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martes, 4 de julio de 2017

El juicio contra Galileo Galilei: Leyenda y realidad (1 de 2).


Uno de los hitos simbólicos más importantes de eso que llamamos genéricamente la Modernidad, es el juicio contra Galileo Galilei. En términos prácticos, tuvo una influencia relativamente limitada. A través del mismo, la Iglesia Católica intentó ponerle un cierto freno a la investigación científica, y no lo logró; a lo sumo, consiguió que ésta se retrasara en los territorios aún bajo su influencia después de la Reforma Protestante, lo que afectó por supuesto a los varios principados que existían en Italia por esa época, y al Imperio Español. Pero la ciencia siguió adelante en los países protestantes justamente, hasta crear lo que actualmente llamamos la sociedad de la información, y más allá. Y a pesar de lo que pronosticábamos acá en la Guillermocracia para el año 2.115, y salvo eventos inesperados, no parece que esto vaya a parar en seco mañana o el próximo mes.

Pero lo que significa este juicio en términos simbólicos, es otra cosa. El mismo ha pasado a ser el símbolo del enfrentamiento entre el oscurantismo, el fanatismo, la intolerancia y la superstición, todo esto representado en el Catolicismo y la Santa Inquisición por un lado, y la ilustración, el librepensamiento, la tolerancia y la racionalidad en la actividad científica, todo esto representado por Galileo Galilei por el otro. O al menos, esa es la narrativa que más o menos se ha impuesto a partir del siglo XVIII. Puestos a buscar santos seculares que sirvieran de contrapeso a los ejemplos de los mártires de la Iglesia, los ilustrados dieciochescos dieron con el ejemplo de Galileo, y amplificaron la historia de su juicio hasta transformarlo en lo que hemos dicho, un símbolo de la Ilustración contra las tinieblas. Galileo Galilei pasó a ser así un mártir de la ciencia, con su libertad intelectual sacrificada en el altar de la superchería y el misticismo irracional. Y sin embargo...

La Historia Universal no es un Western con vaqueros muy buenos e indios muy malos. Los distintos bandos en discordia, en cualquier discordia, por lo general tienen buenas razones para irse a la guerra, aunque en retrospectiva diera la impresión de que no; el juicio contra Galileo Galilei no es una excepción en esto. Con esto no queremos decir que lo opuesto sea cierto, o sea, que la Iglesia Católica sea la pobrecita víctima de una odiosa campaña de difamación por parte de esos malvados ateos y racionalistas. La Iglesia Católica se tiene bien ganado el oprobio con el cual se cubrió luego de juzgar a Galileo, pero sin embargo, debemos atenuar su nota de infamia porque, en primer lugar, tenía motivos sólidos para actuar de la forma en que lo hizo, y además, algunos de los argumentos que utilizó en contra de Galileo sí que tenían algún fundamento, por más que al final el Heliocentrismo de Galileo al final haya demostrado ser correcto desde el punto de vista científico.

Para situar el juicio de Galileo en sus coordenadas precisas, hagamos un poco de repaso acerca de dos revoluciones fundamentales que se produjeron en el siglo XVI. No me equivoqué escribiendo el siglo: el juicio fue en 1.634, o sea, en el siglo XVII, pero el escenario en el cual éste se desarrolló, comenzó a prepararse una centuria completa antes. En 1.517, cierto monje alemán llamado Martín Lutero denunció la corrupción financiera de la Iglesia Católica con argumentos teológicos muy serios; cuando lo citaron para comparecer y defenderse, justo por coincidencia lo secuestraron algunos bandoleros que, sorpresa, resultaron ser amigos que lo escondieron, probablemente temiendo porque Lutero acabara en la hoguera si comparecía ante sus acusadores. Existía un precedente importante para esto: un predicador checo anterior a Jan Huss, había sido invitado a comparecer bajo circunstancias similares, y había acabado quemado en la hoguera.


