domingo, 3 de septiembre de 2017

Los reptiles ya no son lo que eran.

Reptiles ilustrados por Adolphe Millot para el Nuevo Larousse Ilustrado, a comienzos del siglo XX.
Este va a ser un posteo... diferente. O eso creo. No es uno en el cual opinemos sobre el mundo moderno. No es uno en el cual hablemos sobre novelas, películas, televisión, manga, anime o cómics. Es uno en el cual hablaremos simplemente de... culebras. Y cocodrilos. Y tortugas. De bichos, en definitiva. Nuestro tema de hoy, estimados lectores, será... ¿qué es un reptil? Ante lo cual, ustedes ya están diciendo en voz alta: "¡Fáaacil, profe!". Y luego, el lamebotas del curso más estudioso de la clase dirá algo así como: "Los reptiles tienen cuatro patas, salvo las culebras que no tienen, y además tienen la sangre fría, se reproducen por huevos, y... y... y no tienen plumas". Y se quedan tan anchos. Por supuesto, ojalá que las cosas fueran tan simples. Porque la historia de la clasificación de los reptiles es muy ilustrativa respecto de cómo la ciencia avanza, no sólo respecto del conocimiento acumulado acerca de la naturaleza, sino también acerca de sus métodos y enfoque. Vamos a echarle un vistazo al respecto.

La definición de la Real Academia Española, buena a falta de una propia por parte de la Real Academia Guillermocrática, tiene su gracia: "Dicho de un animal: Del grupo de los vertebrados, ovíparo u ovovivíparo, de temperatura variable y respiración pulmonar que, por carecer de patas o por tenerlas muy cortas, se desplazan rozando la tierra con el vientre; p. ej., la culebra, el lagarto o el galápago". No deja de ser graciosa tanta solemnidad, que hace vivo contraste con la frase "carecer de patas o por tenerlas muy cortas". Hay una segunda definición todavía más graciosa: "Dicho de una persona: Rastrera, vil e innoble". Nosotros ya lo sospechábamos: los políticos no son mamíferos. La RAE lo confirma. O de cómo V fue una serie profética, después de todo.

Carl von Linné, el creador de la moderna Taxonomía en el siglo XVIII, no definió a los reptiles. Parece ser que no les dio grupo aparte porque en Suecia no hay demasiados que digamos. Natural, ya que hablamos de animales de sangre fría, en un país con un clima bueno para rodar la versión con actores de carne y hueso de La era de hielo. Así es que Linné, ni corto ni perezoso, creó el grupo de los anfibios, y metió a los reptiles en él.

Reptiles en una ilustración del libro The Animal Kingdom, de 1.854.
Poco después, en el mismo siglo XVIII, un tal Joseph Nicolaus Laurenti le hizo una corrección a Linné. Este científico austríaco es considerado el fundador de la moderna Herpetología, que es el estudio de los anfibios y reptiles. O de cómo es fácil ser llamado el Padre Fundador de Algo si se busca un nicho lo suficientemente pequeño, que nadie se haya adueñado. A este paso, voy a publicar un libro sobre los blogs, y me llamarán el Padre de la Blogología, que es la ciencia que estudia los blogs. Pero volviendo al bueno de Laurenti, el hombre inventó el nombre de reptil en la moderna Zoología. Por cierto, el nombre viene del antiguo latín repo, que significa... reptar. Guau. Jamás me lo hubiera imaginado. Pero al final, acabó siendo un tal Pierre André Latreille quien afirmó en 1.825 lo que hoy en día nos parece obvio: que los batracios y los reptiles son criaturas funcionalmente distintas. Latreille distinguió a los tetrápodos terrestres en los cuatro grupos que nos enseñan en el colegio: anfibios, reptiles, aves y mamíferos. Lo que hoy en día nos dan como conocimiento envasado y en cápsulas, es el resultado de las pequeñas y lentas adiciones de un científico trabajando como hormiga laboriosa detrás de otro científico trabajando también como hormiga laboriosa.

