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jueves, 28 de septiembre de 2017

Bastión Esperanza - "Avances".


Después del bombardeo masivo en contra de Ciudad del Progreso, la batalla se había morigerado un resto, pero ambas fuerzas combatientes estaban regresando a sus posiciones. Tal y como los altos mandos de Esperanza temían, la lucha había degenerado en una reyerta librada calle a calle, entre los decápodos invasores por un lado, y las fuerzas humanas por el otro.

Mientras tanto, en la órbita, la batalla se estabilizaba un resto. Después de la caída de la nave de Rantel en Ciudad del Progreso, parecían mantener una actitud más cauta, y se estaban refrenando en sus ataques, pero de todas maneras, se defendían con la efectividad suficiente para que los cruceros de combate humanos apenas pudieran causarles mayor daño. En el Centro del Alto Mando, el Comandante Luca seguía tratando de descifrar la estrategia de guerra enemiga: si tenían tanto poder para arrasar hasta el último resto de civilización humana sobre Esperanza, ¿por qué no lo desplegaban?

El ahora cuarteto conformado por Escalante, Lincopán, Brown y Paparizou seguía avanzando hacia la nave de Rantel. Por supuesto, los decápodos comenzaban a aparecer en mayor cantidad. Todavía sin menterminal, Lincopán hizo señales: bandidos a la una. Escalante movió los brazos de manera tal, que Brown y Paparizou marcharon por la izquierda, y él mismo junto con Lincopán hicieron lo propio por la derecha. Los decápodos cargaron.

Eran seis de ellos. Se repartieron tres y tres. Un decápodo iba contra Brown y otro contra Paparizou, y el tercero, después de observar a ambos, se decantó por Paparizou, que se defendía con mayor dificultad; Brown aguantó bien, pero Paparizou retrocedió. Brown, observando esto, dejó caer su golem, lo rodó por el suelo, pateó a su decápodo y se deshizo de él por el minuto, yendo en ayuda de Paparizou. Este en tanto se limitaba a mantener a raya a sus dos decápodos. La ayuda de Brown fue providencial: se deshicieron de un decápodo, y encerraron al otro. Paparizou seguía teniendo dificultades, pero Brown, recordando el destino de Hilmarsson, se había convertido en una máquina robótica que no pensaba, sólo mataba con mortífera eficiencia; se aplicó contra el decápodo con la frialdad de un carnicero, y le rompió varias patas como si hubiera nacido sabiendo cómo hacerlo. El otro decápodo que había sido puesto temporalmente fuera de combate, por su parte, había cargado, pero Paparizou ahora se puso en su camino, y consiguió asestarle un par de golpes bastante recios. De alguna manera, uno de ellos encajó entre articulación y articulación del exoesqueleto del decápodo, y penetró hasta su mismísimo interior, dejándolo muy malherido y ya incapacitado para el combate. Finalmente el tercer decápodo, mirando la situación, resolvió retroceder y largarse.

Mientras tanto, Escalante y Lincopán se aplicaban al máximo con su propio terceto. Optaron por defenderse y retroceder, hasta que consiguieron enclavarse en un callejón, lugar en donde los dos podían moverse con algo de libertad, pero que era demasiado estrecho para los tres decápodos a la vez. Escalante jaló a uno de los decápodos, saltó hasta ponérsele encima, y mientras se defendía de los golpes de otro de los decápodos y Lincopán lidiaba con el tercero, el Golem Mayor manejado por Escalante empezó a rebuscar con el pie en el decápodo derribado, hasta descubrir un punto débil en su exoesqueleto. Por ahí, introdujo el pie del Golem Mayor y abrió al decápodo hasta dejar expuesto su palpitante interior. El otro decápodo le saltó encima, pero en un pedazo de pared derribado, Escalante descubrió un generador doméstico. Así, empujó al decápodo hacia él, agarró una de sus patas y lo usó para desgarrar el generador, el cual explotó; el Golem Mayor usó al mismísimo decápodo para cubrirse de la llamarada, aunque no pudo evitar ser lanzado contra la otra pared.

La explosión también pilló en mal pie a Lincopán, quien no sólo estaba lidiando con su propio decápodo, sino que además sufría la agresión de todavía otro decápodo más que los había descubierto. Consiguió desgarrar a un decápodo y ponerlo fuera de combate, pero el otro consiguió lanzar algunos certeros ataques con sus patas, desgarrando el cuerpo mismo del golem, en donde debía estar Lincopán.