Hablemos un poquito más de esto. Quemar a los herejes en la hoguera fue una costumbre que empezó con la Cruzada Albigense, de la que hablamos a propósito de los cátaros aquí en la Guillermocracia. La Iglesia Católica abrazó esta práctica porque el fuego podía usarse como símbolo de purificación de la herejía, pero más importante aún, porque incineraba cualquier resto que después pudiera ser usado como reliquias sagradas a venerar por parte de grupos disidentes, impidiendo así que los herejes desarrollaran su propio culto a los mártires. En fecha tan tardía como 1.600, la Iglesia Católica todavía envió a la hoguera a Giordano Bruno; volveremos sobre este personaje más adelante. Martín Lutero tuvo en cuenta estas cosas, y al darse cuenta de lo que se le venía encima, se proclamó en rebelión abierta contra la Iglesia Católica; más de un siglo después, es muy probable que Galileo Galilei también lo tuviera presente, lo que por supuesto incidió en el desarrollo posterior de su juicio.

A resultas de la rebelión luterana, se desató la llamada Reforma Protestante, en la que extensos sectores de Europa se sacudieron la autoridad de la Iglesia Católica, y montaron sus propias iglesias reformadas parroquiales. La historia de este cisma nos interesa en un punto aquí: los luteranos, y otros grupos protestantes después, acusaban a la Iglesia Católica de inventarse un montón de teología para justificar otro montón de malas prácticas políticas, financieras e incluso sexuales. Los luteranos no aceptaban la interpretación católica del Cristianismo, que se basa a medias en la Biblia y a medias en la Tradición, y sostenían que la única fuente de verdad es la Biblia, descartando el resto como invenciones humanas de carácter herético. Por supuesto, si la única fuente de autoridad es la Biblia, entonces el poderío del Papado en los hechos queda en casi nada, porque cualquiera podía agarrar el texto sagrado e interpretarlo a su manera, y si esa interpretación llevaba a la desobediencia respecto del Papa, entonces el resultado iba a ser el surgimiento de todavía otra secta protestante más. De ahí que la Iglesia Católica pusiera tanto empeño en perseguir a los protestantes, y en poner tanto énfasis no sólo en el valor de revelación divina que tendrían las Sagradas Escrituras, sino además que la única interpretación autorizada le correspondía a la Iglesia Católica. Algo que, como veremos, golpeó de lleno en el juicio contra Galileo.

Cuando era evidente que los católicos no podrían recobrar a los protestantes por las armas, y temiendo que la secesión de la autoridad pontificia siguiera extendiéndose, la Iglesia Católica reaccionó con el Concilio de Trento. Este se celebró de manera intermitente entre 1.545 y 1.563. En esencia, el Catolicismo tridentino que emergió de ahí fue uno expurgado de un montón de malas prácticas, un necesario saneamiento para detener la corrupción eclesiástica de la Iglesia renacentista. Lo irónico es que la Iglesia Católica adoptó muchas ideas y planteamientos de los protestantes, en lo disciplinario principalmente, aunque por supuesto sin llevar esto hasta las últimas consecuencias que significaban destruir al Papado. En el campo intelectual, esto se reflejó en la creación de lo que podríamos llamar la Iglesia Católica del Barroco, una mucho más rigorista y cargada de espiritualidad y misticismo. Y una también mucho más preocupada de perseguir ideas heréticas o que contrariaran a la Sagrada Escritura, eso ya lo dijimos. Entre los movimientos contra los cuales era hostil la nueva Iglesia Católica, estaban el Humanismo Renacentista... y la ciencia moderna, tal y como estaba emergiendo en ese entonces. Lo dicho: frente a los protestantes, y por un tema de imagen, la Iglesia Católica debía demostrar idéntica mano dura respecto de los herejes y disidentes.

