martes, 13 de junio de 2017

8 argumentos de la religión contra la ciencia y cómo refutarlos (1 de 2).


Uno de los más enconados debates intelectuales de la Modernidad, es el librado entre la ciencia o la religión. O, mejor dicho, entre quienes sostienen que la ciencia es el mejor medio para conocer el mundo, versus los que sostienen que todo lo necesario para comprender el mundo se encuentra en la religión. En lo relativo a cómo debemos conocer el mundo, las diferencias entre ambas son muy agudas. La ciencia rechaza, en principio, cualquier afirmación que no esté basada en un dato u observación empírica. La religión, en cambio, acepta por principio de fe, ciertas descripciones del mundo que no han sido observadas sino reveladas a un profeta, o dentro de un texto sagrado. Por supuesto, en la realidad las cosas no son tan extremas o maniqueas. Hay científicos que son sumamente religiosos, así como hay gente religiosa que, empeñada en entender la labor de Dios, se ha dedicado a realizar observaciones empíricas sobre el mundo. El principal pasatiempo de Isaac Newton no era descifrar las leyes de la gravedad sino averiguar con Biblia en mano, cuál es la fecha profetizada por el texto sagrado para el fin del mundo, mientras que por su parte, al teólogo Teilhard de Chardin le debemos el hallazgo del sinántropo u Hombre de Pekín, como muestra de que ambas actividades a veces están más entremezcladas de lo que a veces suponemos.

Mucha gente religiosa o creyente, ha intentado refutar a la ciencia, sea poniendo en duda sus observaciones porque contradicen su fe, o sea cuestionándola en cuanto actividad. Sin embargo, hasta el minuto ningún creyente ha conseguido desmontar con argumentos racionales a la ciencia como manera de conocer el mundo. Por supuesto, esto no tiene por qué convencerlos, ya que la fe no es racional sino todo lo contrario. No faltan creyentes que concuerdan con la frase tertuliana que dice: "Creo quia absurdum" ("Creo porque es absurdo"). Literalmente tertuliana, porque se basa en una cita de Tertuliano, un apologista cristiano que vivió y escribió a caballo entre finales del siglo II, e inicios del III. En beneficio de la religión, digamos que el Papa Benedicto XVI declaró en 2.012 que "Creo quia absurdum no es una fórmula que interprete a la fe católica". Pero algunos sí piensan que la fe se basa en lo absurdo, y eso los lleva a cuestionar la actividad científica en cuanto ciencia y racionalidad de por sí.

¿El problema? Históricamente, la religión funcionó como una manera de conocer el mundo sólo hasta el surgimiento de la ciencia moderna. La religión ha cumplido un rol social importante, por supuesto, incluyendo la creación de discursos políticos y sociales destinados a mantener el orden social andando. Buenos o malos discursos políticos y sociales, pero ahí están y para algo han servido: un mal orden social, por regla general, suele ser preferible a la anarquía y la guerra civil. Pero es a la actividad racional que llamamos ciencia, la que le debemos una mejora en las condiciones de vida de la Humanidad. No es por nada que la fe se encuentra en todas partes, pero la ciencia, sólo en los países desarrollados. Algo en lo que debería pensar el próximo troll de Internet, cuando decida usar Internet para criticar a la ciencia que ha inventado Internet en primer lugar. Después de todo, "por sus frutos los conoceréis" (Mateo 7:15).

Por eso, acá en la Guillermocracia vamos a desmontar algunos de los argumentos más comunes de la gente creyente en contra de la ciencia. Nos vamos a ir sólo con los argumentos generales, sin entrar en debates particulares como por ejemplo la Teoría de la Evolución versus el Creacionismo, o de lo contrario no terminaríamos nunca. Así, vamos a exponer el argumento que usan estos creyentes en particular en contra de la ciencia, la lógica invocada con el argumento, y la manera de refutarlo. Porque, y me estoy repitiendo, el mundo moderno y sus bondades se basan en el discurso científico, más que en la religión, y por lo tanto, defender a la ciencia es también defender lo que podríamos llamar el Western Way of Life, parafraseando el conocido lema estadounidense. Y sin más preámbulos, vamos con el tema.

