chu, al oficial que le había hablado hace un instante. – ¡Informe!

– Señor… es imposible, las lecturas…

– ¡Hable, Sadozai, maldita sea!

– Señor, parece ser que… Las lecturas indican que nos hemos teletransportado.

– ¡Teletransportado! ¡Eso es imposible, no existe la tecnología…!

– Señor, ya no estamos en órbita alrededor del planeta Esperanza, sino sobre la Luna Mayor, exactamente encima del centro neurálgico de la base enemiga – dijo Sadozai, en un tono de voz que evidenciaba claramente que estaba siendo superado por una situación más allá de lo imposible.

つづく


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