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jueves, 18 de mayo de 2017

Marbod el Bárbaro: Imago Dei - Episodio 6.


Luego del gran cambio climático del Holoceno, surgieron la agricultura, las ciudades… ¡civilización! Y entre las civilizaciones surgieron los romanos y los cristianos. La cultura de éstos se desarrolló hasta la actualidad, en la cual yo estoy escribiendo esta magnífica blogoserie que es “Marbod el Bárbaro: Imago Dei”. Y en esta blogoserie que están leyendo, las cosas pasaron de distinta manera, porque la aparición de Marbod el Bárbaro alteró para siempre el equilibrio entre el Bien y el Mal, porque Marbod el Bárbaro es EL BIEN. Lo que llevó a la lucha entre Marbod el Bárbaro, que no quiere ser dios pero podría serlo, y Calígula, que sí quiere serlo pero no lo es, lo que lleva a dos posibles futuros, uno en el cual Calígula derrotó a Marbod el Bárbaro y el Caligulismo se transforma en la religión dominante del siglo XXI, y otro en el cual Marbod el Bárbaro derrotó a Calígula y el Marbodismo se transforma en la religión dominante del mundo en el siglo XXI. Ambos mundos, en pleno siglo XXI, se superponen de manera fantasmagórica, luchando por desplazar alguno de ellos al otro, como dos gatos encerrados en la mítica caja de Schrödinger, que los miramos dentro de la caja como se bufan y arañan entre sí. Y Marbod el Bárbaro y Calígula, y ahora las dos Drusilas, estaban atrapadas en medio de todo esto.

Este episodio se titula: “Gott mit uns”.

– Muy bien, clase… – dijo Bertolt Kaluza. – Ahora van a contemplar la mejor de todas las lecciones. Ahora van a ver como el tonto de Guillermo Ríos se puso a sí mismo contra una esquina, en una situación narrativa sin arreglo. Y peor aún, le queda apenas un episodio de esta miniblogoserie para resolver y amarrarlo todo. Y peor aún, considerando que el objetivo era relanzar la franquicia de Marbod el Bárbaro, resolverlo todo de manera tal que puedan haber secuelas, spin-offs, venta de derechos para el cine, etcétera. ¿Moraleja? Nunca se pongan metatextuales para contar una historia.

– Profesor, no quiero ser pesado, pero si Guillermo Ríos no se hubiera puesto metatextual, ni usted ni nosotros existiríamos – dijo Pirrón Bakunin. – Si es cierta toda su teoría literaria sobre Marbod el Bárbaro, y conste para el registro que no estoy de acuerdo con ella, entonces nuestra única función narrativa es servir como enorme comentario intertextual respecto de los sucesos de esta blogoserie.

– Señor Bakunin, usted es un jodido escéptico anarquista. Sería el colmo que usted estuviera de acuerdo con alguna cosa. Pero no se preocupe. Yo soy un catedrático universario, así es que puedo reprobarlo la cantidad de veces que se me antoje, hasta conseguir que usted se ponga de acuerdo con ALGO. De lo contrario, prepárese para una vida de lavar platos, lavar coches, o lavar las patas de ancianos malolientes en algún asilo de ancianos. He dicho. Ex cathedra.

– ¡Hey! Esto no resuelve nada… ¡Devuélvanos a nuestra época, Kaluza! – gritó Marbod el Bárbaro.

– ¡Sí! ¡Devuélvanos! – gritó Calígula, exasperado. Y luego chilló con una rabieta de niño pequeño: – ¡Devuélvenos, devuélvenos, devuélvenos!

– ¿Y desde cuándo un dios hecho y derecho necesita mandar que lo devuelvan, en vez de… ya se sabe… que lo devuelvan de una? – preguntó Marbod el Bárbaro con sorna.

– ¡Marbod! – gritó Drusila su esposa, saltándole a los brazos.

– Hermano – dijo Drusila la hermana de Calígula, acercándose a éste. – ¿Qué está pasando?

Ambas se referían al escalofriante espectáculo alrededor suyo. Todo se veía sólido y fantasmagórico al mismo tiempo, todo en versión duplicada de sí mismo, pero en el mismo lugar. En algunos casos, las diferencias eran mínimas. Una misma construcción era idéntica en sus dos reflejos fantasmagóricos, salvo porque un reflejo podía estar pintado en gris plata y en otro en gris ceniza. O bien, una fantasmagoría de construcción podía tener un macetero en la ventana, y la otra carecer de él. Asimismo, era claro que mientras las dos realidades iban y venían flotando como jirones de humo, en algunas había determinadas personas caminando por la calle, y en otro había otras determinadas personas caminando por la calle. Y perros. Y gatos. Y en un minuto, una cucaracha que pasó corriendo porque para las cucarachas, la vida seguía más o menos como siempre, esperando por supuesto que en algún minuto los seres humanos soltaran la bomba nuclear para extinguirse y surgir ellas a heredar la Tierra.

