jueves, 14 de septiembre de 2017

Bastión Esperanza - "Comunicaciones".


Desde la pileta con el líquido color turquesa, salieron algunos tentáculos que se entrelazaron en delicadas formas, generando hologramas en los cuales era posible ver lo que sucedía más allá. Selene contempló la escena con detención, mientras Aura se paraba un poco más atrás, expectante.

A través del holograma, Selene contempló como Shoutoku avanzaba hasta el Portal de los Niveles, el punto más lejano de toda la estructura interna de los programas computacionales a bordo de la nave espacial Ganímedes. Y ahí estaba Robespierre, el programa encargado de supervigilar la integridad de los programas computacionales, listo para evitar que Shoutoku se contactara con el mundo exterior.

Alrededor del Portal de los Niveles, el paisaje era una explanada sin puntos en los cuales esconderse. Shoutoku era un programa computacional especialista en moverse con sigilo, pero eso no le serviría de nada en dicho lugar. De manera que Shoutoku se limitó a caminar en línea recta hacia Robespierre.

– Traigo órdenes – dijo Shoutoku, con aplomo. – Déjame pasar, Robespierre.

– Cualquier contacto con el mundo exterior puede dañar la integridad estructural de nuestro propio universo, acá en el interior de la computadora central de Ganímedes – dijo Robespierre, a sabiendas de que Shoutoku conocía esto, pero remarcándolo para dejar bien en claro que iba a cumplir con el mandato de su programación sin que nada más importara.

– Voy a pasar de grado o por fuerza, Robespierre – dijo Shoutoku, endureciendo la mirada.

Selene contempló a ambos programas. Los humanos que los habían programado, los habían dotado de interfaces basadas en el pasado histórico de la Tierra. Robespierre lucía pelo corto y algo revuelto, y usaba una camisa de lino blanca por debajo de un chaleco de un color rojo no demasiado intenso, todo eso cubierto por una levita de un tono gris oscuro, casi negro, sobre calzones a la rodilla y negros, y calcetines largos y blancos; además llevaba consigo un bastón de pequeñas dimensiones. Shoutoku, por el contrario, vestía pantalones algo sueltos pero funcionales, con una capa de viajero amarrada por la cintura, y rematada por una capucha, mientras que su cara estaba cubierta por un pañuelo, todo eso de color negro. Vestuarios distintos para ideas distintas y filosofías distintas de hacer las cosas. Robespierre era un programa de seguridad, Shoutoku era un programa de respuesta de emergencia.

Shoutoku no perdió el tiempo, y lanzó algunos shuriken contra Robespierre. Este se limitó a mover el bastón de manera casi perezosa, como si esperara el movimiento; los shuriken fueron desviados en pleno vuelo como por telequinesis, y acabaron yendo hacia ninguna parte. Por supuesto, Shoutoku esperaba esto, y había corrido hacia un costado, tratando de flanquear a Robespierre. Este levantó su propio bastón y apuntó con él. Una fuerza invisible pareció salir del mismo, e impactó de lleno a Shoutoku. Robespierre avanzó lentamente hacia su oponente, mientras intentaba un segundo ataque, pero éste ya se había incorporado en una rápida pirueta gimnástica.

– No hay manera alguna de que puedas pasar por acá – dijo Robespierre, con calma.

Shoutoku lanzó una segunda andanada de shuriken al tiempo que saltaba con agilidad hacia un costado; mientras Robespierre rechazaba esos shuriken del mismo modo que los anteriores, Shoutoku lanzó una tercera andanada inclusive. Robespierre los rechazó con la misma aparente facilidad, aunque Selene observó cómo su rostro se iba crispando progresivamente.

Poco a poco, con esta estrategia, Shoutoku iba acercándose al Portal de los Niveles. Pero Robespierre, advirtiendo la táctica, levantó el bastón ahora en dirección a la posición en la cual Shoutoku debería encontrarse. El golpe lanzó de lleno a Shoutoku contra el suelo. Cuando intentó incorporarse, una nueva andanada telequinética del bastón de Robespierre volvió a alcanzarlo.

Shoutoku consiguió rodar por el suelo justo antes de que todavía otra andanada de Robespierre lo alcanzara. Se incorporó de un salto, y sacó desde su espalda una katana de pequeño tamaño. Robespierre se quedó quieto por un instante, preguntándose qué pretendía Shoutoku, mientras éste por su parte parecía estar acomodando las manos alrededor de la katana. No cabía duda de que Shoutoku era más ágil, pero Robespierre era más poderoso y resistente, como buen programa de seguridad, y Shoutoku en realidad no tenía opción contra él, en un duelo de uno a uno.

