jueves, 7 de septiembre de 2017

Bastión Esperanza - "Lluvia de fuego".


– ¡Patrulla! ¿Vieron eso? – preguntó Escalante, retrocediendo ligeramente.

– Sí, señor – dijo Lincopán. Otro tanto soltaron Paparizou, Hilmarsson y Brown.

– Retrocedan – dijo Escalante.

– Señor, nuestras órdenes son mantener la línea a como dé lugar, a la espera de que los bombarderos…

– Si mantenemos la línea aquí, nos van a borrar junto con los decápodos – dijo Escalante, y luego, en voz más baja, añadió: – Al diablo las órdenes, que me lleven a corte marcial por esto, pero ya perdí efectivos de manera estúpida en la órbita, y además Ashcroft tuvo una muerte miserable. No voy a perder más hombres, así es que hagamos que esto valga la pena.

Y Escalante en conjunto con los suyos empezaron a retroceder, siempre luchando, porque obviamente esto también le daba espacio a los decápodos. Entre el resto de los golem, algunos de ellos se mantenían luchando, mientras que otros también optaban por salirse de lo que en apenas un par de minutos sería área de bombardeo.

Tres decápodos se lanzaron encima de Hilmarsson. Brown alcanzó a darse cuenta y se abalanzó sobre uno de los decápodos que estaban causándole problemas a su compañero, siempre esgrimiendo la pata de decápodo que había conseguido arrancarle de manera previa a otro bicho. Consiguió que uno de ellos retrocediera, pero tuvo que ensarzarse en batalla con él, mientras que Hilmarsson con sus dos enemigos, llevaba las de perder.

Ni Escalante, ni Lincopán, ni Paparizou pudieron acudir en auxilio de Hilmarsson, ocupados ellos mismos como estaban con otros decápodos.

Uno de los decápodos que atacaban a Hilmarsson, clavó una de sus patas en lo que vendría siendo el tórax del golem. Por menterminal estalló un aullido casi inhumano de Hilmarsson:

– ¡Mi brazo! ¡Mi brazo! ¡Señor, mi brazo!

– ¡Aguanta, Hilmarsson! – gritó Escalante, mientras intentaba por todos los medios deshacerse de su propio decápodo. – ¡Voy para allá!

Pero los dos decápodos ahora estaban acuchillando con sus patas al golem, de una manera tal que parecía muy poco probable la supervivencia de Hilmarsson. La conexión con su menterminal se rompió, de manera que era imposible determinar si estaba vivo o muerto.

Escalante consiguió zafarse de su propio decápodo, e inició la carrera para auxiliar a Hilmarsson y tratar de arrastrarlo fuera del combate, con la esperanza de que el sistema de soporte vital del golem lo mantuviera milagrosamente vivo. Pero esto se quedó en intento, porque en ese preciso instante sobrevolaron los bombarderos.

Llovió fuego desde el cielo. Todo el campo de batalla alrededor se volvió rojo y gris, detonaciones ensordecedoras a todo alrededor, calles reventando, edificios desplomándose, el caos.

Las comunicaciones por menterminal cesaron.

Escalante simplemente se largó a correr dentro del Golem Mayor, mientras intentaba con desesperación que la menterminal funcionara. Parecía ser que Lincopán y Paparizou habían retrocedido lo suficiente, pero de Brown y Hilmarsson, nada podía saberse.

Una explosión detonó demasiado cerca del golem de Escalante, quien fue a dar contra la base de un edificio que, en paralelo, estaba viniéndose abajo. Medio atontado, Escalante trató de regresar a sus cinco sentidos, sólo para descubrir que estaba a punto de ser aplastado. Medio consiguió arrastrarse, no tanto porque estuviera dañado su golem como por su propia incapacidad para reaccionar al ciento por ciento. Y una pared entera se le vino encima.

