jueves, 11 de mayo de 2017

Infra Terra: Entronización - Episodio 6.


Wolfgang Spengler pensó la situación a toda prisa. Luego de constatar que alguien debería operar el sistema desde la estación de monorrieles, había salido al exterior, sólo para alcanzar a escuchar la explosión; un breve vistazo al exterior le descubrió que no quedaban expedicionarios vivos. Por seguridad, apretó los botones para cerrar la entrada, e impedir el acceso a cualquiera; era mucho más probable que ese cualquiera fuera un soldado de Freilande, que uno de los suyos.

– No, Darma. Encontraremos la forma de…

– Wolfgang, yo soy del mundo subterráneo. Sé cómo moverme, sé obtener ayudas de aquí y de allí. Me las arreglaré. Sois vos quien debéis llegar a la superficie y avisarles de todo lo que sucedió acá.

– ¡Pero yo…! No. No, Darma. Tú quieres ir a la superficie, queremos una vida allá arriba…

– ¡Wolfgang…! Sé que algún día volveréis por mi. Sé que lo haréis. Y os estaré esperando.

Wolfgang Spengler sintió que, por primera vez desde su llegada al mundo subterráneo, sus ojos se llenaban de lágrimas. Ambos se abrazaron.

Un poco después, en la cabina de control de la estación de monorrieles, y asistida por el grueso libraco que era el manual, Darma activaba el mecanismo para empezar a mover un carro. El monorriel empezó a moverse. A bordo iba una solitaria figura, la de Wolfgang Spengler, despidiéndose tristemente. En menos de un minuto, el carro se había deslizado fuera de la estación. En la cabina de control, Darma bajó la cabeza, sonriendo con cierta amargura. A bordo del carro, Wolfgang Spengler se dejó caer, sentándose y encogiendo las piernas, y apoyando los brazos y la cabeza en las rodillas; entonces reventó todo el llanto que mantenía retenido, y comenzó a llorar en silencio.

Este episodio se titula: “El ascenso de Kriegsweltz IV”.

En el cuarto de Kriegsweltz III, un médico y su asistente luchaban para curar la herida del Kaiser Lama. Habían conseguido detener el sangrado, pero el paciente se encontraba todavía muy débil.

En la puerta, mientras tanto, Fronzoni y Xylouris habían construido una barricada, y desde la misma disparaban a todo lo que se pusiera a su alcance. Un pelotón entero de soldados disparaba en su contra, pero Fronzoni se había deshecho de ellos lanzando una granada. La explosión los había dejado medio sordos, pero un pasillo entero había quedado lleno de escombros, y con ello, las posibilidades de que se acercara alguien más habían disminuido. Ambos contaban con que los atacantes no usaran cargas de teranergio, el equivalente de las granadas en el mundo subterráneo, porque fracasado el atentado, el Kaiser Lama a sus espaldas era simplemente demasiado valioso para matarlo así como así.

De pronto, afuera se escucharon dos o tres recias explosiones. Los soldados enemigos fueron volados en masa. Paredes, suelo y techo quedaron empapados de sangre salpicada como si un pintor de arte abstracto hubiera arrojado con furia tarros de pintura roja encima.

Por detrás, aparecieron algunos soldados expedicionarios de la OTAN, moviéndose con lentitud.

– ¡Despejado, señor! – dijo el soldado. – ¡Hey, allá! ¿Se encuentran bien?

– ¡Sí! ¡Estamos…! – dijo Fronzoni, con entusiasmo, y añadió, con voz queda: – …bien…

Y había dicho lo último con voz queda porque sólo Fronzoni estaba realmente bien. De alguna manera, Xylouris había recibido un tiro en el cráneo, en el último segundo, y tenía marcada la frente con la herida cauterizada propia de un disparo de un rayo de teranergio que hubiera entrado por ahí. Fronzoni suspiró al advertir que el rostro de Xylouris se veía increíblemente plácido, ni feliz ni horrorizado, sólo con una serenidad más propia de ángeles que de hombres.

El grupo de expedicionarios avanzó hacia el cuarto, encabezado por el Brigadier Catroux. Entraron. Allí, el Brigadier descubrió a Kriegsweltz III, con la conciencia casi por completo ida. El Brigadier le hizo una seña a Reinhard Becker para que tradujera.

– Sabemos que hubo un intento de golpe de estado – dijo el Brigadier Catroux, con Reinhard Becker traduciendo por detrás. – Mucho nos tememos… según nuestros informes… que su hijo el Príncipe Kriegsweltz lo encabeza. Ya que la OTAN nos ha encargado entablar relaciones diplomáticas con Su Alteza, nosotros creímos nuestro deber ponernos de su lado y ayudarlo.

