domingo, 23 de julio de 2017

Reinar en España y morir en el exilio.

María Luisa de Parma, la Máxima Omnipotente Autoridad Suprema, y su obediente maridito, el humilde y servicial Rey Carlos IV de España, en un detalle de la célebre pintura de la Familia Real por Francisco de Goya: Retrato de los dos futuros primeros monarcas españoles exiliados del siglo XIX.
Durante el siglo XIX, se transformó casi en un chiste recurrente en España, que sus monarcas terminaban sus días en el exilio. Y desposeídos de sus regios cargos, por supuesto, de facto si no de iure. Porque cinco cabezas coronadas, más una regente, terminaron por sufrir este destino. Aunque dos dentro del listado en realidad no eran españoles sino que venían del extranjero... y se encontraron con que los españoles eran un montón de díscolos ingobernables que, ¡horror de horrores!, querían mandarse solos. Ya lo dice el viejo proverbio madrileño: No le encargues a un monarca el trabajo de un Rajoy. O de un Zapatero. Ya no me acuerdo muy bien de cómo iba.

El caso es que del lanzamiento generalizado de monarcas hacia más allá de las fronteras, sólo se salvó Fernando VII, el Rey Felón, aunque por poco, ya que como sabemos, reinó dos veces con un interregno napoleónico de por medio. Y Alfonso XII, quizás por haberse muerto joven, con apenas veintisiete años, tan joven que su sucesor ni siquiera había nacido, y por tanto, nadie alcanzó a meterle aceite a los engranajes de la catapulta para exiliarlo. Y como acá en la Guillermocracia siempre andamos buscando motivos de sorna y pitorreo, es que ahora las vamos a emprender con las testas coronadas que, en el siglo XIX, reinaron en España para acabar en el exilio.

Carlos IV.

Hay algo de placidez rococó en la persona y reinado de Carlos IV de España, si me preguntan. Un regusto a pelucas conservadoras, palacios dieciochescos, etcétera. Culpen al retrato de la Familia Real que pintó Francisco de Goya por eso. Lo que le hubiera concedido un largo y dichoso reinado si es que éste hubiera principiado a comienzos del siglo XVIII. Pero para su desgracia, asumió el trono en 1.788, a los cuarenta años de edad... y un año antes de que la Revolución Francesa viniera a derribar casi por completo el proyecto absolutista en Europa. Carlos IV era un tipo bastante inútil y poco proactivo, que dejaba los asuntos de gobierno en manos de su esposa y de su favorito Manuel de Godoy; y dice la clásica maledicencia española que dejaba también a su esposa misma en manos de su favorito Manuel de Godoy. Entretanto la Revolución Francesa dio paso al Directorio, el Directorio al Consulado, el Consulado al Imperio Napoleónico... y el mismo, a la invasión contra España. Carlos IV, siendo muy en el fondo el tipo inútil que era, renunció en su hijo Fernando VII apenas le apuraron a ello. Luego de eso, pasó unos añitos prisionero en Francia. Cuando cayó el dominio napoleónico en España, por pura lógica jurídica, quien asumió el trono fue Fernando VII porque Carlos, ya lo dijimos, había renunciado. Y Carlos quedó condenado a vagar por Europa hasta instalarse en Roma. Su esposa murió en Enero de 1.819, y él la siguió a la tumba un par de semanas después, ambos olvidados por la política y el mundo. Irónicamente, casi como si hubiera sido en verdad el rey en las sombras, Manuel de Godoy también pereció en el extranjero, algo más de tres décadas después: falleció en París, en 1.851.

José Bonaparte.

En realidad, lo de morir exiliado en este caso es un tecnicismo, habida cuenta de que José Bonaparte era extranjero para empezar. Corso, por más señas. Era el hermano de Napoleón Bonaparte, recordemos. José I de España, llamado cariñosamente Pepe Botella por sus enemigos políticos, o sea, toda la inmensa mayoría de la España que no era francófila, llegó al poder gracias a los méritos de su cuñado hermano. Y es que la familia es la familia, al final del día. Puesto a derrocar cabezas coronadas para reconfigurar el mapa europeo, Napoleón Bonaparte decidió que lo mejor era sentar a la familia en esos tronos, por aquello de la lealtad de la sangre, como un Corleone cualquiera; así es como José Bonaparte llegó hasta el trono español. Lugar en el cual, por supuesto, nunca fue demasiado popular. Bueno, es más o menos lo que puede esperarse cuando eres el representante de una potencia militar invasora que sostiene tu trono con bayonetas. Después de que la desastrosa campaña de Rusia obligara a Napoleón Bonaparte a replegarse de todos los frentes, y luego de años de resistencia insurgente en la península ibérica, los españoles corrieron a José Bonaparte, con la generosa ayuda de unas cuantas tropas británicas, todo sea dicho. Regresó a Francia, pero luego de la caída de su hermano, decidió que los aires de Estados Unidos le venían bien. Vivió en ese país hasta 1.832, luego se aposentó en Toscana, en donde falleció en 1.844, habiendo sobrevivido casi un cuarto de siglo a su hermano. A su vez, le sobrevivió descendencia en Europa... y en Estados Unidos, ejem.