Las explosiones seguían a su alrededor; Escalante luchaba para mantenerse cuerdo y despierto, mientras el ruido y los destellos se hacían cada vez más distantes y lejanos, como si eso le estuviera pasando a otra persona diferente, y él fuera solamente un observador. A su lado, de manera ciertamente macabra, los restos biológicos de un decápodo descuartizado y achurrascado por alguna de las tantas detonaciones, cayeron y se quedaron como si de alguna manera estuvieran haciéndole burla.

Escalante se quedó quieto. Su hora había llegado. Todo soldado debe estar preparado para morir, y para eso, hay que saber reconocer el momento de la muerte; Escalante había visto el suyo, y ahora estaba listo. De manera que mentalmente se acurrucó, ya que de manera física no podía hacerlo dentro del golem, y se dispuso a esperar que alguna de las explosiones que caían desde el cielo hiciera su labor.

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En el Centro del Alto Mando, el Comandante Luca pidió un informe de la situación.

– Les hemos ocasionado bastantes bajas. Pero aún queda una cantidad interminada, y alta, y además, no sabemos cuántos de esos bichos pueden haber sobrevivido refugiándose en las construcciones.

– Esto va a ser una batalla de calle a calle, guerrilla urbana – dijo el Comandante Luca, fastidiado. – ¡Situación en la órbita!

– CEDI enemigo, 73-27, el nuestro es 58-42, señor.

– Esto va mal – dijo el Comandante Luca. – Y están luchando con apenas ocho naves, no quiero pensar en qué hubiera pasado si además hubieran enfrentado a las otras cuatro que descendieron, o a las seis que se quedaron en la Luna Mayor.

– ¿Ordenes, señor?

– En la órbita, sigan dándoles con todo. No podemos permitir que desciendan. Dos de esas naves bajaron a Ciudad del Progreso, y siguen dándonos problemas. No quiero pensar en el resto.

– ¿Qué pretenden los arzawe, por qué cambiaron de estrategia? – preguntó el Presidente Kulkov.

– Seguramente porque su objetivo no es exterminarnos sino conquistarnos, y necesitan nuestra infraestructura tan intacta como puedan conseguirla. Por eso mandaron a los decápodos, para ocupar nuestra ciudad. El primer ataque fue más devastador porque buscaban intimidarnos. Ahora son más cautos. Eso puede darnos una ventaja.

Mientras estas cosas se debatían en el Centro del Alto Mando, a bordo de la nave arzawe había una evaluación muy distinta, por parte de Rantel.

– Evalúo: El plan está saliendo a la perfección.

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– ¿Señor? ¿Señor? ¿Es usted Escalante, señor?

Esa voz femenina seguía hablando allá afuera. De pronto, el barro delante suyo empezó a rasgarse. Alguien estaba intentando entrar al golem. ¡El golem! ¡Estaba dentro de un golem! Bruscamente recordó todo: su nombre era Escalante, era soldado luchando por el planeta Esperanza, estaba tripulando el golem, y hace unos instantes que podían haber sido minutos o siglos, había sobrevivido a un bombardeo brutal. Y esa voz allá afuera, ¿era Ashcroft? No, no puede ser, Ashcroft estaba muerta… ¿o podía ser que estuviera viva? Pero si no era Ashcroft, entonces, ¿quién era?

– ¡Señor! ¡No puedo abrir…! – insistió la voz allá afuera.

No, era voz no era de Ashcroft, y no podía serlo tampoco. Era de Lincopán.

Intentó comunicarse con ella vía menterminal, por puro instinto, pero fue en vano: la menterminal no estaba operativa. ¿Había sufrido algún daño, producto de la caída? ¿O acaso la propia red menterminal había sido destruida? Tendría que usar la voz física para comunicarse.

– Estoy… bien, Lincopán. Creo. Soy Escalante, sí, soy Escalante.