Kriegsweltz III tenía los ojos cerrados, y respiraba de manera dificultosa; al escuchar las palabras del Brigadier Catroux, giró levemente la cabeza y abrió suavemente los ojos. Intentó decir algo, pero lo único perceptible fue un ligero pero trabajoso movimiento de labios, y un susurro casi inaudible.

En la parte exterior de la habitación de Kriegsweltz III, más allá de los escombros en el pasillo, apareció el Príncipe Kriegsweltz, acompañado por Volnia y algunos soldados. Algunos otros hombres que aún mantenían sus posiciones, le enteraron de la situación. El Príncipe Kriegsweltz le dio una mirada significativa a Volnia, y ella movió la cabeza de manera suave pero negativa; aquellos soldados no formaban parte de la conspiración para derrocar al gobierno. Eso impedía resolver la situación arrojando unas cuantas cargas de teranergium y volando la habitación con cualquier desgraciado que se encontrara allí, incluyendo al Kaiser Lama, por supuesto.

El Príncipe Kriegsweltz se llevó a Volnia aparte, allí en donde no los escucharan, y le dijo:

– Oficialmente, la gente de la OTAN intentó dar un golpe de estado, yo de manera heroica intenté impedirlo, y ellos se atrincheraron tomando al Kaiser Lama de rehén. Pero si mi padre sale vivo de todo esto, esa historia se viene abajo. Y si estos soldados me ven haciendo cualquier cosa en su contra, también estoy perdido. Este es el minuto en donde vendría bien que hicieras algo, Volnia.

Volnia miró al Príncipe Kriegsweltz, y entendió claramente de qué se trataba. Para todos los efectos, era Volnia quien había traicionado a Kriegsweltz III, apuñalándolo a traición. Si Kriegsweltz III hubiera muerto, el trono habría recaído en el Príncipe Kriegsweltz, asumiendo como Kriegsweltz IV, y con uno u otro pretexto, hubiera podido indultar a Volnia. Pero para aparecer como el salvador del trono de su padre, ahora el Príncipe Kriegsweltz debería sacrificar a Volnia. A su vez, Volnia no podía traicionar al Príncipe Kriegsweltz porque sería la palabra de uno contra la otra, y el príncipe pesaba más.

– Señor, pido su permiso para ir a negociar – dijo Volnia en voz alta, para que la escucharan.

– Concedido – dijo el Príncipe Kriegsweltz.

Gritando sus intenciones de negociar, Volnia avanzó con los brazos en alto hacia la habitación. Los segundos en los cuales recorrió el pasillo, se hicieron lentos y eternos. Finalmente llegó.

– El Príncipe Kriegsweltz ofrece su clemencia, si es que deciden rendirse de inmediato. Les perdonará la vida, no habrá torturas, sólo serán encerrados en un calabozo por el resto de sus vidas.

El Brigadier Catroux, obviamente ignorante de que todo era una estratagema, miró a Volnia con perplejidad. ¿A eso le llamaba ella una oferta?

Volnia se volvió hacia la cama en la cual estaba Kriegsweltz, movimiento con el cual pudo disimular un rápido llevarse la mano bajo el uniforme, sacando una carga de teranergio. Fronzoni, quien estaba cerca, al ver esto, se arrojó sobre Volnia y la derribó; ambos comenzaron a forcejear. La carga de teranergio, por su parte, cayó al suelo, y el Brigadier Catroux, de manera instintiva, le dio una patada que la lanzó fuera de la habitación. La carga reventó.

En medio del humo de la explosión, los soldados de Freilande se lanzaron al asalto de la habitación. Nadie sabía a quién disparar en medio del caos. El Brigadier Catroux fue acribillado, y su cuerpo cayó a un costado de la habitación, inerte. Fronzoni, por su parte, había conseguido desencajarle a Volnia la mandíbula de un puñetazo, y luego se había arrastrado a otro costado de la habitación, malherido.

El Príncipe Kriegsweltz entró con toda pompa y solemnidad. Contempló los cuerpos muertos de los soldados de la OTAN, y luego se dirigió a la cama, para ver el cuerpo de Kriegsweltz III. No demasiado en este mundo, éste miró a su hijo con furia, pero no pudo decir una sola palabra, mientras el Príncipe se arrodillaba cerca suyo y besaba respetuosamente su mano.

– Os he salvado, padre – dijo el Príncipe Kriegsweltz.

Luego, el Príncipe Kriegsweltz se dirigió hacia Volnia, ayudándola a levantarse del piso.

– Oficial Volnia – dijo el Príncipe Kriegsweltz, en voz bien alta para que todo el resto de los soldados presentes escuchara. – Gracias a su heroica acción, hemos conseguido rescatar a nuestro bienamado Kaiser Lama, mi padre.