Shoutoku cargó contra Robespierre. Este movió su bastón una vez más. Shoutoku se movió hacia un costado, pero la fuerza telequinética lo alcanzó de refilón, haciéndole trastabillar, no tanto como para perder el equilibrio, pero sí lo suficiente como para que la katana saltara de sus manos. Robespierre lanzó entonces un nuevo ataque telequinético. Shoutoku hizo un complejo movimiento, consistente por un lado en esquivar el ataque, y por otro, en tirar de una cuerda. Un instante mínimo demasiado tarde, Robespierre advirtió la estrategia; Shoutoku no había estado acomodando las manos alrededor de la katana, sino amarrando su empuñadura con una cuerda, de manera que ahora, al tirar Shoutoku de esa cuerda, la katana voló por el aire y golpeó de lleno a Robespierre. Con su uso para nada convencional de la katana, Shoutoku había conseguido burlar a Robespierre.

Robespierre, medio turulato por el golpe, trastabilló lo suficiente como para darle a Shoutoku los instantes precisos para correr hacia el Portal de los Niveles. En dichos instantes, Robespierre lanzó nuevas descargas telequinéticas, una y otra vez, pero Shoutoku ahora estaba lanzado, y seguía corriendo mientras las esquivaba todas con habilidad gimnástica. En un minuto consiguió incluso cubrirse con una nueva andanada de shuriken. Y así, Shoutoku alcanzó el Portal de los Niveles, lo cruzó a toda carrera, y desapareció al otro lado.

Robespierre se quedó mirando al Portal de los Niveles. Como buen programa computacional, no tenía emociones de ninguna clase. Simplemente había cumplido aquello para lo cual estaba programado, y el resto ya no era en realidad asunto suyo. De manera que siguió haciendo guardia, vestido de la manera impecable que los programadores le habían dado como interfaz, mirando hacia toda la extensión hacia adelante que era el mundo interior de las computadoras de la nave espacial Ganímedes.

OxxxOxOOOxOxxxO

Dentro de su propia menterminal, el doctor Wilkinson recibió un mensaje. Lo firmaba un desconocido, un tal Shoutoku. Luego de revisar que no contuviera infecciones de alguna clase, lo abrió. Su sorpresa fue mayúscula cuando se encontró con información respecto de una determinada secuencia genética en particular, más un mensaje que decía: “Para Alba”.

– Doctor, el estado del pac… – se acercó Marelize.

– Ahora no, enfermera – dijo el doctor Wilkinson, excitado. Luego, vía menterminal, ordenó a Marelize que actualizara los antecedentes médicos de Alba.

– Doctor – dijo Marelize, mientras enviaba la información pedida vía menterminal. – Entiendo que Alba es importante porque ella controla a Ganímedes, pero…

– Mire esto, enfermera… Marelize, perdón. Mire esto – dijo el doctor Wilkinson, enviandole a ella algunos de los antecedentes sobre los cuales insistía el misterioso Shoutoku. En realidad, los datos que había aportado Shoutoku no eran nuevos, ya que la totalidad del acervo genético de Alba estaba en la información médica de ella, pero otro cuento distinto era encontrar los genes adecuados con los cuales trabajar, en medio de la enorme cantidad de ellos. – Vamos a cotejar esta información de inmediato, porque si es correcta… Tenemos la opción de fabricar un suero para Alba.

– ¿Un suero, o un antídoto…? – preguntó Marelize, no demasiado segura de entender con claridad la nueva información.

– Es un suero. Mantendrá viva y estable a Alba. Por desgracia, debido a su peculiar configuración genética, aparentemente sólo servirá para ella, aunque si podemos hacer un poco de terapia genética, a lo mejor con el tiempo sirva para otros también. ¡Vamos, Marelize, tenemos trabajo que hacer!

OxxxOxOOOxOxxxO

Siempre pilotando sus golem, el trío conformado por Escalante, Lincopán y Paparizou seguía moviéndose por las calles de Ciudad del Progreso, que ahora se había transformado directamente en territorio de guerrillas. No había comunicaciones vía menterminal. Todo estaba demasiado silencioso. Los humanos que hubieran sobrevivido al bombardeo, desde luego que estaban escondidos. No parecía haber otros golem o soldados en las cercanías, y los decápodos parecían haberse esfumado.

El trío vio de pronto como por encima de sus cabezas pasó una escuadra de aviones con rumbo hacia donde debía estar la nave nodriza.

– Van a darles lo suyo – dijo Escalante, con fiereza, para sí mismo en realidad, porque sin menterminal, y no teniendo los golem un sistema de comunicaciones independientes, ninguno de los miembros del trío podía hablarle de manera directa a los demás.

Los aviones lanzaron una andanada de misiles, y las explosiones retumbaron. Luego, pasaron algunos aviones de regreso. El trío no dijo nada, pero los tres pensaron lo mismo: eran menos aviones. Algunos de ellos, por tanto, habían sido derribados.

