jueves, 31 de agosto de 2017

Bastión Esperanza - "Batalla en Ciudad del Progreso".


Las ocho naves arzawe que se habían quedado en la órbita, se engarzaron de inmediato en combate contra los cruceros de batalla esperanzanos. Esta vez, los arzawe parecían haber renunciado al uso de las descargas masivas de energía, y preferían el método del abordaje directo, con los capullos que, lanzados contra los cruceros humanos, se convertían en decápodos.

En el Centro del Alto Mando en Ciudad del Progreso, los distintos subordinados del Comandante Luca iban reportando la situación:

– ¡Crucero Verrazzano, abordado por los decápodos, señor!

– ¡Crucero Turingia, abordado por los decápodos, señor!

– ¡Crucero Alcázar, secciones 31 a 33 caídas, señor!

– Incluso sin ir a su máxima capacidad de fuego, están haciendo trizas nuestras naves – murmuró el Comandante Luca, cuidándose de que nadie le escuchara, para no bajar la de por sí alicaída moral.

Mientras tanto, el crucero espacial Monogatari se separaba de Ganímedes, llevándose consigo a los golem. Tras maniobrar un poco, el crucero espacial Monogatari empezó a descender desde su órbita, con rumbo hacia Ciudad del Progreso. Otros cruceros espaciales se estaban saliendo también de la órbita, para interceptar a las dos naves que iban con rumbo a la capital de Esperanza.

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– Observo: La nave espacial principal de los humanos sigue completamente estacionaria – comentó una de las naves arzawe.

– Respondo: También lo he notado – dijo Rantel.

– Sugiero: Deberíamos incrementar el ataque para así destruir de inmediato a los humanos.

– Evalúo: Existe el riesgo de una respuesta contundente por parte de la nave principal de los humanos, y eso nos obligaría a recurrir a tecnología detectable por el Polígono. Dispongo: Seguiremos con un ataque para desgastar al enemigo, sin forzarlo a reaccionar de una manera desmedida.

Y Rantel, a bordo de una de las dos naves arzawe en dirección hacia Ciudad del Progreso, apretó el ceño, mientras daba un vistazo fugaz a sus manos de color entre azul, verde y amarillo.

– Anhelo: Espero estar tomando la decisión correcta…

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Los MTE Detonador-9 se habían alzado en el aire, y en respuesta, las naves arzawe en descenso hacia la superficie de Esperanza habían lanzado a los misiles una andanada de capullos, de los cuales parecían tener centenares o miles. El grueso de éstos se perdió en el aire, por supuesto, pero unos cuantos atinaron a los misiles. Allí eclosionaron como decápodos, clavaron los dardos en que remataban sus patas, con la facilidad que tenían para horadar incluso el metal, rompieron los sistemas internos de los misiles sin saber realmente qué estaban destrozando, y los misiles empezaron a reventar uno detrás de otro, con los decápodos volando después de su gloriosa misión suicida.

Sólo unos pocos misiles alcanzaron a las naves arzawe en descenso, pero esos pocos misiles consiguieron ocasionar un daño en apariencia contundente.

Una de las naves arzawe que se dirigía a Ciudad de la Fortaleza, de hecho estalló en el aire. Ante esto, estallaron vítores en el Centro del Alto Mando, mientras el Comandante Luca trataba de mantener su estoicismo para seguir liderando la situación con eficiencia, pero sin que se le despintara una inadvertida sonrisa de satisfacción en el rostro.

La otra de las naves que se dirigía a Ciudad de la Fortaleza encajó también un par de impactos bastante recios. De pronto su trayectoria varió, y lo que parecía un descenso controlado, ahora lucía más bien como una caída sin control.

– ¡Comandante, han enfilado la nave contra Ciudad de la Fortaleza!

– ¡Maldita sea! ¿Quieren estrellarla contra la ciudad? ¡Desgraciados!