Los soldados que escuchaban esto, no estaban ciento por ciento seguros de que hubiera sucedido así, pero nadie podía afirmar que había sido de otro modo, y además nadie era tan tonto como para ir en contra la palabra del príncipe heredero de la corona, de manera que guardaron silencio.

Kriegsweltz III miró a Volnia con furia e intentó levantar el brazo para señalarla como la persona que lo había acuchillado a traición, pero después de la pérdida de sangre, no tenía fuerzas para ello.

Uno de los soldados descubrió a Fronzoni. Este, con ira en los ojos, se levantó lentamente, con las manos en alto. El Príncipe Kriegsweltz lo miró con suficiencia insultante.

– Llevadlo a un calabozo. Que no se diga que el príncipe heredero está falto de clemencia – dijo, aunque sonriendo con un tinte de malignidad al pronunciar estas palabras.

Pocas horas después, en las calles de Kriegsburg ahora desiertas, podía verse a una figura caminando de manera melancólica, algo raro considerando que había sido declarado el estado de sitio en toda la ciudad, y los soldados patrullaban las calles en busca de posibles fugitivos del grupo expedicionario de la OTAN. El hombre usaba el uniforme de los soldados de Freilande. Se acercó a una puerta, y la golpeó con todas sus fuerzas.

– ¡Abran a un oficial del Kaiser Lama! – gritó, imperativo.

Se oyó el ruido de una tranca de madera siendo retirada de su lugar, y luego, con un crujido, la puerta se abrió. Un hombre anciano y medio encorvado, de apariencia muy humilde, apareció.

– Rápido, hombre – dijo el hombre de uniforme. – Pon a calentar agua, y prepara algunas hierbas medicinales, que necesito una cura.

El hombre anciano le hizo una señal a su señora, una mujer también anciana, para que cumpliera con el pedido del oficial. Luego, éste ayudó al hombre del uniforme a recostarse. ¿Por qué el soldado buscaba alojamiento ahí en vez de reportarse al cuartel? Quién podía saberlo. Había muchas razones por las cuales un oficial podía no querer reportarse: desobediencia, indisciplina, corrupción. Y en Freilande, la justicia siempre estaba del lado de los soldados, de manera que lo mejor era obedecer y no cuestionar.

Por supuesto, el anciano era incapaz de sospechar la verdadera razón. El hombre que estaba postrado en su camastro no era un oficial del Ejército de Freilande. Su verdadero nombre era Reinhard Becker, venía de Alemania Occidental, había sido soldado y lingüista al servicio de la OTAN, había descendido con el cuerpo expedicionario al mundo subterráneo, había conseguido escapar de manera milagrosa escondiéndose entre los cuerpos muertos en la habitación de Kriegsweltz III, y luego de haber matado a un soldado aquí y allá para abrirse paso, siendo herido en el camino, había conseguido un refugio. No se suponía que los soldados del cuerpo expedicionario supieran el idioma del mundo subterráneo, de manera que con sólo hablarlo, Reinhard Becker podría hacerse pasar por freilandés, y luego marcharse calladamente de Kriegsburg y desaparecer. Seguía varado en el mundo subterráneo, pero había conseguido salir vivo, y con eso bastaba por el minuto. El día de mañana, después de una noche sin variaciones de luz gracias a las bacterias quimiosintéticas, decidiría qué hacer o hacia dónde ir.

Al día siguiente, en su calabozo en las mazmorras inferiores del Palacio de Kriegsburg, Darma vio como la puerta de la celda en la cual había sido encerrada por los soldados, se abría. Por la misma ingresaban la princesa Yaliana, y el Príncipe Kriegsweltz.

– Mi señora… por favor… tened piedad – dijo Darma, arrojándose de rodillas delante de ella.

La princesa Yaliana, mientras tanto, había tenido tiempo para pensar. No era de recibo que ella mostrara interés sentimental en Wolfgang Spengler, y por tanto debería tragarse la inquina hacia su dama de compañía. Además debería defenderla porque Darma era una aristócrata de Malkava y parte del séquito de una princesa malkaviana, y por lo tanto, su arresto constituía una ofensa diplomática mayor.

– Mi dama de compañía ha escarmentado, príncipe – dijo la princesa Yaliana, con frialdad. – Y Malkava vería con muy malos ojos que una malkaviana de noble cuna sufriera alguna pena.