– ¡Señor! ¡Me alegro de que esté vivo! – dijo Lincopán, abandonando por el minuto su sempiterno estoicismo. Luego, recordando que era una soldado, Lincopán añadió: – Paparizou está conmigo, señor.

Y luego, sin esperar respuesta, Lincopán se levantó, se dirigió hacia el golem de Paparizou, y le gritó, apuntando al pedazo de pared arriba del golem de Escalante:

– ¡El jefe está bien! ¡Venga, ayúdame con eso!

La cabeza de Paparizou apareció desde el interior del golem. Su rostro estaba eufórico.

– ¿El jefe está bien?

– ¡Sí, idiota, ayúdame con esa pared!

Ahora fue la cabeza de Escalante, la que salió desde el interior de su respectivo golem. Lincopán se dio vuelta hacia él.

– ¡Jefe, no se salga! Tiene una pared encima, puede caérsele. Además, por alguna razón no tenemos menterminal, así es que una vez que estemos pilotando los golem, va a ser muy difícil hablar entre nosotros. Espere un minuto, que ya lo sacamos.

Y Lincopán corrió presta a meterse dentro de su propio golem, antes de que Escalante dijera algo. Así, Escalante no alcanzó a preguntarle lo otro que quería saber: qué habían sabido Lincopán y Paparizou de Hilmarsson y Brown.

Lincopán y Paparizou, a bordo de sus respectivos golem, consiguieron mover la pared que estaba encima de Escalante. No es que éste no hubiera podido salirse de abajo, pero le hubiera costado mucho más trabajo. Una vez a un lado la pared derruida, Escalante en su golem pudo levantarse. Este sacó la cabeza para conferenciar con sus dos subordinados.

– Todo está tranquilo por acá, pero si presta oído, señor… en otras partes de la ciudad siguen combatiendo. Hilmarsson y Brown… no sabemos nada, señor. La menterminal está caída.

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Aunque la batalla siguiera a toda capacidad, tanto en la órbita como en Ciudad del Progreso, el profesor Higgins se hizo un breve tiempo para preguntar vía menterminal al doctor Wilkinson acerca del estado de Alba y de Numerio.

– Profesor… me gustaría poder decirle otra cosa, pero… no mejora. Numerio se mantiene estable, quizás porque su sistema inmunológico es más firme, es un niño en crecimiento después de todo, pero Alba… Alba no está respondiendo a ningún tratamiento, y sus signos vitales están cayendo. Despacio, pero están cayendo.

El profesor Higgins cerró la comunicación vía menterminal, y respiró profundo. Antes, lo suyo era preocupación por el curso de la guerra y por el destino de Esperanza. Pero si Alba llegaba a morir, víctima de la epidemia arzawe que se había propagado a bordo de Ganímedes, esa preocupación se iba a trastocar en odio, un odio fiero e incontenible que no se detendría ante nada para destruir a los arzawe, hasta el último de esos miserables. De manera que se abocó con todavía más atención a sus actividades en el Centro del Alto Mando de Ciudad del Progreso, aunque en esta batalla su asistencia profesional como científico estaba siendo mucho menos necesaria que en la anterior.

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Mientras tanto, en el interior de la computadora de Ganímedes, los programas computacionales monitoreaban el curso de los acontecimientos con atención suprema.

– ¿Qué pasaría con el plan si es que Alba muriera? – preguntó Aura.

– Quedaría casi por completo descarrilado – respondió Selene. – Hasta el minuto no hemos intervenido demasiado porque hacerlo podría ocasionar más daño que bien. Sin embargo, parece haber llegado el momento. Aura, le vamos a dar un trabajo a Shoutoku. El podrá realizarlo.

Aura supo entonces que Selene estaba tomándose la enfermedad de Aura muy en serio. Shoutoku era un programa que no había entrado en operaciones desde hacía años, y era considerado casi como la última línea del sistema, ante cualquier posible vulneración de los programas que controlaban las computadoras a bordo de la nave espacial Ganímedes…

つづく

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