Mientras tanto, los Detonador-9 lanzados contra las dos naves que descendían hacia Ciudad del Progreso, parecían haber tenido resultados mucho más pobres. Una de las naves empezó a descender más rápido, mientras que la otra alteró levemente su trayectoria.

– El Monogatari no será suficiente. ¿Quiénes están allá arriba? – preguntó el Comandante Luca, apuntando con la menterminal a quienes se refería.

– Son los cruceros de batalla Endimión y Ceres, al cuarenta y nueve y cuarenta y cuatro por ciento de capacidad. Ambos reportan luchas cuerpo a cuerpo con decápodos en su interior.

– Que desciendan, y apoyen la lucha en Ciudad del Progreso – dijo el Comandante Luca. – Parece que estos demonios han cambiado de estrategia, es como si quisieran desembarcar en la superficie.

Dicho lo cual, el Presidente Kulkov y el Comandante Luca intercambiaron miradas de preocupación. Ambos sabían lo que eso significaba. Si los alienígenas llegaban a poner el pie en alguna de las ciudades, aunque consiguieran rechazarlos, de todas maneras habría que poner a las ciudades en cuarentena, para impedir que se propagara una epidemia de la misma clase que aquella presente a bordo de Ganímedes. Y eso significaba lisa y llanamente el caos social.

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En el interior del crucero espacial Monogatari, dentro de los golem, Escalante y su batallón, así como varios otros soldados adicionales, contemplaban la escena en el exterior, vía menterminal.

Vieron como las naves espaciales arzawe fueron interceptadas por cazas de combate, que les dispararon misiles y rayos láser. Pero éstas no parecían hacerle mayor mella.

– De manera que los Dropshield no sirven de nada – suspiró Escalante. – Ahí va mi sueño de volver a pilotar uno de ésos.

– Estos golem no están tan mal, señor – dijo Lincopán, con un tono peculiar de voz, acorde a su estoicismo clásico, pero que tratándose de ella, podía contar hasta como una suerte de placer infantil.

Finalmente, la nave arzawe en la cual venía Rantel, acabó impactando Ciudad del Progreso; no había sido realmente un aterrizaje forzoso porque era obvio que la nave había hecho todo lo posible por un descenso controlado, pero de todos modos, parecía que la nave había quedado demasiado tocada por los impactos de los misiles para un aterrizaje perfecto.

Partes selectas de las paredes medio transparentes de la nave, de pronto parecieron disolverse como un terrón de azúcar en una taza de café caliente, y a través de esos huecos ahora abiertos, emergió lo que no podía ser llamado menos que hordas y hordas de decápodos.

Todos en el Centro del Alto Mando contuvieron la respiración, aterrorizados. Nunca antes habían visto tantos decápodos al mismo tiempo.

– Acoto: Es imprudente lanzar a todos los decápodos a la vez, sin dejar apenas defensas acá – apuntó el cerebro de la nave.

– Evalúo: Nuestra misión es sembrar esta ciudad con cadáveres de decápodos para expandir alguna potencial epidemia. Lo que suceda con la nave, o conmigo mismo, es irrelevante – respondió Rantel.

Y como el cerebro de la nave espacial nada respondiera, Rantel se sumergió en sus pensamientos. El aislamiento, la incapacidad de conectarse de manera plena con la colectividad de los arzawe. Si la misión terminaba con su muerte, ¿eso sería una pérdida o una liberación? ¿Planteaba toda la operación como una misión suicida porque era lo más efectivo y conveniente para los intereses de los arzawe, o muy en el fondo, estaba buscando una gloriosa muerte en combate, que pusiera término a su vida y además le permitiera irse con siquiera un pequeño motivo de satisfacción, que le hiciera pensar en que había valido la pena vivir su vida…?

Como fuera, Rantel se echó ligeramente hacia atrás, contemplando a través de las paredes semitransparentes de su nave, el desarrollo de la operación: los decápodos expandiéndose lentamente por la ciudad, entrando en choque directo con las fuerzas humanas.