1.- La ciencia no lo sabe todo.
  • El argumento: La ciencia no lo sabe todo. Existen muchas cosas de la naturaleza sobre las que los científicos no tienen idea. Todos los días se descubren especies nuevas, y la respuesta a cómo funciona el universo parece demasiado lejana. Por eso debemos volvernos a la religión, porque en la religión sí que están todas las respuestas.
Por qué este argumento no funciona: Este argumento se basa por supuesto en una grosera mala interpretación de lo que es la ciencia. La afirmación de marras podría darse vuelta más o menos de la siguiente manera: "la religión lo sabe todo y la ciencia pretende saberlo todo y no lo sabe, de manera que la ciencia es una religión imperfecta en el mejor de los casos, y descarriada en el peor". Y esto no es así. La ciencia no es una religión, un credo ni un culto. Los científicos no consideran que El origen de las especies de Charles Darwin o los papers de Albert Einstein sean textos sagrados con verdades absolutas e incuestionables, que es el sello de un texto sagrado según la religión. Los científicos no creen que Louis Pasteur o Carl Sagan sean profetas. Por esa razón, los científicos no acuden al templo para golpearse el pecho diciendo: "Creo en la Ley de Gravedad, creo en la evolución, creo en los átomos". Para el científico, en principio no es cuestión de creer en estas cosas por un asunto de fe, sino de examinar la evidencia y darla por buena si es que cumple con determinados parámetros.

Téngase presente: los científicos justifican su actividad científica no a partir de una pretensión de saberlo todo, sino justo de lo contrario, de nuestra ignorancia relativa frente al mundo que nos rodea. Por eso es que el científico observa la realidad empírica: para aprender lo que todavía no sabe. El creyente por el contrario, al hacer esta afirmación en tono de crítica, implícitamente está afirmando que el religioso no tiene nada que aprender porque ya todo está enseñado, en la revelación o el texto sagrado. Los científicos hablan de una eventual Teoría del Todo, sí, que explique por completo cómo funciona la realidad, pero esto a título de meta o aspiración, no como algo que ya tengamos entre nuestras manos. A lo mejor es posible una explicación del todo por medios científicos, o a lo mejor no, pero el científico de raza no afirma que sea posible saberlo todo, sino apenas que sólo investigando podremos llegar a determinar si de verdad existe una respuesta final o no.

2.- Que la ciencia no pueda explicarlo todo es una prueba de que Dios existe.
  • El argumento: La ciencia no lo sabe todo porque hay misterios que se supone que sean eso, misterios, y que Dios ha puesto ahí no para que los entendamos, sino para que los aceptemos sin más. Los seres humanos somos demasiado pequeños, y debemos tener la humildad suficiente como para entender que Dios no ha querido darnos todo el conocimiento sobre la realidad.
Por qué este argumento no funciona: Esta es una forma de falacia llamada apelación a la ignorancia. Cambiando un poco las palabras, el argumento funciona así: "Como hay cosas que no sabemos, entonces debemos concluir que son un misterio y no tiene caso investigarlos porque jamás llegaremos a entenderlos". Lo cual es por supuesto un sinsentido. Si no hacemos la labor de investigación, por supuesto que el misterio seguirá siendo un misterio, y acabará siendo una profecía autocumplida. Digamos que a usted, alguien le dice que no puede correr la maratón porque es demasiado trecho y usted no está en forma física. Siguiendo este argumento, usted debería encogerse de hombros, aceptar que no tiene el cuerpo para una maratón, y dedicarse a otras cosas. Pero siguiendo el enfoque científico de las cosas, usted debería entrenarse, correr todos los días un poquito, y llegado el instante, lanzarse a la maratón. Si lo logra, entonces sí se podía, y si no, a lo mejor se podrá otro día. Puede ser que usted no pueda correr la maratón porque tenga algún problema, por ejemplo una cojera imposible de tratar por vía médica, pero eso es una evidencia contundente, y por tanto, científica; aquí no hay misterio en primer lugar.

En términos lógicos, el argumento del creyente aquí gira en torno a una contradicción lógica. Afirmar que algo será siempre u misterio, es afirmar que hay un punto de la realidad que jamás llegaremos a conocer, y al hacer esa afirmación, ya estamos diciendo que conocemos algo sobre ese algo que supuestamente no podemos conocer. Es decir, hay algo completamente incognoscible, pero al afirmar que es completamente incognoscible, automáticamente descalificamos eso porque podemos conocer algo sobre ello: que es incognoscible. Una cosa es afirmar que algo es un misterio el día de hoy porque no tenemos las técnicas necesarias para investigarlo, y otra muy distinta, afirmar que siempre lo será porque es parte de algo más allá de nuestro entendimiento. Lo primero es sensatez, lo segundo es una contradicción lógica, por no hablar de una actitud derrotista frente a la existencia.

