jueves, 19 de octubre de 2017

Bastión Esperanza - "Captura decisiva".

(Fuente).
Seong no perdió tiempo en mover su golem. Puede que éste no consiguiera pasar por la puerta delante suyo, pero su brazo sí que podía hacer algo en contra de los tentáculos que salían desde el interior de la habitación. Su ayuda, en conjunto con los disparos de Brown y Escalante, pudieron hacer el milagro. Los tentáculos, que parecían ser la última resistencia de la nave arzawe, fueron cortados.

Brown y Escalante ingresaron, armas arriba.

Delante tuyo estaba Rantel, parado de manera hierática. Era un humanoide de estatua ligeramente superior al promedio de los seres humanos, sin llegar a ser un gigante. Su piel tenía un color entre azul y verdoso, y daba una cierta desagradable impresión de estar pudriéndose en vida, aunque por supuesto, tratándose de una biología alienígena, esto era un supuesto muy arriesgado.

– Soy Escalante, del Ejército de Esperanza. Tú vendrás conmigo – dijo Escalante, no demasiado seguro de sus propias palabras, porque en verdad, nunca antes le había tocado apresar a alguien en combate.

Rantel, ni dijo nada, ni pareció moverse.

– No vamos a sacar nada de él – dijo Brown, levantando su arma y apuntándola al alienígena.

– ¡Espere, Brown!

– Señor… Hilmarsson y Ashcroft están muertos por culpa de este desgraciado – dijo Brown, con su voz cargada de emoción, mientras su arma temblaba levemente.

– Contrólese, soldado – dijo Escalante. – Es el primer alienígena que capturamos. Si lo interrogamos…

– ¿Si lo interrogamos, señor…? ¿Qué le hace pensar que este bicho salido desde quién sabe qué infierno en el espacio, entiende siquiera nuestro idioma? ¡No es un humano! ¡Es una bestia, un animal!

– Brown…

– ¡A ver, bicho de porquería! – le gritó Brown a Rantel. – ¡Eres un prisionero de guerra! ¡Si tienes sesos en la cabeza para entender tu situación, entonces muévete, imbécil! ¡O te voy a perforar…!

– ¡Brown…! – gritó Escalante.

De pronto, Brown fue atacado y perdió el equilibrio; un disparo salió de su arma, pero impactó en cualquier parte, menos en donde se supone debía hacerlo, en Rantel. Era la mano del golem que lo inmovilizaba, guiado por Seong, que había decidido tomar cartas en el asunto.

Escalante miró a Rantel, y movió ligeramente el arma, dos o tres veces, señalando la puerta. Rantel siguió incólumne durante un segundo, pero luego empezó a caminar en la dirección señalada, hacia la puerta. Nada en él hacía presuponer miedo o temor; por el contrario, sus movimientos estaban llenos de una dignidad que entre los humanos hubiera pertenecido quizás a la realeza.

– ¡Suéltame! – gritó Brown, con el tronco apresado por la mano del golem. – ¡Suéltame, te digo!

Escalante se dio el tiempo para acercarse allí en donde el golem de Seong estaba reteniendo con la mano a Brown. Una vez frente a él, aprovechando que Brown estaba inmovilizado, Escalante le descargó un enorme puñetazo en la mandíbula a Brown. Este miró a Escalante, desconcertado.

– Señor…

– No creas que no entiendo lo que sientes, Brown – dijo Escalante, muy serio. – Pero es la primera vez que capturamos a un alienígena que no es una de esas arañas, o crustáceos, o lo que sea, y… lo de Hilmarsson fue lamentable, pero si este tipo se muere, entonces todas las muertes habrán sido por nada. Honra la memoria de tu camara en combate, y haz lo que debes hacer, aunque no te guste. Eres un soldado, Brown, y los civiles dependen de que hagas lo correcto. La familia de Hilmarsson incluida.