Poco antes de abrirse las sesiones de Trento, en 1.543, y en su lecho de muerte, un polaco llamado Nicolás Copérnico había publicado un tratado científico llamado De revolutionibus orbium coelestium, traducido por lo general como De la revolución de las esferas celestes. En el mismo planteaba una tesis extraordinaria: la Tierra gira alrededor del Sol. Esta tesis se llama Heliocentrismo, porque pone al Sol en el centro del universo... o del Sistema Solar, a lo menos. Copérnico no fue el primero: el antiguo griego Aristarco de Samos planteó algo similar en el siglo III a.C. Pero en la época copernicana, siguiendo la enseñanza del astrónomo Claudio Ptolomeo (siglo II), se aceptaba como verdad científica que el Sol gira alrededor de la Tierra, y ésta se encuentra en el centro del universo, lo que se llama Geocentrismo. El problema con el Geocentrismo, y lo que llevó a Copérnico en última instancia a proponer su teoría alternativa, es que los movimientos de los planetas no podían ser reducidos a un modelo matemático simple. En el cielo, los planetas describen un movimiento extraño contra las estrellas: por lo general avanzan en sus órbitas, pero a veces retroceden en las mismas. El Geocentrismo explicaba esto, postulando que en realidad la órbita en sí era la que giraba alrededor de la Tierra, pero los planetas a su vez hacían rizos en sus propias órbitas; a la órbita se la llama deferente, y a los giros en rizo sobre su propia órbita, se los llamaba epiciclos.


Copérnico en cambio planteaba que si se partía desde el Heliocentrismo, la necesidad de postular la existencia de epiciclos y deferentes desaparecía por completo; los famosos rizos que podían (y pueden) observarse en el movimiento de los planetas, en realidad responden a las distintas velocidades orbitales de los mismos alrededor del Sol, y de cómo la Tierra sobrepasa a los planetas más lentos y es sobrepasado por los más rápidos. Copérnico no tenía pruebas reales y concretas del Heliocentrismo, eso sí, y lo planteaba sólo como una hipótesis de trabajo, una que simplificaba notoriamente los engorrosos cálculos matemáticos utilizados para estudiar el movimiento de los planetas. Irónicamente, Copérnico era... sacerdote católico. Y médico. Lo que debería demostrar la enorme liberalidad que existía por parte del Catolicismo respecto de la ciencia, en la época del Renacimiento, casi un siglo antes del juicio contra Galileo, y que contradice el mito oscurantista que se ha tejido a su alrededor.

El tema religioso era complicado, debido por supuesto al poder de la Iglesia Católica. El problema, ya lo hemos dicho, es que la Iglesia tenía la costumbre de quemar a los herejes, y era tal todo el que desafiara las verdades postuladas en la Biblia. Y la Biblia defiende un modelo cosmológico absolutamente distinto. Del Antiguo Testamento se desprende que la Tierra es plana, y sostenida por columnas; encima de la misma existe una bóveda celeste, que separa las aguas inferiores que son los mares, de las superiores que son los cielos. Y un pasaje del Libro de Josué, en particular, es clave aquí. En Josué 10:12-14, éste ordena: "Sol, detente en Gabaón; Y tú, Luna, en el valle de Ajalón", porque los hebreos estaban entusiasmados matando amorreos, y "el sol se detuvo y la luna se paró, hasta tanto que la gente se hubo vengado de sus enemigos (...). Y el sol se paró en medio del cielo, y no se apresuró á ponerse casi un día entero". ¿Cómo se pueden detener el Sol y la Luna, y hacerlo a tan corta distancia uno de otro como lo están dos poblados en Palestina, si lo que está en movimiento en realidad es la Tierra...? La respuesta simple es: no se puede. Por tanto, aceptar de manera literal el texto de Josué significa descartar el Heliocentrismo como erróneo, y además como herético, por contradecir la Palabra de Dios.

De ahí que Copérnico esperara hasta estar en su lecho de muerte para publicar su libro, y además, lo hiciera no postulando que el universo en realidad fuera heliocéntrico, sino como una hipótesis de trabajo: el universo en realidad lo mismo podía ser geocéntrico, eso qué más daba, pero si para efectos matemáticos fingiéramos que es heliocéntrico, nos simplificamos mucho la vida haciendo cálculos. Era una manera prudente de presentar el problema sin llevarse encima acusaciones de herejía, pero no todos mordieron el anzuelo. En el bando protestantes, Martín Lutero tronó contra el Heliocentrismo en sus últimos años de vida (murió en 1.546, tres años después que Copérnico y la publicación de su teoría). Otros protestantes insistieron más o menos en lo mismo durante algunos años, por lo menos.