– Según lo que entiendo… Bertolt Kaluza nos trajo al futuro – explicó Marbod el Bárbaro. – Pero al hacerlo, hizo que pasaran dos cosas simultáneamente en el pasado, y con eso, creó dos mundos que… miren, yo no lo entiendo, yo no soy… Kaluza, tienes que solucionar esto. No podemos quedarnos con dos realidades fantasmas flotando así, ¿no?

– No, no podemos – dijo Bertolt Kaluza. – Pero eso tiene arreglo. Todo partió con que ambos se enemistaron porque ambos quieren ser dioses.

– Yo no quiero ser un dios – dijo Marbod el Bárbaro, con el tono monocorde de alguien aburrido de escuchar la misma cantinela una y otra vez.

– El caso es que la solución es simple. ¡Uno de ustedes tiene que matar al otro! Así, el vencedor regresa al Imperio Romano, y la realidad respectiva se cancela, y la otra queda firme y segura. Fácil, ¿no?

– Y satisfactorio – dijo Marbod el Bárbaro, mirando de manera asesina a Calígula.

– ¡Espera, Marbod! Yo… – gritó Calígula.

Marbod el Bárbaro se largó con todo su poder físico y muscular en contra de Calígula, extrayendo la fuerza para un puñetazo desde lo más íntimo y hondo de su ser. Pero el puñetazo no cayó en Calígula.

Drusila, la hermana de Calígula, cayó al suelo, con la mandíbula desencajada, luego de interponerse en el camino del Emperador para que éste no recibiera el puñetazo asesino. Calígula se arrodilló al lado de Drusila, recogiéndola con sus brazos. Drusila lo miró por una última vez, suspiró, luego miró a Drusila la esposa de Marbod el Bárbaro con una tierna mirada, y se quedó quieta.

Calígula se levantó, con el rostro arrasado en lágrimas.

– ¡Mataste a mi hermana! ¡¡¡MATASTE A MI HERMANA, DESGRACIADO!!! ¡¡¡LA ÚNICA MUJER EN ESTE MUNDO QUE ERA DIGNA DE SER LA ESPOSA DE UN DIOS COMO YO!!! ¿¿¿ESTÁS SATISFECHO AHORA??? ¿¿¿AH???

Y luego Calígula, más o menos entendiendo lo que decía Bertolt Kaluza acerca de que todo es una historia dentro de una historia o algo así, te mira a ti, lector, y te dice:

– ¿¿¿ESTÁS ENTRETENIDO AHORA??? ¿¿¿AH???

Por supuesto, Calígula no tenía manera de saberlo, pero Bertolt Kaluza sabía que el Cronista, o sea yo, escribí esto como un guiño a la película “Gladiador” de Ridley Scott, estrenada en el año 2.000.

Marbod el Bárbaro miró el cuerpo inerte de Drusila, la hermana de Calígula, y miró a su propia esposa. El ciclo de venganza se había cerrado. Calígula había pagado un alto precio por su arrogancia de pretender ser un dios, y disponer de la vida de Marbod el Bárbaro… o prescindir de ella. Ahora, además, la pérdida de Calígula era similar a la suya propia. Quizás había llegado la hora de que, en el mutuo dolor que ambos sentían, hacer las paces y buscar alguna solución al problema de las dos realidades en que se había separado un universo que ahora amenazaba rajarse en dos.

– Calígula… Botita… Uh… ¿Botita? Bueno… Calígula… yo…

– No, Marbod. No habrá reconciliación – dijo Calígula. – Te mataré. Te mataré con mis propias manos.

Y Calígula, antes de que nadie pudiera hacer nada, salió corriendo. Sabía que en un enfrentamiento de uno a uno, no tenía posibilidades contra un guerrero tan fornido como Marbod el Bárbaro. Pero era el futuro. ¡Quién sabe qué clase de cosas locas habían inventado ahí! ¡Espadas de quién sabe qué tamaño! ¡Catapultas capaces de arrasar ciudades enteras de un solo pedrusco! ¡Legionarios mecánicos! ¡Carros de combate propulsados por caballos con alas! ¡Y de todo eso podría aprovecharse Calígula!

De manera que Calígula salió corriendo por las calles, esquivando las cajas metálicas que se propulsaban de manera autónoma, que se le interponían en el camino. Calígula decidió que como eran móviles desplazándose por sí mismos, podían llamarse “auto-móviles”. Marbod el Bárbaro, por su parte, salió corriendo detrás, todavía sin decidir acerca de si iba a matarlo o perdonarlo.

