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domingo, 2 de julio de 2017

Elogio del micasismo.

Debra Winger en Refugio para el amor (The Sheltering Sky, 1.990).
Pareciera que aparte de la Edad de Oro de la Televisión, el siglo XXI se está haciendo cada vez más enterocolítico con cada año que pasa. Y sin embargo, hay otra edad de oro, de extraordinario fulgor, que estamos viviendo por estos días. Me refiero a los viajes.

Nunca antes fue tan fácil viajar como hoy en día. Dejemos de lado los viajes puramente de negocios, de los cuales en realidad no se saca demasiado gusto. Quedémonos con los otros viajes. Con la gente que, cuando logra un alto en el trabajo por vacaciones o directamente por renuncia, se embarca a conocer otros lugares. A relajarse en otras tierras. A descubrir nuevas culturas y nuevas civilizaciones. A entablar nuevas relaciones con gente conocida con la que se van de viaje, o con gentes desconocidas a quienes encuentran en los lugares de destino. Y sobre todo, a tomarse muchas, muchas, muchas fotos para Facebook o Instagram, ahora que Fotolog es cadáver, y Flickr tiene cada vez menos onda. Los viajes sirven para cambiar de aires, para expandir la mente, para reencontrarse con uno mismo.

Eso es lo que se dice por lo general. Yo opino distinto. Yo opino que el grueso de la gente que viaja, son un montón de botarates. Si quieren hacerlo, que lo hagan, y si se divierten en su fazaña, tanto mejor para ellos, pero mi opinión de ellos no va a mejorar porque viajaron a tal o cual lugar. Si estás contento en tu casa, no necesitas viajar. A eso lo llamo el micasismo, el estar feliz y satisfecho en el lugar que llamas mi casa.

En primer lugar, viajar no es lo que era. Hoy en día se promociona el viaje en términos de vivir la aventura de tu vida, o poco menos. No a niveles de la película de Liam Neeson, esperamos, pero sí con un subidón de adrenalina. Por supuesto, eso es una patraña. El viaje de tu vida era cuando tenías que emprender el mismo viaje hace trescientos años.

En el siglo XVIII, viajar de alguna localidad en el Imperio Español hasta la metrópoli, o al resto de Europa, era un viaje en toda regla. Había que viajar primero por caminos polvorientos, porque no se había inventado el asfalto, y eso saltando en carruajes casi sin amortiguación, con ruedas de madera sin caucho, o directamente a lomos de algún equino. Luego, subirse a una nave durante sus buenas semanas, mareándose en el trayecto si no se tenía buena cabeza, escapando del sol, o bien exponiéndose a unas tormentas de agarrar esas cáscaras de nuez que llaman embarcaciones, y volcarlas en un soplo mal dado.

Mapa dibujado por Francis Galton, que muestra la cantidad aproximada y mínima de días que tomaba viajar desde Londres hasta cualquier parte del mundo, con los medios disponibles en 1.881.
Hoy en día, ese mismo viaje se hace en avión. Cómodo y aséptico. Tan cómodo y aséptico que, en realidad, es casi viajar sin viajar. Hay que aguantar la rutina de los aeropuertos, cargar las maletas, y jugar a la ruleta rusa de que, muy de tarde en tarde, tu avión se venga a tierra y tengan que arrancar los restos pringosos de tu cuerpo carbonizado de entre un montón de fierros retorcidos. Pero nada comparable a la otra aventura.

Luego está el lugar de destino. En aquellos años, viajar más de 200 kilómetros en cualquier dirección era ingresar en territorio alienígena. Diferentes costumbres, diferentes idiomas, diferente población nativa, diferente música, diferente comida, diferente todo. En esa época, España era España, Perú era el Perú, China era China, Japón era Japón, etcétera.