La Iglesia Católica, en tanto, hizo un poco más la vista gorda; en la época estaba empezando el Concilio de Trento, y todavía no se producía la radicalización de los católicos que mencionábamos más arriba. Contra la creencia popular, la Iglesia Católica no persiguió el Heliocentrismo per se, y estaba dispuesto a aceptarlo en tanto se utilizara sólo como un modelo matemático, en vez de postularlo como una realidad concreta que contradijera la cosmología postulada por la Palabra del Señor. Hubo teólogos católicos que aceptaron de hecho el Heliocentrismo, concluyendo que éste no contradecía a la Biblia: el español Diego de Zúñiga publicó un opúsculo en 1.584, defendiendo este punto de vista. Incluso en la época, un hombre como Roberto Bellarmino, jesuita cardenal de la Iglesia Católica después proclamado Doctor de la misma, y uno de los más importantes ases de la Teología de su tiempo, si bien descreía del Heliocentrismo, en su correspondencia privada mostró ser bien consciente de que ante potencial nueva evidencia científica que le diera el favor a esa tesis, lo que correspondería en ese caso sería revisar la interpretación de las Sagradas Escrituras, no imponer el Geocentrismo por dogma.


Es cierto, eso sí, que en 1.600, Giordano Bruno fue quemado en la hoguera, en Roma, en teoría por defender el Heliocentrismo. Sin embargo, hilando más fino, el planteamiento bruniano que de verdad irritó a la Iglesia Católica fue haber postulado un universo infinito en el espacio y en el tiempo; esto sí era considerado herético por contradecir la historia bíblica de la Creación ex nihilo, o sea, desde la nada, lo que obviamente no puede ser si el universo es infinito de la manera antedicha. Por supuesto, ambas ideas corren por separado: Copérnico mismo jamás postuló una idea semejante a un universo infinito. Por cierto, el cardenal Bellarmino que mencionábamos más arriba fue uno de quienes dictaron la sentencia contra Bruno, pero como hemos visto, Bellarmino no era hostil al Heliocentrismo por sí mismo.

En medio de este escenario de guerra fría por el Heliocentrismo, es en donde se movió Galileo Galilei. Nacido en 1.564, Galileo dedicó las primeras décadas de su vida a investigaciones que nada tenían que ver con la Astronomía. Lo suyo eran las Matemáticas y la Física. Debemos recordar que en esa época, se postulaba que el universo supralunar, o sea, más allá de la Luna, se movía por leyes distintas al universo infralunar, o sea, la Tierra. Lo primero se llamaba Mecánica Celeste, y lo segundo Mecánica Terrestre. Galileo se dedicó a la Mecánica Terrestre, al estudio de la física de los cuerpos aquí en la Tierra, con algunos logros notables: midiendo el péndulo de la catedral de Pisa postuló la ley del isocronismo del péndulo, y más tarde, según la leyenda soltando balas de cañón desde la Torre de Pisa, probó que la velocidad de caída no dependía del peso de los cuerpos sino de su forma y de la resistencia del aire. Además de eso, inventó un primitivo termómetro. Galileo sabía de Astronomía, por supuesto, pero como podemos ver, no era su preocupación principal.

Rondando Galileo la treintena, tenía una excelente reputación por sus descubrimientos. La Universidad de Pavía, uno de los más destacados centros de estudio de su tiempo, lo contrató como profesor. Años después, en 1.610, fue contratado también como matemático de la corte por Cosimo II de Médicis, el Gran Duque de Toscana; por si se lo preguntan, el apellido no es alcance, ya que pertenece a la misma dinastía de Lorenzo el Magnífico, señor de facto de la ciudad de Florencia un siglo antes. El nombramiento de Galileo no era casual, ya que siendo joven, el físico había sido tutor del Gran Duque. El gobierno de Cosimo II, eso sí, estaba destinado a una corta duración; éste fallecería en 1.621, víctima de la tuberculosis, con apenas treinta años de edad. De todas maneras, este nombramiento revela el gran peso intelectual que tenía Galileo en su tiempo.