– Es cierto, no puedo castigar a una aristócrata malkaviana sin arriesgarme a un… molesto incidente diplomático – dijo el Príncipe Kriegsweltz. Dicho lo cual, extrajo un puñal desde su uniforme, y con un gesto rápido y decidido, tomando a Darma firmemente por el pelo, clavó el puñal en su cuello. Darma intentó respirar, sin resuello, y luego el Príncipe Kriegsweltz soltó su pelo. El cuerpo de Darma cayó inerte sobre el suelo de la celda, ante la mirada horrorizada de la princesa Yaliana, tomada por sorpresa. El Príncipe Kriegsweltz, agachándose para limpiar la hoja del puñal contra el vestido de Darma, añadió: – Es una suerte para Freilande que Darma… nunca estuvo en esta celda, y de hecho, que nunca la encontramos después de que desapareció con ese peligroso grupo de fascinerosos que intentaron dar un golpe de estado en el Palacio de Kriegsburg.

La princesa Yaliana intentó decir algo, pero la sorpresa, la rabia, todo le impidió articular palabra, y se quedó batiendo la mandíbula, ahogada por la ira.

– Yo nunca me casaré con vos – dijo la princesa Yaliana. – Vos sois un criminal, un monstruo, un…

El Príncipe Kriegsweltz agarró a la princesa Yaliana por el pelo y la empujó, azotándola violentamente contra la pared de la celda.

– Vos os casaréis conmigo, o de lo contrario, cuando yo sea Kaiser Lama, no os quedará Malkava en donde vivir. Y considerando lo mal que está mi padre, es posible que yo sea Kaiser Lama muy pronto.

El Príncipe Kriegsweltz soltó a la princesa Yaliana, que cayó de rodillas al suelo de la celda, con los nudillos pálidos en sus puños apretados, y boqueando de indignación. El aprovechó esto para caminar lentamente fuera de la celda, y cerrarla. Al darse cuenta, la princesa Yaliana se arrojó a los barrotes.

– ¡No! ¡No! ¡Sácame de aquí! ¡Sácame de aquí, desgraciado! ¡Sácame… de… aquí!

– Primero debemos aclarar el tema de vuestra participación en este intento de golpe de estado – dijo el Príncipe Kriegsweltz, con cinismo. – Luego… casarse conmigo será indulto suficiente para vos. Eso sellará la paz entre Malkava y Freilande. Por lo pronto, haré que transporten el ajuar de Darma a nuestra habitación nupcial, para que uséis la ropa de noche de ella, en nuestra noche de bodas…

Solucionados los cabos sueltos, el Príncipe Kriegsweltz abandonó las mazmorras, y subió a visitar la habitación de su padre. Al lado de él iba Volnia, algo más repuesta de su herida en el brazo. Al entrar en la habitación, descubrió al médico y a unas sirvientas. El Príncipe les ordenó salir. Pero Kriegsweltz III, que ya estaba algo más recuperado, les ordenó quedarse. El príncipe Kriegsweltz se limitó a mirar al médico y a las sirvientas, y éstos, bajando la cabeza, se retiraron. El Kaiser Lama abrió los ojos.

– Hijo… pero… qué es lo que...

Volnia se adelantó y puso sus brazos en los hombros del Kaiser Lama, apoyando todo el peso de su cuerpo en ellos. El Príncipe Kriegsweltz tomó un almohadón, y con calma, lo apretó contra el rostro de su padre. Este intentó manotear, pero en vano. Luego de un rato, el Kaiser Lama Kriegsweltz III bajó los brazos. Al retirar el almohadón, la cabeza de éste cayó suavemente hacia un costado, con la mirada perdida y el tórax quieto y sin respiración. Volnia se hizo atrás, mirando la escena con indiferencia.

– Volnia… Tendrás el honor de recibir mis primeras tres órdenes como el nuevo Kaiser Lama Kriegsweltz IV. Primero, asegura a todos mis hermanos y tíos, por todos los medios necesarios, para que no puedan hacer nada que les acerque un milímetro al trono. Segundo, asegura el tesoro real, porque vamos a necesitar esos fondos para que no los use algún otro pretendiente. Y por último… comienza los preparativos para mi entronización.

FIN DE “INFRA TERRA: ENTRONIZACIÓN”.

2 comentarios:

murinus2009 dijo...

Buen cierre de historia hubo buena accion, drama, traición, despedidas heroísmo.
Supongo que en Infra terra se reencuentran Becker y Spengler.
Creo que le falto algo de... ¿como decirlo? imtensidad, grandilocuencia a la entronización de Kriegsweltz IV, quizá sea la costumbre de ver a los villanos decir sus planes a futuro.
Falta ver si algún día permitirás ver Infra Terra, Guillermo, para saber que ocurre después.





























































Guillermo Ríos dijo...

Pensé en un final un poco más majestuoso, con toda la majestad de una coronación como corresponde, pero después decidí que iba a ser un poco como la coronación de Aragorn en El Señor de los Anillos, que está bonito y todo, pero en realidad lo que todos queremos ver es cómo se cargan a Sauron, y lo que pasa con el condenado anillo al final. Así es que por eso prescindí de esa escena.

Related Posts with Thumbnails