domingo, 24 de septiembre de 2017

¿Vale la pena desviarse de la ciencia para tener una buena historia de Ciencia Ficción?


Escribir Ciencia Ficción es un negocio complicado por varios motivos. Y uno de ellos es lo que podríamos llamar el factor fantástico. Porque toda obra de Ciencia Ficción tiene una dosis de fantasía, por definición. Sin embargo, ¿acaso la fantasía no es algo diferente a la Ciencia Ficción? ¿Acaso la fantasía no es sinónimo de irracionalidad, mientras que la Ciencia Ficción aspira a un mínimo de coherencia racional...?

El propio nombre del género es, en cierta medida, una contradicción en los términos. Es una mala traducción del inglés Science Fiction, que vendría a ser Ficción Científica en castellano, pero aún así. Una ficción es, por definición, una fantasía. Si escribimos una historia que no sea de ficción, estamos entrando en otro territorio: el reportaje periodístico, la crónica histórica, etcétera. Incluso las obras llamadas realistas o costumbristas, tienen una cuota de fantasía, en el sentido de que refieren historias que, se supone, no han sucedido en la realidad. Incluso en un roman à clef, ese subgénero de obras en el cual se cuenta una historia real, pero cambiando los detalles para proteger a los inocentes, y sobre todo escondiendo la identidad de los protagonistas detrás de nombres falsos, sigue teniendo ese elemento de invención. La diferencia es que los sujetos y asuntos de una novela costumbrista podrían suceder en la realidad, aunque en rigor no existan. Piensen en Ana Karenina, en Oliver Twist, o en Marianela: todos ellos son personajes que en principio jamás existieron, más allá de si sus autores tomaron inspiración de tal o cual persona real, pero que son descritos de una manera tal, que es plausible considerar que sí podrían haber sido personas de carne y hueso.

Esto se lleva a un paroxismo en las obras fantásticas. En las mismas se describen personajes que muchas veces no pueden existir en la realidad. Un ejemplo clásico podría ser el mago o hechicero. Un personaje de tal categoría simplemente no puede existir en nuestro mundo real, porque en el mismo no existen la magia o la hechicería; al respecto, dejemos de lado la famosa Tercera Ley de Clarke, la que dice que toda tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia, y consideremos a la hechicería en sí misma, la que viola leyes naturales con brutalidad. Por supuesto, esto da para mucho. Pensemos en Orko, el bicho de He-Man. Aparte de que un adefesio como ése no podría volar en el mundo real, y además moriría como el horror biológico que es, lo único que limita a Orko en términos de romper las leyes de la realidad es su mal manejo de la magia: a la hora que éste supiera practicarla bien, los argumentos de los capítulos se agotarían en cinco minutos, lo que le tomara a Orko figurarse el problema y aplicar un par de pases mágicos para resolverlo. Muy en el fondo, Orko y otros personajes de su tipo no siguen parámetros de nuestro universo normal, así como no lo hacen Gandalf, Sailor Moon, etcétera.

Con la Ciencia Ficción pasa algo distinto. El término se contradice a sí mismo, ya lo decíamos. Es ficción, o sea, fantasía. Pero luego, como es científica, debe ajustarse a los límites de lo que es la ciencia, que a su vez es una descripción de las leyes y mecanismos a través de los cuales funciona la realidad. O sea, los hechos que afirma la ciencia, son en última instancia realistas. O sea, siendo más explícitos todavía, una historia de Ciencia Ficción es un relato fantástico que no puede permitirse el ser fantástico. Eso es dispararse en el propio pie.