Escalante, incorporándose después de la explosión, advirtió que de pronto el golem de Lincopán ya no se movía.

– ¡Lincopán! – gritó, mientras cargaba contra el decápodo que le daba problemas a ella. Agarró al decápodo por atrás, lo levantó en el aire, y sin saber que el Golem Mayor pudiera tener tantas fuerzas, simplemente tiró de las patas del decápodo hasta desgarrarlo en el aire.

El golem de Lincopán trastabilló y se dejó caer sentado contra una pared, inerte.

– ¡No! ¡No! ¡Lincopán! – gritó Escalante, maldiciendo que no hubiera menterminal disponible para comunicarse. Se salió de su propio golem, se trepó al pecho del golem de Lincopán, e intentó abrirlo. Cuando lo consiguió, vio a Lincopán con la cabeza ladeada, los ojos cerrados sin apretar, los labios ligeramente entreabiertos… ¿Inconsciente, muerta…?

Miró hacia abajo. El cuerpo de Lincopán parecía llegar hasta la cintura, y más abajo… ¿Acaso el decápodo había conseguido rasgar a Lincopán en dos? Intentó seguir más abajo, pero no pudo encontrar las piernas de Lincopán. Se sumergió más en el golem, hasta que las descubrió, demasiado atrás como para estar pegadas al cuerpo de ella; sin duda, el decápodo había conseguido rajarle el abdomen a Lincopán.

– No… no… No tú, ahora, Lincopán, no tú… – dijo Escalante, tratando de mantener la cabeza fría porque, después de todo, era el oficial al mando.

Detrás suyo apareció Paparizou. Escalante miró sobre su hombro. El golem de Brown estaba en pie, vigilando por supuesto, mientras que Paparizou echaba un vistazo.

– No parece tan grave… – dijo Paparizou, con la perfecta inconsciencia que tendía a caracterizarlo. Escalante lo miró incrédulo. Paparizou añadió: – Mire, señor, no hay sangre…

Escalante observó entonces la escena con mayor detención. Es cierto, el cuerpo de Lincopán parecía llegar hasta la cintura, pero quizás la columna vertebral no había sido cercenada. Además… el lodo mismo del golem de Lincopán parecía haberse movido de manera tal, que estaba taponando la herida, y se negaba activamente a ser removido. Escalante entendió entonces: a pesar de que Lincopán había recibido un tajo por parte del decápodo que le había roto el abdomen, su golem estaba literalmente impidiendo que su tripulante se muriera desangrada.

– Esto es increíble – dijo Escalante, incrédulo. – ¡Paparizou! Mira, el golem de Lincopán está impidiendo que se desangre y muera. Si conseguimos llevarla… Paparizou, nuevas órdenes. Llévatela de aquí, llévatela de vuelta al Monogatari, que la atiendan de inmediato. Brown y yo seguiremos.

Paparizou asintió, con seriedad absoluta.

– Sí, señor.

Y mientras Paparizou regresaba a su golem para echarlo a andar, Escalante avanzó hacia Brown, haciéndole señales para que asomara la cabeza. Este obedeció.

– Lincopán está malherida, pero Paparizou se la va a llevar. Brown, tú y yo seguimos.

– ¡Sí, señor! – gritó Brown en respuesta, sonriendo con ferocidad.

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Mientras tanto, el doctor Wilkinson había conseguido terminar el suero. Poco después, Marelize se lo había inyectado a Alba.

– Señor, parece ser que está respondiendo.

– Siga revisando el estado de Alba, Marelize – dijo el doctor Wilkinson. – Avíseme de inmediato respecto de cualquier cambio, positivo o negativo.

– Sí, doctor – replicó Marelize.

El doctor Wilkinson barajó por un instante avisar al profesor Higgins, pero luego se refrenó. Desatender sus deberes en el minuto sería algo poco profesional. Además, si el suero fallaba, entonces habría sido darle esperanzas al viejo para nada. No, era mejor no avisarle por el minuto.

– Pero tiene que funcionar – murmuró, y luego se repitió a sí mismo: – ¡Tiene que funcionar!

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Faltaban pocas calles para llegar hasta la ubicación de la nave enemiga, y la proporción de decápodos iba aumentando. Ya más seguros en sus respectivos golem, Brown y Escalante libraban batalla con mayor seguridad.