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El crucero Monogatari finalmente descendió. Las puertas del compartimento de carga se abrieron, y con ello, los golem tuvieron la libertad.

– ¡Golems! ¡Atacar a los decápodos! ¡Fuego a discreción! – gritó el Capitán O’Hara.

– ¡Ya lo oyeron! – gritó Escalante. – ¡Al ataque!

Los golems, los gigantescos humanoides de barro que medían unos diez metros de alto, en cuyo interior estaban los pilotos que ignoraban cómo podían ver o respirar, aún haciéndolo, empezaron a moverse.

Los golems corrieron por algunas calles, en dirección hacia donde había descendido la nave enemiga. Y ahí fue donde encontraron la primera vanguardia de decápodos.

– ¡Maldita sea! ¡Son miles! – gritó Paparizou.

– Controle sus nervios, soldado – dijo Lincopán, aunque su voz sonaba muy poco épica.

Los decápodos y los golems se arrojaron los unos contra los otros con fiereza incontenible, como olas furiosas en una tempestad, y estrellándose con toda su potencia, se estabilizaron en una línea, comenzando a forcejear. A través de los canales de comunicación de la menterminal, empezaron a resonar los gritos de angustia, dolor e inenarrable sufrimiento por parte de los pilotos que empezaban a ser heridos y morir, mientras sus golem caían inutilizados al suelo.

Escalante había conseguido aferrar dos de las patas de un decápodo adelante suyo, pero éste tenía otras ocho; cuatro de las mismas se apoyaban en el suelo y le proporcionaban equilibrio, y las cuatro restantes se lanzaron en contra del golem, llegando a rasgarle, y dejando salpicaduras de barro a su alrededor, encima de otros decápodos y otros golem. Escalante probó a dejarse caer hacia atrás, chocando de lleno contra otro golem que venía tras suyo y que apenas pudo sostenerse y sostenerlo; aún así, este apoyo fue suficiente para Escalante, que levantó un pie del golem y le asestó al decápodo una recia patada. El decápodo pareció perder el equilibrio, y Escalante repitió el movimiento, por puro instinto y desesperación, ahora tirando violentamente de las dos patas que tenía aferradas. El golpe pareció ser fuerte, porque el pie pareció reventar la coraza en apariencia quitinosa del decápodo y se hundió en lo que podría ser su vientre, al mismo tiempo que las coyunturas de las patas que tenía aferradas cedieron un poco, no tanto como para romperse, pero sí como para inutilizarlas.

Otro decápodo atacó a Escalante por el costado, y éste se vio obligado a soltar al decápodo que tenía sujeto. El mismo no se sumó al ataque; demasiado malogrado, intentó retroceder, tratando de no verse arrollado por los decápodos que venían incluso detrás. Pillado por sorpresa, Escalante trastabilló, dándole la ventaja al decápodo. Sin embargo, de alguna parte, alguien empezó a aporrear al decápodo con… la pata de otro decápodo, arrancada a su anterior propietario, por lo visto. El decápodo se volteó hacia su atacante, y éste lo atravesó con la pata que esgrimía a manera de garrote.

– De nada, jefe – salió la voz jovial de Brown, desde el golem que había respondido al ataque.

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– Son demasiados – dijo el Comandante Luca, y luego añadió: – ¡Remick! Bombardeo masivo.

– ¡Pero, señor! ¡Los civiles! ¡Los pilotos de los golem…!

– ¡Nos están haciendo pedazos, Remick! ¡Bombardee el área, y que no quede ningún decápodo en pie!

Y luego, el Comandante Luca se volteó hacia el Presidente Kulkov, en cuyo rostro estaban pintados un profundo horror y desesperación.

– Lo siento, señor Presidente. Pero son demasiados, y nuestras fuerzas de tierra no serán capaces de contenerlos a todos. O reducimos esa sección de la ciudad a ruinas, o no quedará ciudad que proteger.

つづく

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