Curiosamente, en cierta medida, la Ciencia Ficción cae un tanto cerca del mismo campo que la literatura costumbrista. La misma encuentra una limitación análoga. Es fantasía, porque trata sobre personajes imaginarios, y en principio, no tiene pretensiones de narrar algo que en efecto sucedió. Pero es una fantasía limitada por las fronteras de lo que puede ser en la realidad. En una novela costumbrista no veremos jamás a Ana Karenina, Oliver Twist o Marianela comerse de una zampada diez kilogramos de manzanas, porque eso para el común de las personas no es posible; y si lo fuera, esos personajes deberían ser descritos como ballenas andantes, lo que no parece ser el caso. Algo similar ocurre con la Ciencia Ficción: las corrientes más duras del género no pueden desviarse de ciertos principios, y así, por ejemplo, no deberían incluir cosas imposibles como viajes en el tiempo, o velocidades más allá de la velocidad de la luz, o comunicaciones instantáneas entre planetas diferentes, etcétera. Pero lo hacen, y con escándalo. Y lo que es peor, además se salen con la suya y han conseguido crear estupendas obras. La guerra de las galaxias, la película de 1.977, por mencionar un ejemplo popular, en términos científicos es un despropósito absoluto, pero en cuanto obra de aventuras, es una cumbre ya no del género, sino de la Historia del Cine a secas. Mayor realismo, o mayor proximidad con las leyes científicas, no necesariamente significan una obra mejor.

Entonces vale la pena preguntarse cuánto debemos ignorar las leyes científicas para tener una buena obra de Ciencia Ficción. Por supuesto, si ignoramos el grueso de ellas, lo que tendremos al final va a ser fantasía pura y dura. O bien, algo que en la carcasa va a ser Ciencia Ficción porque tiene elementos como naves espaciales o rayos lásers, pero que en su corazón es una historieta fantástica. Por otra parte, si aplicamos leyes científicas a rajatabla, al final no vamos a tener Ciencia Ficción sino literatura realista de alta tecnología, como por ejemplo un technothriller. La cuestión es que si ignorar en mayor medida o no las leyes científicas, puede hacer una mejor Ciencia Ficción.

No creo que exista una respuesta universal para esto. Porque depende mucho de la valoración de las personas, por un lado del aspecto científico, y por el otro, de lo que podemos llamar valores literarios.

Veamos el lado científico. Mucha gente lee libros de Ciencia Ficción, o ve películas del género, porque desea encontrarse con historias en donde las leyes científicas tienen un peso específico. Por eso leen ficciones de naves espaciales y no, por ejemplo, de hechiceros y dragones. Hay muchas razones para ello: les gusta el valor especulativo del género en cuanto a predecir potenciales futuros, o el valor que pueden tener para crear sociedades que sean espejos metafóricos de la nuestra, o simplemente les es más fácil practicar la famosa suspensión de la incredulidad cuando el escenario mismo es creíble, vía implementar las leyes científicas como Dios manda. Para quienes miran la Ciencia Ficción y las historias ficticias en general, desviarse de las leyes científicas es un pecado capital. Son las gentes que consideran a La guerra de las galaxias como Fantasía Científica o a Dune como una novela de aventuras e intriga, pero no como Ciencia Ficción propiamente tal, porque ambas historias incluyen elementos fantásticos o místicos que no parecen tener una justificación racional, desde un punto de vista de las leyes científicas.


Otros lectores o espectadores son un poco más laxos en esto. Leen o ven Ciencia Ficción porque están más bien interesados en la capacidad de asombro que despierta el género. Esto no tiene por qué estar reñido con una cierta verosimiltud científica, por supuesto. Hay un cierto asombro en ver cómo podría ser la sociedad en cincuenta o cien años más, a partir de una rigurosa exploración lógica y científica acerca de lo que sabemos sobre el mundo hoy, que no difiere en gran medida del asombro que nos pueda suscitar el hechizo de un hechicero en una novela fantástica. Hay asombro en ver historias que podríamos calificar de Fantasía Científica, y también en una especulación futurista basada en sesudos análisis de setecientas u ochocientas tendencias que podrían entrelazarse de tal o cual manera en los próximos setenta u ochenta años. Buena parte del subgénero conocido como Romance Planetario, por ejemplo, cae dentro de estos respectos.