De pronto, al doblar una esquina, entre los escombros, vieron una patrulla de ocho o nueve decápodos. Intentaron moverse hacia un costado, pero en vano: el grupo enemigo los vio, y se abalanzó sobre ellos. Escalante hizo señales a Brown: retirada. Dos contra ocho o nueve, era simplemente imposible. Los dos golem corrieron todo lo que podían, pero los decápodos eran bastante más ágiles; si no pensaban en algo rápido, eran hombres muertos.

Escalante se detuvo cuando reparó en que ya no eran seguidos. Brown hizo lo propio, al darse cuenta de que Escalante ya no corría.

Detrás suyo, el grupo de decápodos estaba enzarzado en lucha contra cinco o seis otros golem, que habían salido de alguna parte, en medio de todo el caos y confusión de una batalla sin comunicaciones. Escalante le hizo un gesto a Brown con el brazo para que lo siguiera, y se metió a la batalla. Brown hizo lo propio. Ambos ya ni siquiera estaban pensando en lo que hacían: espoleados por la furia de sus compañeros caídos, un poco más experimentados en la batalla, simplemente atacaban y descargaban golpes como el respirar.

Consiguieron acabar con cinco decápodos, poniendo en fuga al resto. Pero de los cinco golem recién aparecidos, porque eran cinco a fin de cuentas, dos de ellos habían caído. El que parecía ser el líder le hizo gestos a uno de sus subordinados, que se salió de su propio golem para inspeccionar a los caídos, mientras que él mismo hacía lo propio, saliéndose de su golem. Escalante también hizo lo mismo.

Sin menterminal, la única manera de intercambiar nombres y grado militar era de viva voz. El líder del otro grupo se apellidaba Jenkins. Tanto Escalante como Jenkins tenían el mismo grado militar, pero Escalante era de la clase inmediatamente anterior, por lo que tenía antigüedad, y le correspondía el liderazgo del grupo.

El tipo que inspeccionó a los dos caídos se apellidaba Gauthier. Su reporte fue negativo: no había nada que hacer, los dos compañeros caídos habían fallecido. De manera que sólo restaban Jenkins, Gauthier, y una chica de apellido Seong.

– Muy bien – le dijo Jenkins a Escalante. – Ahora usted está a cargo, señor. Cuáles son las órdenes.

Escalante no dejó de advertir un dejo de animadversión en la voz de Jenkins. ¿Frustración por la muerte de subordinados bajo su mando en combate? ¿Resentimiento por verse superado en la jerarquía militar, en la situación? ¿Simple arrogancia?

Como sea, Escalante debía hablar ahora, y ser claro. Sin menterminal, una vez dentro de los golem no habría manera alguna de comunicarse, algo que resultaría crítico en batalla. Y habría batalla.

Hasta el minuto, Escalante no tenía problemas en ir con Brown al encuentro del enemigo siguiendo lo que de manera honesta y abierta era una venganza personal a cuenta de sus compañeros caídos, pero ahora, la situación era distinta. De pronto, por el puro azar de la batalla, tenía a tres subordinados nuevos; eso era temporal, por supuesto, pero se volvería permanente si tomaba una mala decisión que los llevara a todos de cabeza a la sepultura. Además, por primera vez meditaba en que no tenía idea realmente de cuántos golem rondaban allá afuera, o en dónde estaban. ¿No sería mejor intentar reagruparse, en vez de seguir avanzando hacia la nave enemiga de manera probablemente suicida?

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Mientras tanto, a bordo del Monogatari, el Capitán O’Hara seguía ordenando una y otra vez que se contactaran con los golem, ante lo cual la respuesta era siempre la misma: toda comunicación vía menterminal estaba interrumpida. Algunos de los golem habían regresado para reagruparse después del bombardeo, y aguardaban órdenes. Pero el Capitán O’Hara lo era de un crucero de batalla, no de fuerzas terrestres, y en realidad no se le ocurría nada mejor que un ataque directo contra la nave enemiga. Para lo cual probablemente no tenía fuerzas suficientes. Por supuesto, podía despegar y usar a la misma nave Monogatari en un ataque frontal, pero dadas las circunstancias, no se atrevía a tomar una decisión tan radical sin consultar con Comandante Luca en el Centro de Mando. El mismo Comandante Luca con quien no podía comunicarse, por supuesto.

En ese minuto, uno de sus subordinados gritó:

– ¡Señor! ¡Mire esto!

En las pantallas podía verse que, de pronto, estaban surgiendo enemigos por todas partes; los decápodos estaban rodeando el Monogatari. Y coordinados como una sola mente, atacaron al crucero de batalla espacial.

つづく

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