jueves, 24 de agosto de 2017

Bastión Esperanza - "El siguiente ataque de los arzawe".


En la negrura del espacio exterior, doce gigantescas naves arzawe, las dos terceras partes de su flota, se deslizaban en el profundo silencio sideral con destino a Esperanza, el planeta sobre el cual se encontraban los humanos a quienes planeaban doblegar. No se lanzaban rayos láser entre sí, porque no veían la necesidad de comunicarse por el minuto. A bordo de ellas había hordas y hordas de decápodos, todos ellos en un estado próximo a la catatonia; ya se activarían en el minuto del combate.

Habían pasado aproximadamente un par de días en Esperanza, mientras las naves arzawe se movían hacia su destino final.

– Preparen los Detonador-9 – dijo el Comandante Luca, con un tono de voz apagado, casi mortecino.

– ¿Cuántos, señor?

– Todos ellos – dijo el Comandante Luca. Durante el ataque anterior, el cual había rematado en la Batalla de la Orbita, los misiles Detonador-9 habían tenido su utilidad, pero eran nada frente al poderío armamentístico de los arzawe. Pero no tenía caso guardar algunos para una próxima ocasión; dadas las circunstancias, dicha próxima ocasión quizás jamás llegaría…

Al lado del Comandante Luca, el Presidente Kulkov contemplaba la escena. En realidad, aunque fuera la máxima autoridad de Esperanza, como civil no era mucho lo que podía aportar. Este podía ser el último día de su Presidencia, se decía para sus adentros, y si algún humano llegaba a sobrevivir a este nuevo ataque, entonces sería recordado como el último Presidente de un planeta Esperanza libre.

– ¿No hay noticias sobre Alba? – preguntó el Comandante Luca vía menterminal.

– No, señor. Sigue hospitalizada – respondió el profesor Higgins, también vía menterminal.

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En el pabellón médico a bordo de la nave espacial Ganímedes, Alba estaba profundamente dormida, respirando con mucha pesadez a través de una máscara de oxígeno, y amarrada a la cama para no salir volando por la microgravedad.

En la cama al lado, bajo idénticas circunstancias, estaba Numerio.

Escalante contemplaba la escena. Estaba más pálido que de costumbre, no hablaba prácticamente nada, y de cuando en cuando, apretaba los nudillos casi sin darse cuenta de lo que estaba haciendo.

Al lado de Escalante se acercó Sandrine, embutida en su traje NRBQ color gris acorazado. Ella miró a Escalante por un minuto, pero éste ni siquiera le devolvió la mirada. Ella avanzó lentamente una mano hacia él, pero él la retiró un poco, rechazándola. Sandrine bajó la cabeza.

– Quieres mucho a esa chica, ¿no, Escalante?

– Tú estarías feliz si ella se muriera, ¿no? – replicó Escalante, con la modulación alterada por la fuerza en el apretar de las mandíbulas. Su rostro estaba desencajado.

– No seas injusto, Escalante – dijo Sandrine con suavidad. – Yo no… no voy a decir que... no tengo celos. Pero si fuéramos… tú y yo… No me gustaría que fuera así. Porque ella… ya sabes.

Escalante asintió levemente con la cabeza, siempre sin mirar a Sandrine.

– A veces la odio, la odio con toda mi alma. Porque ella tiene toda tu atención, Escalante, y yo… bueno, yo no – dijo Sandrine. – Pero después pienso… si ves algo… algo bueno en ella… ella no puede ser tan mala persona… creo… Y eso hace que siga sintiendo odio, pero… me odio a mí misma por no ser tan buena como ella, para que te fijes en mí como en ella.

– Para tí, todo son robots, mecanismos, piezas, engranajes, nanobots, qué se yo – dijo Escalante. – Ella en cambio… ella tiene un corazón.

– Mi marido dice… decía… decía lo mismo – dijo Sandrine. – Supongo que nos hubiéramos separado igual, con el tiempo, por eso. No sé.