3.- La ciencia no es confiable porque se ha equivocado y desdicho muchas veces.
  • El argumento: La ciencia es un montón de sofismas en donde los científicos, en su falibilidad humana, tienen la arrogancia de interpretar las cosas, y después, cuando se equivocan, ahí tienen que estar corrigiéndose a sí mismos para salvar la cara. La religión, en cambio, es una y auténtica, no se desdice a sí misma, y sus verdades son eternas y para todos los siglos.
Por qué este argumento no funciona: Aquí, el creyente incurre en dos errores fundamentales. El primero es por supuesto, insistir en que el conocimiento científico es o debería ser una especie de discurso religioso, lleno de verdades objetivas y eternas. Si así fuera, entonces por supuesto que el argumento sería atendible. Pero el discurso científico no nace de revelaciones ni textos sagrados, sino de la observación empírica de la experiencia. Es normal entonces que, a medida que se depuran las técnicas de investigación y por lo tanto percibamos los hechos de manera cada vez más precisa, la ciencia deba corregirse a sí misma. Por ejemplo, la Teoría de la Evolución. En la época de Charles Darwin, se pensaba que el principal mecanismo evolutivo era la selección natural. A inicios del siglo XX, al descubrirse las mutaciones y las leyes de la herencia por Gregor Mendel, se pensó que éstas eran el principal mecanismo evolutivo, y al Darwinismo muchos lo dieron por muerto. En la actualidad entendemos que tanto la selección natural como las mutaciones son parte del mapa, y ambas son necesarias para una Teoría de la Evolución integral. Ni Darwin ni Mendel estaban equivocados: sólo estaban limitados por el nivel científico de su tiempo. Cuando dicho nivel científico avanzó, hubo que introducir correcciones a sus modelos. Eso no sólo no es perjudicial, sino todo lo contrario, es la fortaleza de la ciencia para hacer descripciones cada vez más precisas acerca de la realidad.

Por otra parte, el segundo error del creyente aquí es considerar el discurso religioso como algo monolítico. Y la evidencia indica que no es así. De partida, no tenemos un único discurso religioso, sino una tonelada de ellos, coexistiendo de manera más o menos incómoda en este preciso instante: católicos, evangélicos, anglicanos, cristianos ortodoxos, mormones, chiítas, sunitas, budistas, hinduístas, lamaístas, y un larguísimo etcétera. Incluso dentro de una misma confesión religiosa, las creencias han ido variando con el paso del tiempo. Los católicos, por ejemplo, en su minuto pensaban que el infierno era un lago de fuego y azufre hirviendo, mientras que en la actualidad consideran que, más que un lugar físico, el infierno sería una situación de "separación eterna de Dios", como dice el Catecismo de la Iglesia Católica. Por supuesto, cada creyente considera que su verdad es la verdad, y todas las otras supuestas verdades religiosas en realidad son herejías. El científico, en cambio, mira a los creyentes y no los considera sus creencias como herejías de la ciencia, porque la ciencia no es una confesión religiosa, y por lo tanto, sus proposiciones no son verdaderas en el mismo sentido que pretenden serlo las verdades religiosas. Cuando el científico critica a la religión establecida, no lo hace a partir de una verdad fundamental que él tenga, sino a partir de ciertas verdades parciales que se han conseguido desentrañar, y que bien podrían cambiar el día de mañana, a medida que la ciencia avance más. Que podrían cambiar tanto que, de hecho, podrían terminar dándole la razón a la religión. Ha ocurrido, de hecho: por ejemplo, hoy en día es bastante seguro que el Diluvio Universal sí sucedió, aunque no de manera tan exagerada como lo describe el Libro del Génesis, sino más bien como una inundación cataclísmica en Mesopotamia. La ciencia no tiene nada en contra de la religión por principio, así es que si la evidencia científica confirma lo dicho por los textos religiosos, lo acepta sin problemas.