Hoy en día, todo es más o menos lo mismo. Por supuesto, la arquitectura es diferente de cultura a cultura, por los resabios que van quedando de edificios de doscientos o trescientos años, pero en general, todas las nuevas edificaciones son monobloques de cemento, o saunas de vidrio en altura. En todas las malditas partes del mundo. En los países más preocupados por el turismo van quedando los barrios típicos, pero ya no tienen nada de típico, salvo la pantalla. El mundo es un enorme Westworld en donde puedes gozar la experiencia de estar dentro de un Western, pero no es el Western de verdad, sino un sucedáneo fabricado para atraer clientela, pormenorizado no de acuerdo al prurito histórico, antropológico o etnográfico, sino mediante estudios de mercado que indiquen lo que más quiere la gente de sus lugares típicos. En todas partes, salvo quizás los países islámicos, la gente va de bluyines y poleras, o camisas y pantalones de hechura occidental en algunos casos; los trajes típicos, que son típicos porque antaño los usaba todo el mundo de manera más o menos cotidiana en una determinada cultura, ahora sólo quedan para eventos folclóricos como el Carnaval de Río, o el Día de San Patricio, o el Oktoberfest. O peor aún: ni siquiera lo usaban de manera cotidiana en sus días de apogeo y gloria, sino que son un invento romántico posterior, como el kilt de los escoceses.

En consecuencia, la gente que viaja, va y vuelve siendo la misma. Se la pasó un par de semanas en unas termas, o subiéndose a la Torre Eiffel después de hacer una cola de seis horas, o jugando a los carritos chocones en Disneylandia, o aleteando con desesperación para no dejarse los intestinos en la taza del baño en algún país norteafricano, pero aparte de volver con soplos renovados, siguen siendo los mismos fulanos grises y opacos de toda la vida. Esto, en visible contraste con lo que era la experiencia de viaje hace tres siglos atrás. En esa época, el viaje sí que abría mundo. Existía incluso el Grand Tour, por el cual los señoritos de la aristocracia europea debían viajar por Italia para empaparse de la cultura ancestral de Occidente; hoy en día, con suerte van a empaparse de Chianti. Y si viajan a Holanda...

Ingleses en la Campania, por Carl Spitzweg (hacia 1.845).
Por supuesto, ya no necesitas viajar por el mundo ahora que el mundo entero puede venir a ti. Un género literario bastante cultivado en los buenos y viejos días, era el diario de viajes. En general, los viajeros iban redactando notas y observaciones de las cosas que veían en países extranjeros. Hay una frondosa literatura de ésta, que hoy en día es un caudal inagotable de informaciones acerca de culturas del pasado hoy en día extintas o en proceso de asimilación por parte del insaciable heliogábalo occidental. Pero hoy en día ya nadie escribe diarios de viajes, porque no se necesitan. Su sustituto es la cámara fotográfica. Incluso hace una generación atrás, había que viajar con rollos y rollos de fotos, pero hoy en día, basta con el smartphone, y asunto arreglado. Un año te tomas fotos al lado de la Torre de Pisa, otro arriba de El Castillo en Chichén Itzá, otro en un ferrocarril a través de los Andes, y así sucesivamente. Y más aún: si quieres saber cómo son esos lugares, basta conectarse a Internet, y lo puedes saber literalmente todo sin necesidad de viajar allá. Aparte de tales o cuales bases militares que le han pedido gentilmente a Google que no remueva sus moscas nucleares, puedes transformarte en el stalker del mundo únicamente armado con Google Street View.

En la película 1492: La conquista del paraíso, trataban el tema de manera dramática. Luego de ver unas cuantas escenas en la España renacentista que son dignas de Don Quijote, que servían para adormecer un resto al respetable y con toda intención para dejar caer el contraste, nos encontramos con una América que al contrario es toda lujuria en lo frondoso de su verdor. Un paraíso que es casi un mundo alienígena ante los ojos de los conquistadores. Pero luego, van los conquistadores y siendo los conquistadores, llevan la civilización, talan los bosques, se pelean por este o este otro motivo, y en fin, intentan transformar a América en otra Europa. Y racasan, cuando un ciclón tropical deja la colonia convertida en un páramo. Al final de la película, Cristóbal Colón reflexiona con amargura que habían ido a buscar el paraíso y habían encontrado el infierno, porque muy en el fondo, ambos viajan con el ser humano allí en donde éste se encuentra. Mucha gente intenta viajar para descubrir la experiencia que les cambie la vida, pero al final, en el grueso de los casos termina siendo imposible porque la gente sigue siendo la misma gente que era antes de emprender el viaje en cuestión.