Escalante no respondió nada, de manera que Sandrine siguió hablando:

– A lo mejor tengo un corazón frío, soy desapegada, y tengo muy poquito amor para dar porque es muy poquito el amor que soy capaz de sentir… Pero ese amor es para ti, Escalante – dijo Sandrine, con voz queda. – Aunque no lo quieras… para ti. Y ahora que vienen los arzawe y ésta podría ser la última batalla… no quería que nos pasara algo sin habértelo dicho.

En ese minuto, por detrás de ambos, apareció Lincopán. Trataba de mantenerse tranquila, pero resultaba evidente que estaba bajo los efectos de una fuerte impresión.

– Señor… Quise venir a decírselo en persona – dijo Lincopán.

– ¿Qué pasa, Lincopán? – preguntó Escalante.

– Ashcroft… no lo logró – soltó Lincopán, con estoicismo. – Falleció hace unos cinco minutos.

Y antes de que pudiera hacer nada, Lincopán se derrumbó, y empezó a sollozar. Escalante se acercó a ella y, abrazándola, la atrajo hacia su pecho. Lincopán hizo un esfuerzo visible por controlarse. Escalante se acordó por un minuto del pequeño rato de romance que había compartido con Ashcroft, no hacía demasiado tiempo, y apretó los labios para no gritar unas cuantas imprecaciones en contra de Dios, el Destino, el Universo o el Infierno, o todos ellos juntos a la vez.

Sandrine, mirando la escena, se dio la media vuelta y empezó a caminar de manera maquinal, de regreso a su laboratorio, mientras en su mente comenzaba a repasar, también de manera maquinal, las reparaciones y trabajos que iba a tener que seguir desarrollando en los mecanismos de Ganímedes…

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Los cruceros de batalla humanos estaban alrededor del planeta Esperanza, moviéndose en órbitas estratégicamente diseñadas para cubrir a lo menos las cinco grandes ciudades que iban quedando, así como algunos otros lugares de importancia. Las naves arzawe seguían avanzando.

– Profesor Higgins – dijo el Capitán Chu, a bordo de Ganímedes, vía menterminal. – ¿Tiene alguna idea de por qué no están atacando? Con su potencia de fuego, podrían iniciar los ataques de inmediato y ocasionarnos muchas bajas.

– Lo único que sé, es que cambiaron de estrategia. Pero ustedes los militares saben más de esas cosas.

– Le pregunto por si acaso usted haya observado algo.

– Nada diferente – dijo el profesor Higgins. Si cambiaron de estrategia por algún motivo, nuestro seguimiento de sus trayectorias, patrones de radiación, etcétera, no arrojan información al respecto.

En tierra, tampoco entendían claramente lo que estaba sucediendo.

– Son sólo doce naves. Eso quiere decir que dejaron seis en reserva – apuntó el Comandante Luca.

– Aún así, con doce naves pueden ocasionar mucha destrucción. Una sola de esas naves basta para barrer una ciudad completa de las nuestras, y nos quedan apenas cinco – observó el Presidente Kulkov.

– Si nos están dando la ventaja, entonces vamos a golpearlos primero – dijo el Comandante Luca. – Naves en órbita, disparen con todo lo que tengan. Fuego a discreción.

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Las naves arzawe estaban iniciando las maniobras de aproximación a la órbita de Esperanza.

Rantel abrió comunicaciones, lo que quiere decir que su nave, la nave arzawe doce, empezó a enviar mensajes vía rayo láser a sus compañeras.

– Dispongo: Naves arzawe uno a ocho, prepárense a confrontar las naves de la órbita. Adopten sólo actitudes defensivas, y sobre todo, hagan lo posible por esquivar la nave principal del enemigo. Naves nueve a doce, vamos a dirigir la ofensiva. Naves nueve y diez, diríjanse a la segunda ciudad que aparezca más poblada. Naves once y doce, nosotros iremos a la ciudad que parezca más poblada.

De inmediato llegaron los mensajes de vuelta: “Respondo: Comprendido y obedeciendo”.