4.- La ciencia no ha podido refutar la existencia de Dios.
  • Argumento: Por más que los científicos se han empeñado en demostrar que Dios no existe, lo cierto es que no han conseguido ninguna prueba empírica de que no exista.
Por qué este argumento no funciona: Más allá de las agendas personales de tal o cual científico, la verdad es que la misión de la ciencia no es probar la inexistencia de Dios. Hay científicos religiosos y hay científicos ateos, pero en términos laborales, el verdadero científico debería mantener abierta su mente a las posibilidades, más allá de las convicciones personales. Los científicos simplemente siguen la idea de Laplace, el matemático y astrónomo del siglo XIX que cuando fue cuestionado por Napoleón Bonaparte por no incluir a Dios en sus escritos, afirmó de manera llana y sencilla: "Sire, nunca he necesitado de una hipótesis semejante". Así, si un equipo científico el día de mañana consiguiera la prueba definitiva e irrefutable de que el Big Bang fue producto de un acto de creación divina, lo primero que harían sería vocearlo a los cuatro vientos, porque habrían becas y subvenciones de por medio, por no hablar de un más que seguro Premio Nobel de Física por las molestias. La idea de que los científicos son un grupo de malvados incrédulos dispuestos a perder espiritualmente a toda la Humanidad con su ateísmo inmoral, tiene más que ver con las paranoias de ciertos creyentes, que con una verdadera actitud científica. Un científico de fuste debe estar abierto a todas las evidencias, vengan de donde vengan, y eso significa tanto evidencia a favor como en contra de la posible existencia de Dios.

El creyente incurre también en otra falacia lógica aquí, en concreto la violación de lo que técnicamente se llama el onus probandi, es decir, la carga de la prueba. El Código Civil de Chile en su artículo 1698 lo dice de manera tan bonita, que lo voy a citar aquí: "Incumbe probar las obligaciones o su extinción al que alega aquéllas o ésta". Es decir, si yo hago una afirmación en juicio, cualquier afirmación, me corresponde a mí probarla, no a mi contraparte refutarla. Esto es aplicación de un principio más general, según el cual el hecho positivo, o sea el que  ha sucedido, se prueba, mientras que el hecho negativo, o sea, el que no ha sucedido, debe probarse por el hecho positivo contrario. Por ejemplo, si yo afirmo haber viajado a otro país, me corresponde a mí probarlo, y si afirmo no haber hecho tal viaje, me corresponde probar un hecho positivo contrario, es decir, por ejemplo, que yo estaba en mi casa o en otra parte, en vez de en ese viaje. En cualquier caso, a mí me corresponde la carga de la prueba. En el caso de Dios, no le corresponde al agnóstico o al ateo la prueba de refutar su existencia porque quien afirma su existencia en primer lugar es el creyente. Por tanto, respecto de la cuestión de la existencia de Dios, es el creyente quien tiene la carga de probar la misma, no el agnóstico el refutarla. Que la ciencia no haya podido probar la inexistencia de Dios, no es argumento para el creyente, quien sigue obligado a presentar pruebas sólidas y contundentes de lo que afirma, o sea, de que Dios existe.

Con esto, ya hemos avanzado hasta la mitad de nuestra pequeña excursión a través de las críticas de la religión en contra de la ciencia. Y comenzaremos la siguiente entrega con un favorito y un clásico de siempre: los conflictos entre las afirmaciones científicas y el contenido de la Biblia. Entrega que publicaremos siempre y cuando en el intertanto esos malvados científicos armados con sus aceleradores de partículas no inventen un agujero negro que se trague a la Tierra, o algo por el estilo...

5 comentarios:

Ignacio de La Carrera dijo...