– ¡Guau! ¡Marbod el Bárbaro, el dios que quiere ser hombre, corre detrás de Calígula, el monstruo que quiere ser dios, en un paraje del futuro! ¡Es como el final de “Frankenstein desencadenado” de Brian Aldiss! Que a su vez era un trasunto del final en el Artico de la novela original de Mary Shelley, pero con final tecnológico. Por supuesto, la novela original tiene sus propias lecturas teológicas, claro – dijo Bertolt Kaluza, con pedantería. Ante lo cual yo, como el Cronista, le digo: “¿Te quieres callar de una maldita vez? ¡No nos dejas disfrutar de la acción!”.

Marbod el Bárbaro corrió y corrió detrás de Calígula. Pero no alcanzó a esquivar una caja metálica autopropulsada, y ésta lo atropelló. Marbod el Bárbaro se levantó, avanzó hacia el monstruo, le asestó un recio puñetazo, y lo volcó sobre su propio techo. Ayudó por supuesto que era apenas un Fiat 600, pero aún así, no deja de ser. ¿Y por qué esto es posible? Porque él es… ¡¡¡MARBOD EL BÁRBARO!!!

Finalmente, Marbod el Bárbaro vio un edificio de decoración recargada, que en la entrada tenía un cartel que decía “museo”. Recordando que existía una institución llamada el Museo en Alejandría, decidió entrar. Quizás ahí encontraría a Calígula, por qué no…

Pasó por una galería en la cual habían obras de Caravaggio, Tiziano, El Greco, Ribera y Giordano. Las miró por un instante, y luego dijo con desdén:

– Arte moderno. A cualquier cosa la llaman arte en estos días.

Pasó frente a una pintura etiquetada como “Transfiguración, Giovanni Bellini”. En la misma, la duplicidad de realidades era abiertamente agresiva, con un cuadro sustituyendo al otro por completo y luego volviendo a cambiar en cosa de dos o tres segundos. En una versión aparecía un personaje similar a Marbod el Bárbaro, rodeado de seguidores, y en otra, uno similar a Calígula, en la misma situación.

– ¡Oye, Marbod! ¡Mira lo que encontré! – gritó de pronto Calígula. Marbod el Bárbaro miró en su dirección. – ¡Se llama pistola, Marbod! ¡Dispara pequeños cilindros de metal, y hace mucho daño!

Marbod el Bárbaro miró detrás de Calígula. Habían unos cuantos cuerpos tirados en el suelo, todos bañados en sangre. Fuera lo que fuera ese engendro infernal llamado pistola, no parecía ser nada bueno.

Calígula disparó, mientras Marbod el Bárbaro se quitaba del camino por puro reflejo. La bala le rozó el brazo. La sangre manó.

– ¡Con esta pistola, yo soy un dios, Marbod! ¡¡¡CON ESTA PISTOLA, REGIRÉ AL MUNDO!!!

Marbod el Bárbaro, sabiéndose en desventaja, corrió. Calígula corrió tras suyo.

– ¡¡¡YO SERÉ UN DIOS, MARBOD!!! ¡¡¡YO SOY UN DIOS!!! ¡¡¡TÚ ERES UN FALSO DIOS!!!

Marbod el Bárbaro vio un cilindro de metal. Parecía duro. No podía saber con sólo verlo, pero el cilindro en cuestión en realidad era un basurero. Miró la pared detrás suyo. Era dura, pero podía ser golpeada a puñetazos para debilitarla un poco. Un plan se forjó en la cabeza de Marbod el Bárbaro.

Calígula caminó otro poco.

– Marbod, Marbod, cuchito, cuchito, dónde estás… Aquí está tu lechecita, gatito…

Calígula pasó frente al Mosaico de Alejandro, en el cual está retratada la Batalla de Issos, y que fue rescatado desde Pompeya en el siglo XVIII. El mosaico estaba estropeado, pero Calígula lo reconoció. Con vanidad, contempló por un instante el mismo.

– Alejandro… el sueño universal que no pudiste realizar… yo lo haré – dijo Calígula, y luego, levantando su pistola, sonrió de manera lobuna. – Claro, tú no tenías esta pistola contigo.

De pronto, la cabeza de Alejandro Magno en el mosaico fue perforada desde atrás por el cilindro de metal, que golpeó a Calígula, mandándolo al suelo. Sí, Marbod el Bárbaro golpeó la pared con fuerza suficiente para traspasarlo. ¿Y por qué es esto posible? Porque él es… ¡¡¡MARBOD EL BÁRBARO!!!