María Cristina de Borbón.

En términos legales, esta princesa nunca reinó por sí, pero fue reina consorte de España primero, y regente después. Nacida en Palermo en 1.806, llegó un poco de carambola a España, para ser la cuarta esposa de Fernando VII, que la aventajaba en veintidós años. Muy en serio: Fernando VII fue llamado el Deseado por sus amiguetes y El Rey Felón por sus enemigos, pero el Viudo Serial podría ser otro buen apodo para él: se casó con su prima María Antonia de Nápoles que se le murió, se casó con su sobrina María Isabel de Braganza que se le murió, se casó con Josefa Amalia de Sajonia que se le murió, y al final con otra sobrina, la mentada María Cristina, que sí consiguió sobrevivirle. Dos más, y Fernando hubiera igualado a Enrique VIII, aunque en honor del español, él no mandó a matar a ninguna esposa. El caso es que Fernando murió con cuarenta y ocho años, dejando tras de sí a una viuda de veintiséis. Y para complicar más las cosas, Fernando había derogado la ley sálica, que impedía el acceso al trono de las mujeres, por lo que la legítima reina ahora era Isabel II, de apenas tres añitos de edad. El infante Don Carlos, que era tío de Isabel II, decidió que el trono era para él, armó su revolución, y lo que siguió fue el reñidero de gallos de las guerras carlistas. María Cristina, por su parte, tenía prospectos suficientes para casarse de nuevo... y lo hizo en matrimonio secreto con un sargento. ¡Insulto a los españoles, la reina casada con un fulano de baja estofa! Lo que aprovecharon los liberales para sublevarse y conseguir que María Cristina abdicara, en 1.838. Falleció cuarenta años después, en El Havre, Francia, no sin antes verse involucrada en un bochornoso intento por instalar a uno de sus hijos en el trono de Ecuador. País que, recordemos, no había tenido monarca desde la independencia. Al menos, la enterraron en el Escorial. Algo es algo.

Isabel II de España.

Era cosa predecible, lo de Isabel II de España iba en la familia: su abuelo terminó en el exilio, y su madre también. Aunque fue reina desde los tres años de edad, asumió el poder de manera personal recién en 1.843, entrando en la temperamental adolescencia. Gobernó cerca de un cuarto de siglo con la más sabia de las políticas: inclinarse hacia el lado de los vencedores. ¿Iban ganando los conservadores? Su gobierno se conservadurizaba. ¿Iban ganando los liberales? Liberalización era lo que tocaba. A veces se embarcó en empresas un tanto ridículas, como su intento de invadir Chile y Perú para reconstruir el Imperio Español, que acabó en el bochorno de 1.866. Finalmente, el movimiento militar llamado la Revolución Gloriosa de 1.868 consiguió enviarla al exilio. Lo que originó una crisis diplomática que desembocaría en la Guerra Franco Prusiana. Lo que originó la política bismarckiana de alianzas que llevaría a la Primera Guerra Mundial. Lo que originó el Tratado de Versalles que llevaría a la Segunda Guerra Mundial. Lo que originó el mundo bipolar de la Guerra Fría. O de cómo, al final de los hilos de la Historia, una hija de un Viudo Serial y de una princesa palermitana que intentó invadir a Perú y Chile, fue la responsable lejana de la Guerra Fría, para que no digan que los españoles no tienen peso en la Historia Universal. En cuanto a Isabel II, inicialmente no renunció aunque seguía en el exilio, pero acabó aceptando el peso de los acontecimientos y abdicó en 1.870. Vivió lo suficiente para ver el nuevo siglo, ya que falleció en 1.904, superando en algo la ochentena, y ya como reliquia de otros tiempos. Al menos, a Isabel II la interpretó Anna Paquin en Amistad, la película que dirigió Steven Spielberg en 1.997, años antes de desmelenarse en True Blood; pero no le hicieron ningún favor pintándola como una mocosa malcriada y caprichosa. En fin.

Amadeo I de Saboya.