Estimado Guillermo, nuevamente una muy interesante publicación. Además, este tema toma especial relevancia en estos días siniestros, en que parece que "las luces" nuevamente se están apagando.
Sin embargo, creo que es muy importante tener siempre presentes los límites de la ciencia (y no se espante, que no soy ningún fundamentalista loco ultraconservador votante de Alfredo Sfeir). Lo digo porque en la Modernidad ha sido extraordinariamente común el intento de aplicar la ciencia a ámbitos que escapan de su competencia. Me explico:
Aunque los científicos siempre digan que su método es lo que caracteriza a la ciencia, lo cierto es que la idea de modelo científico es igualmente importante, es decir, el poder integrar las observaciones empíricas en un sistema general que sea armónico (justamente por eso es que los científicos han soñado siempre con una Teoría del Todo). Ahora bien, para que esto sea posible se necesita encontrar cierta regularidad en los fenómenos naturales, o sea, leyes, porque si en el universo no existiera regularidad y un día las manzanas flotaran y al otro cayeran al piso, no sería posible la ciencia. Mi punto es que si bien estas regularidades existen en la naturaleza, su existencia es más dudosa en entes de mayor complejidad como los seres humanos. Y ahí es donde fallan las llamadas ciencias sociales, que tienen como pretensión tradicional el estudiar fenómenos sociales de la misma manera que los naturales (piénsese en deterministas duros como D'Holbach o Laplace, mencionado en tu publicación). Incluso hoy en día vemos en campos como la economía o la sociología que, bajo pretexto de cientificidad, lo que se obtiene son simplificaciones ridículas de la realidad. Por suerte los historiadores hoy parecen ser más sensatos: cuando uno habla de "historia científica" a lo que se hace referencia es sobre todo a un criterio crítico en el análisis de las fuentes y no a que el Imperio Romano se estudie de la misma manera que el virus del Ébola, lo que sí hubiesen podido sostener los positivistas del s. XIX o los marxistas ortodoxos. Así que, en ese sentido, la ciencia (la ciencia dura) no lo explica todo.
Otro punto que encuentro más complejo es la idea de que exista conocimiento que sea inaccesible a los humanos. Yo personalmente creo que toda la realidad puede racionalizarse, pero la idea contraria (hay conocimiento que está fuera de nuestro alcance) no es ninguna tontera. Kant por ejemplo hablaba de lo nouménico, el en sí indeterminado que está fuera del espacio, del tiempo y las facultades del entendimiento. Por supuesto que uno puede no creerle a Kant, pero creo que la idea toma actualidad con las teorías de universos paralelos. ¿Cómo podríamos conocer algo que de por sí está fuera de nuestro universo? En otro campo, el mismo Einstein era partidario de la existencia de un límite epistemológico en sus discusiones con Bohr sobre la indeterminación de la física cuántica. Actualmente los científicos le dan la razón más a Bohr (que decía que la indeterminación era parte de la realidad en sí misma), pero no por eso la posición de Einstein era trivial.

Ignacio de La Carrera dijo...

Y finalmente está todo el problema de la subjetividad. Las explicaciones científicas nunca reemplazan una experiencia subjetiva. 700 nanómetros de longitud de onda no es lo mismo que "el color rojo". Esto es especialmente relevante en la estética, pues hoy es evidente que las leyes del buen gusto son de un tipo muy distinto a las de la física, justamente porque el elemento de apreciación personal es determinante. Hoy se puede discutir si existen ciertos criterios mínimos para reconocer la belleza en que todos estén de acuerdo, pero hasta hace algunos siglos (antes del Romanticismo) la gente realmente pensaba que se podía analizar una pintura o una composición musical de la misma manera que el tránsito de los planetas. Yéndome un poco en la volá, creo que es posible sostener que la física cuántica representa un quiebre con la racionalidad científica (o con lo que ésta ha sido hasta ahora) precisamente porque la observación, que en la física clásica es "neutral" (no afecta al objeto), cumple ahora un rol activo en la configuración de la realidad. Es decir, se rompe el límite que separa la subjetividad de la objetividad (lo que no debe confundirse con el "misticismo cuántico" y otros lucrativos negocios de las casas editoriales).
Espero me disculpes por la extensión de este posteo, pero encuentro que el tema es apasionante y da para una larga y fructífera discusión. Saludos!

murinus2009 dijo...

Esta entrada me recordó una hipótesis que tengo según la cual el cerebro humano tiene hasta 12 formas diferentes de pensamiento o formas de procesar la información, según algo que llamo: el sistema de selección, entre esas formas están:
El pensamiento magico, el cientifico, el subjetivo, el social, cultural, de genero, etc.
Cada una tiene sus reglas basicas de operar con lo cual, el pensamiento magico:
En este caso, es el que se encarga de aceptar la Religion como la Verdad Completa, basado en la Fe y la aceptación de que, la autoridad, profeta, sacerdote, etc., es infalible, esta en contra totalmente del...
Científico-Objetivo, que es el de la Ciencia, basado en la duda, las hipótesis, la experimentación, etc.
Al estar totalmente en contra, no importan los argumentos, siempre se puede echar mano de la descalificacion y la fuerza bruta, ahi esta la quema de Giordano Bruno, la destrucción de la biblioteca de Alejandria con asesinato de Hipatia de Alejandria, el movimiento talibán, el wahabismo, el creacionismo y todo lo que se aparezca en adelante.

También me recordó una teoría que hay sobre las etapas del aprendizaje, competencia, conocimiento, o como se le quiera llamar, que dejare para la siguiente Entrada.