Durante muchos años se enseñó en los colegios como un mantra que hay cinco clases de vertebrados: los peces, los anfibios, los reptiles, las aves y los mamíferos. No sé si es así en la actualidad, pero en mis tiempos de gloria y esplendor hasta hace algunos años atrás era así, por lo menos. Sin embargo, esta clasificación esconde un talón de Aquiles. La misma sigue el esquema clásico de Carl von Linné, que distingue especies de acuerdo a características morfológicas. Muy en el fondo, von Linné era un aristotélico convencido, cuyo empeño era clasificar la naturaleza para demostrar el carácter estático e inmutable que tiene la misma, según un plan regido por la Providencia Divina. Así, como buen aristotélico, dividió a las criaturas vivientes que conocía en varios grupos, y luego a esos grupos los subdividió, y luego tomó esas subdivisiones y volvió a subdividirlas, siempre agrupándolas de acuerdo a su mayor o menor parecido morfológico. Así, cada grupo taxonómico puede ser definido por una característica genérica que lo une con otros grupos, y por otra característica específica que lo separa de los mismos. Linné inventó la nomenclatura binominal para las criaturas vivientes, que sigue el mismo principio: cuando decimos que el ser humano en dicha nomenclatura es un Homo sapiens, estamos afirmando que pertenece al género Homo, y a la especie sapiens, por ejemplo. Por supuesto, von Linné estaba feliz de que el ser humano estuviera solo y aislado, y no hubiera otros Homos por ahí. Claro, era el siglo XVIII y la Paleontología estaba en mantillas por esos años. Con el paso del tiempo, esos otros Homos sí aparecieron: el Homo erectus, el Homo habilis, etcétera. Extintos, eso sí. Que desagradable sería si nosotros, los aristócratas de la naturaleza, tuviéramos que codearnos con esos plebeyos medio simiescos, y llamarlos parientes.

Irónicamente, von Linné no fue capaz de ver la real relevancia de su trabajo. Von Linné estaba empeñado en probar que la naturaleza era inmutable, y que todas las especies vegetales y animales habían sido creadas por el Buen Dios en el Día de la Creación que le correspondiera, o algo similar. Hoy en día sabemos que el grueso de esos grupos se parecen más o menos entre sí justamente por la razón contraria: porque la naturaleza cambia, las especies vegetales y animales en concreto. A este cambio lo llamamos evolución. Y el mayor o menor parecido significa que determinadas especies o grupos han cambiado, han evolucionado, a partir de un ancestro en común.

Parientes de las Tortugas Ninja que no evolucionaron técnicas de artes marciales.
Este descubrimiento tuvo consecuencias dramáticas para la Taxonomía. Poco después de que Latreille separara en definitiva a batracios y reptiles en dos clases taxonómicas distintas, empezaron a aparecer toneladas de reptiles a porfía... reptiles extinguidos. En 1.842, el paleontólogo Richard Owen propuso un nuevo nombre para estos animales: los llamó lagartos terribles, lo que en griego vendría siendo dinosaurio. Desde ese entonces, los dinosaurios, o sus fósiles mejor dicho, han venido apareciendo con monótona regularidad en el escenario científico. Y en Hollywood también, claro está. Y con estos hallazgos fósiles, sumado a las explicaciones sobre evolución que diera Charles Darwin en 1.859, los científicos fueron descubriendo algo nuevo: eslabones perdidos.

Desde un punto de vista taxonómico tradicional, esto desató una serie de guerras académicas en las cuales los científicos se arrojaban sus respectivos papers y publicaciones por la cabeza, llamándose con expresiones tan poco corteses como "¡Viejo chuñusco!", "¡No eres más que un deinonicus senil!", y "¡Viejo fósil será tu abuela, la que desciende del chimpancé!". De acuerdo, estoy haciendo un poco de ficción gratuita aquí. Pero lo cierto es que durante mucho tiempo, los fósiles de transición fueron mirados con cierta sospecha. Parecía claro que los mamíferos habían evolucionado de los reptiles, pero, ¿en qué fecha, en qué fósil, estaba el punto de corte? ¿Eran los llamados reptiles con caracteres de mamíferos, verdaderos mamíferos o apenas reptiles en plena evolución? Con las aves, que descendían de los reptiles, otro tanto: ¿Era el archeopterix de verdad el primer pajarraco, o bien era un reptil con plumas? Ese era el defecto del esquema de von Linné: creaba separaciones tajantes entre grupos de especies, algo posible porque en la actualidad es posible reconocer tales parecidos y diferencias como algo estático, pero tales separaciones tajantes desaparecen cuando se empieza a mirar hacia el pasado, hacia el registro fósil, y empiezan a aflorar esos vergonzosos ancestros comunes. El mundo tiende a ser menos aristotélico de lo que le gustaría a los que se sienten seguros entre clasificaciones, conceptos, etcétera.