Y por el otro lado está lo que podríamos llamar muy genéricamente como valores artísticos. Término ambiguo y poco definido éste como los haya. Porque ya sabemos que la valoración de lo que es arte o no, ha ido cambiando con las épocas, los lugares, las sociedades, e incluso los individuos. Hubo una época en la cual, una novela de Ciencia Ficción simplemente no podía ser arte, y si tenía esta clase de valores, entonces ya no es Ciencia Ficción. Hoy en día existe una mayor aceptación de que ciertas obras del género califican como arte, y algunas, quizás como de lo más granado que se ha producido en el arte del siglo XX, pero esa apreciación tiende a ser más bien reciente, unas pocas décadas a lo sumo. Esto, simplemente porque los parámetros según los cuales medimos lo que es artístico o no, cambian entre personas, tiempos, lugares y sociedades distintos, y la Ciencia Ficción como género no ha sido ajena a ello.

Sin embargo, hay una cuestión importante en que los creadores de Ciencia Ficción, así como los creadores artísticos de cualquier otro tipo, están tratando de producir una obra con valores. En algunos casos se trata del viejo ars gratis artis, el arte por la gracia del arte, y en otros es por motivos más prosaicos, como que por ejemplo una novela con ciertos valores artísticos es más fácil de vender, y por lo tanto, trabajándola para que quede una pieza a lo menos decente significa que habrá un plato de comida a la hora de almuerzo durante todo el próximo mes, o incluso más sórdidos, como por ejemplo la satisfacción del siempre truculento ego personal. Pero por cualquier motivo, es raro el creador que no le ponga siquiera un poquito de empeño a que su obra tenga algo de arte.

Y en ese sentido, nos enfrentamos a la dimensión fantástica del arte. Lo que decíamos al comienzo: toda obra artística tiene por definición una cierta cuota de fantasía. Es su esencia, su corazón, su núcleo, su razón de ser. La obra artística pretende, ante todo, sacarnos de nosotros mismos y llevarnos hacia otras realidades. En algunos casos como escapismo puro y duro, en otros hasta extremos de tipo síndrome de Stendhal, pero siempre evocando algo que no existe en nuestra realidad dura y cotidiana. Y al último, eso significa que dentro de la Ciencia Ficción, paradójicamente, acaba por predominar más el elemento fantástico que el elemento científico o racional.


Por supuesto, no quiero decir que una obra de Ciencia Ficción sea automáticamente mejor porque se tome en solfa las leyes científicas. La guerra de las galaxias lo hace, y le sale una excelente obra de aventuras; en cambio, muchos clones posteriores de Star Wars recurren a la misma fórmula y tienen la misma actitud a la ciencia, y acaban por ser esperpentos ridículos y sin gracia. Y no es un tema de presupuesto aquí: se trata de la creatividad, el afán de ofrecer algo nuevo, de sorprendernos y maravillarnos en el buen sentido de la palabra. Pero también sucede lo mismo al otro lado del espectro. Hal Clemens, un autor más bien poco conocido en castellano aunque de cierto prestigio en su original inglés, escribía unas novelas en las cuales respetaba los principios científicos prácticamente a rajatabla, y le salían unos thrillers magníficos con alienígenas y tecnologías muy creíbles, mientras que otros escritores también han intentado darle la mayor justificación científica posible a sus obras, porque es Ciencia Ficción, y le salen unos muermos en los cuales unos científicos se lanzan estrafalarios discursos explicándose el argumento unos a otros, y que no hay quien los lea; muchos cadáveres literarios de la Edad de Oro, lo son por haber incurrido en este pecado.

En definitiva, lo científico es un ingrediente de la Ciencia Ficción. Podríamos decir, su ingrediente básico y fundamental, su característica diferenciadora respecto de otros géneros narrativos. Es de perogrullo decirlo, pero no puede haber Ciencia Ficción sin ciencia. Pero es un ingrediente que no reemplaza otras cosas: un buen argumento, personajes bien delineados, diálogos bien escritos, coherencia de las leyes internas que rigen al universo ficticio en que se ambienta la obra. En ese sentido, el escritor de Ciencia Ficción debería mantener un saludable equilibrio entre el aspecto científico de la obra, que siempre debe estar presente para que califique dentro del género, y los aspectos que son más propiamente de técnica narrativa o literaria, que al último le permitirán evocar el ineludible aspecto fantástico que debe tener la obra en cuanto obra, para calificar como arte.