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A lo largo de Ciudad del Progreso, los últimos bolsones de decápodos estaban siendo exterminados por los golem; la ciudad podía considerarse como asegurada. Sin embargo, era una victoria pírrica. La sola presencia de los decápodos implicaba también que los patógenos potencialmente portados por éstos, habían sido esparcidos por Ciudad del Progreso. En consecuencia, el gobierno de Esperanza liderado por el Presidente Kulkov muy pronto había puesto a Ciudad del Progreso bajo cuarentena. Ningún civil o militar podía salir de la ciudad, y los que ingresaran, sólo podían hacerlo portando los pesados e incómodos trajes NRBQ. Y por supuesto, por desgracia… el gobierno estaba en Ciudad del Progreso.

En el Centro de Comando, el Presidente Kulkov y el General Luca conferenciaban sobre la situación. Las conexiones vía menterminal estaban siendo restauradas, aunque todavía existían caídas ocasionales en el sistema. Nadie entendía realmente qué había sucedido con las mismas, y las investigaciones sobre el particular se estaban volviendo frenéticas; había quedado muy clara la situación de indefensión en que habían quedado las tropas sin esa clase de soporte.

– Bien, General Luca – dijo el Presidente Kulkov. – La cuestión ahora es determinar cómo vamos a contender con esto. Los alienígenas no destruyeron nuevas ciudades, pero es como si lo hubieran hecho, porque sin la posibilidad de que las gentes entren o salgan de Ciudad del Progreso, la ciudad está lastrada, y del gobierno de Esperanza, ni hablemos. Además, es cuestión de tiempo antes de que en la ciudad estalle una epidemia, igual que a bordo de la nave Ganímedes.

– Los médicos a bordo de Ganímedes están trabajando en una cura, señor. Parece ser que Alba, aunque enferma, está recuperándose… de alguna manera.

– Debemos averiguar si esa cura es provisional o definitiva. Si Alba llega a experimentar alguna clase de recaída, estamos fritos. No importa cómo lo pongamos, al final del día siempre termina siendo Ganímedes nuestra carta de salvación en contra de los alienígenas, pero a la vez, sólo Alba controla a Ganímedes. Si le pasa algo a ella… todos los humanos de Esperanza estamos liquidados.

El General Luca hizo un gesto de desagrado, algo que por supuesto no podía ser visto a través de la menterminal. No le gustaba admitirlo, pero el Presidente Kulkov tenía razón. Todos los chicos a cargo del General Luca, lo único que podían hacer frente a los alienígenas invasores era apenas labor de contención. Habían librado dos batallas contra los alienígenas, y en ambas batallas, sólo Ganímedes había resultado ser la carta decisiva. Y Alba parecía estar por completo fuera de su control. ¿Cómo demonios podía planificarse una estrategia militar en esas condiciones…?

– Por cierto, General Luca… ¿Por qué Ganímedes no se teletransporta de inmediato a la órbita de Esperanza? Se teletransportó a la Luna Mayor de un salto único, ¿no?

Ante la pregunta, y su incapacidad para dar una respuesta acertada, el General Luca sólo consiguió atorarse.

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Ganímedes había en efecto dejado la órbita de la Luna Mayor, y había emprendido el viaje de regreso al planeta Esperanza. Algo que le iba a tomar unos cuantos días, por supuesto. Alba había declarado su incapacidad de teletransportar la nave de regreso, y los militares no podían presionarla mayormente, considerando que sin Alba, Ganímedes no era más que un trozo de chatarra flotando en el espacio.

Medio ayudada por los medicamentos inyectados por orden del doctor Wilkinson, Alba pudo levantarse, y caminó hacia la camilla en donde descansaba Numerio. Este descansaba, sedado en su lugar, con los ojos abiertos, pero sin estar plenamente consciente de nuestra realidad.

– Numerio…

– ¿Alba…?

– Oye, Numerio… derrotamos a los malos.

– ¿Sí? – preguntó Numerio, medio entumido por las drogas.