La escuadra arzawe se separó. Ocho de las naves empezaron las maniobras para insertarse en la órbita de Esperanza. Otras dos se dirigieron hacia Ciudad de la Fortaleza. Y las últimas dos, hacia Ciudad del Progreso. Avanzaron con siniestra lentitud, silenciosas e implacables.

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– Señor, la escuadra arzawe se está dividiendo – dijo uno de los hombres a cargo de monitorear la actividad enemiga.

– Bien – dijo el Comandante Luca, y luego, dando órdenes de manera imperativa y asertiva por primera vez en la jornada, dijo de manera imperiosa: – ¡Naves en órbita, ataquen a las naves arzawe intentando insertarse! ¡Lancen los misiles Detonador-9 en contra de las cuatro naves que están descendiendo, concéntrense exclusivamente en ellas! ¡Defensas de tierra, prepárense para entrar en combate!

Luego, el Comandante Luca se dirigió hacia los edecanes del Presidente Kulkov.

– Lleven al Presidente al segundo búnker subterráneo. Dos de las naves vienen para acá, para Ciudad del Progreso, y esto podría ponerse peligroso.

– No, Comandante – dijo el Presidente Kulkov. – Mi lugar es aquí, en el puesto de mando. Si algo me sucede, ya está arreglado que el segundo búnker tome para sí el Gobierno. Los ciudadanos de Esperanza no me eligieron para dirigirlos porque yo sea un cobarde.

– Bien, señor Presidente – murmuró el Comandante Luca, de manera apenas audible.

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A bordo de la nave espacial Ganímedes, Escalante reunió a sus subordinados. Los cuatro de ellos, ahora que Ashcroft había fallecido.

– Lincopán. Brown. Paparizou. Hilmarsson. Supongo que sienten lo mismo que yo. Una muerte injusta, inmerecida, la de Ashcroft. Si ella debía morir, tenía que hacerlo como un soldado, en combate, no acabada por una peste que nos trajeron esos bichos. A lo mejor eso mismo nos sucede a nosotros, porque la epidemia está a bordo de esta nave, y son cada vez más quienes caen infectados. Pero mientras permanezcamos sanos, debemos pelear. Y pelearemos hasta el final. ¿Está claro?

– Señor, a cuenta de Ashcroft, le prometo que voy a reventar a esos bichos con mis propias manos – dijo Brown, con una calma escalofriante.

– El Capitán Chu nos ha reportado a los oficiales, vía menterminal, que cuatro naves parecen haber sobrepasado la órbita, y se encuentran ahora en descenso hacia Ciudad del Progreso y Ciudad de la Fortaleza. Eso significa que quizás ahora sí que nos toque entrar en acción. Como Ganímedes no se puede mover por el estado de salud de Alba, abordaremos el Monogatari con los golem, y descenderemos al planeta. ¿Están listos para ir a por ellos?

– Por Ashcroft, señor – dijo Paparizou. Los otros tres repitieron las palabras: “Por Ashcroft”.

Rápidamente, Escalante y los suyos corrieron hacia los golem. En su fuero interno, Escalante pensaba en Alba. No iba a pelear sólo por Ashcroft, y su muerte indigna de un militar, sino también por su princesa perdida en un mundo de sueños. Escalante iba a rescatarla, a despertarla, a salvarla. Y ella…

Fue apenas un segundo: Escalante se dio cuenta de que estaba enamorado, de que Alba era la chica de su vida, y de que iba a hacer todo por estar con ella. Ahora lo veía con claridad suprema, como si hubiera sido una verdad siempre sólida y establecida, y… Al segundo siguiente, sus instintos militares volvieron a imponerse, y ya no pensaba en nada más que atacar, matar y destruir a esos odiosos alienígenas. Esperanza era de ellos, de los humanos, ellos habían llegado primero, y ellos iban a quedarse con dicho mundo entero.

Poco después, metidos en el interior de ese lodo de composición misteriosa que eran los golem, Escalante y su equipo abordaban el crucero espacial Monogatari, para marchar a la batalla.

つづく

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