Por el tiempo en que Cosimo II hacía el nombramiento a Galileo, hasta éste habían llegado ciertas noticias desde Holanda, respecto de un nuevo invento. Este consistía en poner lentes de aumento en unos tubos, los que ahora servían como catalejos para observar el horizonte; Holanda era, por supuesto, una nación marítima, y además, estaban en guerra con España, por lo que observar barcos enemigos a distancia era una gran ventaja táctica. Pero Galileo tomó este concepto tecnológico y decidió que el aparato podía emplearse para fines más pacíficos, como mirar el espacio sideral, por ejemplo. Nació así el telescopio. Galileo exploró la Luna con un invento desarrollado a partir de ciertas aplicaciones militares; ya en pleno siglo XX, el cohete espacial que llevó astronautas a la Luna fue un invento desarrollado a partir de los misiles de la Segunda Guerra Mundial. Por desgracia, el ser humano siempre está dispuesto a agudizar la inventiva para aplicarla al nombre arte de destruirse los unos a los otros.

Ante Galileo se abrió todo un nuevo universo. Fue el primer ser humano que, cometas exceptuados, descubrió nuevos cuerpos celestes desde la Antigüedad, al anunciar el hallazgo de cuatro satélites orbitando alrededor de Júpiter; en homenaje a su patrón, los llamó planetas mediceos. Hoy en día estamos acostumbrados a la idea de que otros planetas tengan satélites, pero en la época, el único mundo con satélite conocido era la Tierra misma, por lo que el descubrimiento galileano era casi volver la Astronomía del revés. Galileo descubrió también que la Vía Láctea no era una mancha lechosa sino un montón de estrellas demasiado débiles y juntas para ser percibidas por separado a simple vista. Describió los llamados mares lunares y las fases de Venus. Y fue el primero que habló de las manchas solares; por cierto, dicho de pasada, es posible que esto le haya costado la visión, ya que tres décadas después, Galileo moriría ciego como un topo. A través de sus observaciones, comenzó a aparecer que el universo supralunar no era tan perfecto y prístino como se predicaba. Ante Galileo estaban apareciendo pruebas tangibles de que Copérnico tenía razón, y que el Heliocentrismo no era sólo un modelo matemático para computar la trayectoria de los planetas, sino potencialmente una descripción verdadera y acertada de la realidad allá arriba.

Galileo publicó los resultados preliminares de sus observaciones en un tratado llamado Sidereus Nuncius, o sea, El mensajero de los astros en latín. Este fue el primer tratado que defendió el Heliocentrismo ya no sólo sobre las bases de cálculos matemáticos, como lo había hecho Nicolás Copérnico, o su contemporáneo Johannes Kepler que estaba desarrollando las leyes del movimiento planetario. Lo que Galileo aportaba ahora eran observaciones empíricas, que parecían confirmar el Heliocentrismo. Estas observaciones empíricas, repetimos, eran únicas en su tiempo porque Galileo era el único que las había hecho; en el siglo XVII toda Europa se plagaría de telescopios, pero estábamos recién en la segunda década del mismo. Nuevas observaciones y debates provocaron que Galileo escribiera otros textos, que circularon como cartas privadas, pero que de todas maneras sirvieron para difundir sus ideas. Una de las más audaces de Galileo, era un concepto que suele llamarse de los dos magisterios, según el cual la Biblia enseñaba cuestiones de ética y moral, pero no tenía nada que decir sobre el universo físico. Todo esto sonaba peligrosamente cercano al Protestantismo, y por lo tanto, hizo saltar las alarmas dentro de la Iglesia Católica, lo que movilizó a la Inquisición en contra de Galileo; abundaremos sobre esto en la segunda parte del presente posteo, aquí en la Guillermocracia.


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