– Tendrías que haberlo visto. Ganímedes juntó energía, juntó y juntó, y… disparo. Recto a la base de los malos. ¡Ganamos la guerra, Numerio!

– ¿No más guerra? – preguntó Numerio, y había un hilo de esperanza en su voz.

– Bueno… las naves de los malos escaparon. Pero la base… La base fue destruida.

– ¿C… cómo?

– No lo sé, Numerio. Sólo… sólo… – dijo Alba, e hizo una pausa antes de seguir. – Quise que Ganímedes lo arreglara todo, y de pronto, estábamos en la órbita de la Luna Mayor. Juntando energía. Ganímedes disparó… supongo que yo la disparé, ¿no? Yo controlo a Ganímedes.

– ¿Disparaste… energía…?

– Algo así. Ganímedes recolectó un montón de energía, la disparó sobre la base de… ellos… Y la destruí. Destruí la base de los malos.

Ahora, la voz de Alba temblaba ligeramente. Numerio, aunque estaba medio sedado, no dejó de advertir esto.

– ¿No podemos… hacer la paz con ellos…?

– Ojalá supiera cómo, Numerio. Yo… no quiero más guerra, ni más destrucción. Ha sido mucho, para los dos bandos. Ojalá pudiéramos hacer la paz, y… bueno… si yo supiera cómo…

– ¿Es… calante…?

El rostro de Alba se ensombreció.

– No saben nada de él todavía. La menterminal falló en Ciudad del Progreso, y…

– ¿Ciudad del Progreso?

– Los malos la invadieron, Escalante fue a defenderla. Yo… espero… ojalá… que esté bien.

– ¿Por qué ustedes… no están… juntos…?

– ¡Numerio! – soltó Alba, soltando una risita algo nerviosa.

– Los grandes… hacen el amor algo tan complicado – dijo Numerio.

– Sí – dijo Alba, pensativa, mientras su mente viajaba hacia Escalante. En el supuesto de que él siguiera vivo, por supuesto. – A veces sólo deberíamos decirle a la persona que amamos, que la amamos.

El viaje de Ganímedes transcurría sin mayor novedad, en parte porque las naves arzawe retirándose de Esperanza no marchaban hacia la Luna Mayor, sino hacia la Luna Menor.

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Los milimétricos filamentos del zángano arzawe se infiltran a través de la roca, y las células de dicho filamento son rellenadas con líquido de manera instantánea. La expansión de las células, y con ellas del filamento mismo, acaban por destrozar la roca. El zángano se retira entonces. Un nuevo zángano aparece. Con diligencia, usa sus patas rígidas, salvo por algunas articulaciones, para sacar los restos de la roca, e impulsarlos hacia arriba, hacia el siguiente zángano, que la pelotea incluso más arriba… y así, una cadena entera de zánganos arzawe de casi un kilómetro de largo hacia lo hondo, trabaja de manera incansable. Su objetivo final: construir una nueva base de operaciones para el Cerebro Verde.

La base arzawe en la Luna Mayor puede haber sido destruida, pero eso no es ni de lejos el final. El primer Cerebro Verde ha sido aniquilado por la detonación enviada desde el cielo por Ganímedes, pero por supuesto, tratándose de los arzawe, pequeñas naves armadas con gametos de toda clase han sido enviadas de manera previa a la Luna Menor. Pronto construirán un nuevo Cerebro Verde, bajo la superficie de la Luna Menor, mucho más profunda de lo que ha estado la primera base en la Luna Mayor. Y pronto, a la vuelta de algunos días, las naves que vienen desde Esperanza, así como las salvadas desde la Luna Mayor, se reunirán en la Luna Menor. Los arzawe ya no van a subestimar a los humanos. En la siguiente batalla, los arzawe demostrarán de una vez por todas la totalidad de su propio poder. Y por el minuto, zángano a zángano, los millares de ellos en las profundidades de la Luna Menor siguen trabajando, incansables, preparándolo todo para la siguiente batalla…

つづく

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