El ser humano cambia y evoluciona en la adversidad, frente a los retos y desafíos. Allí en donde la vida es fácil y cómoda, el ser humano se aletarga, se adormece. Nuestra civilización ha desarrollado muchos adelantos e invenciones, y la vida es mucho más sencilla ahora que podemos viajar entre Europa, América y Kuala Lumpur en cuestión de horas en vez de meses. Pero también, eso le ha quitado el aguijón a los viajes. Los ha hecho cómodos. Tanto, que la sensación de riesgo se vende en seguros paquetes de turismo aventura. Y con eso, le han quitado al viaje su dimensión de formadora de carácter. En la actualidad, viajar no le añade en verdad nada a nadie.

Por lo tanto, que otros viajen si así lo quieren. Que otros intenten escapar de sí mismos y de sus vidas por un par de semanas, y tengan un éxito que es sólo una dosis de droga, buena hasta que se agote el efecto y sea necesaria una nueva dosis. Que a mí me dejen tranquilo en mi hogar, que me dejen el micasismo. Yo no voy a pontificarle a nadie que se quede en su casa, pero no vengan hasta mí a pontificarme que viaje. Hoy en día, parece más peligroso viajar en el tiempo 500 o 1000 años a través de las páginas de libros históricos, hacia mundos verdaderamente alienígenas, que desplazarse unos cuantos grados de longitud o latitud para terminar comiendo en el McDonald's del país o el continente vecino, que por supuesto es idéntico al McDonald's que está a cuatro o cinco cuadras de tu propia casa.

Que no te falte un McDonald's en Marruecos. Viva la experiencia autóctona.


1 comentario:

murinus2009 dijo...

Uno de mis maestros dice que:
Los viajes son: el equivalente para los adultos de clase media deseosos de mostrar su estatus,de los juguetes nuevos durante la niñez y la ropa de marca en la adolescencia, es decir, solo cosas para presumir (o intimidar)a otros menos favorecidos, al igual que las "Mcmansiones" pantallas de 100 pulgadas, albercas en casa y los autos premium: BMW, Audi etc.

Por alguna razón los viajes siempre me han resultado decepcionantes, me gusta mas planearlos e investigar de la zona en cuestión, estar allá, por muy baja la expectativa, me decepciona, me aburro y lo mas molesto es gastar dinero en llegar ahí a aburrirme, pensé que era la compañía indeseable, pero lo mismo me ha pasado al ir solo, luego intente recorrer los museos de Ciudad de México (hay 160 o mas) y en la cuarta o quinta visita me aburrí de nuevo, descubrí que no tengo sentido de la maravilla o esta muy atrofiado, los únicos viajes que me falta probar son: Rallies, travesías en 4x4 y en cuatrimoto, en estos pasas mitad del tiempo arriba del cacharro y la otra cargando tu, el vehículo, si es desquiciado, es para brutos como yo, si estos también me decepcionan, practicare avidamente el Micasismo, a diario procuro hacer cosas que disfruto, con lo que no necesito, ni deseo, viajes ni vacaciones, desde hace 7 años al menos y creo poder seguir así hasta morir.

Respecto a la gente que gusta de viajar, coincido contigo, no son mejores personas luego de sus viajes, si eran agradables antes de su viaje, siguen agradables por lo común, a veces se vuelven detestables y si no lo son, siguen desagradables, o empeoran, no importa lo mucho que viajen, (uno de estos solo va a buscar lugares para fumar marihuana), respecto a sus experiencias, las respuestas homologadas son:
"Es otro Mundo"
"Aprendes Mucho"
"Conoces otras Culturas y Gente".
"Esto nadie te lo puede quitar"
"Estuvo bien rico"(¿?).
Ya que conozco estas respuestas, por lo regular omito preguntarles como les fue, en general basta el trato cordial de siempre, si son gente atenta, si no ni eso.

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