Pascual Medina dijo...

El tema de los creyentes. Siempre argumentando de manera incongruente y autoritaria. Seria mas fácil conversar sobre las preguntas que nos hacemos a diario sobre las religiones. Me pregunto cuanto saldríamos sin golpearnos mutuamente después o durante un debate. Por que después de todo la violencia es el ultimo recurso del incompetente... La cosa esta en definir quien es el incompetente en una conversación sobre un tema que es tratado como tabú en muchas sociedades.

Guillermo Ríos dijo...

@Ignacio_de_la_Carrera, la falla de aplicar la ciencia dura a las cuestiones humanas puede deberse a una mayor complejidad de lo que estudiamos, no a que falten regularidades. Comparemos por ejemplo con la situación casi ridícula de las ciencias naturales en el siglo XVI, que desconocía las leyes de la inercia, la gravedad, la evolución de las especies, los genes, etcétera... A lo mejor estamos en el mismo estadio actualmente respecto de la sociedad, y en cinco siglos más, un selecto grupo de psicohistoriadores que pueden calcular las matemáticas sociales al dedillo nos mirarán con tanta compasión como nosotros a los contemporáneos de Galileo. Que no conozcamos con qué palanca mover la roca, no significa necesariamente que esa palanca no exista (tampoco lo contrario, por supuesto).

Frente al punto de los aspectos incognoscibles de la realidad, vale aquí la crítica clásica en contra de Kant. Si existe una cosa en sí que no podemos percibir porque todo lo que percibimos son las cosas filtradas por nuestros sentidos y por la mente, ¿cómo podemos saber que la cosa en sí existe? La respuesta kantiana es más o menos que lo sabemos por el intelecto, porque la necesitamos para que el sistema funcione, etcétera. La respuesta de los críticos, incluyendo la mía: no podemos saberlo, y punto. Por eso es que no podemos predicar de algo que es incognoscible: porque en el momento que hacemos esa afirmación, estamos dejando caer que sabemos algo sobre ese algo sobre lo que no podemos saber nada, lo que por supuesto es una contradicción en sí mismo.

El tema de los universos paralelos es paradójico: la única manera de saber algo sobre ellos, si es que existen, es crear puentes, sea para transitar a ellos, sea para observarlos. Pero si llegamos a hacerlo, ya no son universos paralelos sino parte de nuestro propio universo, o el nuestro parte del universo que llamamos paralelo, y... Me doy a entender, ¿verdad?

Las neurociencias hoy en día han avanzado su buen poco en determinar qué cosas nosotros aceptamos como belleza. Sabemos hoy en día por ejemplo que muchas cosas bellas, siguen de una manera u otra la famosa proporción áurea. Parece ser que estamos condicionados a percibir como belleza, ciertas situaciones matemáticas que se presentan como armonía o equilibrio, ya que presentan ciertas ventajas evolutivas. Un rostro bello, armónico o equilibrado, sería así el rostro de una persona que posee una dotación genética adecuada para reproducirse con esa persona. Por supuesto, estamos lejos del día en que podamos convertir esto en arte de diseño, en que podamos fabricar obras artísticas aplicando proporciones áureas y otras percepciones de manera prefabricada y en serie. Pero no me atrevería a descartarlo por completo.

@murinus2009, yo me atrevería a reducirlo a sólo dos. Uno es el pensamiento emocional, que opera por impulsos, y funciona bien cuando se trata de reacciones coyunturales frente a las cuales no hay mayor tiempo para un análisis en profundidad. El otro es el pensamiento racional, que opera más a largo plazo, y funciona mejor cuando se trata de asuntos complejos en que existe un tiempo más largo para la toma de decisiones. Ambos se mueven por circuitos distintos, por supuesto, y suelen entrar en conflicto con bastante más frecuencia de la que desearíamos, creo.

@Pascual_Medina, yo creo que en la creencia religiosa hay un componente muy fuerte de autojustificación. Por eso la gente defiende con tanto encono si cree en Jesús, Moisés, Mahoma, Buda o el Monstruo de Espagueti Volador: porque no es sólo un tema de quién tiene razón acerca de cómo funciona el universo, sino también la propia identidad personal lo que está en juego. Y muy en el fondo, a nadie le gusta que le borren la identidad propia. No es una manera muy racional de acercarse a la realidad, por supuesto, pero la racionalidad no es el atributo más fuerte de más que unas pocas personas.

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