Escalante movió su golem de manera tal, que con los brazos hizo señales. Lincopán y Paparizou entendieron: era la zona en donde habían desaparecido Hilmarsson y Brown. De pronto, apareció un golem delante suyo. El trío se detuvo. El cuarto golem avanzó hacia ellos.

Una cabeza humana, la de un joven pelirrojo de ojos azules, empezó a emerger de manera algo trabajosa a través del lodo de composición desconocida, en el pecho del cuarto golem. Parecía Hilmarsson, pero la cabeza, ahora por completo afuera junto con una parte de los hombros, colgaba como un guiñapo. Luego emergió una segunda cabeza. Era la de Brown. Ante el espectáculo, Escalante se movió hacia afuera de su golem, y saltó desde él, hasta la calle.

– ¡No podía dejarlo ahí! – dijo Brown, sollozando y con lágrimas en los ojos, mientras con un leve cabeceo aludía a Hilmarsson. – ¡Es nuestro compañero, no podía dejarlo ahí!

– Vas a perder movilidad si andas cargando el cadáver…

– ¡Hilmarsson, señor! ¡Hilmarsson! – gritó Brown, con toda la fuerza de sus poderosos pulmones. – ¡Tenía un nombre! Se llamaba Hilmarsson, señor! ¡Quizás a usted no le importe, pero…!

– ¡Por supuesto que me importa, maldita sea! – gritó ahora Escalante. Y luego, de manera imperiosa, ordenó: – ¡Tranquilícese, soldado!

– Sí… señor – dijo Brown, ahora pareciendo volver un poco en sí mismo. Con un poco de trabajo metió de nuevo la cabeza inerte de Hilmarsson dentro de su propio golem, y luego se dirigió a Escalante, quien seguía parado ahí abajo. – ¿Qué hacemos, señor?

– Primero que nada, saque el cuerpo de Hilmarsson de su propio golem, porque de lo contrario, usted mismo perderá movilidad y se pondrá en riesgo tanto a sí mismo como a nosotros – dijo Escalante, en torno tranquilo pero firme. Luego, con un poco más de suavidad, añadió: – Vamos a dejar a Hilmarsson por acá, pondremos algo encima, y vamos a marcar el lugar para volver después. Después de la batalla, le prometo que a Hilmarsson lo enterraremos como se merece, con honores.

– Sí, señor – dijo Brown, con voz queda, y se metió al golem.

Mientras Escalante escalaba su propio golem y se metía a él de nuevo, a través del pecho del golem de Brown se veía como salía el cuerpo de Hilmarsson, empujado desde el interior. En tanto, en sus propios golem, Paparizou contemplaba la escena sin terminar de internalizar completamente la misma, en tanto que Lincopán no había podido evitar que las lágrimas se le saltaran a los ojos, y se había llevado el dedo índice a la boca, doblado y mordiéndoselo con fuerza para no ceder ante la desesperación.

El cuerpo de Hilmarsson cayó al suelo como un saco de patatas. Antes de que Brown pudiera hacer algo, Escalante movió su propio golem, tomó el cuerpo de Hilmarsson con gentileza, y lo puso a los costados de las ruinas de un edificio. Luego, cogió un enorme pedazo de pared derruida, y lo colocó encima, con mucho cuidado para evitar aplastarlo o reventarlo, a manera de protección, porque nadie sabía cuánto tiempo más se iba a eternizar la batalla.

Luego, Escalante hizo señales con su golem para que todos salieran de los mismos, e hizo lo propio. El ahora cuarteto estaba incorporado.

– Señores, ya hemos tenido dos bajas, Ashcroft y Hilmarsson. Ustedes regresarán a Monogatari e intentarán reagruparse y regresar con refuerzos. Yo…

– Si está pensando en ir hasta allá, a la nave de los malos, en solitario, señor, entonces está delirando – dijo Lincopán, interrumpiendo de manera muy ruda. Y añadió: – Creo que hablo por Paparizou y por Brown cuando digo que nosotros también iremos allá, y si insiste en sus órdenes de replegarnos, vamos a desobedecer. Mándenos a corte marcial después si quiere, señor, pero si usted va allá, lo vamos a seguir. Nosotros queremos meterle una paliza a estos bichos de porquería tanto como usted, señor, y por Dios que no nos vamos a detener hasta haberlos reducido a mermelada para el pan. Señor.

– Como soldados regulares que obedecen órdenes, ustedes no valen una plasta. Pero como compañeros de armas… es bueno tenerlos a mi lado – dijo Escalante, emocionado y tratando de disimular. Luego, más en control de sí mismo, añadió: – Qué esperamos. Pongámonos en marcha, y vamos a por ellos.

つづく

3 comentarios:

Sayabros dijo...

Emocionte el relato como siempre 👍

Cesar Cuevas Rueda dijo...

Estoy atrapado.

Guillermo Ríos dijo...

@Sayabros, gracias.

@Cesar_Cuevas_Rueda, estamos trabajando en nuevos capítulos.

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