Después de la Revolución Gloriosa, los españoles no se atrevieron a vivir sin rey, no vaya a ser cosa que Papito Dios se enoje o algo así, de modo que llamaron a otro. Uno con pedigrí, por supuesto, no un pelafustán salido a saber de qué aldea del Mediterráneo como Pepe Botella. El elegido fue el príncipe Amadeo de Saboya, que era hijo de Víctor Manuel II, el primer rey de una Italia unificada. Luego de la renuncia de Isabel II de España, Amadeo I de Saboya juró la Constitución el 2 de Enero de 1.871. Pero los españoles, habráse visto... resultaron ingobernables. El pobre hombre quizás esperaba ser saludado como salvador de la Patria o poco menos, y se encontró con un lío de facciones políticas dentro de facciones políticas dentro de facciones políticas, que remataron incluso en un intento de asesinato, en Agosto de 1.872, en donde sus caballos fueron masacrados por tiros de revólver y escopeta, aunque el monarca escapó ileso. Finalmente, el 11 de Febrero de 1.873, decidió renunciar y se marchó de España para nunca más regresar. No quiero disgustar a los lectores españoles de la Guillermocracia, pero no habla muy bien del país, que un italiano acabe detestándolos por intrigantes y pelotilleros, de todas las posibles naciones intrigantes y pelotilleras que podían odiar a los españoles. Amadeo murió en Turín, Italia, en 1.890, y lo hizo increíblemente joven: tenía apenas 44 años de edad. Irónicamente, su segunda esposa fue María Leticia Bonaparte, que era sobrina nieta de José Bonaparte, lo que convierte a Amadeo I de Saboya en sobrino nieto político del único monarca Bonaparte de España, y emparenta a los dos únicos monarcas españoles extranjeros del siglo XIX...

Alfonso XIII.

Carlos IV fue el primer rey español del siglo XIX, y acabó en el exilio; Alfonso XIII de España fue el último, y honró la tradición siguiendo el mismo camino. Otro rasgo curioso de su reinado: casi todos los reyes llegan a serlo cuando fallece o renuncia su antecesor, y mueren en su puesto, pero con Alfonso XIII fue al revés, porque nació siendo rey, y abdicó por el camino. Su padre fue Alfonso XII, que a su vez era hija de Isabel II; ahora bien, Alfonso XII falleció antes de que naciera su hijo, que de todas maneras, habiendo sido concebido, ya era rey, y fue saludado como tal en su nacimiento, en 1.886. Que no se diga que Alfonso XIII no era humanitario: no sólo se mantuvo neutral en la Primera Guerra Mundial, sino que además montó una red de protección para prisioneros de guerra de ambos bandos. Menos memorable es que intentara compensar la pérdida de Cuba y Filipinas, las últimas posesiones coloniales españolas, con un nuevo imperio en Marruecos; esto remató en la derrota de El Annual, lo que le valió el sobrenombre burlesco de Alfonso el Africano. El asunto acabó tan mal, que Alfonso XIII decidió apoyar el golpe de estado y posterior dictadura de José Primo de Rivera para mantenerse en el trono. Pero como de costumbre, la Economía fue la gota que rebalsó el vaso: España, como el resto del mundo, encajó muy mal la Gran Depresión de 1.929, y en la crisis política subsiguiente, Alfonso XIII marchó al... ya saben de qué se trata este posteo. Al exilio, eso es. Pero, porfiado, no renunció. Su última esperanza era que el general levantisco Francisco Franco intentara restaurar la monarquía, pero como sabemos, eso no ocurrió. Finalmente, en Enero de 1.941, aceptando lo inevitable, acabó renunciando; falleció un mes después, siempre en el exilio, en Roma. El siguiente rey de España sería su nieto Juan Carlos I, que no acabó en el exilio: abdicó en 2.014, cuando las cosas se le pusieron difíciles, pero siguió viviendo en España. Era el siglo XXI y no el XIX, después de todo.

1 comentario:

Gaby Fonseca dijo...

Baia baia igual que en Mexico pero en vez de presidentes son Reyes, esos 1800s fueron agitados para las personas en el maximo puesto en ambos paises y bueno, en general en toda america Latina.

Me sorprenden lo casos de Isabel II, talvez fue una movida para fortalecer a el espiritu espanol pero salio muy mal xD y bueno, sabia un poco de esa guerra pero no todas las consecuencias que mencionas jaja D=

Tambien el de Amadeo I de Saboya, a ese si no lo conocia pero es casiii la misma historia que aca en Mexico paso con Maximiliano I aca en Mexico. Bueno, esque solo imagina lo que se debe de sentir que pongan en el poder a alguien que nisiquiera es de ese pais, y lo peor del caso es que los pobres intentaron hacer su mejor esfuerzo pero pues ni los querian xD asi no se puede trabajar. La diferencia es que Amadeo tuvo suerte, pobres caballos :( Maximiliano fue fusilado.

Saluditos

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