Marbod el Bárbaro dio vuelta a la pared, y apareció al lado de Calígula. La pistola había saltado lejos. Este, medio turulato, ni siquiera pudo incorporarse. Marbod el Bárbaro lo miró. El Emperador estaba a su merced. Ahora podía vengarse. Pero el recuerdo de Drusila, la hermana de Calígula, recibiendo el puñetazo y muriendo por él, lo espoleó una vez más. No. No habría venganza. Ya encontraría el remedio para impedir que el universo se partiera en dos. Pero la muerte de Tulio ya estaba vengada.

De pronto, Calígula miró a su alrededor. Varios hombres de uniforme estaban acercándose. Marbod el Bárbaro se alejó cautamente. En medio del caos, consiguió salir desapercibido del museo.

Calígula miró a los hombres de uniforme con detención. Todos ellos tenían pistolas. Y estaban apuntándole. Al darse cuenta de que su nueva y portentosa tecnología no era nada especial en ese futuro, Calígula suspiró, con el corazón tan roto como sus ambiciones. Su derrota ahora era completa.

Poco después, en la televisión se anunciaban las últimas noticias. Un lunático que había ingresado al Museo de Nápoles vestido como romano, le había arrebatado la pistola a un guardia de seguridad, y dejado tras de sí una pequeña masacre. El descerebrado se creía Calígula, el Fundador del Caligulismo. Su abogado defensor, designado de oficio, había pedido peritajes psicológicos para poder alegar locura o demencia, y además un traductor porque el lunático sólo hablaba en latín, lo que dificultaba la defensa jurídica del pobre diablo. En apariencia, el tipo no tenía relación con el terrorismo musulmán, la religión que en el siglo VII había fundado un profeta llamado Mahoma para combatir al Caligulismo.

– Bien… Aunque no acabó en muerte, por desgracia, supongo que puede considerarse el duelo como zanjado – dijo Bertolt Kaluza. – De manera que cumpliré con mi promesa.

De manera que Bertolt Kaluza hizo uso nuevamente de la máquina del tiempo, que además era una máquina para meterse en los universos de ficción, y llevó a Marbod el Bárbaro de regreso a su tiempo, junto con su esposa Drusila.

Ya en el siglo I, viendo el sol ponerse en la Bahía de Bayas, Marbod el Bárbaro abrazó a su esposa.

– No maté a Calígula, Drusila – dijo Marbod el Bárbaro. – Pero supongo que la muerte de su hermana debe ser castigo suficiente para él. Además, se quedó prisionero en el futuro.

– Por mí está bien, Marbod. Al final, quizás tampoco Drusila era tan mala – dijo Drusila con suavidad. – Además, después de todo esto, supongo que te puedo llamar un dios, ¿no? Porque acabas de convertirte en… ¿cómo lo llaman? Un mesías. El fundador de una nueva religión.

– Espero que no – dijo Marbod el Bárbaro. – Sólo espero seguir siendo un hombre de bien, y luchando por la verdad y la luz. Y construir un mundo mejor, ahora también para ti, Drusila.

En el siglo XXI, Bertolt Kaluza miraba a su alrededor, espantado. Uno de los dos universos en efecto se había comido al otro, y se había solidificado. Aquél en el cual Calígula era un dios, no Marbod. El Caligulismo había triunfado como religión. Era natural: después de hundirse en la Bahía de Bayas, Marbod el Bárbaro había sido visto vivo, y Calígula no. Pronto, la secta de fanáticos en torno a Marbod el Bárbaro murió de muerte natural, mientras que los fanáticos de Calígula empezaron a hacer una prédica delirante respecto de que su dios no se había ahogado en la Bahía de Bayas, sino que por el contrario, había resucitado, y estaba en el Olimpo, sentado a la diestra del Dios Zeus, pero iba a regresar en el fin de los tiempos, a juzgar a los vivos y a los muertos.

Y en el devenir, en el nombre del Caligulismo se habían librado las Cruzadas, se había exterminado la cultura de los pueblos indígenas de América, y se habían quemado libros de Harry Potter.

Mientras tanto, en el Monte Olimpo, en el siglo I, seguía sonando la melodía de “Spanish Flea”, mientras Dragonópterix mataba el tiempo durmiendo una siesta.

– Muy bien – masculló Dragonópterix, despertando. – Quince minutos más. Sólo quince minutos más. Después de eso… lo siento, Zeus, pero me voy a convertir a la religión de Marbod. Después de todo, él sí que es un buen amigo y me escucha...

FIN DE “MARBOD EL BÁRBARO: IMAGO DEI”.

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