Por supuesto, desde la época de Charles Darwin inclusive, habían comenzado a crearse árboles genealógicos de la vida sobre la Tierra. Pero fue recién a mediados del siglo XX, que alguien tuvo la idea genial: si la vieja estructura de von Linné no funciona cuando se proyectan sus grupos hacia el pasado porque aparecen ancestros comunes que no son ni muy de aquí ni muy de allá... ¿por qué no simplemente clasificar a las especies en grupos reunidos a partir desde su ancestro común? El hombre que postuló esto por primera vez de manera seria y meditada, fue un científico llamado Willi Hennig. Si piensan que era un hombre ocioso con demasiado tiempo libre, tienen razón. En primer lugar, comenzó sus trabajos mientras era prisionero de guerra en la Segunda Guerra Mundial, y en segunda, su especialidad eran las moscas y los mosquitos. Al esquema conceptual creado por Hennig, se le llama Cladística.

Cladograma que muestra los ancestros comunes de reptiles, aves y mamíferos.
Por supuesto, pasar del esquema de von Linné al de Hennig supone un gran salto conceptual. En el esquema de von Linné, si perteneces a un grupo determinado, eso te excluye de un grupo al lado tuyo que esté a tu mismo nivel. Aristotelismo puro y duro aquí. La única manera en que formes parte de un grupo que es ajeno al tuyo, es que subamos por la escala hasta los grupos cada vez más grandes que engloban a tu grupo, y ahí, el grupo vecino se va a emparentar contigo. En cambio, en el esquema de Hennig, cualquier especie puede generar su propio grupo cladístico: sólo basta que tenga descendencia de dos o más especies a partir de sí. Así, en el esquema cladístico no hay especies de transición que presenten características de uno u otro grupo linneano, porque en cierto sentido, todos los ancestros comunes pueden ser contados como especies de transición, en la eterna danza evolutiva de la vida sobre la Tierra.

Y volvemos a nuestros ninguneados y maltratados reptiles. En el esquema linneano, los reptiles aparecían como un grupo con características propias y bien definidas. No tienen alas ni plumas, o sea, no son aves. No tienen sangre caliente, o sea, no son mamíferos. Tienen huevos de corteza dura que son capaces de sobrevivir a la desecación, o sea, no son anfibios.

En el esquema cladístico, las cosas son muy diferentes. Hoy en día sabemos que los animales que (nos) agrupamos bajo la etiqueta genérica de mamíferos, descendemos de unos seres llamados sinápsidos, que vivieron hace unos 300 millones de años. Estos sinápsidos presentaban de hecho algunas características reptilianas: todos nosotros los sinápsidos evolucionamos a partir de los batracios, cuando desarrollamos pieles más resistentes a la desecación, y huevos con corteza dura que permitió a nuestros ancestros la colonización de la tierra firme más allá de las charcas y estanques a las cuales están amarradas las ranas y las salamandras. En cierta medida, nosotros también somos reptiles, igual que los cocodrilos, las serpientes y las tortugas, sólo que ellos se parecen más entre sí que nosotros a ellos porque nuestros caminos evolutivos divergieron después de que todos nosotros dejáramos de ser anfibios. Después de esa divergencia, nosotros inventamos cosas como el pelo, el embarazado placentario y esos caracteres secundarios que tanto agradecemos cuando Kate Upton modela bikinis para Sports Illustrated, y con eso, ya no parecemos reptiles en lo absoluto, aunque los reptiles y nosotros seamos más o menos primos en la genealogía evolutiva de la vida terrestre.