En ese sentido, sí que vale la pena desviarse de la ciencia para tener una buena historia de Ciencia Ficción, pero siempre a sabiendas de lo que se está haciendo. Si se pretende escribir una historia de Ciencia Ficción, se deben tener presentes las leyes científicas. No necesariamente para seguirlas al pie de la letra. A veces es necesario saltárselas para tener una narración más fluida y eficaz. Es por esto que se justifican aberraciones científicas como los viajes en el tiempo, o por sobre la velocidad de la luz. La cuestión es saber qué leyes científicas alterar, cómo hacerlo, en qué medida, cómo afecta eso a la coherencia literaria del universo que se está narrando, cómo justificarlo... o si es mejor echar esa basurilla bajo la alfombra y no justificarlo en lo absoluto, con la idea de que al lector le seduzcan otros aspectos de la narrativa y no le importe que el escritor haga una pequeña trampa al respecto. Por eso, para ser escritor de Ciencia Ficción hay que saber de ciencia. No necesariamente a nivel de técnico de la NASA o Premio Nobel de Medicina, pero sí lo suficiente como para saber sobre qué se está escribiendo, cómo escribirlo, y cómo arreglárselas para alterar las leyes científicas lo suficiente sin que el universo narrativo descrito empiece a caerse a pedazos. Es más difícil de lo que parece, y por eso existen muchas obras de Ciencia Ficción, pero no todas califican para joyas dentro del género.



1 comentario:

Lino Moinelo [AFE] dijo...

Hola. Es fácil dar muchas vueltas y perderse en cuanto se intenta definir que es la ciencia-ficción. Llega un momento que parece que tras vuelta y vuelta, te das cuenta que has llegado al punto de partida. Pero en realidad es todo mucho más sencillo. Hay dos claves que a partir de ellas se llega a todo lo demás: la ciencia-ficción en efecto, es ficción, que es lo mismo que decir que es fantasía. Como se puede comprobar, volvemos al punto de partida. ¿Cuál es el punto de no retorno, qué es lo que ha cambiado? Este es en efecto el surgir de la ciencia tal y como la conocemos. No es que antes no hubiera una ciencia sólida, basada en principios absolutamente pragmáticos que permitieron construir herramientas, arcos, buques, puentes y ciudades. La diferencia reside en el surgir del método científico. Esto es, la ciencia-ficción es fantasía cuyas irrealidades han de construir el mundo a su alrededor siguiendo, al contrario que la fantasía, unas reglas de coherencia definidas por lo mismo que define al método científico, es decir, lo que someramente puede explicarse como que lo que se aplica en un caso ha de aplicarse en todos los demás. Por eso es ciencia-ficción, porque son ficciones que aplican reglas similares a las que utiliza la ciencia tal y como la conocemos hoy en día.

La otra clave es tener claro la diferencia entre posible y probable. La ciencia-ficción procura huir de lo imposible, pero le encanta sumergirse en el terreno de lo probable, por improbable que parezca en un primer momento. Mientras no sea claramente imposible, es admisible dentro de la ciencia-ficción, por raro y "fantasioso" que parezca.

Un detalle: en la Space-opera no se sigue de manera fiel la coherencia respecto al método científico ni se explica con claridad cuales son las esas desviaciones y como han llegado hasta ahí. Es un género en el que prima claramente la estética, como en la fantasía. Pero si es space-opera no es por otro motivo que el de su pertenencia a la ciencia-ficción. No hay magia, no hay dragones, no hay encantamientos, todo tiene cabida en universo de ciencia-ficción, aunque la estética y la historia pertenezcan a la fantasía. No es necesario fijar fronteras rígidas.

Por cierto, los viajes a mayor velocidad de la luz ha quedado claro desde hace un tiempo que son matemáticamente posibles. Lo que es imposible es acelerar dentro de nuestro universo tridimensional hasta tal velocidad, pero nadie puede decir que a través de otras estratagemas físicas sea imposible realizarlo. Hay estudios medianamente serios sore tal posibilidad por parte de la NASA. Por este motivo en Star Wars "saltan" directamente al "hiperespacio", por el que navegan a velocidades mayores incluso sin tropezarse con ningún objeto físico, ya que están fuera de él.

Saludos.

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