No debemos olvidar que los mamíferos somos parientes de los reptiles.
Y con las aves, las cosas son todavía más divertidas. Hoy en día es lugar común llamar dinosaurios a los reptiles primitivos del Mesozoico. Pero lo cierto es que no todos los reptiles prehistóricos fueron dinosaurios. Los sinápsidos, de hecho, no lo fueron. El otro gran tronco evolutivo reptiliano... ése sí que es el de los dinosaurios. O saurópodos, si queremos ponernos un poco más técnicos. Y adivinen quiénes tienen a un saurópodo como ancestro en común. Exacto: los plumíferos del mundo, incluyendo los pajarracos que puedes ver desde tu ventana. Puede decirse que la próxima vez que veas a tu gato tratando de zamparse a un pajarraco en un árbol, estás viendo a un sinápsido tratando de cargarse a un saurópodo, técnicamente hablando por lo menos. Desde un punto de vista cladístico, eso significa que... los dinosaurios jamás se extinguieron. Así es: la consecuencia natural de todo esto, es que las aves son los modernos dinosaurios. Claro, ni el más formidable de los avestruces puede compararse a, digamos, un ictiosaurio, un tiranosaurio o un diplodoco, pero aún así.

En términos populares, podríamos señalar que reptiles son todos los bichos vivos que descienden de los anfibios, y que no son mamíferos ni aves, pero desde un punto de vista científico, en realidad no queda mucho de los reptiles como grupo taxonómico propiamente tal. Algo triste, si se piensa. Vayan y díganle a su cocodrilo favorito: "Oye, no eres plumífero ni tienes mamas, así es que, te quedas como reptil y punto". Es una suerte que los cocodrilos no tengan raciocinio, o se habrían sentido muy insultados por ese trato. Y por supuesto... todos nosotros, es decir, reptiles, aves y mamíferos, en realidad pertenecemos al mismo tronco evolutivo que los anfibios. O sea, cladísticamente hablando, nosotros somos sucedáneos de ranas. Digieran eso por un minuto.

Y ahora, algo para que se sientan bien. Lo que dure, por lo menos. Todos nosotros somos vertebrados. Hoy en día, sabemos que los vertebrados (más o menos 66.000 especies y contando) compartimos ancestros comunes con otros dos grupitos muy pequeños, los tunicados (32 especies) y los mixinos (60 especies), y entre todos somos la gran familia feliz de los cordados. Pero, ¿quién es nuestro ancestro común? ¿De dónde vienen los cordados? Nadie lo sabe con certeza. Ayuda, por supuesto, que estos bichos carecían de huesos, y probablemente de conchas, y por lo tanto, no es que se hayan fosilizado muy bien, que digamos. Pero piénsenlo un minuto, desde qué tronco evolutivo habremos tenido la mala suerte de separarnos. ¿Seremos acaso primos de los celenterados? ¿De los equinodermos? O peor aún... ¿de los nematelmintos? Piénsenlo. Si de verdad los cordados estuvieran emparentados con los nematelmintos, entonces la próxima vez que alguien les diga a ustedes algo así como "¡tú, miserable gusano...!"... estaría en lo correcto, desde un punto de vista cladístico. Porque si fuéramos un spin-off de los nematelmintos, entonces todos nosotros seríamos gusanos evolucionados. Así es que yo estoy cruzando los dedos para que estemos emparentados con los insectos. Prefiero que me digan "¡Tú, miserable insecto!", a que me digan "¡Tú, miserable gusano!", por lo menos.

Steve Irwin alimentando a su primo cocodrilo en 2.005. Ultimo ancestro común: algún ignoto sinápsido hace 300 millones de años. Todos somos reptiles, señores.

2 comentarios:

Cesar Cuevas Rueda dijo...

Si hubiera una nueva votación, yo postularía esta entrada. La encuentro al mismo nivel de las de Aristóteles.
Gracias por iluminarnos siempre.

Guillermo Ríos dijo...

Gracias.